El "parásito judío" es un término antisemita basado en el hecho de que los judíos de la diáspora son incapaces de formar sus propios estados y, por lo tanto, atacarían o explotarían a estados y pueblos cristianos. Este término suele asociarse con la acusación de usura y la separación entre el capital productivo y el capital financiero ("Altas Finanzas").

Durante la era nacionalsocialista, sirvió para legitimar la pugna contra los judíos. Algunos representantes del sionismo también adoptaron este motivo. Consideraban que el modo de vida "parasitario" de otras culturas era una consecuencia inevitable de la diáspora judía, y lo contrastaban con el establecimiento de un estado judío como ideal.

Historia De la Edad Media al siglo XVIII El primer uso explícito del término «parásito judío» remontan al siglo XVIII. Aunque el historiador germano-israelí Alexander Bein identificó sus precursores en la acusación medieval del «judío usurero» y en el libelo de sangre (ritual de asesinato) según la cual los judíos utilizaban la sangre de niños cristianos para fines ritualísticos. miniaturadeimagen|266x266px|Retrato de 1528 de Martín Luterothumb|278x278px|Retrato de Juan Calvino, c. de 1550 Los tratados antijudios y antisemitas de Martín Lutero y Juan Calvino del siglo XVI, exponen con firmeza que la permanencia de los judíos en suelo europeo es la de simples huéspedes extranjeros en una casa ajena, donde la cristiandad es el que ejerce el rol de legítimo anfitrión; esta estricta demarcación conceptual sentó un precedente directo para que el pensamiento europeo teorizara sobre la existencia de un «pueblo anfitrión» natural, cuya soberanía territorial y cultural se veía comprometida por la presencia de una minoría (judía) percibida como parásitos sociales.

Ambos reformadores sostuvieron que los judíos abusaban de la hospitalidad y la buena voluntad cristiana. Asimismo, desde de las posturas supersesionista y pactual, argumentaron que la incredulidad y rechazo a Jesucristo autoexcluía a los judíos étnicos de la continuidad del único pacto de gracia, consolidando a la cristiandad como la heredera legítima de la soberanía espiritual y terrenal. Esto llevó a Lutero en su libro «Sobre los judíos y sus mentiras» (1543) a exigir la destrucción de las sinagogas y la expulsión judía de los territorios protestantes al considerarlos una peste transgresora y obstinada, mientras que Calvino reforzó la exclusión en su tratado «Respuesta a las preguntas y objeciones de cierto judío» (en francés: Réponse aux questions et objections d'un certain Juif) al tildarlos de infieles que rompían la unidad de dicho pacto.

thumb|231x231px|Retrato de 1806 de Gerhard von Kügelgen. El teólogo y filósofo alemán Johann Gottfried Herder (1744-1803), un destacado representante del Clasicismo de Weimar, escribió en 1791 en su obra «Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad. Tercera parte. Libro duodécimo. III. Hebreos»:

Un pasaje muy similar se encuentra también en la cuarta parte. Dado que Herder, un eminente experto en el Antiguo Testamento y el judaísmo antiguo, es considerado un filósofo de la Ilustración, la interpretación de estos pasajes es objeto de controversia: según un investigador judío sobre el antisemitismo llamado Léon Poliakov, Herder «anticipó las declaraciones de los racistas de las generaciones futuras». Por su parte, el erudito literario alemán Klaus L. Berghahn sostiene que la simpatía de Herder se limitaba exclusivamente al judaísmo antiguo y que, en cambio, se oponía a la presencia contemporánea de los judíos rabínicos.

En 1804, el reseñador de una obra antijudía del escritor alemán Friedrich Buchholz (1768-1843) retomó en la revista Neue allgemeine Deutsche Bibliothek la metáfora del judío como «una planta parásita que se aferra incesantemente a un arbusto noble para nutrirse de su savia». En 1834, la metáfora se dirigió en contra de la emancipación judía en un artículo de la revista Der Canonische Wächter, afirmando que los judíos serían «una verdadera plaga para los pueblos que los rodean parásitamente». En su polémica contra la emancipación judía, el pastor protestante Robert Haas detalló a qué planta parásita en concreto se refería con esta analogía:

Antisemitismo del siglo XIX y principios del siglo XX En el espectro político de la extrema derecha y la tercera posición, el término «parásito judío» estaba mucho más extendido que en el resto del espectro político. Ellos utilizaron este término con un enfoque racista, religioso, antisocialista, antiliberal, conpiranoico y anticapitalista; esto bajo un concepto científico y, por tanto, objetivo. El escritor de origen otomano Frederick van Millingen escribió en 1873 en su obra de teoría conspirativa The Conquest of the World by the Jews que los judíos eran «parásitos en gran medida improductivos». Cuando cada vez más judíos huyeron de Europa Oriental hacia Europa Central en la década de 1880, la descripción del judío como parásito y vector de enfermedades se convirtió en un tópico literario de la literatura antisemita. En 1881, en su obra darwinista social Bau und Leben des sozialen Körpers, el economista nacional alemán Albert Schäffle desarrolló el concepto de «parásito social», que se aprovechaba del trabajo y la riqueza de su «anfitrión» sin aportar nada él mismo. Describió a los judíos que «proliferaban» en el sistema crediticio como una parte especialmente peligrosa de este parasitismo social. El significado de la metáfora cambió con la idea de un «cuerpo popular», en el que penetraba el parásito judío para dañarlo. Si originalmente se le añadían significados procedentes de la botánica (como con Herder), progresivamente se fue asociando con la zoología o la infectología: ahora había que imaginarse sanguijuelas, piojos, virus o incluso vampiros bajo el término de «parásitos judíos», a los que habría que combatir sin descanso.

thumb| 280x280px|Fotografía de Adolf Stoecker, c. 1890

El capellán luterano de la corte «Adolf Stoecker» (1835–1909), fundador del Partido Social Cristiano, en un acalorado debate de 1880 con los representantes del Partido Progresista Alemán en la Cámara de Representantes de Prusia, solo quería conceder a los judíos como una «existencia parasitaria» en la Europa cristiana y los comparó con «sanguijuelas». En el período posterior, llegó a plantear seriamente la lucha religiosa, racial y el uso de la fuerza contra ellos.

El economista nacional alemán Eugen Dühring (1833–1921) escribió en su obra de 1881, Die Judenfrage als Racen-, Sitten- und Culturfrage (La cuestión judía como cuestión de razas, costumbres y cultura), que los parásitos judíos se sentirían particularmente a gusto en un «cuerpo popular ya corrompido». El poder de esta «Cartago interior» tendría que doblegar a la población moderna. En la sexta edición de 1930, publicada de forma póstuma, radicalizó aún más esta declaración y llamó a una guerra contra los judíos:

El filósofo judío Theodor Lessing hizo referencia a una declaración de Dühring según la cual los pueblos nórdicos estaban obligados «a exterminar a las razas parasitarias, de la misma manera que exterminamos a las serpientes venenosas amenazantes y a los depredadores salvajes». El bibliotecario e investigador de canciones folclóricas Otto Böckel (1859–1923), que ocupó un escaño en el Reichstag por el Partido Reformista Alemán de 1887 a 1903, señaló públicamente a los comerciantes judíos como «parásitos judíos» que se habían «introducido devorando el ser alemán».

De manera similar, el orientalista alemán Paul de Lagarde (1827–1891) pidió en 1887 una «intervención quirúrgica» para extirpar la «masa de pus» que se habría acumulado en Europa como resultado de la infestación de parásitos judíos: «Con las triquinas y los bacilos no se negocia, ni se educa a las triquinas y los bacilos, se destruyen lo más rápida y minuciosamente posible». Si Lagarde estaba pensando en un exterminio físico de los judíos es objeto de controversia en la investigación. Desde el punto de vista de Alexander Bein, sin embargo, todo esto se trata todavía de comparaciones y metáforas biologicistas: Lagarde aún no se había pronunciado a favor del exterminio de los judíos, sino que se había manifestado en un lenguaje figurado a favor de la expropiación de los mismos. El politólogo alemán Michael Ley, por otro lado, asumió que Lagarde perseguía el aniquilamiento de los judíos rabínicos; para él, esto constituía, en el sentido de un antisemitismo de salvación, «un paso necesario en el camino de la redención del pueblo alemán».

thumb|272x272px|Oswald Spengler en una fotografía sin fechar

Según Bein, el paso de la metáfora a una comprensión real-naturalista de estos términos no se produjo hasta el siglo XX, cuando el filósofo cultural alemán Oswald Spengler (1880–1936), por ejemplo, utilizó términos naturales como «crecimiento», «marchitamiento» o «decadencia» para describir estados, pueblos y culturas en su obra principal La decadencia de Occidente. Describió al judaísmo como un «elemento de descomposición» que tenía un efecto destructivo «allí donde interviene». Los judíos eran incapaces de adaptarse a la civilización occidental y constituían un cuerpo extraño en Europa. El uso repetido del término «pueblo anfitrión» con referencia a las naciones en las que viven los judíos sugiere la idea de que son parásitos, aunque el propio Spengler no utilizó el término. El periodista Theodor Fritsch (1852–1933), en su Handbuch der Judenfrage (Manual de la cuestión judía), publicado por primera vez en 1907, retrató el estereotipo del «parásito judío», que pondría en peligro la vida de su «pueblo anfitrión» si no era expulsado. Al insinuar que el judío parasitario mayormente recurría al mimetismo, esto como una nueva metáfora biologicista, contribuyó a que la hostilidad hacia los judíos se dirigiera también contra los "judíos asimilados" o criptojudios.

En Francia, por ejemplo, el periodista Édouard Drumont (1844–1917) afirmó en su obra de teoría conspirativa La France Juive, publicada en 1886, que el «parásito judío» propagaba enfermedades infecciosas entre las «razas nobles» e arias contra las cuales él mismo era inmune, ya que «la peste crónica que le es inherente lo protege de cualquier infección aguda». A diferencia de estas, los judíos no eran capaces de realizar logros creativos. Por lo tanto, solo podían sobrevivir como parásitos, concretamente como banqueros y usureros que debilitarían cada vez más a los franceses. Drumont propuso la arianización de las propiedades judías como solución.

En 1937, el escritor antisemita Louis-Ferdinand Céline (1864–1961), en su obra Bagatelles pour un massacre —publicada en Alemania en 1938 bajo el título Die Judenverschwörung in Frankreich (La conspiración judía en Francia)—, denunció a «el judío» como «el parásito más intransigente, más voraz y más corrosivo». Amplió la metáfora equiparándolo con un cuco, un parásito de puesta que no construye sus propios nidos, sino que incuba sus crías en los de otras aves, las cría y deja morir a los polluelos de estas últimas.

El estereotipo también estaba muy extendido en el Imperio ruso y sirvió para justificar medidas hostiles contra los judíos. Durante la expulsión de los judíos de Moscú en 1891, Konstantín Pobedonóstsev, un asesor cercano del zar Alejandro III, declaró a un invitado inglés:

Hacia 1900, el periodista Pável Krusheván (1860–1909), miembro de las Centurias Negras, atacaba regularmente a los judíos en la revista Bessarabetz, llamándolos «chupasangres, estafadores, parásitos y explotadores de la población cristiana». En este contexto, un caso de asesinato no resuelto, que describió como un asesinato ritual judío, desencadenó un pogromo en Chișinău (Moldávia) en marzo de 1903, en el que murieron unos 46 judíos.

Antisemitismo después de 1945