El ansia de contacto físico o privación de contacto físico, también conocida como falta de contacto, hambre de contacto o hambre de piel, es la necesidad fisiológica de los seres humanos y otras especies de contacto físico con otros miembros de su propia especie u otros seres vivos. La ausencia prolongada de contacto físico puede tener impactos traumáticos en el bienestar emocional, físico y/o mental de un individuo. La ausencia de contacto físico puede provocar o verse exacerbada por la soledad y/o síntomas depresivos preexistentes. Si bien se cree que terapias con animales proporcionan algún beneficio complementario, se afirma que la falta de contacto físico humano es gravemente perjudicial para la autoconfianza, la regulación emocional y la autoimagen, especialmente durante etapas tempranas del desarrollo infantil.

Explicaciones biológicas miniaturadeimagen| Una vaca holstein-frisona roja y blanca lamiendo a su ternero. El tacto suele denominarse la «madre de todos los sentidos» debido a que es el primer sentido en desarrollarse (en tanto se desarrolla ya en el útero) y se considera el más crucial para el desarrollo humano. Al nacer, los seres humanos reciben toda la información sensorial a través de su piel y requieren constantemente nueva retroalimentación para sustentar el desarrollo bioquímico adecuado del cerebro. El antropólogo Ashley Montagu fue el primero en argumentar en contra de la opinión predominante de que los animales lamen a sus crías inmediatamente después del nacimiento solamente para acicalarlas; argumentó, en cambio, que el contacto físico cercano y constante servía para estimular los sistemas respiratorio y digestivo de la cría recién nacida, y que sin dicha estimulación morirían. Según Montagu, en tanto los seres humanos experimentan una estimulación táctil altamente estimulante en el útero (rodeados de líquido amniótico y presionados por las paredes uterinas) y reciben intensa presión táctil durante el parto, por lo general no necesitan de comportamientos análogos al lamido para que los sistemas fisiológicos se activen, si bien requieren extensa estimulación tactil post-parto para tener un desarrollo neurológico, inmunológico y psicológico óptimos.

La experiencia placentera del tacto positivo se ha atribuido, en las últimas décadas, a una fibra nerviosa conocida como aferente C-táctil (CT), que se encuentra en la piel con vello y que observa una reacción preferencial a estímulos provenientes de otras personas.

El contacto físico recíproco y la interacción social son fundamentales para el funcionamiento biológico de casi todos los seres vivos complejos, del mismo modo que lo son la comida o el agua. Helen Colton señaló este punto en 1983, afirmando que los humanos nacen con «una intensa "necesidad de contacto físico"». Su trabajo citó la investigación de Sidney Jourard de 1966, que «sugería que a los estadounidenses se les educa para pensar que el contacto físico tiene ser agresivo o sexual», y por lo tanto, dudaban en participar abiertamente en contacto físico positivo con cualquier persona que no fueran parejas sexuales.

«Ansia» social La interacción social actúa como una «recompensa primaria» en animales sociales, y su restricción puede causar un comportamiento alterado o deprimido. Un estudio de 2020 publicado en Nature Neuroscience encontró una distinción entre las respuestas de las regiones estriatales y corticales al ansia social frente al antojo nutricional/apetitivo (lo que significa que ambos no se originan en la misma fuente). Además, se descubrió que la privación reduce la ventana de motivación, lo que llevó a los investigadores a concluir que el aislamiento social conduce al anhelo social (y, por lo tanto, con el tiempo, a la «inanición o deprivación social») de manera muy similar a como la abstención de alimentos/nutrientes induce «hambre» regular y, por lo tanto, con el tiempo, «inanición».

Siguiendo la misma línea de razonamiento, la abstinencia prolongada o restricción del contacto físico pueden tener consecuencias similares. El contacto con otra persona (o, en menor medida, con otros seres vivos) envía señales desde la piel al nervio vago, lo que desencadena la liberación de oxitocina, serotonina y dopamina en el cerebro. Esto a su vez ayuda a reducir el estrés mediante la inhibición y restricción de la producción de cortisol, que regula el estrés. La presión arterial de una persona disminuye y su ritmo cardíaco y sistema nervioso se ralentizan, mientras que los síntomas de soledad y depresión mejoran. El contacto físico es fundamental para el desarrollo de vínculos y relaciones sociales en casi todas las culturas del mundo; su ausencia durante largos periodos de tiempo, incluso cuando se compensa con la interacción social en otros ámbitos, puede tener graves consecuencias en la regulación emocional y el equilibrio hormonal del estrés de una persona, acumulándose daños psicológicos durante periodos prolongados de restricción.

Las personas con mayor sensibilidad al tacto, como las personas con necesidades especiales o neurodivergentes (especialmente los niños), víctimas de traumas, veteranos de guerra, supervivientes de abuso sexual o físico, o hipocondríacos, pueden ser reacias al contacto físico y a la interacción social. Pueden desear restringirlo a ciertos grados de interacción, personas o partes del cuerpo. El contacto físico no deseado puede, por lo tanto, tener a veces el efecto contrario al que se suele suponer, desencadenando ansiedad, estrés o miedo severos, en algunos casos hasta tal punto que produce una respuesta de lucha o huida. No obstante, los especialistas sugieren que la terapia para estas personas permita cierto contacto físico recíproco afectivo, aunque limitado, ya que el tacto puede ser beneficioso si se toman las medidas adecuadas para atender los intereses, las restricciones y las necesidades particulares de la persona involucrada.

Investigación y papel cultural/circunstancial Los estudios académicos estadounidenses desde finales del en adelante han promovido la necesidad de un mayor contacto físico entre seres queridos y en la sociedad en general. También respalda la idea de que los humanos históricamente han comprendido la conexión entre el tacto físico y la curación. Un estudio de 1995 publicado en el Journal of Psychosomatic Research sugirió que el tacto y el desarrollo de una relación sana con el tacto juegan un papel fundamental en el desarrollo de una autoimagen adecuada, en particular la imagen corporal. Su enfoque fue la percepción de la privación táctil experimentada entre mujeres con bulimia nerviosa y un grupo de control, que encontró que las primeras eran más propensas a tener una peor autoimagen y a considerar que habían experimentado privación táctil en la infancia y que estaban experimentando dicha privación en el momento del estudio.

Contacto físico y edad

Desarrollo en la primera infancia La gran mayoría de estudios académicos afirma que el contacto físico/cercanía, lllevar en brazos y el cuidado desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de estilos de apego seguros, habilidades de comunicación tempranas y comportamiento social en los bebés. En general, los bebés buscan naturalmente la conexión física con su cuidadora o cuidador. La falta de atención puede tener un marcado impacto negativo en el desarrollo infantil y puede conducir al desarrollo de estilos de apego inseguros y tendencias volátiles, así como a inseguridades más amplias que impiden la maduración, el desarrollo completo de las habilidades motoras y la implicación emocional con los demás en la edad adulta.

En niños con autismo, se ha observado que técnicas de autorregulación, como cepillarse, balancearse (con brazos y piernas) o saltar, tienen un efecto positivo en la regulación emocional y reducen la sensibilidad táctil, sin que se observen diferencias en el contacto físico recibido en otros entornos; esto puede indicar una alternativa potencial para los padres en ausencia de opciones cómodas o prácticas para que su hijo tenga contacto físico con otras personas.

Desarrollo posterior A pesar de su papel fundamental en su buen funcionamiento, la mayoría de las personas reciben menos contacto físico a medida que envejecen. A medida que una persona envejece, su sensibilidad táctil disminuye, lo que conlleva una menor respuesta sensorial a la mayoría de los estímulos físicos. Sin embargo, la respuesta positiva generada por el tacto «agradable» en la vejez es aún más pronunciada. Aunque no hay pruebas de un beneficio socioemocional, se ha demostrado que la terapia de masaje mejora la relajación y el estado de ánimo en personas mayores que la reciben.

Diferencias de género Aunque las investigaciones afirmaban inicialmente que las mujeres disfrutan más que los hombres del contacto físico, estudios posteriores han cuestionado esa idea debido a la amplia variabilidad en las experiencias, recepción e iniciación del contacto entre miembros de ambos sexos. Una investigación concluyó, a través de dos estudios separados, que las mujeres eran posiblemente más propensas a usar el contacto físico como mecanismo de afrontamiento que los hombres, aunque los investigadores señalaron que las conclusiones en este campo hasta el momento eran imperfectas.

Historia y contraargumentos

Teoría del contacto confortable En la década de 1960, el psicólogo estadounidense Harry Harlow estudió crías de monos rhesus que eran separadas de sus madres y mantenidas en aislamiento. Posteriormente, se les ofrecía una elección entre dos «madres» sustitutas (dos muñecos): una de felpa que no les daba alimento pero que era más realista y cómoda y otra hecha de alambre que sí les proporcionaba alimento. Los monos bebés pasaron más tiempo con las madres de felpa, lo que llevó a Harlow a concluir que la búsqueda de contacto reconfortante (simulado por las «madres» de felpa) es una motivación central y primaria al menos en los primates, y no derivada de la alimentación.

Aislamiento Los prisioneros suelen manifestar un anhelo de contacto humano durante su tiempo en aislamiento, lo que puede ser uno de los muchos factores que contribuyen a los efectos negativos, casi universalmente observados, que el aislamiento físico y social tiene sobre ellos. Las personas en confinamiento han reportado síntomas físicos compatibles con hipertensión, como «dolores de cabeza crónicos, temblores, sudoración en las palmas de las manos, mareos extremos y palpitaciones», así como dificultad para comer, digestión irregular e hipersensibilidad a estímulos normales inesperados. El aislamiento, especialmente durante períodos prolongados o si se lleva a cabo repetidamente, puede conducir al individuo a psicosis o a pensamientos/actos autolesivos o suicidas. Otros efectos psicológicos incluyen irritabilidad, hostilidad, falta de control de los impulsos, ansiedad y volatilidad emocional, cambios de humor, desesperanza y depresión.

Pandemia de COVID-19 miniaturadeimagen| Personas simulando un abrazo a través de una puerta de cristal, durante la pandemia de COVID-19.