El Canto XX de la Odisea de Homero, titulado en la versión clásica de Luis Segalá (1910) «Lo que precedió a la matanza de los pretendientes»Homero. La Odisea: CANTO XX. Lo que precedió a la matanza de los pretendientes. Traducción de Luis Segalá y Estalella. Vía Wikisource. (o, en otras versiones, «La última cena de los pretendientes»), dentro de los llamados «cantos de Ítaca» (XIII–XXIV), prosigue el relato del retorno de Odiseo tras haber sido reconocido por Euriclea y de haber mantenido un largo coloquio nocturno con Penélope (XIX); la obra alcanza aquí el umbral inmediato de la venganza del héroe.

Odiseo —el «mendigo» recién llegado a Ítaca— se encuentra ya dentro de su propia casa, rodeado de los pretendientes que dilapidan su hacienda y pretenden casarse con su esposa Penélope. Prosigue, junto con Telémaco y bajo la protección de Atenea, los preparativos de la matanza que culminará en el Canto XXII. El canto anterior (XIX) mostró la intimidad contenida entre marido y mujer y el reconocimiento de la nodriza; el Canto XX prepara el terreno para la prueba del arco ( Canto XXI).

Es un canto de espera y de presagios: la noche inquieta de Odiseo, el llanto de Penélope, el signo de Zeus y el ruego de la molinera —tras un súbito trueno en el cielo despejado, una molinera, a modo de presagio, implora al dios que aquel banquete de los pretendientes sea el último—, la llegada de los pastores leales y desleales, los insultos de los pretendientes y la visión profética de Teoclímeno.Nagy, Gregory (2017). A sampling of comments on ’Odyssey’ Rhapsody 20. «Classical Inquiries». The Center for Hellenic Studies (CHS). Universidad de Harvard. Guardado en Internet Archive. Consultado el 25 de agosto de 2026. Todo apunta a que el banquete de ese día será el último. Es un momento de tensión contenida —el desenlace se adivina inminente—, pero el poema se detiene en la ira reprimida del héroe, en el dolor de la esposa, en la fidelidad de los siervos leales y, sobre todo, en los signos divinos que confirman que la hora de la justicia ha llegado.

Argumento Odiseo se dispone a descansar pero no puede, profundamente inquieto ante la inminencia de su venganza. Atenea le promete su ayuda y sólo entonces le vence el sueño. Mientras tanto, Penélope, desvelada por el dolor, pide a los dioses que pongan fin a sus sufrimientos. Despierta Odiseo con el amanecer, oye los lamentos de su mujer e implora a Zeus, que responde enviando un trueno como señal. (vv. 1-121)

Con el nuevo día vuelve la actividad al palacio en un día importante, de fiesta pública en Ítaca —el pueblo celebra una hecatombe pública en el bosque sagrado del «flechador Apolo» (v. 278) mientras los pretendientes disfrutan de su habitual banquete en palacio—. Euriclea manda a las esclavas que limpien y dispongan todo lo necesario para los pretendientes, que volverán temprano. Llegan el porquerizo Eumeo, el cabrero Melantio y el boyero Filetio con sus mejores animales para el banquete. Los tres se dirigen al 'mendigo': Eumeo y Filetio, amistosos; Melantio, mordaz. (vv. 122-239)

Los pretendientes siguen pensando en asesinar a Telémaco, pero aparece un águila con una paloma entre las garras —mal augurio, interpreta Anfínomo— y abandonan el complot. Se disponen entonces para el banquete, mientras en la ciudad se celebra la fiesta de Apolo. Atenea los incita a continuar con sus insultos y provocaciones a Odiseo, que contiene su ira y espera el momento oportuno para actuar. Finalmente, el adivino Teoclímeno contempla un terrible prodigio: las paredes, las puertas y el patio aparecen cubiertos de sangre, mientras las sombras de los muertos se ciernen sobre los presentes. Ante su visión, anuncia que la desgracia es inminente. Los pretendientes se burlan de él y rechazan sus palabras, sin comprender que el banquete al que se disponen a entregarse será el último. (vv. 240 y ss.)

Estructura y contenido

Ira contenida de Odiseo. Desesperación de Penélope Odiseo se acostó en el vestíbulo sobre un lecho improvisado en el suelo con una piel de buey cubierta con vellones de oveja; apenas se echó, Eurínome lo cobijó con un manto. Estaba en vela maquinando contra los pretendientes, cuando las mujeres que solían «juntarse» con ellos salieron riendo y bromeando. Sintió ira:

Atenea, transformada en mujer, le habla:

Dormido pues Odiseo, despierta Penélope en llanto. Desesperada, suplica a Artemisa la muerte antes que tener que entregarse a uno de los pretendientes:

Penélope cree haber soñado con alguien parecido a Odiseo:

Odiseo suplica a Zeus. Presagio de la molinera Se descubría «la Aurora, de áureo trono» cuando Odiseo oyó las voces y lamentos de Penélope. Recogió los vellones y manto que puso en una silla, salió y elevó sus manos en súplica a Zeus: «haz que diga algún presagio cualquiera de los que en el interior despiertan y muéstrese en el exterior otro prodigio tuyo» (vv. 98-101). El dios respondió al momento enviando un rayo desde el «resplandeciente Olimpo».

Cerca de allí había un molino de cebada y trigo atendido por doce molineras. La única que aún no había terminado «porque era muy flaca» detiene la muela al oír el trueno:

Preparativos del banquete. Fidelidad y deslealtad Con el nuevo día vuelve la actividad a palacio. Nada más salir de su estancia, Telémaco se interesa por el huésped. Euriclea le da cuenta de que fue correctamente tratado: comió, bebió y descansó en la noche: «… ordenó tu madre a las esclavas que le aparejasen la cama; pero, como es tan mísero y desventurado, no quiso descansar en un lecho ni entre colchas y se tendió en el vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de ovejas. Y nosotras le cubrimos con un manto» (vv. 122-143).

Y Telémaco se encamina al ágora con dos de sus perros. En palacio, Euriclea ordena a las esclavas que barran y limpien, y vayan a por agua: «los pretendientes no han de tardar en venir al palacio … hoy es día de fiesta para todos», les advierte (vv. 144-159).

Van llegando los servidores de los aqueos —«y cortaron leña con gran pericia»—, y Eumeo con tres cerdos —«los mejores de cuantos tenía a su cuidado»—. El porquerizo y el 'forastero' hablan entre ellos:

En esto, llega Melantio y dos pastores, con las mejores cabras para el banquete. El cabrero no puede evitar nueva puya al huésped:

Odiseo no respondió, «pero meneó la cabeza silenciosamente, agitando en lo íntimo de su alma siniestros propósitos» (vv. 183-184).

Finalmente se persona Filetio, mayoral de los pastores, «que traía una vaca no paridera y pingües cabras». Se fija en el huésped —«parece, por su cuerpo, un rey soberano», le dice a Eumeo— y habla con él:

Anfínomo interpreta el presagio antes del banquete Fuera, ante las puertas del palacio, los pretendientes se disponen a entrar para el banquete de todos los días. En sus mentes siguen maquinando la muerte de Telémaco, mas, de pronto, ven en lo alto del cielo un águila con una paloma entre sus garras. El presagio no pasa inadvertido a Anfínomo, que se para y habla:

Los pretendientes consideran acertado el consejo de Anfínomo: se muestran conformes con su recomendación y desisten de su intención de matar a Telémaco. Frustrados, entran en palacio para el banquete acostumbrado.

Teoclímeno anuncia la muerte de los pretendientes En palacio se hacen los preparativos del banquete. Se sacrifican ovejas, cabras, cerdos y una vaca. Eumeo distribuye las copas; Filetio, mayoral de los pastores, reparte el pan en canastillos; Melantio escancia el vino.

Telémaco, hace sentar al 'huésped' dentro, junto al umbral de piedra en «una pobre silla» junto a una mesa pequeña. Le sirve comida, y escancia vino «en una copa de oro». Ejerciendo autoridad, le habla:

Ante la firmeza del joven todos «se mordieron los labios», excepto Antínoo:

Entretanto, fuera, el pueblo «se juntaban en el umbrío bosque consagrado al flechador Apolo» para celebrar la sagrada hecatombe.

Por influencia de Atenea, la comida de los pretendientes enseguida deriva al desorden. Ctesipo de Samos, diciendo que él también está dispuesto a «ofrecerle el don de la hospitalidad» al forastero, le arroja con fuerza una pata de buey. Teoclímeno le habla airado:

Y entre Agelao Damastórida y Teoclímeno se intercambian palabras que abundan más en la irritación:

A partir de este momento:

Teoclímeno alzó su voz:

Todos rieron aún más —se burló Eurímaco: «llevadle ahora mismo a la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le parece que es de noche»—. Entonces Teoclímeno presagia:

Teoclímeno salió —«se fue a la casa de Pireo, que lo acogió benévolo»— mientras los pretendientes seguían burlándose —«¡Telémaco! Echemos a los huéspedes en una nave de muchos bancos y mandémoslos a Sicilia; y allí te los comprarán por razonable precio», dijo alguien—. Mas el joven y su madre se mantenían impertérritos:

Temas y comentarios Destino, presagios e intervención divina Se acumulan las señales: el trueno de Zeus, el águila que lleva una paloma, y finalmente la visión profética de Teoclímeno. Autodominio: espera y preparación de la venganza Contención de Odiseo frente a la ὕβρις (hýbris) de los pretendientes: la afrenta de la pata de buey no le hace perder el dominio de sí mismo. Fidelidad y traición dentro del οἶκος (oikos) Deslealtad de las siervas y de Melantio, el cabrero. Fidelidad de Eumeo y Filetio. Fidelidad conyugal. El sufrimiento de Penélope Penélope continúa sufriendo por la ausencia de Odiseo y llega a pedir a Artemisa la muerte. Su dolor discurre paralelamente a la angustia de Odiseo: ambos están despiertos, separados, pero unidos por la misma situación. Ofuscación (ἄτη, átē) de los pretendientes Las señales en su contra son evidentes, pero continúan comiendo, riendo y ultrajando al huésped. Teoclímeno ve la muerte que se cierne sobre ellos; sin embargo, la átē les hace actuar ajenos a su próximo fin.

Inquietud compartida de Odiseo y Penélope. El rayo de Zeus En el Canto XX de la Odisea, Homero construye una escena íntima en torno a la doble vigilia de los esposos. Odiseo yace en el vestíbulo, incapaz de dormir, inquieto ante la inminencia de la venganza —«el corazón desde dentro le ladraba» (vv. 1-17)— y preocupado por cómo podrá enfrentarse él solo a los numerosos pretendientes; se le aparece entonces Atenea que le infunde confianza y le otorga el dulce sueño. Mientras, en el piso superior, Penélope se despierta, y, consumida por el dolor de la ausencia, pide a Artemisa que le conceda la muerte antes que tener que entregarse a uno de los pretendientes. Al alba —«se descubrió la Aurora, de áureo trono»—, Odiseo despierta al oír los lamentos de Penélope, implora a Zeus una señal y el dios responde enviando un fuerte trueno desde el cielo despejado.

Ambos ruegos expresan una misma situación de sufrimiento, aunque desde perspectivas distintas: Penélope, que lleva veinte años sufriendo la ausencia de su amado Odiseo, se ve cada vez más presionada a elegir un nuevo esposo; él, por su parte, siente el dolor de ambos, e ira e impaciencia ante la venganza que está a punto de llevar a término contra los pretendientes. Ella pide la muerte; él implora una señal favorable para su venganza. El súbito y retumbante trueno de Zeus en un cielo sin nube alguna adquiere el valor de una respuesta divina: las súplicas de los esposos, que aún siguen separados —pero ahora tan cercanos en el mismo ámbito—, son escuchadas en el Olimpo, y la respuesta de Zeus anticipa la proximidad del desenlace.

El sueño de Penélope participa también de esta secuencia. Tras rogar a Artemisa que ponga fin a su vida antes de verse obligada a aceptar a otro esposo (vv. 61-83), Penélope recuerda el sueño de esa misma noche: un hombre semejante a Odiseo, tal como era cuando partió con el ejército, yace junto a ella. Su corazón se alegra porque cree que no es un sueño, sino una realidad (vv. 87-90). El sueño prolonga así la tensión entre esperanza y dolor que domina la escena.

La palabra como presagio: phḗmē y klēdṓn