miniatura|400px|Jardín del Museo de Arte Adachi, Yasugi (Shimane) La historia del jardín japonés comprende prácticamente dos milenios, aunque su afianzamiento se produjo durante los períodos Asuka y Nara (538-794), con apenas vestigios de antecedentes anteriores. Desde su surgimiento ha tenido una evolución uniforme en el tiempo, con cambios estilísticos derivados principalmente de diferencias religiosas y culturales.
La jardinería, considerada en Japón un arte equiparable a la pintura, se desarrolló a lo largo del tiempo en diversos períodos y estilos que se fueron sucediendo de forma cronológica, en paralelo al devenir histórico, social y cultural del pueblo japonés. También cabe destacar que gran parte del arte producido en Japón ha sido de tipo religioso: a la religión sintoísta, la más típicamente japonesa, formada alrededor del , se añadió el budismo en torno al , forjando un sincretismo religioso que aún hoy perdura y que también ha dejado su reflejo en el arte.
Las primeras referencias a unos espacios ajardinados, o bien espacios dedicados a la contemplación o la meditación —o a ceremonias y cultos al aire libre—, con o sin vegetación, proceden de la literatura y aluden a espacios de culto del sintoísmo, originalmente unos simples espacios cubiertos de guijarros; un buen exponente es el santuario de Ise. Posteriormente serían el budismo y una incipiente nobleza los primeros promotores de jardines, como se aprecia en el templo de Hōryū-ji. El auge de la aristocracia en el período Heian propició la creación de jardines cortesanos, grandes y con profusión de elementos, que fueron igualmente emulados por los templos budistas; un ejemplo es Byōdō-in. La llegada del budismo zen implicó un relevo entre la nobleza y los monjes, que pasaron a ser los principales artífices de jardines, que serían más austeros, con un principal protagonismo de los jardines secos, cuyo paradigma sería Ryōan-ji. Durante el período Azuchi-Momoyama el protagonismo pasó a los grandes señores feudales, que propiciaron un tipo de jardín grandilocuente, lujoso, como en el castillo de Nijō. Como contrapartida, en esa época surgieron los jardines de té, más simples y austeros. Durante el período Edo se fomentaron de nuevo grandes parques por parte de las élites sociales, como en Ritsurin, mientras que, de forma paralela, se democratizó la presencia de jardines en residencias humildes, con los llamados «jardines de patio». Entre finales del y principios del el arte de la jardinería se estancó y, así como las otras artes se enriquecieron en contacto con la cultura occidental, no ocurrió así en jardinería, hasta que poco a poco surgieron nuevos diseñadores que modernizaron el jardín japonés.
Características generales miniatura|180px|Jardín de ciruelos en Kamada (1857), de la serie Cien famosas vistas de Edo, obra de Utagawa Hiroshige
El arte japonés, como el resto de su filosofía —o, simplemente, su forma de ver la vida— es propenso a la intuición, la falta de racionalidad, la expresión emocional y la sencillez de actos y pensamientos, expresados a menudo de forma simbólica. Dos de sus características distintivas son la simplicidad y la naturalidad: las manifestaciones artísticas son reflejo de la naturaleza, por lo que no requieren una elaborada producción, sino que se basan en una economía de medios que otorga al arte una gran trascendencia, como reflejo de algo más elevado que queda tan solo esbozado, sugerido, siendo posteriormente interpretado por el espectador. Esta simplicidad está relacionada con una innata naturalidad en la relación entre el arte y la naturaleza, que para los japoneses es reflejo de su vida interior y la sienten con un delicado sentimiento de melancolía, casi de tristeza. En especial, el transcurrir de las estaciones les provoca una sensación de transitoriedad, viendo en la evolución de la naturaleza lo efímero de la vida. Esta naturalidad se refleja especialmente en la arquitectura —que engloba la jardinería—, que se integra de forma armoniosa en su entorno, como se denota en la utilización de materiales naturales, sin trabajar, mostrando su aspecto rugoso, áspero, inacabado. En Japón, naturaleza, vida y arte están indisolublemente unidos y la realización artística es un símbolo de la totalidad del universo.
La finalidad del es reproducir un paisaje natural en un espacio determinado, igual que la pintura lo hace en el lienzo. Para ello se suelen emplear pocos elementos, principalmente agua, rocas y arbustos, procurando reducir al mínimo la sensación de artificialidad. En Japón, la jardinería está íntimamente ligada a la arquitectura, de tal manera que suelen concebirse como un conjunto indisoluble.
miniatura|izquierda|Paisaje de las cuatro estaciones. Ocho vistas de los ríos Xiao y Xiang (principios del ), de Sōami, Museo Metropolitano de Nueva York. La inmaterialidad abstracta y etérea de la pintura japonesa influyó en la jardinería Hay diversos tipos de jardines, entre los que destacan dos tipos: tsukiyama, o «jardines de colinas y lagos»; y hiraniwa, o «jardines planos». Más tarde se pueden apreciar diversas modalidades, como los «jardines de paseo» (kaiyu-shiki), que se contemplan caminando por un sendero o en torno a un estanque; de «aposento» (tsubo-niwa), que se disfrutan desde un lugar fijo, generalmente un pabellón o cabaña tipo machiya; de «té» (roji), alrededor de un camino que conduce a la casa de té, con baldosas o piedras para marcar el camino; y de «contemplación» (karesansui, «paisaje de montaña y agua»), que es el más típico jardín zen, que se contempla desde una plataforma ubicada en los monasterios zen.
miniatura|En la Fiesta del Hanami, los japoneses acuden a parques y jardines a observar la belleza de los cerezos en flor La concepción de los jardines japoneses partió en buena medida de la religión, especialmente la sintoísta, en la que destacaba la comunión con la naturaleza, ya que se consideraba que las múltiples deidades sintoístas podían residir en elementos naturales como peñascos, árboles, montañas, ríos, lagos o rocas, elementos que pasaron de forma simbólica al jardín japonés. En la mitología nipona, el paraíso solía escenificarse mediante una gran montaña flanqueada de dos montes menores, que en ocasiones adquirían la forma de una tortuga y una grulla, elementos que aparecían en los jardines de forma simbólica mediante rocas. Con la llegada del budismo (), muchas de sus creencias se reflejaron igualmente en la jardinería, como la concepción del mundo plasmada en una montaña que emerge del mar rodeada de cumbres menores, elementos que pasaron igualmente a los jardines tipo karesansui.
Uno de los rasgos típicos del jardín japonés –como en el resto de su arte– es el aspecto imperfecto, inacabado, asimétrico, irregular. Frente al carácter frecuentemente geométrico de los jardines europeos, en Japón se busca la integración en la naturaleza, la mínima intervención, la comunión con el entorno natural. Otro aspecto de la estética nipona es la fugacidad, la apreciación de lo transitorio, como en la sucesión de las estaciones, que evidencia la mutabilidad de las cosas.
Los principales componentes de un jardín japonés son: las vallas, que pueden servir para cercar un recinto, enmarcar un paisaje o dirigir la circulación del viandante, pueden ser macizas —de fábrica revestida— o caladas —de madera o bambú—; los caminos, pensados sobre todo para la transición entre distintos ambientes; las rocas, muy valoradas como elementos simbólicos que reflejan el aspecto asimétrico y abstracto de la estética nipona, generalmente clasificadas en cuatro tipos: verticales, reclinadas, planas y arqueadas; el agua, propiciada por la frecuente pluviosidad del clima japonés, presente en estanques, lagos, arroyos y cascadas; islas y puentes, que suelen tener igualmente un carácter simbólico, ya que la islas suelen representar el paraíso, que puede ser algo inasequible al hombre —en islas sin acceso— o bien accesible mediante puentes, que pueden ser de piedra o madera, planos o arqueados, rectos o en zigzag; faroles o linternas (tōrō), elementos de carácter escultórico que sirven tanto para la iluminación nocturna como elementos decorativos, de piedra, bronce o madera, con gran variedad de formas y tamaños; y piletas (tsukubai), fuentes para abluciones situadas generalmente en los jardines de casas de té, de cara a un rito inicial de purificación anterior a la ceremonia del té, situadas generalmente en lugares umbrosos y frescos.
La vegetación más habitual de los jardines japoneses se divide en: árboles de hoja caduca (albaricoquero japonés, arce japonés, cerezo japonés, enebro, higuera sagrada, ginkgo, melocotonero, paulonia, roble japonés, sauce, zelkova), árboles de hoja perenne (alcanforero, Cedro japonés, ciprés japonés, pino blanco japonés, pino negro japonés, pino rojo japonés), arbustos de hoja caduca (deutzia, glicinia japonesa), arbustos de hoja perenne (azalea, camelia, crisantemo, fatsia, peonía, té), hierbas (campanilla, campanilla china, cáñamo, clavel salvaje, eulalia, kudzu, patrinia, trébol), plantas de agua (lirio oreja de conejo, lirio japonés, loto, nenúfar), bambúes (bambú, bambú amarillo o japonés, bambú negro, bambú tootsik) y musgos (musgo, musgo de espiga, musgo de hoja).
Periodización
miniatura|Pequeño jardín interior o tsubo-niwa
Para su estudio, el arte de Japón se divide en grandes períodos en términos de producción artística y desarrollos políticos importantes. La clasificación suele variar dependiendo del criterio del autor, además de que muchos de ellos pueden ser subdivididos. Por otro lado, también existen divergencias en cuanto al principio y final de algunos de estos períodos. La clasificación realizada por el arqueólogo Charles T. Keally es la siguiente:
Períodos históricos en la arqueología japonesaPrehistoria Paleolítico 50/35.000 - 13/9.500 a. P. Jōmon 13/9.500 - 2.500 a. P. Yayoi 500 a. C. - 300 Kofun 300 - 710 Nara 710 - 794 Heian 794 - 1185 Kamakura 1185 - 1392 Muromachi 1392 - 1573 Azuchi-Momoyama 1573 - 1600 Edo 1600 - 1868 Meiji 1868 - 1912 Taishō 1912 - 1926 Shōwa 1926 - 1989 Heisei 1989-2019 Reiwa 2019-presente
Período Kofun (300-552) miniatura|Espacio vacío para la futura reedificación del santuario de Ise, cubierto de grava
Esta era supuso la consolidación del estado central imperial. La sociedad japonesa estaba formada principalmente por agricultores y pescadores, aunque poco a poco fueron surgiendo nuevas clases sociales más elevadas y se formó un sistema de castas. Se consolidó el sintoísmo como la religión más popularmente practicada. El contacto con el continente asiático, principalmente con la civilización china, propició la llegada de numerosos avances en el terreno tecnológico, especialmente la metalurgia. Comenzó a desarrollarse una arquitectura más estable y, con ella, la jardinería.
Las primeras noticias de jardines japoneses provienen de la literatura: la crónica Nihonshoki (720) es la primera en mencionar la palabra «jardín» (niwa), en referencia a unos espacios naturales que la población dedicaba a las deidades nativas y consagrados al culto. Eran recintos acotados con grava o guijarros, cuerdas de fibra de arroz (shimenawa) o vallas, que más tarde pasaron también a los patios de los palacios para la celebración de diversos actos ceremoniales. Con el tiempo fue frecuente también la presencia de estanques, que solían tener un lago con un islote en el centro y uno o varios puentes para cruzar la corriente. El Nihonshoki menciona que los parques imperiales tenían estanques con carpas.