El retrato de Ignacio de Loyola es una obra perdida de Alonso Cano que representa al santo fundador de la Compañía de Jesús. Junto con el retrato pintado por Jacopino del Conte, se le considera una de las representaciones iconográficas más notorias realizadas en vida del santo.
Historia La obra se comenzó a producir en Madrid en 1585, bajo la supervisión directa de Pedro de Ribadeneira. Insatisfecho con la falta de verosimilitud que percibía en el retrato previo de Jacopino del Conte, Ribadeneira encargó a Alonso Sánchez Coello, reconocido retratista de la corte de la monarquía hispánica, la creación de una efigie que captara con exactitud los rasgos de Loyola.
De acuerdo con lo anterior, la elaboración del lienzo respondió a un proceso de síntesis entre la plástica y la memoria histórica. Por un lado, Sánchez Coello partió de un modelo de barro realizado previamente por el hermano Domingo Beltrán, esculpido bajo la vigilancia de Ribadeneira para corregir los rasgos alterados de la mascarilla mortuoria. Esta pieza tridimensional, más naturalizada, sirvió de base al pintor.
Por otro lado, Pedro de Ribadeneira, testigo cercano de la vida del fundador, aportó indicaciones precisas sobre la complexión y el color del rostro, apoyándose en la imagen que conservaba en su memoria de los años de trato personal con el santo.
La calidad técnica de la obra y su fidelidad fisonómica llevaron a los contemporáneos a considerarla superior a todas las versiones existentes hasta entonces. Su importancia como referente devocional motivó el encargo de dieciséis copias contemporáneas para su distribución en distintas provincias de la Compañía, si bien los cronistas jesuitas sostuvieron que ninguna de estas reproducciones alcanzaba la maestría del lienzo original.
El lienzo, que era custodiado en la Casa Profesa de la Compañía en Madrid, fue destruido por el fuego el 11 de mayo de 1931, durante las quemas de edificios religiosos ocurridos en la capital española al inicio de la Segunda República. Pese a su desaparición física, su legado iconográfico perduró a través de series de grabados y copias posteriores, que consolidaron esta imagen como una de las representaciones canónicas de San Ignacio de Loyola en el arte universal.
Referencias
Bibliografía
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