thumb|Progreso-Santa Fe-MapaDistrito válido desde 1980
thumb|Progreso-Santa Fe-DibujoCarreta-ca.1790 thumb|Arreo de mulas (de la zona del Cululú al Alto Perú), ca.1800 thumb|Fuerte típico en la zona de frontera del Cululú, hacia 1860 thumb|Progreso-Santa Fe-DibujoGaucho-ca.1870
Progreso es una comuna argentina ubicada en el Departamento Las Colonias, Provincia de Santa Fe. Se ubica en el centro geográfico de la provincia, a 75 km al noroeste de la capital provincial y a 45 km al norte de la ciudad de Esperanza, cabecera del departamento Las Colonias.
La línea vertebral de Progreso es la RP80-S, que por el este, a 7 km, se une a la RP4 (Laguna Paiva – San Cristóbal), que a la altura de Nelson conecta con la RN11 (Rosario – Clorinda, Formosa). Por el oeste se une a la RP62, que a la altura de Sunchales conecta con la RN34 (Rosario – Prof. Salvador Mazza, Salta).
Sus principales actividades económicas son la agricultura, tambera y la ganadería, además la localidad posee un centro comercial y de servicios importante que abastece a clientes de toda la zona.
Toponimia No habiendo quedado por escrito ni existiendo testimonio directo alguno sobre el nombre de Progreso, se fueron creando a lo largo de los años distintas interpretaciones.
Desde el punto de vista etimológico, el nombre cobra su verdadera dimensión. La palabra “progreso” es relativamente moderna: no se registra en la literatura española sino hacia 1570. Fue tomada del latín “progressus”, derivada a su vez de “progredi”: caminar adelante, y éstas de “pro”: delante y de “gradi”: andar. Jugando con las palabras y su significado original, los progresinos o “progradientes” son los que andan hacia adelante.
Es, sin embargo, en el sentido que la palabra “progreso” tenía en el donde hay que ahondar. La opinión del político santafesino Jonás Larguía, dada en 1871, resume mejor que nadie el concepto que se tenía en la época: “El trabajo es la ley del progreso. El progreso es la ley de la humanidad…”. Reforzando la idea, el título de un artículo del periódico esperancino “La Unión” hacia fines del decía: “Progreso: la palabra del siglo”. El progreso era entonces símbolo de un valor humano, con el que se identificaba la sociedad que marchaba a la vanguardia, que identificara totalmente el ideal del europeo colonizador, convencido de la superioridad de su cultura.
Tanto el fundador Crespo o el colonizador Claus pudieron haber propuesto ese nombre, los dos estuvieron de acuerdo en que la colonia se denominara así, y se convencieron de que era el mejor nombre que podía tener.
Historia general Hasta 1800 - Indígenas, españoles y criollos Antes de la llegada de los españoles a América, la zona del Cululú (un conjunto de distritos a ambas márgenes del curso medio del arroyo Cululú, donde se ubica Progreso), presentaba un aspecto virgen: una planicie de pastos salpicada por cañadas, y algunos montecillos a la vera del río y arroyos, en la ecorregión llamada espinal. Sin embargo, la zona estaba apenas ocupada: no era tan apta para la caza y la pesca, tenía poca agua y carecía de ríos utilizables como vías de comunicación. Siendo una zona de transición, entre el Chaco, la Pampa y la Costa Paranaense, constituía una especie de frontera natural entre distintos grupos indígenas, que la tenían más de tránsito que de habitación.
La relativa paz que reinó desde la fundación de la ciudad de Santa Fe en 1573, hasta los primeros años del siglo siguiente, permitió la distribución de tierras entre los vecinos a ambas márgenes del río Salado, donde surgieron las primeras estancias, que concentraban las tropas de hacienda o de carretas antes de emprender la travesía hacia el Tucumán, y de allí al Alto Perú. También se las dedicaba a la cría de ganado, con la consiguiente construcción de corrales de “palo a pique” y de ranchos, y fueron escenario de arreos y de vaquerías de los primeros gauchos santafesinos. Hacia 1630 la situación cambió. Un grupo originario de los denominados Valles Calchaquíes de la zona precordillerana (Salta, Tucumán y Catamarca), los indios calchaquíes, desplazados de sus lugares ancestrales por la conquista española que se había impuesto, hicieron irrupción en el centro y norte santafesinos. La población blanca se retiró hasta la ciudad de Santa Fe, quedando el territorio ocupado para los recién llegados, adaptándose al nuevo medio de vida que se les ofrecía.
El esfuerzo español y criollo por contener el avance calchaquí dio buenos resultados, volviendo a una situación pacífica hacia 1690. Poco a poco los indios fueron sometidos. Algunos grupos fueron derrotados y exterminados, otros fueron convencidos para vivir en reducciones conducidas por religiosos, y ya asimilados aceptaron incluso combatir a sus hermanos montaraces. Surgieron nuevamente estancias y capillas en la zona occidental del río Salado y se volvió a poblar la zona del Cululú.
Hacia 1710 otro grupo indígena, llamado guaykurú, nativo del Chaco, se lanzó por entonces sobre territorio santafesino. Jinetes diestros e implacables, fueron arrasando todo a su paso. Los indios, mocovíes o abipones, quedaron dueños del lugar, y llegaron a establecerse con sus familias, en bien pobladas tolderías.
En 1718, cuando la propia ciudad de Santa Fe estaba a punto de ser abandonada por sus habitantes, su Teniente Gobernador Martín de Barúa salió en expedición en busca de los indios invasores, con el propósito de contener su avance. Encontró un grupo numeroso al llegar al arroyo Cululú, a unos 60 o 70 km de Santa Fe (que ubican el escenario en los actuales distritos de Cululú, Santo Domingo o Progreso), teniendo lugar la Batalla del Cululú, con gran matanza de indígenas.
A pesar del resultado de la batalla, el avance guaykurú siguió con más fuerza que antes, la zona del Cululú continuó siendo durante muchos años tierra exclusiva de los indios montaraces. Los dos fuertes que se construyeron en 1763 en el centro provincial, dejaron a la zona del Cululú entre ambos, disminuyendo fuertemente la presencia indígena, y pasado a ser una zona de frontera, peligrosa y mal defendida.
El impulso que las autoridades del Virreinato del Río de la Plata, creado en 1776, dieron a la defensa de las fronteras, llegó hasta este rincón de sus dominios. Entre 1776 y 1779 el Teniente Gobernador Melchor Echagüe y Andía hizo levantar el fuerte Cululú, en la margen izquierda del arroyo “a unas cuatro leguas de su desembocadura en el río Salado” (unos veinte kilómetros, que ubican al fuerte en jurisdicción del actual distrito Cululú). Con la erección del fuerte, la zona fue quedando paulatinamente libre de indios, y se hizo más accesible, aunque no llegó a constituirse en origen de un poblado estable.
Todavía por 1800 las tierras del futuro Progreso estaban ubicadas en una zona sin nombres precisos: a veces eran denominadas como Cululú y a veces como La Ramada (nombre que ya tenía más de doscientos años de antigüedad). Hacia 1800 La Ramada parece nombrar a una zona comprendida en el norte del actual Grütly, sur de Hipatia y suroeste de Progreso.
1800 / 1881 - "Descubrimiento", espera y gestación Por esta época se agregó un nuevo camino (una huella), más al norte en dirección a Santiago del Estero, que pasaba por la zona del Cululú, colocándola en el dominio de lo explotable y económicamente valioso. Así lo estimó un viajero que frecuentaba ese camino: Francisco Antonio Candioti. Sus viajes al Alto Perú, donde comerciaba sus productos provenientes de toda la región litoral, y aun hasta de Asunción, le redituaban grandes beneficios. Dueño de centenares de miles de cabezas de ganado, y de extensas propiedades rurales que ocupaban varias regiones, era por entonces el vecino más rico de Santa Fe. Cabe presumir que al pasar por estas tierras, aparentemente sin otro dueño que el rey español, pensara en adquirirlas, acrecentando la extensión de sus campos y su ganado, y planeando quizá establecer allí una estancia. Su primer paso (en 1802), fue denunciarlas ante el gobierno, a efectos de que se verificara su dominio realengo, y se mandara mensurarlas y tasarlas, dejándolas en condiciones de ser adquiridas.
Los movimientos revolucionarios que se estaban gestando en el Virreinato cambiarían una vez más el curso de los acontecimientos en esta tierra. El estallido de mayo de 1810 exigió a la población criolla un esfuerzo supremo. El eterno enemigo indígena pasó a un segundo plano: ahora el enemigo principal lo constituían las fuerzas españolas, que con sus filas bien armadas y disciplinadas amenazaban las todavía desorganizadas huestes patriotas. La zona del Cululú no quedó al margen de esos acontecimientos. Los soldados que la custodiaban desde su flanco norte, y todo hombre en condiciones de alistarse, acudieron al llamado patriota, dejando sus puestos descubiertos en los fuertes o en las estancias. Los guaykurúes aprovecharon la ocasión: penetraron las debilitadas defensas, y arrasaron nuevamente todo lo que en pocos años habían logrado sus enemigos blancos. Francisco Antonio Candioti, nombrado gobernador santafesino en 1810, intentó contener su arrollador avance. Pero sus esfuerzos fueron inútiles, y vio cómo su pretendida tierra de La Ramada, que ya no tenía Rey, no podía ser defendida. Hacia 1818 toda la frontera norte había quedado a merced de mocovíes y abipones. La zona del Cululú volvió a ser refugio de tolderías, de ganado robado de las estancias, y escenario de las escaramuzas entre unos y otros.
Hacia 1836, Estanislao López estableció una nueva línea de frontera en el norte, que pasaba justamente por la zona del Cululú, defendida por dos precarios fuertes: Cabrera (entre el arroyo Cululú y el río Salado, en algún lugar de los actuales distritos Cululú y Santo Domingo), y Ramada (al sur del arroyo Corrales, cerca de su desembocadura en el Cululú, es decir en el actual Grütly, muy cerca del límite con Progreso). La crónica señala que se fomentaba el asentamiento de población junto a estos pequeños fuertes, y entre los pequeños poblados se mencionan en 1837 a los de Ramada y Corrales. Todo indica que estas poblaciones estaban compuestas de soldados que vivían con indias cautivadas.
Aun con sus adelantos y retrocesos, esta parte de la frontera no volvió a ser dominada por los indios, más allá de sus continuas incursiones con secuelas de robo y de muertes. A no ser que aparezcan otras evidencias, cabría concluir que la zona del Cululú está habitada en forma continua por lo menos desde 1837, con población criolla e indígena asimilada. En los años siguientes la línea de fuertes se fue trasladando gradualmente hacia el norte, y volvieron a abandonarse los establecidos en esta zona ya pacificada. Quedaban aun algunos indios montaraces, algunos soldados desertores y otros elementos marginales que atemorizaban a los escasos pobladores del Cululú.
La nueva situación de paz definitivamente lograda, fue propicia para los primeros intentos de colonización (de ocupación de las tierras con fines agrícolas), pero esta vez favorecida por privados y el gobierno provincial, dirigida a pobladores extranjeros. Surgen entonces Esperanza (en 1856), seguida por San Jerónimo y San Carlos, y unos años después, en 1869, Grütly, en las puertas mismas de lo que sería Progreso.
Ya por entonces, una serie de leyes provinciales impulsaban la adquisición de tierras fiscales, y el apoyo a su colonización. Por otro lado, un grupo de notables interrelacionados: gobernantes, agentes de colonización, hacendados y comerciantes emprendedores, a quienes se sumaban parientes y allegados, hacían sus ofertas por las tierras libradas del indio, conciliaban sus intereses sobre los reclamos superpuestos de terrenos, y compraban esa tierra pública a buen precio. Los terrenos, hasta entonces apenas divididos, se fueron adjudicando y fragmentando en extensas áreas dando forma a los futuros distritos.