El asedio de Santafé de Bogotá tuvo lugar entre el 10 y el 12 de diciembre de 1814 y fue el epílogo de la guerra civil entre Centralistas y Federalistas. La batalla concluyó con la rendición y saqueo de la capital virreinal y la unificación de la Nueva Granada a manos de los federalistas.
Antecedentes Derrota de Nariño El 29 de agosto de 1813, el teniente general Antonio Nariño renuncia al gobierno de la provincia de Cundinamarca a favor de Manuel de Bernardo Álvarez y marcha a Popayán para enfrentar a los realistas del sur con un ejército de 1200 infantes y 200 jinetes cundinamarqueses, la mayoría bisoños. Se le solicita apoyo a las provincias vecinas, lo que cumplen a regañadientes El Socorro y Tunja. De todas formas, la fuerza patriota alcanzó los 1500 infantes, 500 jinetes y un parque con abundante artillería, pero la expedición acabó desastrosamente en los ejidos de San Juan de Pasto el 10 de mayo de 1814. Al día siguiente, el ejército republicano se retiró mandado por el brigadier general José María Cabal. El general Nariño es dejado atrás y deambula por tres días en los bosques cercanos hasta decidir entregarse a sus enemigos. Ante esta crisis, Álvarez asume una dictadura el 1 de junio por un período de seis meses.
Refugiados venezolanos El 25 de septiembre, desembarcan en Cartagena de Indias, Simón Bolívar y Santiago Mariño, ambos venezolanos con el rango de general de brigada. Cinco días más tardes publicaban en la Gaceta Oficial de Cartagena una narración de la caída de la Segunda República de Venezuela. La estadía de Bolívar en el puerto fue breve, poco después marchó al interior.
No eran los únicos, muchos oficiales y políticos venezolanos llegaron huyendo de la derrota sufrida en Venezuela. El general de brigada Rafael Urdaneta comandó la emigración de Occidente, evacuando 2000 hombres desarmados de la guarnición de San Carlos, seguidos por cerca de 6000 mujeres, niños y ancianos que quisieron acompañarlos a los que dejaba en los pueblos por donde pasaba. Las guerrillas monárquicas los habían acosado todo el camino hasta la Nueva Granada como lo habían hecho a los patriotas que huían de Caracas en la emigración a Oriente. Urdaneta había remontado el río Apure y llegaba a Cúcuta el 10 de octubre con los restos de su división, permaneciendo ahí hasta recibir órdenes secretas de Bolívar para viajar a Tunja, partiendo el 8 de noviembre. El día 14 Urdaneta y Bolívar se encuentran en Pamplona. El 22 de noviembre llegan a Tunja, donde Bolívar se presenta ante el Congreso federal y dos días más tarde, es ascendido a teniente general, equivalente a un general de división. El Congreso aprovechaba la ocasión para sumar a los recién llegados a sus tropas y atacar a su rival debilitado.
Movilización El 28 de noviembre en Tunja, el Congreso ofreció a Bolívar el mando de un ejército de neogranadinos y venezolanos con la misión de tomar Santafé de Bogotá, lo cual fue aceptado. Al día siguiente, el Congreso le declaró la guerra al Estado Libre de Cundinamarca. Por otra parte, entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre, los veteranos de Urdaneta llegaron a Tunja. Así, las distintas unidades federales salen de Tunja a Santafé entre el 2 y 4 de diciembre. El conflicto entre centralistas, federalistas y realistas de Nueva Granada nunca alcanzó el grado de violencia que se vivió en Venezuela por la ausencia de una fuerte tradición marcial y siempre fue una «guerra cívica», es decir, una lucha entre ciudades, no una guerra civil entre castas como la que vivieron los venezolanos.
Los federales controlaban la mayoría de la población, pero al dividirse en «provincias soberanas» y carecer de unidades profesionales les dificultó organizar ejércitos; sólo Cartagena y Santafé tenían soldados de línea, apenas 3000, la mayoría en la primera, el resto de las provincias sólo milicias mal entrenadas. Hubo otro factor que también ayudo a dificultar las movilizaciones, durante esta fase de la guerra de independencia las provincias del interior se desentendieron en gran medida de la lucha contra los realistas, dejando a las fronterizas la mayor parte del esfuerzo bélico. Aunque el ingeniero militar Francisco José de Caldas afirmaba que las Provincias Unidas tenían diez mil hombres para derrocar a Nariño, a quien llamaba tirano, la verdad es que los ejércitos neogranadinos siempre fueron de tamaño reducido. El historiador español Salvador de Madariaga estimó que en 1814 los patriotas contaban con 3000 hombres dispersos en Cúcuta, Casanare y Popayán, otro tanto guarnecía Cartagena pero actuaba por su cuenta y otro tanto se había perdido en la malograda expedición de Nariño.
Tanto federalistas como centralistas usaban a los batallones como la unidad básica de sus milicias, clasificándolos en dos categorías: de reclutamiento y de combate. Los primeros se constituían de las milicias coloniales, especialmente las disciplinadas, y servían como reserva. Los segundos se formaban reclutando a los soldados más aguerridos y experimentados de otras unidades, formando unidades de élite capaces de realizar maniobras militares complejas. La oficialidad usualmente estaba formada por miembros de las clases medias, como comerciantes, o del patriciado; la pertenencia a este último ayudaba a ascender rápidamente en los rangos, aunque con el desarrollo de la guerra también fueron apareciendo oficiales venidos de la tropa.
La ciudad Según el empadronamiento realizado en toda la Nueva Granada por las autoridades virreinales, comenzado en 1798 y finalizado en 1803, la ciudad se dividía en 195 manzanas que sumaban 4517 viviendas habitadas por 8191 hombres y 9890 mujeres seculares a quienes se deben sumar 719 religiosos en conventos de monjas, 489 en conventos de religiosos y 175 en dos colegios. En total habitantes, sin incluir más de 1000 mendigos y vagos sin hogar fijo ni viajeros que llegan y se van constantemente. Sin embargo, considerando lo imprecisos que solían ser los censos de la época, José Manuel Restrepo consideraba que la población de la ciudad debía ser de a habitantes.
El periódico El Correo Curioso describe que a inicios de la centuria, Santafé limitaba al este a los cerros Monserrate y Guadalupe y al oeste una extensa llanura llamada «de Bogotá», su clima era benigno y sus tierras fértiles. Era residencia de los virreyes y los reales tribunales de la Audiencia, Cuentas y Cruzada y contaba con la catedral metropolitana del reino, una Real Casa de Moneda, una biblioteca pública, un hospicio para hombres y otro para mujeres, un hospital general a cargo de la orden juandediana. Religiosamente se dividía en cuatro parroquias y una capilla castrense para los militares que sumaban 31 templos, incluidas las ermitas, 8 conventos de religiosos y 5 de monjas, 2 colegios públicos, varios privados de las órdenes religiosas y una universidad pontificia y regia administrada por la orden dominicana. Para garantizar una mejor seguridad, se dividía en ocho barrios con un alcalde comisario cada uno.
Preparativos defensivos
En cambio, el 30 de noviembre llegó a Bogotá la noticia de que Bolívar marchaba con un ejército sobre la ciudad y el 1 de diciembre hubo un «toque de la generala», lo que se repitió tres días más tarde. Era un llamado a todo hombre a presentarse a la defensa de la urbe, tuviera o no armas. El 2 de diciembre llegó oficio de Bolívar en que solicitaba las armas y soldados de Cundinamarca para reconquistar Caracas. El 3 de diciembre en esa ciudad se decidió rechazar los ofrecimientos de rendición de las Provincias Unidas y se prepararon para el asedio. Para decidir se había reunido una asamblea de «padres de familia» en el convento de San Agustín, participando más de mil personas. Se armaron a los vecinos y se repartieron cuchillos entre las mujeres. Aquel mismo día empezaron a cavarse las trincheras, lo que se continuó al siguiente, con los sacerdotes de las iglesias de San Diego y San Francisco y muchas mujeres, incluyendo nobles, ayudando en los trabajos; muchos temían a los rumores de saqueos perpetrados por los venezolanos en su marcha.
El 5 de diciembre, los defensores construyeron fuertes en San Diego, La Alameda y San Victorino, donde instalaron cañones de a 8 libras, cuatro, tres y cinco respectivamente; además, había seis pedreros en San Diego. También se distribuyeron unidades para guarnecerlos, los Patriotas a San Diego, los Nacionales a La Alameda y los Auxiliares o Defensores de la Patria a San Victorino; las milicias se instalaron en la plaza principal.
El arzobispo de la ciudad, Juan Bautista Sacristán, excomulgó a Bolívar y sus oficiales y se les advirtió a los defensores que los federalistas venían con intenciones de destruir la ciudad y a la Iglesia católica.
Fuerzas enfrentadas Federalistas En el el historiador y militar español Feliciano Montenegro Colón hablaba de 1800 ó 3000 soldados de las Provincias Unidas. Décadas después, los historiadores colombianos Jesús María Henao y Gerardo Arrubla apoyarían la primera cifra del español, que también fue aceptada por su colega y compatriota, José María Vergara y Vergara, quien distribuía a los federales en 1300 infantes y 500 jinetes de los que 800 serían venezolanos.
En el , el también historiador, pero venezolano, Vicente Lecuna (luego repetido por el colombiano Rafael Pardo), afirma que eran 1000 veteranos venezolanos batallones Barlovento, Valencia y La Guaira y el escuadrón Soberbios Dragones de Caracas, y 2000 eran reclutas de Tunja; muchos luchaban como infantería con lanzas pues se habían acostumbrado a ese tipo de combate en Venezuela. Durante la marcha, Bolívar se dio cuenta de que su ejército era muy pequeño como para asediar Bogotá, así que hizo levas de caballería en el altiplano cundiboyacense hasta reunir 2000 hombres armados con lanzas o astas de púas, llegando a ser muy útiles algunas de esas unidades.
El historiador español Francisco Antonio Encina sostuvo que la hueste federal incluía 1000 veteranos al mando del general Urdaneta, 2000 milicianos a pie aportados por las provincias (muchos armados sólo con machetes) y 2000 lanceros a caballo que se le sumaron durante su marcha por Cundinamarca. De estos, 800 eran venezolanos que lograron escapar con Urdaneta de la caída de la Segunda República. Respecto de las tropas de línea o regulares, el historiador señala que en Tunja apenas había 500 plazas, la mitad que en Cundinamarca. Posteriormente, el francés Clément Thibaud apoyó el cálculo de 5000 hombres y agregó que 800 eran veteranos y el resto irregulares, basándose en el historiador colombiano José Manuel Groot, quien estimaba que las provincias de Tunja y Socorro pudieron movilizar 4200 milicianos y 800 veteranos durante la primera fase de la guerra civil.
Destacaba el batallón Bravos del Socorro, de 200 a 300 plazas al mando de Lino Ruiz. Llegaron a finales de año a Tunja y de inmediato fueron incorporados a la hueste de Bolívar. Otro batallón de socorranos llegó a Tunja cuando los federalistas ya estaban ultimando la rendición de Bogotá. En realidad, solo las provincias de Socorro y Tunja combatieron en esta campaña, el resto de las provincias del interior ya se habían sometido de una u otra forma a los mandatos de Cundinamarca.
Centralistas Henao y Arrubla dicen que los defensores sumaban 1500 regulares y 2000 vecinos armados, entre ellos los sobrevivientes de la campaña de Nariño, al mando del brigadier José Ramón de Leyva. Un número más bajo lo da Caballero, quien afirma que cerca de 3000 hombres se reunieron para defender la villa, incluyendo 200 jinetes que llegaron el 6 de diciembre.