Safo, historia de una pasión es una película melodramática argentina de 1943 dirigida por Carlos Hugo Christensen, protagonizada por Mecha Ortiz y producida por el estudio Lumiton, durante el período clásico del cine argentino. Está basada en la novela francesa Sapho (1884), de Alphonse Daudet, con guion adaptado por César Tiempo y Julio Porter. La historia fue seleccionada especialmente pensando en Ortiz como protagonista, que interpreta a una misteriosa mujer de la noche que seduce a un joven y tímido provinciano, muchos años menor, recién llegado a Buenos Aires. El galán escogido fue el hasta entonces desconocido Roberto Escalada, y el triángulo amoroso de la película se completó con la joven Mirtha Legrand, que aceptó un papel menor pese a estar ya consagrada como primera figura.
El fuerte contenido erótico del film, aunque leve para los estándares actuales, era considerado de avanzada para la época, ya que el cine argentino no se había caracterizado hasta entonces por su tratamiento de la pasión romántica, y rompió con el molde imperante del cine protagonizado por ingenuas adolescentes. Por esta razón, Safo es a menudo reconocida como la iniciadora del cine erótico en Argentina. La película causó problemas con la censura desde el rodaje hasta poco antes de su estreno, uno de sus afiches fue prohibido y se convirtió en una de las primeras películas nacionales en ser prohibidas para menores de 16 años. Safo recibió elogios de la crítica y fue un rotundo éxito comercial en la Argentina y en otros países de América Latina, que consagró al joven Christensen como director, a Ortiz como gran diva y a Escalada como un galán codiciado dentro de la industria. La Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina le otorgó a Ortiz el premio a la mejor actriz por su trabajo en la película.
Considerada una de las películas de culto de Argentina, Safo es reconocida como un clásico del cine nacional y una de las obras clave en la filmografía de Christensen, e introdujo una línea de melodramas eróticos que continuaría con títulos como El ángel desnudo (1946) y Los pulpos (1948). Ha sido valorada particularmente por la cultura homosexual argentina, que vio en ella representaciones veladas de la propia homosexualidad de Christensen, y convirtió a Ortiz en uno de los primeros íconos gay del país. La figura de «mujer-araña» del personaje de Ortiz fue la imagen que inspiró a Manuel Puig su novela El beso de la mujer araña. Tras un incendio en los Laboratorios Alex en 1969, la película no volvió a verse en su metraje original durante décadas, lo que acrecentó su estatus mítico. En una encuesta sobre las 100 mejores películas del cine argentino realizada por el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken en el año 2000, ocupó el puesto 43.
Argumento
En 1914, en un pueblo de Mendoza, el joven Raúl —que sueña con convertirse en cónsul— recibe la noticia de un nombramiento en Buenos Aires gracias a la amistad de su tío, Silvino, con el influyente doctor Benavídez. Raúl decide partir esa misma noche: se despide de sus padres y de Teresa, la joven esposa de su tío, y viaja con este a Buenos Aires, adonde llegan en plenos festejos de carnaval. Tras instalarse en la pensión, Raúl y Silvino asisten a una fiesta en la casa del adinerado Delavalle, donde el joven es seducido por una mujer mucho mayor y muy directa. Raúl la lleva a su departamento y la carga con esfuerzo en brazos por varios pisos, mientras una voz en off advierte que su relación sería tan difícil como esa subida de escaleras. Tras pasar la noche juntos, Raúl despierta y la mujer ya se ha ido, aunque le dejó una tarjeta con su nombre y su contacto: Selva Moreno.
Esa misma tarde, antes de que Silvino regrese a Mendoza, ambos visitan al doctor Benavídez, donde conocen a su joven e ingenua hija, Irene, que reconoce a Raúl de cuando, de pequeña, visitaba a su abuela, vecina del mismo pueblo que él. Tras una cena en la que Raúl e Irene muestran interés mutuo, el grupo acompaña a Silvino a la estación de tren y Benavídez e Irene dejan a Raúl en su pensión. Al entrar a su departamento, Raúl encuentra a Selva sentada, esperándolo, y ninguno de los dos puede resistirse a la pasión que sienten el uno por el otro.
Selva y Raúl inician un romance apasionado. Un día, mientras están juntos, se cruzan con el escultor Caudal, autor de una conocida estatua de una mujer desnuda que representa a la poetisa griega Safo. Caudal dice ser un viejo amigo de Selva y le reclama que ya no salga tanto. En el lujoso departamento de Selva, donde vive con su criada —apodada Langosta—, cuelgan pinturas de desnudos con dedicatorias a ella y una reproducción de la escultura de Safo. Mientras están recostados, Selva sale del dormitorio a recibir a un hombre que llega de improviso, y Raúl oye cómo este le reclama todo lo que le dio y le ruega que vuelvan a estar juntos. Ofendido, Raúl le comunica a Selva que lo suyo terminó y la abandona.
Los días siguientes, Selva merodea la entrada del trabajo de Raúl y le envía una carta en la que le dice que seguirá esperándolo porque lo necesita. En una cena en lo de Benavídez, Raúl conoce a Molina, autor de un poemario titulado Selva que es uno de sus libros favoritos, y profundiza su cortejo con Irene. Al llegar a su departamento sintiéndose mal, encuentra otra vez a Selva sentada en la puerta, esperándolo. Raúl tiene mucha fiebre y ella lo ayuda: lo acuesta y lo cuida mientras él delira y exclama el nombre de Teresa en sueños. Ya recuperado, Raúl descubre que Selva vendió sus pertenencias para pagar la visita del médico y, conmovido por su dedicación durante la enfermedad, se entrega de nuevo a ella. Mientras se besan, Irene llega al domicilio de Raúl y se marcha espantada al ver unos zapatos de mujer tirados, que sugieren que está durmiendo con Selva.
Selva y Raúl profundizan su relación y se mudan a una casa apartada, acompañados por Langosta, para poder estar solos y vivir su amor en libertad. En el trabajo, Benavídez le pregunta a Raúl si hubo un disgusto con Irene, ya que la vio muy angustiada y decidió enviarla a Mendoza para despejarse; Raúl, además, rechaza una invitación para hablar de su futuro profesional con tal de volver junto a Selva. Camino a la casa, Raúl entra en un bar a comprar cigarrillos para Selva y se encuentra con Caudal, que lo invita a sentarse con él, Delavalle y Molina. Los hombres revelan haber tenido todos una relación con Selva —a quien apodan «Safo»— y le hablan a Raúl de su fama de mujer devoradora que se aprovecha de los hombres, y de que ella fue la modelo de la estatua desnuda. También le cuentan su historia con el dibujante Carbone, que causó escándalo en su momento: él falsificaba dinero para dárselo y terminó seis años en prisión. Consternado, Raúl vuelve a la casa, enfrenta a Selva con su pasado, quema sus cartas de amor y la abandona.
Raúl regresa a Mendoza en busca de Irene, con quien comienza un romance. Estando allí, recibe un telegrama del doctor Benavídez que le ofrece el consulado de Liverpool, pero anuncia que pedirá posponerlo para poder pedir la mano de Irene en matrimonio. También recibe una carta de Selva, que rompe sin abrir. De vuelta en Buenos Aires, Raúl obtiene la bendición de Benavídez para casarse con Irene y más tarde se cruza con Molina, quien le cuenta que Selva vive en la miseria y se ha negado a recibir ayuda económica. Raúl va a buscarla y la encuentra trabajando como criada en una gran casa. Selva le dice que sabía que volvería y que su pequeña casa los espera; Raúl le ofrece ayuda en nombre de los días felices compartidos, pero le comunica que va a casarse y que lo suyo no volverá a repetirse. También le comunica que volverá a buscar su correspondencia que había dejado en el domicilio.
Raúl va junto a Benavídez a recibir a Irene en la estación de tren, donde este les comunica que consiguió que otra persona tomara la oferta del consulado y que Raúl se quedaría con un importante cargo del ministerio. Raúl se despide de Irene y le dice que debe ocuparse de una última cosa antes de seguir juntos. Se dirige a la casa que compartía con Selva, de la que ve salir a una figura masculina. Selva le confiesa que ese hombre es Carbone, que acaba de recuperar la libertad. Raúl y Selva discuten y él llega a abofetearla, pero ambos terminan rindiéndose a la pasión que se tienen y se besan. Nuevamente tomado por el romance con Selva, Raúl decide que suspenderá su matrimonio para marcharse lejos con ella.
A la mañana siguiente, se dirige a lo de Benavídez y le confiesa que hay otra mujer en su vida y que quiere el puesto en Liverpool para irse del país. Benavídez se ofende, le reclama que jugó con los sentimientos de Irene para conseguir un ascenso y le advierte que, si se va, habrá muerto para ellos. Raúl se marcha y, antes de salir, se cruza con Irene, que lo deja ir entre lágrimas. Al regresar a la casa de Selva, no la encuentra: en su lugar halla una carta junto a la estatua de Safo, en la que ella le explica que decidió irse con Carbone. Selva concluye que su tranquilidad está con Carbone y no con un joven como él, que tiene toda la vida por delante y no merece atarse a una figura como ella.
Reparto
Temas y estilo
Safo, historia de una pasión se inscribe dentro del género cinematográfico del melodrama, el estilo dominante durante la Época de Oro del cine argentino, pero con la novedad de introducir una temática de fuerte contenido erótico que —aunque leve para los estándares actuales y sin escenas de sexo o desnudez— era considerada audaz y transgresora para la época. Por esta razón, es considerada históricamente como la iniciadora del cine erótico en Argentina. Safo se estrenó en un momento en que un estilo del cine clásico argentino, aunque todavía dominante, mostraba signos de agotamiento: el de las películas protagonizadas por jóvenes ingenuas y virginales, ambientadas en entornos burgueses y encabezadas por nuevas estrellas adolescentes como Mirtha Legrand o María Duval. Carlos Hugo Christensen se erigió en pionero en poner en jaque el llamado «cine de ingenuas», tanto con Safo como con Dieciséis años, estrenada ese mismo año: en ellas colocó a Legrand y a Duval, las dos figuras más representativas del género, en tramas de fuerte carga sexual. Christensen continuó este estilo de «melodrama erótico» con películas como El ángel desnudo (1946) y Los pulpos (1948), que consolidaron su fama de enfant terrible de la industria.
Safo abrió una segunda etapa en la filmografía del Christensen, caracterizada por un manejo cada vez más depurado y sofisticado de los aspectos técnicos, en la que alternó fundamentalmente entre dos formatos. Por un lado, la línea de melodramas en los que exploraba el erotismo —considerado de avanzada para su época—, generalmente con Ortiz como protagonista; por otro, comedias románticas que prolongaban la primera fase de su obra, aunque con un tono menos ingenuo, por lo general protagonizadas por Legrand. Según Alejo Janín, la filmografía de Christensen presenta «dos caras: la iluminada, que le permitía dirigir aquellas comedias ligeras, y la oscura, que teñía con paranoia y pesadumbre varias de sus cintas más reconocidas. Al igual que la luna, la cara oscura es la menos visible y, a su vez, la más fascinante (...) inaugurada por Safo, historia de una pasión, y continuada por El ángel desnudo (1946), La muerte camina en la lluvia, Los pulpos (1948), [La trampa (1949)], Armiño negro (1953), No abras nunca esa puerta (1952) y Si muero antes de despertar (1952)». Raúl Manrupe y María Alejandra Portela señalaron que Safo reúne los «elementos favoritos de su director: pasiones mórbidas, ambientes sombríos y una telaraña escenográfica omnipresente para subrayar el destino que atrapa a los protagonistas».