La historia de Astorga es la propia de una ciudad marcada por su situación estratégica.

Edad Antigua Primeras noticias thumb|Operaciones militares romanas llevadas a cabo durante las guerras cántabras.

La historia de la ciudad se remonta, en teoría, a la época prerromana, pues ya el geógrafo romano Ptolomeo, en el Libro II de su Geografía, se refirió a Asturica como ciudad astur y capital de los amacos. Esto ha dado pie a distintos investigadores a otorgarle un origen indígena. El primero en hacerlo fue Manuel Gómez Moreno en 1905, quien se basó en la posición elevada del lugar. Más adelante, José María Luengo pretendió respaldar ese origen indígena con hallazgos arqueológicos, en concreto con un torque de oro de origen desconocido y depositado en el Museo Arqueológico Nacional, dos fíbulas romanas, y monedas ibéricas procedentes de colecciones particulares.

Sin embargo, las excavaciones arqueológicas que se han realizado en el recinto urbano no han aportado ningún material que pueda corroborar tales orígenes. Por ello no se puede afirmar, de manera científica, que hubo un poblamiento prerromano, a pesar de existir varios castros de la Edad del Hierro en los alrededores de Astorga.

Época romana

thumb|Vista de una de las cloacas de Asturica Augusta.

Su fundación, a partir de los datos obtenidos gracias a la arqueología, está relacionada con la presencia, a raíz de las guerras astur-cántabras, de un destacamento de la Legio X Gemina. Esta, anteriormente o al mismo tiempo que se ocupa el cerro, estaba asentada en el campamento de Petavonium, en Rosinos de Vidriales (Zamora). Dicha presencia está atestiguada tras el hallazgo de dos trincheras o fosos como sistema defensivo, así como varias zanjas de cimentación de posibles estructuras de madera.

Una vez finalizadas las campañas militares de Augusto contra los astures y cántabros, entre 29 a. C. y 19 a. C., se levantó el campamento con el objetivo de organizar y controlar el territorio recientemente conquistado. Tras su pacificación, el campamento se convirtió en ciudad tras la división político-administrativa dictada por el emperador, adquiriendo el asentamiento un carácter civil dentro de la provincia Tarraconense. Esa conversión debió de ocurrir a principios del , pues ya en 27, el pacto de hospitalidad con los zoelas demuestra que las relaciones de Roma con los indígenas estaban ya estabilizadas.

El primer recinto urbano se delimitó con una muralla y torres circulares, pero en la segunda mitad del , debido al crecimiento de la ciudad, se elimina esa muralla altoimperial que impedía la construcción de nuevos edificios civiles. Aproximadamente en la transición entre los gobiernos de Claudio y Vespasiano, la ciudad asume la capitalidad del Conventus Iuridicus Asturum, siendo el principal núcleo receptor del oro extraído de las minas próximas como Las Médulas. Este auge hizo que Plinio el Viejo, por aquel entonces procurator de la Hispania Citerior, definiera a la ciudad, en su obra Naturalis Historia, como «urbs magnifica». La ciudad se levantó sobre una superficie de unas 27 hectáreas, organizada mediante un trazado ortogonal y que contaba, entre otros, con una red de alcantarillado, el foro (al cual pertenecía la llamada Ergástula romana de Astorga), un Aedes Augusti o dos conjuntos termales.

thumb|El hallazgo del sarcófago de Astorga atestigua la presencia de una comunidad cristiana entre los siglos y .

Con la reorganización territorial acaecida en el , la ciudad pasó a formar parte de la provincia Gallaecia, con capital en Bracara Augusta (Braga). Asimismo se construyó una nueva muralla, de dos kilómetros de perímetro, de la cual aún son visibles restos en la llamada Puerta Romana, pero con el fin de las explotaciones mineras de los alrededores, en época de Diocleciano, comenzó la decadencia de la ciudad.

Al margen de la leyenda que atribuye a Santiago Apóstol la predicación por estas tierras y la fundación del obispado, el hallazgo en los alrededores de Astorga de uno de los sarcófagos romano-cristianos más antiguos de la pPenínsula ibérica|península indica la presencia de un movimiento paleocristiano. En los años centrales del debió establecerse como sede episcopal, siendo Basílides su primer obispo, en torno a 249. Este hecho es mencionado por Cipriano de Cartago, que señala que en 253-254 había establecidas comunidades cristianas en Zaragoza, Mérida, León y Astorga. Todo ello, junto con la presencia en el Concilio de Elvira de 300 del obispo Decencio, confirma la incipiente presencia y organización de una comunidad cristiana en fechas tempranas.

Sin embargo, la implantación del cristianismo se vio amenazada por las invasiones bárbaras y, en lo religioso, por la expansión de las doctrinas priscilianistas y maniqueístas, contra las cuales lucharon más tarde Hidacio o Santo Toribio tras la condena hecha en el concilio de Zaragoza de 380. Tras el ajusticiamiento de Prisciliano en Tréveris en 385, el obispo Simposio se convirtió al catolicismo, al igual que hicieron sus sucesores Dictino y Comasio, en torno a los cuales se había organizado en Astorga un reducto priscilianista en la segunda mitad del .

Edad Media thumb|Tras el fin de la dominación romana, la ciudad pasó a formar parte del reino de los suevos.

Destrucción y saqueo Tras producirse las invasiones bárbaras, el establecimiento de los suevos en el territorio de la antigua Gallaecia en torno a 410 hizo que la ciudad sufriera las primeras destrucciones o saqueos por parte del suevo Hermerico. El enfrentamiento de estos con los visigodos, provocado por las correrías de Requiario, hizo que Astorga soportase saqueo por parte de los visigodos en dos ocasiones: en primer lugar por Teodorico II en 459, tras su victoria junto al río Órbigo el 5 de octubre de 456:

En segundo lugar por Leovigildo en 569, en su lucha contra los suevos, a pesar de lo cual la ciudad permaneció bajo dominio de estos. Debido a todo ello, Astorga perdió su condición de capital de convento jurídico así como el sistema político y administrativo romano, y el protagonismo recayó, desde ese momento, en la ciudad de León. Sin noticias sobre la ciudad durante varias décadas, en 714, con motivo de la conquista musulmana de la península ibérica, Astorga sufrió saqueo y destrucción por Táriq en su avance hacia el norte. Tras el surgimiento del reino de Asturias, a mediados del el monarca Alfonso I continuó el avance hacia el sur, reconquistó para los cristianos, entre otras, las ciudades de León y Astorga así como Galicia y el norte de Portugal y emprendió campañas de devastación contra los musulmanes:

thumb|En la segunda mitad del , Ordoño I ordenó la repoblación y reconstrucción de la ciudad. thumb|Almanzor asedió y saqueó Astorga en dos ocasiones, en 987 y en 995.

Durante las décadas siguientes no se tienen noticias hasta que en 789 el monarca Alfonso II, que se encontraba en la ciudad, tuvo que huir hacia el norte por la aproximación de un ejército musulmán al mando de Abdemelik, donde fue finalmente alcanzado y derrotado. Sin embargo, desde ese momento los monarcas procuraron rehabilitar las plazas reconquistadas y así Ordoño I, que ascendió al trono en 850, encargó al conde Gatón la repoblación y reconstrucción de Astorga así como de su entorno.

Durante el reinado de Alfonso III, y una vez derrotados los musulmanes en la batalla de Polvoraria, en 896 los hermanos del monarca conspiraron contra él pero fueron encerrados excepto Bermudo el Ciego, que hizo de Astorga el centro de su rebelión y con el apoyo musulmán logró mantenerse durante siete años, hasta que salió al encuentro del monarca en Grajal de Ribera, donde fue derrotado. Años después, los cinco hijos de Alfonso III se sublevaron contra él y el monarca abdicó repartiendo la corona entre ellos; así García, al que le correspondió León, ubicó su corte en Astorga durante cuatro años, hasta su muerte en 914. Tras la misma, Ordoño II trasladó la capital a León, circunstancias que dieron lugar al nacimiento del reino de León.

Tras al ascenso al trono de Bermudo II en 982 surgieron una serie de desavenencias que desembocaron en una guerra civil que duró dos años y favoreció la llegada de Almanzor a León. Así, en 984, la capital sufrió saqueo y destrucción lo que provocó, según Gebhardt, el traslado temporal de la corte a Astorga. Esta última sufrió también, tanto en 987 como en 995, el asedio y saqueo por parte de las tropas musulmanas.

Por entonces la ciudad estaba bajo la forma de gobierno del condado, regido por distintos condes en nombre del rey. Entre los últimos representantes del mismo están Monio Rodríguez, Pedro Froilaz, Fernando Muñiz y Flagino Fernández. En 1034, durante el gobierno de Pedro Froilaz, la ciudad, al igual que sucedió con el resto de León, fue tomada por Sancho Garcés III de Navarra con motivo de las desavenencias con Bermudo III que finalizaron con el fallecimiento de este en 1037 en la batalla de Tamarón.

En 1073, bajo gobierno del conde Diego Ansúrez, se estableció la tenencia como forma de gobierno.

Tenencia La figura del tenente apareció durante el reinado de Alfonso VI y uno los más destacados de este periodo fue Nuño Muñiz, hacia 1079, que trasladó las reliquias de San Isidoro de Sevilla a León. En 1085 y 1087 el monarca concedió a la iglesia de Astorga y a sus clérigos una serie de privilegios tanto en propiedades como en inmunidad judicial.

En los primeros años del , la ciudad estuvo en manos de la condesa de Portugal que aprovechó las disputas acaecidas entre su hermana Urraca y Alfonso I de Aragón, y en 1143 pasó a ser dominio de su hijo, Alfonso I de Portugal, con lo que se garantizaba la paz con Alfonso VII. Debido a las diferencias con este, durante los siguientes dos años la Tenencia estuvo a cargo de Fernando Pérez Captivo, que delegó en su hermano Pelayo Captivo. En 1145 la Tenencia pasó a manos de García Ramírez de Pamplona, que a su vez delegó en el conde Ramiro Froilaz, hijo de Fruela Díaz y sobrino de Rodrigo Díaz de Vivar. En los años siguientes estuvo bajo el gobierno directo personajes reales como Fernando II de León, Alfonso II de Aragón o Berenguela de Castilla. Después de esta etapa de tenencias reales, le siguió una nueva en la que los tenentes son nombrados a través de apodos; así se citan Álvaro Rodríguez «el Diablo», Fernando Pérez «Tiñoso», Sancho Fernández «Infante» o Ruy Fernández «el Feo», también llamado Rodrigo Fernández de Valduerna, que permaneció en el cargo hasta 1244.

Señorío thumb|Con motivo de las disputas por el trono, a finales del Astorga estuvo en manos del duque de Lancaster.

Durante el gobierno de Fernando III de Castilla, el modo de administrar los territorios cambió, y así las Tenencias pasaron a ser Señoríos. En el caso de Astorga empezó a nombrarse hacia 1277, con Fernán Pérez Ponce de León. Al año siguiente estaba en manos del infante Juan de Castilla el de Tarifa, hijo de Alfonso X de Castilla, y durante este periodo la ciudad recibió distintas prebendas como la concedida por este de no traer vino de fuera hasta no haberse agotado el propio. Desde 1325 fue señor de Astorga Álvar Núñez Osorio, que fundó el monasterio de Santa Clara, y desde 1345 Alfonso XI de Castilla decidió que el gobierno de la ciudad estuviese en manos de un corregidor y varios regidores. Esto provocó la sustitución del Concejo General, documentado desde 1208, por el Regimiento. Desde 1367 hasta finales de siglo, la ciudad padeció una crisis debida a la peste, las luchas entre Pedro I de Castilla y Enrique II de Castilla, y a la mala situación económica, lo que conllevó un descenso de la población.