La guerra sueco-danesa de 1658-1660, también conocida como la segunda guerra danesa de Carlos Gustavo, fue una guerra entre Suecia y Dinamarca-Noruega: un nuevo intento del rey Carlos X Gustavo de Suecia de conquistar Dinamarca, tras salir victorioso de una anterior guerra. Sin embargo, esta vez el conflicto se internacionalizó y Suecia, además de encontrar una tenaz resistencia de los daneses, tuvo que lidiar en contra de una coalición formada por los Países Bajos, Brandeburgo, Polonia y Austria, que apoyaron a Dinamarca.

La guerra concluyó en 1660 con el Tratado de Copenhague (1660), (en inglés) Nordstrom, Byron J. (2000) Scandinavia Since 1500, pág. 68. U of Minnesota Press. En Google Books. Consultado el 17 de enero de 2013. en el que Dinamarca-Noruega recuperó algunos de los territorios perdidos ante Suecia tres años atrás, pero no Escania ni Bohuslän. No se cambió la relación de fuerzas en la Europa del Norte, pero se consiguió evitar que se incrementara aún más la influencia sueca en la región.

Antecedentes En 1658, Carlos X Gustavo de Suecia había terminado la guerra contra Federico III de Dinamarca con una resonante victoria merced a la atrevida marcha contra Copenhague a través de los Belts helados. Dinamarca había tenido que aceptar unas condiciones de paz humillantes en el Tratado de Roskilde, en el que perdió los territorios del sur de la península Escandinava (Escania, Halland y Blekinge) y la isla de Bornholm. Noruega, el otro reino de Federico III, había perdido Bohuslän y Trøndelag. La rápida victoria asombró a Europa y Carlos Gustavo aireó con orgullo sus hazañas. No obstante, la paz trajo consigo más problemas. El Tratado de Roskilde obligaba a Dinamarca a abastecer al ejército sueco hasta mayo de 1658, pero llegada esa fecha este tendría que retirarse. El soberano sueco sabía que su ejército no podría ser mantenido en su país por mucho tiempo, pero desbandarlo no era una solución ya que los polacos estaban ávidos de vengar la invasión sueca de 1655. Suecia tenía potenciales campos de acción para una nueva guerra y, en consecuencia, se sopesó emprender una campaña en Livonia y Estonia, que finalmente se desechó por las dificultades de abastecimiento que hubiese comportado. El rey de Suecia indicó que su objetivo principal era invadir la Prusia Real, pero también tenía en mente vengarse de Federico Guillermo de Brandeburgo. Sin embargo, los numerosos enemigos en la Europa continental, entre ellos Polonia y unos hostiles Países Bajos, hacían que estas empresas requiriesen de un esfuerzo mayúsculo. Además, un nuevo ataque a Prusia tendría poco apoyo internacional, pues Francia abogaba por la paz. Parecía que la solución para Suecia era involucrarse en un nuevo conflicto con Dinamarca.

El rey sueco decidió utilizar el retraso danés en el cumplimiento de algunas de las disposiciones del Tratado de Roskilde como pretexto para agredirla, con los siguientes objetivos: terminar con la soberanía danesa, arrasar la capital (Copenhague) y dividir el país en cuatro regiones administrativas. Ello le permitiría a Suecia controlar el mar Báltico y acrecentar notablemente sus ingresos arancelarios. El objetivo de conquistar Dinamarca, por ambicioso que fuere, era sólo el primer paso de un plan mayor de campaña en la Europa continental para la que Carlos Gustavo quería estar seguro de haber eliminado previamente toda eventual intromisión danesa.

Acontecimientos La decisión del ataque sueco se tomó en junio de 1658. Una flota de setenta barcos con cinco mil setecientos hombres y dieciocho piezas de artillería ligera puso rumbo a Dinamarca el 6 de agosto desde Kiel. Jutlandia permanecía ocupada por tropas suecas desde la guerra anterior, lo mismo que Fionia. Además, el mariscal de campo Gustaf Otto Stenbock había reunido refuerzos en Escania, en el sur de Suecia. El plan era marchar directamente hacia Copenhague. Carlos Gustavo desembarcó por sorpresa en Korsør, en el extremo occidental de Selandia dos días después de haber zarpado de Kiel.

Sitio de Copenhague Carlos X Gustavo y sus hombres llegaron a la colina Valby (donde actualmente está el palacio de Frederiksberg), en Selandia, el 11 de agosto de 1658, desde donde divisaron la capital danesa. De camino se habían apoderado de Elsinor, junto al estratégico estrecho de la Sonda. Su llegada era esperada por el rey Federico III, quien ordenó que todo edificio fuera de las murallas de la ciudad fuera incendiado, aunque un tercio de la población de Copenhague habitaba en el extrarradio. Las puertas de la ciudad se cerraron ese mismo día para no volverse a abrir hasta veintidós meses después. Una flota sueca de veintiocho naves bloqueó el puerto para evitar que llegase a la ciudad cualquier suministro por mar, dando comienzo al sitio.

Cuando el rey de Suecia llegó a los límites de Copenhague, se encontró con la mitad de la ciudad en llamas y sus habitantes dispuestos a luchar. La disyuntiva estaba entre emprender un asalto inmediato o doblegar la ciudad por hambre. Los consejeros del rey tenían opiniones divididas y Carlos Gustavo se inclinó por la segunda opción. Esta decisión ha sido cuestionada en la posteridad, ya que, en un principio, las defensas danesas estaban en mal estado. Pero la población de Copenhague se unió en torno a Federico III y las murallas, fosos y otras estructuras defensivas de la ciudad fueron mejoradas rápidamente. Un gran número de cañones, procedentes de los barcos anclados en el puerto, fueron colocados en las murallas para defender los puntos más vulnerables al ataque enemigo. La ciudad contaba también con abundante material defensivo: 50 toneladas de plomo, 4000 mosquetes y 810 km de mecha.

Los efectivos del ejército sitiador eran once brigadas y dieciséis escuadrones, con cuatro mil soldados de infantería, dos mil de caballería y cincuenta cañones. Los suecos tomaron las defensas exteriores de la ciudad, construidas por Cristián IV en 1625, que para entonces se hallaban en mal estado. Las arreglaron y colocaron en ellas cañones con los que empezaron a bombardear la ciudad cercada. Los daneses lanzaron varios contraataques; por ejemplo, el 23 de agosto unos tres mil hombres, entre estudiantes, marineros y soldados, hicieron una salida por sorpresa por un pasadizo secreto de la muralla en la que destruyeron las fortificaciones que estaban construyendo los suecos y se apoderaron de tres cañones.

Sobre la ciudad cayeron diariamente más de doscientos proyectiles de cañón calentados al rojo —para causar incendios—. En el asedio también se hizo uso de varios obuses de gran tamaño, entre ellos el «Eric Hansson», que antes se había empleado en el sitio de Cracovia de 1656. Pero los habitantes de Copenhague resistieron el bombardeo.

Toma de Kronborg thumb|left|150px|El coronel Poul Beenfeldt, jefe danés en Kronborg. Los Países Bajos se habían comprometido mediante tratado en 1649 a defender a Dinamarca de toda agresión no provocada. Suecia intentó controlar el Oresund cuanto antes para mantenerlos alejados del Báltico si intentaban intervenir en el conflicto. El castillo de Kronborg, situado en la parte más estrecha del Oresund (apenas cuatro kilómetros), tenía una posición estratégica de primer nivel. Federico III designó al coronel Poul Beenfeldt alcaide del castillo y le ordenó defenderlo a toda costa. Si fracasaba la defensa, el castillo sería destruido para evitar que los suecos hicieran uso de él.

Los suecos llegaron a Elsinor el 16 de agosto, se resguardaron en la ciudad y desde ahí comenzaron a bombardear el castillo. Los daneses respondieron al fuego, esperando incendiar la ciudad. Aunque incendiaron una docena de casas, el fuego no se extendió lo suficiente. A pesar de que la artillería danesa bombardeó continuamente a los suecos, estos lograron avanzar y apoderarse de las defensas exteriores del castillo. Los defensores empezaron a desanimarse a causa del avance enemigo, y el jefe sueco, Carl Gustaf Wrangel, jefe de la Armada, recurrió a un ardid: extendió el rumor de que Copenhague había caído e hizo que sus soldados celebrasen la falsa victoria. Desmoralizados, los daneses capitularon. La pérdida de Kronborg fue un duro golpe para Dinamarca: los suecos destinaron setenta y siete cañones capturados en la fortaleza al asedio de Copenhague y parecían en buena posición para impedir que los neerlandeses socorriesen la capital danesa.

La batalla del Oresund thumb|right|La batalla del Oresund se libró el 29 de octubre de 1658. Pintura de Jan Abrahamsz Beerstraaten (1660). Independientemente de las esperanzas suecas de que los Países Bajos no entrarían al conflicto, estos veían en el dominio sueco del Oresund una amenaza para el importante comercio en el Báltico, cuyo cereal les era fundamental. Por ello, enviaron una flota de socorro de cuarenta y cinco navíos a Dinamarca, que zarpó de Vlie el 7 de octubre de 1658. Esta ancló al noroeste de Elsinor dos semanas después, el 22 de octubre; pasó allí seis días, incapaz de continuar debido a las condiciones del viento. Wrangel propuso atacar a los neerlandeses, pero Carlos Gustavo evitó caer en provocaciones.

El 29 de octubre a las 8 de la mañana, se escuchó un disparo desde la capitana neerlandesa. Era la señal para avanzar y quebrar la línea sueca que bloqueaba el paso. La flota neerlandesa se dividió en tres grupos. El vicealmirante Witte de With, a bordo del Brederod, de cincuenta y cuatro cañones, iba en vanguardia con once barcos; le seguía el almirante Jacob van Wassenaer Obdam, a bordo del Eendracht —de setenta y dos cañones—, con un grupo de otros trece buque, y la retaguardia la formaba un tercero de once navíos mandado por Pieter Florizzon. En total, la flota neerlandesa consistía en 45 barcos con 1838 cañones y 4000 marinos. Seguían a los barcos de guerra abundantes transportes con alimentos, municiones y veintiocho regimientos de veteranos (en total, dos mil trescientos hombres). Frente a ellos estaba una flota sueca compuesta por 43 barcos, con 1605 cañones y 4055 marinos, al mando de Carl Gustaf Wrangel y del almirante Klas Hansson Bjelkenstjerna. Los suecos confiaban también en que las baterías costeras del castillo de Kronborg infligirían grandes estragos en la escuadra enemiga. Carlos Gustavo realizó personalmente el primer disparo desde Kronborg contra el enemigo, pero falló. Los neerlandeses habían decidido navegar cerca la orilla sueca del estrecho, donde había pocos cañones en tierra. Los suecos contaban con mayor número de cañones, pero los neerlandeses tenían el viento a su favor. En el estrecho se agolpaban casi un centenar de navíos, a punto de entrar en combate.

El encuentro fue confuso para ambas partes, y el cielo se oscureció por el humo de la pólvora. Muchos barcos resultaron dañados y cerca de dos mil hombres murieron o fueron heridos en la lid en cada bando. Los holandeses perdieron tres navío, por cinco del enemigo. Hacia el final de la batalla, una escuadra de barcos daneses hizo contacto con los neerlandeses y los escoltó hasta el puerto de Copenhague. La flota sueca no pudo hacer nada para evitar que llegaran los refuerzos y las provisiones a la capital danesa. La flota combinada dano-neerlandesa había arrebatado a los suecos el control del mar, y la sueca se vio obligada a buscar el amparo del puerto de Landskrona.

El asalto de Copenhague thumb|right|Grabado del asedio de Copenhague de 1659.