Patía es un municipio colombiano del departamento del Cauca, cuya cabecera municipal es El Bordo. Se sitúa a unos 82 km al sur de Popayán, la capital departamental, sobre la carretera Panamericana.

El territorio forma parte del valle del río Patía, el cauce más largo y caudaloso de la cuenca del Pacífico sudamericano. Entre sus principales atractivos turísticos destacan la Piedra Sentada, el Parador Patía, el Cerro de Manzanillo (en la zona de Patía‑Patía), la zona de El Estrecho‑Patía (vereda La Ventica‑Patía) y, por supuesto, los ríos Patía y Galíndez.

Geológicamente, el valle estuvo sumergido bajo el mar durante más de 350 millones de años. Posteriormente, la compresión tectónica de las placas continentales provocó su elevación, alcanzando una altitud media de aproximadamente 600 m. En el Cuaternario‑Pleistoceno, un evento hidráulico‑tectónico generó una fractura en la zona conocida como la Hoz de Minamá, permitiendo el drenaje de las aguas que habían permanecido en el antiguo embalse marino.

Geografía thumb|Valle del Patía|izquierda El municipio de Patía hace parte de la subregión sur, dentro de la Región Pacífico del territorio colombiano; se encuentra localizado al sur del Departamento del Cauca, en la cuenca hidrográfica del río Patía, más exactamente entre la parte alta y media, con una extensión total de 723 km² y representa aproximadamente el 2,5 % del territorio del Cauca. La fosa del Patía presenta bajas depresiones, con una altura minina de 550 y máxima 3 000 m.s.n.m y una temperatura media de 28 °C, configurada por una serie de mesetas irregulares.

Extensión total: 641.009 km² Altura 1167 . Temperatura media: 22 °C Limita al este con Sucre, al noreste con La Sierra, al noroeste con Argelia, al norte con El Tambo, al oeste con Balboa, al sur con Mercaderes y al sureste con Bolívar. El número de habitantes de Patía es de 35 216 personas, el cual representa el 2,62% del total de la población del Departamento.

División Político-Administrativa Los corregimientos que forman parte del municipio son: El Bordo (cabecera municipal), Ángulo, Brisas, Don Alonso, El Estrecho, El Hoyo, El Placer, El Puro, Galíndez, Guayabal, La Fonda, La Mesa, Las Tallas, Méndez, Pan de Azúcar, Patía, Piedra Sentada, Quebrada Oscura, Sachamates, Santa Cruz, Santa Rosa Baja y Versalles.

Dentro de estos corregimientos se encuentran los siguientes centros poblados: +CorregimientoVeredasAnguloEl RincónBrisasAltamira, Belén, Buena Vista, El Guaico, La Cristalina, Las PerlasDon AlonsoEl Hatico, Hueco Lindo, Tuya Es Colombia, ZarzalEl BordoEl Arbolito, Chupadero, Guasimal, La Teja, Piedra RicaEl EstrechoEl Cabuyo, Cajones, La Barca, La Manguita, La MarcelaEl HoyoEl Pedrero, Quintero, SaladitoEl PlacerAlto Bonito, Betania, Floralia, El Mirador, San VicenteEl PuroEl Juncal, Mulaló, La Chorrera, Manga FalsaGalíndezPalo VerdeGuayabalEl Mestizo, El GuasimoLa FondaAlto Bonito, Peña Roja, SajandíLa MesaBello Horizonte, Cilindro, El Convenio, El Crucero, La Colorada, La Floresta, La MesaQuebrada OscuraLa Planada, El Limonar, Pitalito, El Trebol, VillanuevaLas TallasMendezAguas Frias, El Pendal, El Tuno, GuadualitoPan de AzúcarPuerto RicoPatíaCarmelito, Chondural, La Florida, La ventica, Miraflores, Piedra De Moler, Potrerillo, Pueblo Nuevo, San PedroPiedrasentadaCorrales, La Laguna, La Paulina, ReyesSachamantesTabloncitoSanta CruzEl Jardín, Pedregal, La Aguada, La Despensa, La Esperanza, Las PalmasSanta Rosa BajaAlto Rio Sajandí, El Cucho, El Porvenir, La Paramilla, Remolino, Santa Rosa Alta, Tamboral, YarumalVersallesEl Guanabano

Historia

Periodo prehispánico Antes de la conquista española, el Valle del Patía estaba habitado por diversas comunidades indígenas, entre ellas los Bojoleos, Chapachingas, Guachiconos, Sindaguas, Casaguaras, Caguazores, Sajandíes y Patías, de cuyo nombre proviene la denominación actual de la zona. Los Sindaguas, un grupo que se extendía desde la costa de Nariño hasta el valle del Patía, pasando por la zona que hoy corresponde al municipio de Bolívar, ejercían una notable influencia política y militar sobre los demás pueblos.

Los Sindaguas eran reconocidos por su cultura guerrera. Sus conflictos con otros grupos indígenas incluían prácticas de guerra ritualizada, como la exhibición de cabezas de enemigos derrotados como símbolo de poder y advertencia. Los caciques conservaban algunas de estas cabezas mediante procesos de ahumado, y en ciertas ceremonias se realizaban banquetes que incluían el consumo de carne humana, práctica que formaba parte de su cosmovisión ancestral. Además, en sus incursiones capturaban a jóvenes para utilizarlos como mano de obra forzada y, en ocasiones, mataban a ancianos. Estas costumbres reflejan la complejidad y la dureza de las relaciones interétnicas en la región antes de la llegada de los europeos.

Llegada de los Españoles y conflictos en el Patía En octubre de 1535 los primeros conquistadores españoles arribaron a la zona procedentes de Quito. La expedición, encabezada por Juan de Ampudia y Pedro de Añasco, cruzó las montañas al norte del Valle de los Pastos y descendió al Valle de Sibundoy, que utilizó como base para expediciones de corta duración. Desde allí descubrieron el Valle del Patía y describieron la región: "vieron buenas poblaciones y gente bien armada, que venía con brazaletes, pectos y morriones, y otras diversas joyas de oro fino, agradables al campo peregrino"En 1536 Sebastián de Belalcázar atravesó el valle en busca del legendario El Dorado, proveniente del Perú. Tras someter a varios grupos indígenas, a finales de 1536 y principios de 1537 se fundó la ciudad de Popayán sobre el valle de Pubenza. Desde Popayán se inició la pacificación de la región y la explotación de sus recursos minerales.

En 1540, tras la fundación de Popayán, se introdujeron los primeros esclavos africanos para trabajar en las minas de oro del Patía. La mina conocida como Caspicaracho quedó marcada por una tragedia: según la tradición oral, más de 2 000 esclavos murieron cuando el túnel colapsó, enterrándolos bajo la rudimentaria tecnología de la época.

Los relatos españoles y la tradición oral de los descendientes africanos indican que los Sindaguas consideraban la carne de negros y españoles como un manjar exótico. Por ello, los esclavos que intentaban escapar del trabajo forzado se enfrentaban a un peligro constante: los Sindaguas los cazaban activamente. Muchos fugitivos se ocultaban en los cañaverales del valle para evadir a los indígenas.

Algunos de los esclavos capturados fueron incorporados al ejército indígena de los Sindaguas. Un informe colonial de la época lo registra así:"Hay otro inconveniente muy grande de estar estos indios en la otra banda del río. Confinan con indios de guerra, llamados Sindaguas, que caen hacia los Caguazaras y otros llamados Paquiangos y Chinvaches, que están poblados en el río Patía abajo. Entre ellos están tres negros que se huyeron hace ocho o diez años, alzados. Con estos indios de guerra vienen a hacer asaltos en los indios de paz, matando cada día a mucha gente..."

Auge Económico en la Región A principios del siglo XVI, y con la fundación de Popayán (1631), la zona del Valle del Patía vivió un fuerte impulso económico impulsado por la minería de oro y plata en los alrededores. La mano de obra era mayoritariamente esclava africana, traída desde el África subsahariana para trabajar en las minas y en las haciendas que surgieron alrededor de la ciudad.

Las autoridades eclesiásticas se asentaron en Popayán y, a través de capillas construidas en las haciendas de la élite, educaron a la población criolla en doctrinas religiosas y en instrumentos musicales europeos, como el violín. Muchos esclavos, aunque no recibían instrucción formal, aprendieron a tocar y a fabricar versiones rudimentarias de estos instrumentos usando materiales locales (guadua, guayabo, crin de caballo).

En este contexto, el Patía se convirtió en un refugio de libertad para los esclavos que escapaban de Popayán y del norte del Cauca. Los cimarrones llevaban consigo sus tradiciones y, a veces, conocimientos musicales adquiridos en la servidumbre. Sin embargo, su asentamiento estuvo constantemente amenazado por los Sindaguas, que atacaban los palenques para capturar o canibalizar a los fugitivos. Según la tradición oral, en una de esas incursiones los Sindaguas reunieron más de 5 000 guerreros y sitiaron un asentamiento cimarrón. Los defensores enviaron a mujeres y niños a los palenques de El Puro y Capellanías, esperaron refuerzos y, al llegar, lanzaron un contraataque que empujó a los indígenas hasta el río, donde muchos se ahogaron al no saber nadar. Los cimarrones contaban con fusiles, caballos y perros, obtenidos durante sus fugas, lo que les permitió superar la superioridad numérica de los Sindaguas.

En 1635 una fuerza conjunta enviada desde Pasto y Popayán derrotó a los Sindaguas. Tras la victoria, 84 Sindaguas fueron ejecutados en el sitio conocido como “El Castigo”, y los supervivientes fueron expulsados hacia Barbacoas. La acción contó con el apoyo de grupos indígenas aliados con los españoles, resentidos por los ataques previos de los Sindaguas. Este episodio marcó un hito en la historia local y dio nombre al palenque que más tarde fundaron los negros libertos en la zona.

Libertad para los cimarrones A partir de 1731‑1734 el palenque El Catigó se consolidó como refugio para cimarrones y personas que huían de la esclavitud. En ese periodo el sacerdote Miguel de España obtuvo un reconocimiento legal para el asentamiento, gestionando un curato permanente y un indulto que protegía a los negros que se establecían allí. Esta medida hizo que la zona se volviera aún más atractiva para los fugitivos, pues podían vivir bajo la protección de la Iglesia y bajo la garantía de no ser entregados a sus antiguos dueños.

En 1749 se fundó la primera capital del valle, San Miguel de Patía, en el corazón del territorio. La iniciativa provino de Fabián Hernández Pardo, un esclavo libertado que había adquirido tierras y ganado. Según la tradición oral, al inaugurar la nueva población subió a un cerro y pronunció:"Dono estas tierras a la Santísima Emperatriz del cielo, la Virgen del Valle, para que su pueblo construya casas y un cementerio, y así no haya más errantes por el valle"

Bandolerismo Entre 1752 y 1770 el Valle del Patía fue escenario de una notable actividad bandoleril encabezada por Juan Tumba, un negro liberto que organizó una banda de 29 miembros —17 negros, 5 mulatos y 7 blancos— que operaba en una zona de escaso control colonial, favorecida en parte por el indulto concedido a los cimarrones del Patía en 1734.

La banda se dedicaba principalmente al robo de ganado en los llanos y haciendas desde el río Mayo hasta El Tambo. La carne y el ganado sustraídos se comercializaban en puntos estratégicos —minas de la Cordillera Occidental (Palo de Leche, Santa Lucía, San Antonio) y la ciudad de Popayán— mediante intermediarios como José Collazos (mulato libre) y, en Popayán, los hermanos Miguel y Marcelo Espinosa. Esta red de tráfico se sostuvo por una amplia complicidad local: gran parte de la población del Patía se beneficiaba del comercio y desconfiaba de las autoridades criollas, lo que convirtió a la región en una “tierra de rebeldes”.

Algunos integrantes eran esclavos fugados —por ejemplo José de la Cruz, procedente de Panamá— lo que refleja el papel del Patía como refugio para quienes huían de la esclavitud. Se registra también la implicación de personajes locales de la élite en auxilios discretos; según la tradición, Juan Tumba contó con la ayuda de la esposa del hacendado Andrés Idrobo en el hurto del propio ganado de su marido.

La banda cometió diversos delitos de gravedad, entre ellos arrebatar un reo al alcalde de Almaguer, y confrontó abiertamente a autoridades locales. Ante una citación, Juan Tumba llegó a desafiar a quienes intentaran detenerlo.