miniaturadeimagen|Vista del pueblo de Oville Oville (1.200 metros de altitud sobre el nivel del mar) es una localidad perteneciente al término municipal de Boñar, en la provincia de León, al noroeste de España, situado en la Montaña Oriental Leonesa, en la Comarca del Alto Porma y dentro del Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre.

Oville proviene de la palabra latina "ovile" que significa redil para la guarda de ovejas.

Localización miniaturadeimagen|Vistas del valle de Oville desde el pico de La Campayagua. Oville está situado a la margen derecha del río Porma, a 8 kilómetros de Boñar en dirección al Puerto de San Isidro tomando un desvío de 3 kilómetros en la carretera LE-331 a la altura de la localidad de Remellán, junto al popular restaurante La Venta de Remellán.

Oville es un caso excepcional dentro del municipio de Boñar, donde los vecinos de las primeras viviendas tienen una diferencia de altitud de casi 90 metros con los vecinos de las últimas.

Su casas tradicionales están levantadas sobre paredes de piedra labrada, con puertas y ventanas de madera de roble, nogal o chopo, con portones en la entrada del patio, corredores de madera apoyados sobre pilares, techumbres de escobas, tierra y teja roja tradicional de arcilla con tejados a cuatro aguas, planta baja y superior, con cuadras y pajares adosado, hornera y cobertizo, tapias y corral empedrado.

Historia

Primeros asentamientos prerromanos. Los primeros asentamientos de los que se tiene constancia en la Montaña Oriental Leonesa son los pueblos prerromanos de los Cántabros y los Astures, con los ríos Esla y Porma como frontera leonesa entre ambos pueblos, los astures hacia el oeste y los Cántabros hacia el este.

Estrabón nos cuenta en su libro de la geografía de Hispania como era la vida de estos primeros pobladores celtas que corresponden a la edad del bronce (1.700-800 a.C.) hasta la conquista de los romanos en el norte de nuestra península (19 a.C.) Su régimen alimenticio estaba basado en recolección de frutas, frutos silvestres, castañas y bellotas, de las que además obtenían harinas para elaborar pan y para alimentar a sus animales. Pastoreaban principalmente cabras y caballos y guisaban carne de cabra con manteca como sustituta del aceite de oliva. Bebían agua y vino. Vestían vestidos adornados con flores y se colocaban una cinta en la frente para sujetar sus largos cabellos. Construían pequeños castros de forma circular adosando los chozos de piedra y paja unos a otros, dejando calles estrechas que les servían de protección ante los continuos ataques y escaramuzas y con altos tapiales exteriores de piedra, situados en los altos de las colinas. Utilizaban la madera para construir muebles y útiles, y el barro para modelar su menaje. Extraían metales con los que construían útiles, armas y herramientas que les servían tanto para el trueque como para el combate.

Extracto del geógrafo Estrabón en su III libro de la Geografía dedicado a Iberia en el que nos cuenta cómo vivían los pueblos cántabros del norte:

"Estos se alimentan, en dos tiempos del año, de bellota, secándola, moliéndola y haciendo pan de la harina. Forman bebida de cebada; tienen poco vino, y el que llega lo consumen luego en convites con los parientes. Usan manteca en lugar de aceite. Cenan sentados, dispuestos a este fin asientos en las paredes. La edad y la dignidad llevan los primeros lugares. Mientras se sirve la bebida bailan a son de gaita y de flauta. Vístense todos de negro con sayos, de que forman cama, echándolos sobre jergón de hierbas. Tienen vasos de cera como los celtas, y las mujeres gastan ropas floridas o de color de rosa. En lugar de dinero conmutan una cosa por otra, o cortan algo de una lámina o plancha de plata. A los condenados a muerte los precipitan desde una roca, y a los patricidas los cubren de piedras fuera de sus términos o de sus ríos. Los casamientos son al modo de los griegos; y a los enfermos los sacan al público, como los egipcios, a fin de tomar consejo de los que hayan sanado de semejante accidente. Hasta el tiempo de Bruto usaban barcas de cuero; ya tienen algunas de troncos de árboles. La rusticidad y fiereza de sus costumbres proviene no sólo de las guerras, sino de vivir apartados de otras gentes, y faltando comunicación falta también sociedad y humanidad. Hoy se ha remediado algo por el trato con los romanos después de sujetarlos Augusto; pero los que tienen menos comunicación son más inhumanos, contribuyendo para ello la aspereza de los montes en que viven. Lávanse con orines que dejan pudrir en las cisternas, y hombres y mujeres se limpian con ellos los dientes. Las madres mataban a los hijos en tiempo de la guerras cántabras para que no cayesen en manos de sus enemigos. Un mozo, viendo a sus padres y hermanos prisioneros, los mató a todos por orden del padre, que le dio el hierro para ello. Otro, llamado a un convite, se arrojó en el fuego. Parécense a los celtas, a los de la Thracia y Scitia. Las mujeres labran los campos, y cuando paren hacen acostar a los maridos y ellas les sirven. Cuéntase también en prueba de la demencia cantábrica que algunos, viéndose clavados en cruces por sus enemigos, cantaban alegremente, lo que indica fiereza. De una hierba semejante al apio forman un veneno activísimo que mata sin dolor, y lo tienen a la mano para usarlo en cualquier adversidad, especialmente por si daban en manos de romanos. Otras cosas, dice, usan no tan de fieras, como es que el varón dota la mujer; que instituyen herederas a las hijas y éstas casan a los hermanos, lo que no es muy civil por incluir algún imperio de la mujer sobre el hombre."

Conquista romana. La Cordillera Cantábrica fue el último territorio que conquistó roma en la península ibérica. A partir de la victoria romana comenzó la romanización: reorganización del territorio, abandono de las lenguas autóctonas y adopción del latín, nuevas costumbres, religión, nuevas materias primas, homogeneización cultural, derecho romano, etc.

Con la llegada de los romanos en el 19 a.C. son conquistados todos los pueblos Cántabros y Astures del norte de la península. En la montaña del Porma muchos de los pobladores son vendidos como esclavos, otros pasan a formar parte del ejército romano para las guerras centroeuropeas y la mayoría trabajarán en las minas de hierro de Oville, Ferreras y Adrados. Se pastorea el ganado, se doman caballos y se cultiva el centeno, lino y el trigo. Se completa la red de calzadas romanas, una de estas vías arranca desde Lancia remontando el río Porma hasta bifurcarse en Ambasaguas para tomar también curso del río Curueño hasta Puerto de Vegarada y el río Porma hacia el Puerto de San Isidro.

En el siglo I se empieza a documentar la expansión de los Vadinienses que aumentan sus asentamientos a las orillas del Porma, el Esla, el Curueño y el Yuso.

Edad Media. La primera referencia escrita en la que aparece Oville data del 26 de Junio de 1449 en un archivo histórico con el título de "Colación que hace Alfonso González de Getino, vicario del arcedianato de Mayorga del beneficio de las iglesias San Adrián de Oville y San Pantaleón de Cerecedo". En el Becerro de Presentaciones de 1468 de la Catedral de León se menciona la parroquia como perteneciente al arciprestazgo de Rueda.

Diccionario de Don Sebastián de Miñano 1.826 En el Diccionario Geográfico y Estadístico de España y Portugal de Sebastián de Miñano impreso en el año 1.826 se cita Oville:

"Oville, L. S. de España, provincia, partido y obispado de León, jurisdicción de Boñar, A. O., 66 vecinos, 254 habitantes, 1 parroquia. Situado a la derecha del rio Puerma, y tiene en su término peña calcár. Produce centeno, legumbres y pastos. Dista 8 legua de la capital y 1/2 de Valdecastillo. Contribuye 528 rs. 8 mrs."

Pasado trashumante. Desde principios de la edad media Oville se convirtió en un importante puerto de verano para el pastoreo trashumante, de donde parece que tiene origen su nombre; la palabra latina "Ovile" significa redil, que tiene que ver precisamente con el cierre del ganado. El valle de Oville por su geografía, su puerto, su altitud, su clima y sus pastos reunía excelentes cualidades para el pastoreo trashumante durante los meses de verano. En la actualidad siguen existiendo cabañas ganaderas de varios de los vecinos del pueblo.

También en la trashumancia hunde sus raíces una tradición que se venía celebrando en Oville ininterrumpidamente desde hacía siglos: las machorras. Una celebración popular con la que se despedían los pastores que habían disfrutado de los pastos verdes y frescos de los puertos de Oville durante la época estival y que con la llegada del otoño regresaban a las dehesas del sur. Los pastores, en pago y agradecimiento al pueblo, entregaban varias ovejas y cántaros de vino para realizar una comida en la era con los vecinos del pueblo. Así se preparaban platos como la caldereta, las patatas con carne, el arroz con casquería y la tradicional chanfaina. Parece ser que la denominación de machorras tiene que ver con que, en ocasiones, los pastores entregaban ovejas que "estando en contacto con carnero llevan más de dos años sin concebir".

La chanfaina es un plato popular en muchas regiones de España que está ligado a la trashumancia y que se realiza siguiendo distintas recetas. En Oville la chanfaina se prepara principalmente con pan, agua, pimentón, hígado de la oveja, aceite y especias.

Los mozos del pueblo recuperaron esta fiesta de las machorras hacia 1.980 después de que se hubiera perdido a finales de los años 50 cuando los pastores trashumantes dejaron de regresar en los veranos al puerto, haciendo coincidir esta celebración con la festividad en honor a uno de los dos patrones de Oville, San Adriano, el 4 de septiembre.

Oville durante la Guerra Civil Española (1.936-1.939).