El ser de España o problema de España es el nombre que suele designarPor citar sólo dos ejemplos de finales de siglo XX que hacen un estudio —más o menos extensivo— de los ensayos anteriores: Eloy Benito Ruano Reflexiones sobre el ser de España; José Álvarez Junco, El País, 21 diciembre de 1996: El falso «problema español» . Lógicamente, la forma de referirse a este tópico es muy variada, y puede expresarse con otras expresiones, como «El alma española» (El País, 6 de noviembre de 2010) esencia de España o esencia de lo español, ¿qué es España?, cuestion de España, carácter de España o carácter español, genio de España, etc. (ejemplos de uso bibliográfico, en Google books). Una expresión de alcance similar es pecado español, cuando no se aplica a la determinación de uno sólo (habitualmente de los capitales —Díaz Plaja—, como la envidia o la soberbia como primera en todo lo malo... topó con España, primera provincia de Europa, parecióla tan de su genio que se perpetuó en ella... con todos sus aliados, la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, hacer del Don Diego y vengo de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho alto y hueco... —Gracián—), aunque en el contexto de la identificación de los españoles como contaminados por su convivencia con musulmanes y judíos, se aplicaba a una tendencia a descreer de la Santísima Trinidad —condena del adopcionismo de los mozárabes de Toledo por Beato de Liébana, condena de Miguel Servet por los calvinistas de Ginebra—) sino a una genérica consideración del alma española como portadora de una culpa, bien como acusación (especialmente en la colonización de América), bien como una admiración, como en este texto de Octavio Paz: un debate intelectual acerca de la identidad nacional española que surge con el regeneracionismo a finales del , y coincidiendo con la aparición de los nacionalismos periféricos. Confluye con el tópico de las dos Españas, imagen muy descriptiva de la división violenta y el enfrentamiento fratricida como característica de la historia contemporánea de España.

El objeto del debate no fue propiamente político o jurídico-constitucional —la definición de España como nación en sentido jurídico, tema que fue debatido en el proceso constituyente de 1978, donde se enfrentaron posturas de negación, matización y afirmación de la Nación española—; ni tampoco propiamente historiográfico —estudiar la construcción de la identidad nacional española, que se hizo históricamente como consecuencia de la prolongada existencia en el tiempo de las instituciones del Antiguo Régimen y, a veces, a pesar de ellas—. Lo que aquellos pensadores pretendían era dilucidar la preexistencia de un carácter nacional o ser de España, es decir: cuáles son «las esencias» de «lo español», y sobre todo, por qué es algo problemático en sí mismo o no lo es, frente al aparente mayor consenso nacional de otras naciones «más exitosas» en su definición, como la francesa o la alemana, planteando la posibilidad de que España sea o no una excepción histórica. Todo lo cual dio origen a un famoso debate ensayístico, literario e historiográfico que se prolongó por décadas y no ha terminado en la actualidad, con planteamientos y puntos de vista muy diferentes.

En muchas ocasiones, el propio debate ha sido objeto de crítica en sí mismo. Por un lado, por lo que supone de introspección negativa y, por otro, por la previa condición de buscar un esencialismo, es decir, una perspectiva filosófica en cuanto es una reflexión sobre la esencia, cuando lo propio de una perspectiva histórica sería el cambio en el tiempo, pues las naciones no son entes inmutables, sino construcciones de los humanos a lo largo del tiempo, incluso restringidas a la historia más contemporánea en lo que respecta a los modernos conceptos de nación y nacionalismo. thumb|400px|Duelo a garrotazos, de Goya, un referente icónico de las Dos Españas que el pintor aragonés retrata entre los dolores de su nacimiento.

Inicio del debate intelectual

thumb|250px|Este libro de 1934 representa una evolución de Ramiro de Maeztu hacia posiciones mucho más «imperiales» que las de su juventud. thumb|250px|José Ortega y Gasset.Entre sus múltiples reflexiones sobre el problema de España, llegó a decir:«Lo que nos pasó y nos pasa a los españoles es que no sabemos lo que nos pasa».Citado por Feliciano Barrios en discurso su de ingreso en la Real Academia de Historia (reseña) en ABC, 9 de marzo de 2009).

Este tema ya aparece en el regeneracionismo de Joaquín Costa, con una aportación inicial muy significativa como fue la Introducción a un tratado de política textualmente de los refraneros, romanceros y gestas de la Península, de 1881 y siendo su obra más trascendente Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla, 1901; también en Ángel Ganivet cuando escribió Idearium español y también Porvenir de España, ambos de 1898, año en que se suicidó. Surge de las posiciones enfrentadas desde la denominada polémica de la ciencia española entre los krausistas, como Gumersindo de Azcárate o Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza, y los pensadores que pueden calificarse de casticistas o reaccionarios, como Gumersindo Laverde o Marcelino Menéndez y Pelayo, director de la Biblioteca Nacional de España y autor de un descomunal estudio erudito donde identifica lo español con lo ortodoxamente católico, por contraste con lo que no lo es, aunque aparezca en España: Historia de los heterodoxos españoles, estando en el origen de la definición intelectual de lo que se acuñó como «Antiespaña».

Inmediatamente después, el Desastre de 1898 supuso un revulsivo conducente a la introspección y reflexión sobre sus causas, relacionándolas con el atraso relativo de España ante la modernidad, de forma paralela al concepto de naciones decadentes y naciones emergentes que se aplicaba en ese momento a Alemania frente a Inglaterra, Japón frente a Rusia o a Estados Unidos frente a España, muy al hilo de los argumentos a favor del imperialismoJohn A. Hobson Imperialism, a study; Lenin El imperialismo, fase superior de desarrollo del capitalismo e incluso de las teorías de supremacía racialHouston Stewart Chamberlain (1899) Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts (Los fundamentos del siglo XIX), considerado como uno de los precedentes del nazismo. que en la época se consideraban científicas, como la eugenesia o el darwinismo social.Herbert Spencer fue el principal autor de esa corriente, más influyente para el establecimiento de un clima intelectual muy divulgado, que en formar una corriente sistemática de pensamiento, cosa que no consiguió. Entre sus obras más importantes están: Sistema de filosofía sintética (11 volúmenes), La estática social (1850), La sociología descriptiva (1873), Principios de sociología (1877–1896) y El individuo contra el Estado (1884).

El debate es continuado por las generaciones de 1898 (Miguel de Unamuno En torno al casticismo, Del sentimiento trágico de la vida) y de 1914 (Ortega y Gasset Meditaciones del Quijote, España invertebrada, La rebelión de las masas, este último con una vocación territorial más amplia, y que tuvo gran repercusión en Europa). El debate entre ambos, expresado en la disyuntiva europeizar España o españolizar Europa, tuvo como frase más divulgada el ¡que inventen ellos! de Unamuno, que Ortega consideraba desviación africanista del maestro y morabito salmantino.Conferencia de José Luis Abellán: El «¡Que inventen ellos!» de Unamuno . Fundación Juan March, 10/05/1994.

La identificación de lo español con lo castellano y la búsqueda en el paisaje y paisanaje de Castilla de sus características esenciales por parte de autores provenientes de la periferia ha sido considerada como una característica principal de la Generación del 98 (Unamuno, Ramiro de Maeztu, Pío Baroja [vascos], Azorín [valenciano], Antonio Machado [andaluz] y, menos claramente, Valle Inclán [gallego]). No se ocultaban los rasgos negativos: el atraso, la ignorancia, la envidia, el cainismo, la brutalidad (La busca, La tierra de Alvar González, Divinas palabras). El esperpento valleinclanesco (Luces de Bohemia), el expresionismo pictórico de José Gutiérrez Solana o la galería de tipos españoles de Ignacio Zuloaga son sus ilustraciones escénica y visual.

Se ha indicado que algunos miembros de la generación del 98 tuvieron una evolución o trayectoria vital «de izquierda a derecha», partiendo de posiciones próximas al movimiento obrero y muy críticas con la visión tradicionalista de España, para acabar reconciliándose con esta, sobre todo Ramiro de Maeztu y Azorín, y en cierto modo (más espiritual el primero y más escéptico el segundo) Miguel de Unamuno y Pío Baroja. Antonio Machado y Valle Inclán tuvieron una evolución contraria: de posiciones más «conservadoras» a otras más «progresistas». De eso dependió que unos u otros fueran reivindicados por la oposición al franquismo o por el pensamiento falangista y el nacionalcatolicismo de los primeros años de este. En realidad, vivieron de forma trágica la separación de las Dos Españas, y todos ellos participaron de una manera o de otra en un cuestionarse por el Ser de España que no tenía una respuesta clara. Quizá el mejor ejemplo lo dio la triste separación de los hermanos Machado: Manuel, en el bando sublevado y Antonio, en el republicano.

La generación de 1914, que se ha calificado como más europeísta y modernizadora, contó con intelectuales que se implicaron en política (Ortega, Manuel Azaña, Ramón Pérez de Ayala) y con otros que optaron por el apartamiento voluntario de la realidad (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna). Muchos otros autores, vinculados a esta generación, o a su etiqueta paralela (novecentismo de Eugeni d'Ors), aparecerán como los principales contribuyentes al debate sobre el Ser de España en las décadas posteriores a la guerra civil, tanto desde el exilio (Salvador de Madariaga, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz...) como desde el interior de la España franquista (Manuel García Morente).

Referencias en la literatura anterior

Las referencias literarias a España habían sido un tópico o subgénero que aparece con cierta continuidad desde muy antiguo: con carácter positivo los laudes hispaniae o loas a España, como los de la literatura latina y en concreto el de San Isidoro. o como el de Alfonso X el Sabio. que adquieren tintes sombríos con Quevedo. Esas palabras son muestra de la conciencia de la decadencia española por las mentes más lúcidas del siglo XVII, entre las que destacan los arbitristas, como Martín González de Cellorigo (Memorial de la política necesaria y útil restauración de España y estados de ella, y desempeño universal de estos reinos, 1600) o Sancho Moncada (Discursos de 1619, editados más tarde como Restauración política de España). El esfuerzo de los novatores entre finales del XVII y comienzos del XVIII tuvo escasa repercusión. thumb|180px|Washington Irving