ALPAC (siglas de Automatic Language Processing Advisory Committee, «Comité Asesor de Procesamiento Automático del Lenguaje») fue un comité asesor de la National Academy of Sciences y el National Research Council de Estados Unidos, constituido en abril de 1964 a petición de Leland J. Haworth, director de la National Science Foundation (NSF), en nombre de esta agencia, el Departamento de Defensa y la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Fue presidido por el ingeniero y físico John R. Pierce, de Bell Telephone Laboratories.
El comité es conocido principalmente por el informe Language and Machines: Computers in Translation and Linguistics, publicado por primera vez en noviembre de 1966 y conocido habitualmente como el Informe ALPAC. El documento examinó la demanda y la oferta de traducción científica y técnica, la calidad, rapidez y coste de la traducción humana y automática, las posibilidades de la traducción asistida por computadora y la situación de la lingüística computacional. Su conclusión más citada fue que en aquel momento no existía una traducción automática útil de textos científicos generales ni una perspectiva inmediata o predecible de obtenerla.
Tras su publicación disminuyó de forma marcada la financiación federal estadounidense destinada específicamente a la investigación en traducción automática (TA). Sin embargo, la historiografía posterior ha matizado tanto el alcance de las conclusiones como la relación causal entre el informe y la contracción del campo: varios programas estadounidenses ya habían perdido financiación antes de 1966 y algunos prosiguieron después, mientras que la investigación continuó en otros países.
Antecedentes
La investigación moderna en traducción automática comenzó a desarrollarse poco después de la aparición de los primeros ordenadores electrónicos. El memorando de Warren Weaver de 1949 contribuyó a formular el problema de la traducción en términos susceptibles de tratamiento computacional, y durante la primera mitad de la década de 1950 se iniciaron proyectos en varias universidades estadounidenses.
El experimento Georgetown-IBM, presentado públicamente en enero de 1954, influenció las expectativas iniciales. El sistema realizó demostraciones de traducción del ruso al inglés con un vocabulario de unas 250 palabras y seis reglas denominadas «gramaticales». Aunque se trataba de un entorno muy restringido, la demostración despertó un gran interés y reforzó la expectativa de que podrían conseguirse sistemas de alta calidad en un plazo relativamente corto.
A finales de la década, no obstante, comenzaron a publicarse valoraciones más escépticas. Ya en 1960, Yehoshua Bar-Hillel sostuvo que la traducción de alta calidad totalmente automática no constituía un objetivo razonable con los métodos entonces disponibles y defendió alternativas que redujesen el grado de automatización o aceptaran una menor calidad.
El interés de las agencias federales estadounidenses descansaba sobre una dimensión estratégica. Durante aproximadamente una década, tanto el Departamento de Defensa, como la NSF y la CIA habían financiado proyectos de procesamiento automático de idiomas extranjeros, en su mayoría relacionados con la traducción automática. Las tres agencias crearon el Joint Automatic Language Processing Group (JALPG) para coordinar esos programas. En octubre de 1963, Haworth solicitó en nombre de las tres instituciones que la National Academy of Sciences estableciese un comité asesor independiente, y ALPAC celebró su primera reunión en abril de 1964.
Composición del comité
La composición publicada en el informe fue la siguiente:
John R. Pierce, Bell Telephone Laboratories, presidente. John B. Carroll, Universidad de Harvard, psicólogo y especialista en medición y evaluación. Eric P. Hamp, Universidad de Chicago, lingüista; fue nombrado en febrero de 1965. David G. Hays, RAND Corporation, investigador en lingüística computacional y traducción automática. Charles F. Hockett, Universidad Cornell, lingüista; dimitió del comité en diciembre de 1964. Anthony Oettinger, Universidad de Harvard, investigador en informática y traducción automática. Alan Perlis, Carnegie Institute of Technology, científico de la computación.
A. Hood Roberts actuó como secretario ejecutivo y Sandra Ferony como secretaria. El comité también recabó información de investigadores que trabajaban activamente en traducción automática, entre ellos Paul Garvin, Jules Mersel, Gilbert King y Winfred P. Lehmann.
Alcance y contenido del informe
El cuerpo principal de Language and Machines ocupaba 34 páginas y estaba acompañado por 20 apéndices que sumaban otras 90, de modo que la edición original alcanzaba las 124 páginas numeradas. Aunque el título abarcaba tanto traducción como lingüística, una parte central del análisis se ocupó de las necesidades concretas del Gobierno estadounidense y, en especial, de la traducción de documentación científica y técnica del ruso al inglés. Hutchins ha señalado que este enfoque dejó fuera otros posibles usuarios, mercados y pares de lenguas.
Demanda de traducción y disponibilidad de traductores
ALPAC dedicó una parte considerable del informe a determinar si existía una necesidad de traducción que justificase una inversión elevada en automatización. En la muestra bibliométrica utilizada por el comité, el inglés representaba el 76% de los artículos considerados, frente al 14% del ruso. El informe citó además estudios según los cuales determinados científicos que utilizaban con frecuencia documentación soviética podían adquirir una capacidad suficiente de lectura técnica en ruso con unas 200 horas de formación.
El comité tampoco encontró una escasez general de traductores para las necesidades federales que se habían examinado. Señaló que existían alrededor de quinientos traductores inscritos en los registros de empleo del área de Washington sin solicitudes pendientes de personal a tiempo completo, y que el Joint Publications Research Service (JPRS), que mantenía una red de unos 4000 contratistas, utilizaba de media solo a unos 300 cada mes y podía aumentar considerablemente su producción. A partir de estos datos, ALPAC planteó el problema no como una falta absoluta de capacidad, sino como una cuestión de calidad, rapidez, coste y selección de los textos que realmente necesitaban traducirse.
Evaluación de la traducción automática
Para su análisis, ALPAC utilizó una definición exigente de traducción automática: el paso algorítmico desde un texto fuente legible por máquina a un texto de llegada útil sin recurrir a traducción o edición humana. Bajo esa definición, concluyó que no se había conseguido aún una traducción automática generalista para textos científicos y que tampoco existía una perspectiva inmediata de conseguirla.
El informe comparó distintos sistemas y flujos de trabajo, pero sus datos no permiten reducir la conclusión a que «la máquina era siempre más cara que el traductor humano». El apéndice dedicado a la Foreign Technology Division (FTD) de la Fuerza Aérea, por ejemplo, calculaba un coste directo de unos 36 dólares por cada 1000 palabras rusas para la traducción automática, frente a unos 40 dólares para la traducción humana interna y 33 para la traducción subcontratada. Sin embargo, esas cifras excluían conceptos distintos en cada modalidad y el proceso automático requería una posedición y una recomposición que representaban conjuntamente más del 70% de su coste de producción. El tiempo medio total del flujo de trabajo de la FTD era de 109 días. Al compararlo con el JPRS, el comité sostuvo que este último podía producir un volumen equivalente con mayor rapidez y por menos de la mitad del coste.
El informe también analizó el coste desde la perspectiva del lector. Las agencias gubernamentales pagaban entre 9 y 66 dólares por cada 1000 palabras de traducción humana, pero ALPAC consideró además el tiempo necesario para leer los distintos tipos de resultado. Según este análisis, un lector medio necesitaba aproximadamente el doble de tiempo para leer una traducción automática sin editar que una traducción humana de calidad; cuando un documento debía ser leído por más de veinte personas, el coste agregado hacía más económica la traducción humana formación.
Otro elemento relevante fue el experimento de evaluación dirigido por John B. Carroll y recogido en el apéndice 10. Carroll comparó traducciones humanas y automáticas del ruso al inglés mediante juicios de inteligibilidad y fidelidad, con escalas diseñadas para obtener valoraciones reproducibles. Este trabajo se convirtió en uno de los antecedentes de las metodologías posteriores de evaluación humana de la traducción automática.
Traducción asistida por computadoras
El informe distinguió la traducción automática completa de la machine-aided translation, en la que el ordenador servía como herramienta para el traductor. ALPAC consideró prometedoras aplicaciones como la consulta automática de diccionarios, los glosarios especializados y la mecanización de tareas de edición y producción. Citó favorablemente sistemas terminológicos utilizados por la agencia de traducción de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Mannheim y por la Comunidad Europea del Carbón y del Acero.
Esta distinción fue el centro de las recomendaciones finales: el comité no propuso abandonar el uso de ordenadores en traducción, sino desplazar recursos desde la búsqueda de una automatización integral a corto plazo hacia la investigación lingüística básica, la evaluación y las herramientas que pudieran mejorar el trabajo humano.
Conclusiones y recomendaciones
En las páginas finales, ALPAC resumió su diagnóstico señalando que no había entonces una traducción automática útil ni una perspectiva inmediata o predecible de disponer de ella, pero sostuvo al mismo tiempo que las ayudas informáticas podían contribuir a obtener traducciones mejores, más rápidas y menos costosas.
El comité recomendó financiar dos áreas diferenciadas. La primera era la lingüística computacional como ciencia básica: análisis sintáctico, generación de oraciones, estructura, semántica, estadística y otros estudios cuantitativos, incluidos experimentos de traducción. ALPAC indicó expresamente que este trabajo debía evaluarse por su mérito científico y no por su contribución inmediata a una aplicación práctica.
La segunda era la mejora del proceso de traducción. El informe enumeró nueve líneas de trabajo:
desarrollar métodos prácticos para evaluar traducciones; acelerar la traducción humana; comparar la calidad y el coste de distintas fuentes de traducción; estudiar el uso efectivo de las traducciones para evitar producir textos que no llegaran a leerse; identificar y reducir retrasos en el proceso de traducción; comparar la velocidad y el coste de diferentes formas de traducción asistida por máquinas; adaptar procesos mecanizados de edición y producción; estudiar el proceso de traducción en su conjunto; producir mejores obras de referencia y adaptar glosarios para uso de los traductores.
La preocupación de que el informe pudiese interpretarse como una desautorización de toda la lingüística computacional llevó al Comité de Política Científica de la Academia a solicitar a Pierce una aclaración. En una declaración incorporada al documento final, Pierce defendió explícitamente la continuidad de la investigación básica a gran escala en lingüística computacional y estimó razonable financiar cuatro o cinco centros con un gasto conjunto de entre 2,5 y 3 millones de dólares anuales, sin contar aplicaciones prácticas inmediatas.
Financiación y consecuencias