El caso de asesinato de Cogne hace referencia a la muerte de Samuele Lorenzi, de tres años de edad, ocurrida el 30 de enero de 2002 en una casa de la localidad italiana de Montroz, situada en Cogne (Valle de Aosta). La madre de Samuele, Annamaria Franzoni, fue responsabilizada y condenada por el crimen, aunque nunca admitió su culpabilidad. La fiscalía demostró que la sangre del niño y otros restos biológicos habían empapado las pantuflas y el pijama que Annamaria Franzoni llevaba puestos la mañana del asesinato, por lo que, el crimen debió de ocurrir mientras ella estaba en el domicilio y aún vestía el pijama, y no cuando se encontraba fuera, ya vestida para llevar a su otro hijo a la parada del autobús escolar, tal como había afirmado ante los investigadores. En 2008, el tribunal de casación condenó a Annamaria Franzoni a 16 años de prisión, posteriormente reducidos a 13 años gracias a un indulto y, finalmente, a 10 años por buena conducta. Cumplió en total seis años en prisión y casi cinco bajo arresto domiciliario. El caso tuvo una amplia repercusión mediática -especialmente en televisión- y dividió profundamente a la opinión pública durante las fases iniciales del proceso judicial.
Los hechos
A las 8:28 a. m. del 30 de enero de 2002, el centro de coordinación de emergencias del Valle de Aosta recibió una llamada de Annamaria Franzoni desde Montroz solicitando asistencia médica. Dijo que acababa de encontrar a su hijo Samuel, de tres años, «vomitando sangre» en su cama. Annamaria explicó que se había ausentado brevemente de su casa para llevar al hijo mayor a la parada del autobús escolar, situada a pocos metros de la casa, y que al volver se encontró con el niño acostado en la cama conyugal, tapado con el edredón y con la cabeza ensangrentada. Franzoni se había puesto en contacto previamente con el médico de la familia, la doctora Ada Satragni. La médico llegó primero al lugar y planteó la hipótesis a una causa natural, como un aneurisma cerebral, manteniendo esta teoría durante mucho tiempo y alegando que el llanto frenético del niño, al notar que estaba solo en casa, podría haberlo provocado . Si bien, la víctima presentaba una herida profunda en la cabeza con exposición de masa encefálica. Además, el médico lavó la cara y la cabeza del niño y lo trasladó al exterior sobre una camilla improvisada. Aunque motivadas por la necesidad urgente de reanimación, estas acciones alteraron el escenario del crimen y comprometieron el estado de la víctima.
Las hipótesis iniciales (aneurisma, convulsiones, traumatismo por caída e intentos de reanimación excesivamente violentos) fueron descartadas, primero por los equipos de emergencia y posteriormente por los resultados de la autopsia. La teoría de un aneurisma cerebral acompañado de convulsiones epilépticas violentas fue retomada, evaluada y explorada en profundidad de forma independiente por un neurólogo italiano, Giovanni Migliaccio, que sostuvo la inocencia de Franzoni y atribuyó la muerte del niño a una afección congénita en lugar de a una agresión. Sin embargo, esta teoría nunca llegó a confirmarse. Los equipos de rescate, que llegaron en helicóptero, determinaron que las presentadas por la víctima eran el resultado de un acto violento y dieron aviso a los carabineros, quienes llevaron a cabo la investigación inicial en el lugar de los hechos. Se certificó el fallecimiento del menor a las 9:55 a. m. La autopsia determinó que la causa de la muerte fueron al menos diecisiete golpes propinados con un objeto contundente. Se hallaron restos de cobre en la cabeza del niño, lo que sugería el uso de un cucharón ornamental u otro objeto fabricado con ese metal. Asimismo, las lesiones leves en las manos apuntaban a un intento desesperado de defensa propia.
Cuarenta días después del crimen, la madre fue formalmente objeto de investigación por asesinato y, el 14 de marzo de 2002, fue detenida bajo la acusación de homicidio doloso con agravante por vínculo familiar. No obstante, el 30 de marzo, el Tribunal de Revisión de Turín ordenó su puesta en libertad por falta de pruebas suficientes.
Investigación
A pesar de las numerosas inspecciones realizadas por los investigadores en el interior de la casa nunca se encontró el arma homicida. Al respecto surgieron teorías que apuntaban al uso de un objeto contundente como un cucharón de cobre, un piolet, un pequeño cazo para hervir leche o elementos similares, pero nunca se llegó a confirmar ninguno. La tesis de la fiscalía y los fundamentos del veredicto inicial se basaron principalmente en análisis forenses que emplearon luminol para detectar rastros de sangre. Se hallaron vestigios significativos en el pijama de Franzoni, prenda que había sido encontrada parcialmente oculta entre la ropa de cama varias horas después del crimen.
La fiscalía sostuvo que ella llevaba puesta dicha prenda en el momento del asesinato; esta era la única explicación plausible para las extensas manchas de sangre y los fragmentos de hueso y materia cerebral de la víctima encontrados en las mangas. Se descubrieron rastros adicionales de sangre de la víctima en las suelas y en el interior de las pantuflas de la mujer. Asimismo, no se hallaron rastros de sangre fuera del dormitorio que pudieran vincularse a una hipotética tercera persona que hubiera huido de la escena tras el homicidio. La fiscalía argumentó también que Franzoni era la única persona que podía haber cometido el asesinato en el momento establecido por la investigación, señalando que las personas presentes en la zona en aquel instante no habían observado nada inusual o sospechoso.
Estrategia de la defensa
Según la defensa, que sostuvo en todo momento la intervención de una tercera persona, el pijama ensangrentado no lo llevaba el asesino, sino que se encontraba tendido sobre la cama sobre el edredón. Además, indicó que el asesino, al ver a Franzoni salir de la casa para acompañar a su hijo mayor a la parada del autobús escolar, se introdujo sigilosamente en el interior con la intención inicial de «molestar» a la madre, incluso con una intención sexual. Al encontrar inesperadamente al pequeño en la cama, el intruso se habría asustado, golpeando repetidamente a Samuele, para luego huir sin llevar a cabo su intención original. Todo esto ocurrió en menos de ocho minutos (un lapso de tiempo coherente con la secuencia de hechos descrita por la propia fiscalía), sin dejar rastro de sangre en ninguna otra habitación ni en el exterior de la casa, y sin que Franzoni, el conductor del autobús escolar ni nadie más advirtiese la presencia del intruso.
También resultó significativo el hecho de que no se sustrajeran objetos de valor y de que no hubiera signos de entrada forzada en ninguna de las puertas o ventanas de la vivienda. El bolso que Franzoni utilizaba habitualmente había permanecido en la casa, sin que hubiera indicios de que alguien lo hubiera revuelto o siquiera tocado. Inicialmente, la mujer declaró haber cerrado con llave la puerta principal al salir, puntualizando: «La cerré, y sé exactamente lo que hago». Sin embargo, al día siguiente cambió su versión -una conversación interceptada en el cuartel de los Carabineros de Cogne recoge cómo su marido le señalaba que afirmar haber cerrado la puerta no jugaba a su favor- y sostuvo entonces que la había dejado sin cerrar porque, según dijo, Samuele se habría alarmado de haberse dado cuenta de que ella había salido y lo había dejado solo; todo ello mientras mantenía que habían dejado la televisión encendida precisamente para que el niño no se alarmara. Durante la investigación nunca se hallaron en la casa huellas dactilares ni rastros biológicos atribuibles a personas ajenas al entorno.
En el verano de 2004, inmediatamente después de la condena inicial de la mujer, el abogado Carlo Taormina y sus asesores inspeccionaron la propiedad. Al día siguiente declararon haber encontrado en la puerta del dormitorio una huella dactilar ensangrentada perteneciente al «verdadero asesino», así como «rastros de sangre» de la víctima en el garaje, que supuestamente señalaban una hipotética ruta de huida a través de la puerta basculante, a pesar de que los investigadores la habían encontrado cerrada y sin signos de entrada forzada el día del crimen. Sin embargo, pronto salió a la luz que la huella pertenecía a uno de los técnicos del propio equipo de la defensa y que el dedo que la había dejado estaba manchado no con sangre de la víctima, sino con luminol y que los supuestos «rastros de sangre» no contenían sangre. Comportamiento sospechoso
Otros elementos de la acusación se basaron en el comportamiento y las conversaciones de Franzoni tras el crimen. Por ejemplo, un comentario interceptado por los carabineros durante una llamada telefónica con una amiga el 6 de marzo de 2002 afirmando «no sé qué me pas...», corregido inmediatamente por «no sé qué le pasó...»). Otras escuchas telefónicas y grabaciones ambientales revelaron que la mujer, su marido y otros familiares hablaban sobre cómo «provocar» a ciertos vecinos para que confesaran el crimen o, incluso elegir al «asesino» entre algún vecino sin hijos», llegando a sugerir colocar un martillo en la propiedad de un vecino para despistar a los investigadores, o al menos para hacerles creer que se trataba del arma homicida, abandonada por el asesino durante su huida.
También despertó considerables sospechas el hecho de que, mientras trasladaban al niño en helicóptero al hospital, Franzoni, que se había quedado en casa con su marido para ser interrogada por las fuerzas del orden, le repetía a este insistentemente «Tengamos otro hijo; ¿me ayudarás a tener otro?». Al día siguiente, durante el interrogatorio en el cuartel local de los Carabineros, la mujer declaró: «Por desgracia, hay madres que matan a sus hijos; esas personas existen». A otro agente que comentaba el incidente con ella ese mismo día, le dijo: «Espero que lo hayan matado... quédese tranquilo...». En julio de 2004, Annamaria Franzoni y su marido, Stefano Lorenzi, presentaron una denuncia contra un vecino, Ulisse Guichardaz, señalándolo como el «verdadero asesino». Le atribuyeron motivos siniestros y enumeraron una serie de «indicios» que apuntaban hacia él. Entre otras cosas, alegaron que él tenía intenciones de acoso y persecución hacia ella, un comportamiento que nadie más había notado ni que Franzoni había comunicado a los investigadores antes de presentar la denuncia. El hombre fue interrogado en repetidas ocasiones a lo largo de los años y mantuvo siempre la única versión de haber estado durante todo el día en la tienda de comestibles de la familia. Los investigadores consideraron creíble el relato y la coartada asociada al finalizar el primer juicio. En consecuencia, el matrimonio Lorenzi pasó a ser investigado por formular acusaciones falsas contra Guichardaz. El hombre no se vio implicado en el juicio de apelación. En su lugar, surgieron graves insinuaciones sobre otra vecina, Daniela Ferrod, con quien Annamaria Franzoni al parecer había tenido un pequeño altercado en el pasado. A pesar de las acusaciones formuladas por Franzoni, Daniela Ferrod fue, la primera persona a la que ella llamó en busca de ayuda. Los análisis forenses realizados por el Servicio de Investigación Científica (RIS) y las coartadas de los sospechosos condujeron obligatoriamente a su exculpación.
Proceso
La defensa de Annamaria Franzoni pasó, por orden cronológico, del abogado Carlo Federico Grosso a Carlo Taormina y, finalmente, a la abogada de oficio, Paola Savio.
Primera instancia