El auto de fe de Valladolid del 21 de mayo de 1559 fue un auto de fe celebrado por el Tribunal del Santo Oficio en la plaza Mayor de Valladolid (España) el domingo de la Santísima Trinidad de aquel año. En él fueron sentenciados treinta y un procesados del grupo que las autoridades inquisitoriales identificaron como núcleo luterano de la ciudad y su comarca, encabezado por el doctor Agustín de Cazalla, predicador y capellán de Carlos V. Catorce fueron ejecutados y quemados en persona y una más en estatua. Presidieron el acto los príncipes Carlos y Juana, y actuó como inquisidor general Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla.
Junto con el celebrado el 8 de octubre de ese mismo año, que presidió Felipe II, constituye uno de los dos «grandes autos» vallisoletanos de 1559, considerados los de mayor impacto social, político y simbólico de cuantos celebró la Inquisición española. La fecha elegida no fue indiferente: el 21 de mayo era el aniversario del nacimiento de Felipe II en Valladolid, treinta y dos años antes, de modo que el monarca quedaba implícitamente vinculado a la lucha contra la herejía desde su mismo nacimiento.
El acto está documentado por dos vías independientes. Por un lado, las relaciones contemporáneas conservadas en manuscritos de Madrid y Simancas, editadas por el hispanista Ernst Schäfer en 1902, de las que la más antigua y extensa describe la ceremonia hora por hora y resume las causas de los treinta y un reos. Por otro, el relato y el «estado» nominal que publicó Matías Sangrador Vítores en su Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid (1851), formado a partir de manuscritos del tribunal conservados en la biblioteca de Santa Cruz de Valladolid.Sangrador indica que para la formación de los estados tuvo a la vista varios manuscritos del tribunal de la Inquisición conservados en la Biblioteca de Santa Cruz de Valladolid. Las dos tradiciones coinciden en lo esencial, pero divergen en la forma de varios nombres.Schäfer coteja cinco relaciones manuscritas, que designa con las letras A a E, y consigna sus variantes onomásticas. Las lecturas del estado publicado por Sangrador coinciden sistemáticamente con las de la relación E.
Contexto El descubrimiento de los focos luteranos La difusión en la Corona de Castilla de las doctrinas de la Reforma protestante se produjo, según Sangrador, a través de las relaciones que los naturales de estos reinos mantenían con el Sacro Imperio Romano Germánico, y Valladolid fue una de las poblaciones donde antes arraigaron. El doctor Agustín de Cazalla reunía de noche en su casa a un número creciente de personas en un conventículo. Estas reuniones fueron detectadas por los familiares del Santo Oficio, que fueron informados de la contraseña que empleaban los asistentes y aprovecharon esta circunstancia para soprender una noche a los congregados y los condujeron a las cárceles de la Inquisición.
Hasta el descubrimiento de los grupos de Andalucía y Castilla en 1557 y 1558, el protestantismo no había sido percibido como una amenaza real: los acusados de luteranismo eran mayoritariamente extranjeros y figuras aisladas. La reacción fue de incredulidad y pánico, y la alarma se justificaba por la ubicación de los focos en los centros del poder político de la monarquía, por la calidad social de los implicados (alta nobleza, servidores de la administración regia, caballeros de órdenes militares, predicadores de fama próximos al emperador), por lo articulado del discurso teológico, por la circulación de libros prohibidos y por las relaciones de algunos de ellos con el recién nombrado arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza.
El grupo desbordaba el marco estrictamente urbano: además de vecinos de Valladolid, la relación de procesados registra a personas naturales de Pedrosa del Rey, Toro, Zamora, Palencia, Peñaranda de Bracamonte y Lisboa, y entre ellos figuran clérigos, un platero, un carpintero, una monja, dos comendadores de órdenes militares y varios miembros de la alta nobleza castellana. El propio tribunal hizo constar el origen judeoconverso de algunos de los reos.
Sangrador recoge además una tradición local según la cual la denuncia habría partido de la mujer de Juan García, platero domiciliado en la calle de la Platería, que siguió disfrazada a su marido hasta el lugar de las reuniones y, ante la negativa de su confesor a intervenir, acudió directamente al inquisidor general. Las relaciones contemporáneas no mencionan tal episodio, pero sí describen a Juan García como convocante de las reuniones y encargado de vigilarlas.
El marco jurídico: los breves de Paulo IV En septiembre de 1558 Valdés remitió a Paulo IV un informe sobre la situación solicitando su respaldo. El papa emitió en enero de 1559 cinco breves, recibidos en España en abril, que alteraron temporalmente el derecho inquisitorial. El primero autorizaba a los inquisidores a relajar al brazo secular a cualquier condenado por herejía que hubiese intentado inducir a otros, aunque mostrase arrepentimiento, si se sospechaba que este no era sincero: no era ya necesario ser relapso para acabar en la hoguera, ni bastaban las muestras de contrición para obtener la reconciliación. Los tres siguientes ampliaban las prohibiciones sobre libros y obligaban a los confesores a exigir su entrega, y el cuarto facultaba al Santo Oficio para procesar a cualquier dignidad eclesiástica durante dos años, disposición que permitiría encarcelar al arzobispo de Toledo. El quinto dotó al tribunal de una base económica estable.
Esta ampliación del arbitrio de los jueces explica el elevado número de relajados pese a las retractaciones: se ha señalado que sin aquel breve solo habrían muerto en la hoguera los tres reos declaradamente pertinaces en los dos autos de fe celebrados en Valladolid en 1559: Antonio Herrezuelo, Carlos de Seso y Juan Sánchez. Las instrucciones del propio Valdés de 1561 volvieron a la jurisprudencia anterior, recomendando la reconciliación de los buenos confitentes y subrayando el carácter excepcional del breve.
Se celebraron dos autos de fe y no uno porque las declaraciones de fray Domingo de Rojas y de Carlos de Seso resultaban esenciales para fundamentar la acusación contra Carranza, y porque, a la inversa, los inquisidores esperaban obtener de Carranza más información sobre las redes de estos grupos y sus contactos fuera de España. El propio Valdés, cuya influencia se había devaluado desde 1554 hasta el punto de que la princesa gobernadora y el rey habían insistido en alejarlo de la corte, recuperó con la represión de los focos una centralidad política que los autos venían a escenificar.
Preparativos El auto se publicó por pregón en la ciudad y en las comarcas vecinas con más de quince días de antelación, desde el tablado ya construido y con mayor solemnidad de la acostumbrada.
Tradicionalmente los autos vallisoletanos se habían celebrado en la plaza de Santa María (actual plaza de la Universidad); pero en esta ocasión se eligió la plaza Mayor por permitir un escenario más amplio y facilitar una mayor asistencia de público. El cadalso lo levantaron los carpinteros de la ciudad bajo supervisión diaria de los inquisidores; se desconoce quién lo trazó, aunque se ha apuntado la posibilidad de que se encargase a Francisco de Salamanca, trazador de obras al servicio de la familia real.
El tablado principal se elevaba unos metros sobre el suelo y medía en torno a doce metros por lado, con dos púlpitos cuadrados en las esquinas para la lectura de las culpas y, en medio y más alto, el púlpito redondo desde el que los reos habían de oír su sentencia, visible desde cualquier punto de la plaza para que pudieran ser vistos y reconocidos. Enfrente se situaba el púlpito del sermón. En una de las puntas se colocó la cruz de la parroquia de El Salvador, cubierta de luto, que marcaba el espacio destinado a la ceremonia de reconciliación y perdón. La relación contemporánea añade que en la parte trasera se dispusieron seis gradas circulares que se estrechaban de abajo a arriba, en las que se colocó a los procesados por orden de gravedad, ocupando Cazalla el lugar más elevado.
Para las personalidades reales se levantó, por encima del tablado principal y a la altura del corredor de las casas consistoriales, otro tablado unido al corredor mediante la supresión de la balaustrada, decorado por dentro y por fuera con doseles y telas bordadas en plata y oro; de las balaustras colgaban arambeles colorados y blancos, en los colores de Castilla. En el recorrido entre las casas del Santo Oficio y la plaza se valló con palenques la parte central de las calles, y en la puerta del Campo se levantaron quince palos muy altos, con argollas y escaleras.
La expectación fue extraordinaria. Las relaciones afirman que los pueblos de veinte leguas a la redonda se despoblaron «para ver lo que tan digno fue de ser visto», y alguna eleva el radio a cuarenta o cincuenta leguas; frente a una población habitual en torno a los veinte mil habitantes, se llegó a hablar de una asistencia de doscientas mil personas en Valladolid. Fue imposible alojarlas y muchos durmieron al raso en los campos de los alrededores. Los propietarios de las casas de la plaza y de las calles del recorrido alquilaron balcones y ventanas —Sangrador precisa que a razón de doce, trece y hasta veinte reales por persona— y llegaron a destejarse parcialmente los tejados para construir saledizos de madera. En la madrugada del 20 al 21 de mayo se celebraron misas a la una en las iglesias y monasterios de la villa, y antes del amanecer tablados, tejados y ventanas estaban ya llenos.
Las autoridades temieron algún tumulto o atentado. Desde que se empezó a construir el tablado, familiares del Santo Oficio lo custodiaron; cuatro compañías de guardias montaron guardia alrededor de la villa desde el pregón, y cien hombres vigilaron día y noche las casas y la cárcel de la Inquisición, situadas en la actual calle de Fray Luis de León, porque se entendió que ciertas personas no identificadas pretendían arrojar barriles de pólvora en las cárceles para quemar a los presos. La víspera se prohibió andar a caballo por la ciudad y llevar armas. Los tablados y palenques se conservaron hasta octubre, de modo que la ciudad vivió cinco meses en estado de alerta.
Desarrollo Cortejo A las cuatro de la madrugada la guardia real se desplazó con pífano y tambor al palacio donde se alojaban los príncipes, de donde partió el cortejo con el Consejo Real, nobles, caballeros y damas, acompañado de los símbolos de la autoridad regia: dos maceros con mazas de oro al hombro, cuatro reyes de armas con dalmáticas de damasco carmesí bordadas con las armas reales, y detrás el alférez mayor de Castilla con el estoque desenvainado, símbolo de la justicia real, que permaneció junto a las personas reales durante toda la ceremonia.Sangrador atribuye el porte del estoque al conde de Palma, Luis Portocarrero, y ofrece una relación algo más amplia de la comitiva, en la que incluye a los marqueses de Denia y Astorga, los condes de Lerma y Módica, los arzobispos de Santiago y Sevilla y los obispos de Palencia y Ciudad Rodrigo. La relación contemporánea editada por Schäfer sitúa la llegada de los príncipes a las seis menos cuarto y menciona al condestable y al almirante de Castilla y al marqués de Astorga.
Poco después salió de las casas de la Inquisición la procesión de los reos, precedida por el pendón del Santo Oficio y acompañada por los inquisidores y el personal del tribunal. Al iniciarse, las campanas de la catedral y de todas las iglesias de la ciudad se echaron al vuelo. El resultado conjunto de pífanos y tambores, hachas encendidas y campanas al vuelo moduló el espacio sonoro de la ciudad y debió de transmitir a los asistentes una percepción clara de lo extraordinario del momento.