Domingo de Rojas (c. 1521 – Valladolid, 8 de octubre de 1559) fue un fraile dominico y predicador castellano, hijo del marqués de Poza y discípulo de Bartolomé Carranza. Fue una de las figuras centrales del grupo que la Inquisición española identificó como foco luterano de Valladolid, y murió relajado al brazo seglar en el auto de fe celebrado en Valladolid el 8 de octubre de 1559.

De su pluma salió una glosa de los artículos de la fe que circuló manuscrita por Castilla y que fue atribuida a Carranza; y sus declaraciones ante el tribunal, que ocupan medio centenar de folios, se incorporaron como testimonio a la publicatio del proceso inquisitorial contra el arzobispo de Toledo. La documentación de su causa fue editada por el hispanista Ernst Schäfer a partir de los originales de Madrid y Simancas.

Biografía En su primera audiencia, el 13 de mayo de 1558, declaró tener treinta y seis años, lo que sitúa su nacimiento hacia 1521-1522, y dio como nombres de sus padres los de Juan de Rojas y Marina Sarmiento. Las relaciones del auto de fe lo identifican como hijo del marqués de Poza.

Buena parte de su familia se vio arrastrada por los procesos. Su hermana María de Rojas, monja profesa del convento de Santa Catalina de Siena de Valladolid, fue reconciliada en el auto de fe del 21 de mayo de 1559; en ese mismo auto salieron su sobrina Ana Enríquez, hija de otra hermana suya, la marquesa de Alcañices, y su sobrino Luis de Rojas Enríquez, nieto del marqués de Poza y llamado a heredar el mayorazgo. Una de las relaciones lo presenta además como hermano de Pedro Sarmiento, comendador de Alcántara, penitenciado también en mayo.

Fue fraile predicador de la Orden de Predicadores y residió sucesivamente en el convento de San Esteban de Salamanca y en el de San Pablo de Valladolid. Participó en el concilio de Trento, circunstancia a la que aludiría más tarde el obispo de Pamplona al reprocharle el camino que había tomado.

Se declaró discípulo de Bartolomé Carranza, futuro arzobispo de Toledo, en términos inequívocos: preguntado por qué su caso podía alcanzar también al arzobispo, respondió que todo el mundo sabía que era su discípulo, del todo unido a él e instruido por él en todo. Matizó, sin embargo, que Carranza nunca le había enseñado los errores por los que se le procesaba, y que siempre que salía la conversación le mostraba lo falso de los argumentos de Martín Lutero.

Su labor de proselitismo se extendió por Palencia, Valladolid, Zamora, Toro, Salamanca y Logroño. Un testimonio recogido en el proceso de Pedro de Cazalla describe cómo, siendo residente en San Esteban de Salamanca, trabó amistad con el ayo de los hijos de la marquesa de Alcañices y le explicaba pasajes del Evangelio y de la Escritura, insistiéndole en que por la pasión de Cristo estaban pagadas sus deudas si lo creía y aborrecía el pecado, y en que tuviese la seguridad del perdón por tan cierta como que existiesen Burgos o Roma.

La declaración de los artículos de la fe Hacia 1548, cuando contaba unos veinticinco años, compuso una exposición glosada de los artículos de la fe que entregó en Palencia a Ana de Castilla, esposa de Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, virrey de la Nueva España. El texto circuló copiado por Castilla: él mismo declaró haberlo visto después en muchos lugares, entre ellos en poder de Francisca de Zúñiga y de Cristóbal de Padilla, y añadió que se decía comúnmente que era de Carranza, «porque en verdad eran conformes a su doctrina, que yo había tomado de él». Una copia se la había dado al propio Carranza.

Hallado el manuscrito al comienzo de un libro incautado a Francisca de Zúñiga, le fue mostrado en enero de 1559 y lo reconoció como suyo. En una declaración escrita sostuvo que al redactarlo tenía intención cristiana y sentido católico, que no había escrito ni enseñado una palabra después de saber que aquel modo de hablar coincidía en algo con el de Lutero, y que hoy no lo escribiría así por el peligro que encierra la libertad de esas palabras. Señaló con una raya y una cruz los pasajes que podían parecer sospechosos y concluyó que no le satisfacían y que podían quemarse con su voluntad y consentimiento.

Interrogado sobre cómo podía haber escrito aquella doctrina once años antes de caer, según su propia confesión, en los errores que reconocía, respondió que no los calificaba de errores sino de «palabras peligrosas» respecto de la doctrina de Lutero, que entonces ignoraba que ese modo de hablar se le pareciese, y que lo había tomado de oír predicar muchas veces a Carranza.

El episodio ilustra la confusión de atribuciones que rodeaba a estos textos: otro testimonio del mismo proceso refiere que el prior de Santo Domingo, ante quien se llevó el cuadernillo, negó que fuese de Rojas, mientras Padilla aseguraba unas veces que era de Rojas, otras que del maestro Carranza y otras que suyo propio y aún sin acabar.

Descubrimiento, arresto, proceso y ejecución Rojas situó el comienzo de sus errores en el día de Santa Lucía, el 13 de diciembre de 1557. Hacia agosto de aquel año le llegaron los primeros avisos de que se murmuraba de él en materia de fe, noticia de la que, según declaró, no hizo caso y hasta se rio. En vísperas de la cuaresma de 1558 el rector del Colegio de San Gregorio de Valladolid, fray Antonio de Santo Domingo, le convocó en secreto desde Monzón de Campos, donde estaba con su padre, y le comunicó lo que se decía en San Pablo. Fray Juan de la Peña le escribió por su parte que corrían sobre él dos opiniones: unos afirmaban que había perdido el juicio natural por exceso de penitencia, oración y vigilias, y otros que había perdido el juicio en la fe.

Su propio relato de aquellos días es el de un hombre desbordado. Declaró que al advertir lo que se decía de él quedó «casi fuera de mí», que le vinieron a los ojos el temor, la pusilanimidad y la vergüenza ante el mundo al imaginar lo que pensarían de él en la Orden y entre sus parientes si lo veían preso, y que por eso pensó marcharse sin decidir entonces adónde: primero se le ocurrió que el arzobispo de Toledo podría componer algo en su negocio, y después que sería mejor ir a Roma.

Al comenzar las detenciones huyó junto a Carlos de Seso con intención de pasar a Alemania. Fueron apresados en Navarra, cuando ya habían obtenido salvoconductos para Francia, gracias a los avisos que la Inquisición había cursado a todos los puertos y pasos de la frontera. Rojas viajaba en traje seglar; una relación lo describe vestido de verde, con sombrero de plumas y una cadena de oro al cuello.

Preso en Pamplona, fue llevado con Seso a casa del comisario de la Inquisición, donde se encontraron con el obispo Álvaro de Moscoso. Según su declaración, ambos le besaron la mano, el obispo los abrazó y los sentó, y a solas le dijo: «Este es otro camino y otro hábito que el que llevó a vuestra merced al Concilio». Rojas respondió que llevaba el hábito en el corazón y que su intención era ir al arzobispo de Toledo, «porque si a mí me alcanza, también le alcanza al arzobispo de Toledo»; el obispo replicó que al arzobispo no le alcanzaba nada de aquel asunto.

Fue conducido a las cárceles de la Inquisición de Valladolid, donde comparecía por primera vez el 13 de mayo de 1558. Sus declaraciones se prolongaron durante más de un año y quedaron incorporadas como testimonio a la publicatio del proceso contra Carranza. En julio de 1559 pidió que se le dejase revisar el libro de comentarios de Carranza, que había visto manuscrito en poder de su hermana la marquesa de Alcañices y cuyo contenido no había entendido entonces, según dijo, por no estar todavía «alumbrado en los errores de Lutero»; el inquisidor Vaca, previa consulta con el inquisidor general, accedió a entregárselo para que anotase lo que le pareciera digno de nota.

Las relaciones del auto le atribuyen la confesión de un largo repertorio de proposiciones: que no hay purgatorio, que no debe haber imágenes ni misas, que no se ha de rezar por los difuntos, que los niños que mueren sin bautismo van al cielo, que la comunión ha de administrarse bajo ambas especies a todos sin distinción, que el papa no es sucesor de San Pedro, que conceder indulgencias es una indignidad, que no se deben los diezmos, que los frailes son fariseos y que solo se salvan quienes siguen la doctrina de Lutero.

Salió en el auto de fe del 8 de octubre de 1559, el segundo de los celebrados aquel año en la plaza Mayor y el primero al que asistió Felipe II. Fue el segundo llamado a oír su sentencia, después de Carlos de Seso. Compareció sin capa, con su hábito y una camisa de lienzo visible por la abertura del cuello, sin coroza ni soga por no estar aún degradado, con el sambenito pintado de llamas y demonios y su nombre escrito en los faldones, y una vela verde en la mano. Fue convicto por un centenar de testigos.Otra de las relaciones rebaja la cifra a cuarenta y siete testigos.

Leída la sentencia comenzó a dirigirse al rey para reafirmarse en lo que había sostenido; Felipe II hizo una seña con el guante y se lo llevaron sin dejarle continuar, poniéndole una mordaza. Cuando lo llevaban al suplicio se la retiraron y dijo que quería morir en la fe de la Iglesia romana, y aunque todos creyeron que lo decía en serio, su arrepentimiento no satisfizo a nadie. Fue agarrotado antes de arder, a diferencia de Seso y de Juan Sánchez, que fueron quemados vivos.

Las relaciones le atribuyen haber confirmado en sus posiciones, ya en la cárcel, a otros dos condenados: el licenciado Diego Sánchez y Pedro de Sotelo. A este último lo llevaron junto al palo donde Rojas estaba ya atado para que lo persuadiese de retractarse, y Sotelo confesó entonces la fe romana, por lo que se le concedió garrote.

Véase también Auto de fe de Valladolid de mayo de 1559 Auto de fe de Valladolid de 1561

Notas

Referencias

Bibliografía

Categoría:Dominicos de España del siglo XVI Categoría:Protestantes de España Categoría:Ejecutados en la hoguera Categoría:Fallecidos en Valladolid