Marie Berthe Gardes o Berta Gardes (Toulouse, Francia; 14 de julio de 1865-Buenos Aires, Argentina; 7 de junio de 1943) fue, según la hipótesis francesista, la madre del célebre cantor de tango Carlos Gardel.

La casa familiar Hija de Vital Gardés y Hélène Camares, sus padres poseían una fábrica de sombreros con exposición y venta en el barrio Arnaud-Bernaud, cerca de la casa de Cannon D'Arcole número 4; y su abuelo era Charles Gardés, un militar. A los 25 años conoció a un viajante de comercio llamado Paul Lasalle. En febrero de 1890, Berthe descubrió que estaba embarazada. Su pareja nunca reconoció a ese hijo pues se encontraba casado con otra mujer.

Vital Gardes (nacido el 3 de abril de 1835) era el tercer hijo de Jean-Marie Gardes Bonhomme y Marie Anne Pascale Bonnefoy. El 10 de mayo de 1862, Vital se casó con Hélène —oriunda de Albi, hija de Mathieu Camares y de Hélène Cunégonde Barase—, con quien tuvo dos hijos: Jean, nacido 11 de abril de 1863 y Marie Berthe, el 14 de julio de 1865, en la casa familiar del 10 de la rue Palaprat, en el barrio de Saint-Aubin, célebre por su iglesia de estilo bizantino.

La infancia de Berthe fue muy dura pues tuvo que soportar la violencia familiar por parte de su padre hacia su madre, a tal punto que el Tribunal Instancia de Toulouse, en audiencia pública y en presencia del procurador Dr. Custet, legalizó la separación el 17 de marzo de 1868. Hélène se quedó con la custodia de sus hijos y abrió una sombrerería en el número 6 de rude des Pretres. Luego formó una nueva pareja con Louis Alphonse Julien Carichou. La irregularidad de su segundo matrimonio hizo que Berthe llamara "tío" a su padrastro, para disimular la situación porque Hélène corría el riesgo de ir presa. Su madre tuvo una hija con Carichou a la que no pudo reconocer. Por ello decidieron alejarse de Toulouse.

Emigraron primero a Burdeos y, luego, a Venezuela cuando Berthe tenía diez años. En Puerto Cabello el 11 de febrero de 1876, nació su hermano Carlos. Para 1890 se hallaban nuevamente en Toulouse.

Nacimiento de Carlos Gardel El 10 de diciembre, al iniciar el trabajo de parto, Berthe debió cruzar el río Garona por el antiguo puente de la ciudad hasta la ribera oeste, donde se encontraba el hospital Saint Joseph de la Grave. En ese mismo establecimiento, fundado en 1647, habían nacido varias generaciones de Gardes. Se trataba de un edificio rectangular, con las clásicas tejas rojas y una cúpula. Allí, probablemente a las dos de la mañana del jueves 11 de diciembre de 1890, se haya colgado una bandera blanca de una de las ventanas de la sala de maternidad, en señal de alumbramiento. Se respetaba así una vieja tradición provenzal, de práctica usual en los hospitales franceses, que en este caso anunciaba el nacimiento de Charles Romuald Gardes. Esa misma tarde, Pierre Adouy, adjunto del alcalde de Toulouse, certificó el acta de nacimiento que traducida al castellano decía: «Nacimiento de Charles Romuald Gardes, nacido hoy a las dos horas de la mañana en el hospital De la Grave, hijo de padre desconocido y de Berthe Gardes, planchadora, nacida en Toulouse y domiciliada en la calle Canon D'Arcole 4». miniaturadeimagen|Acta de nacimiento de Carlos Gardel, 11 de diciembre de 1890. Pocos días después, Berthe y el pequeño Charles abandonaron el hospital. La madre asumía plenamente a su hijo, pero quedaba asentado el estigma de que ambos guardarían como un gran secreto durante más de cuatro décadas: «Hijo de padre desconocido».

A partir del nacimiento de su hijo, Berthe abandonó la casa de su abuelo, donde convivía con su familia, la que censuraba su conducta. Aceptó entonces el ofrecimiento de una amiga de la infancia, Odalie Duchase de Capot, de mudarse a la casa que ella compartía con su esposo y su hijo. Además, como Odalie tenía un taller de modista y de arreglos de sombreros, Berthe se incorporó como trabajadora.

Después de algo más de dos años, Berthe decidió alejarse de Toulouse. Por un lado, porque su situación personal le impedía rehacer su vida plenamente y, por otro lado, a causa de la difícil situación laboral por la que estaba atravesando. En esas circunstancias, Odalie le entregó a Berthe una carta que le había remitido una amiga común desde Buenos Aires. Los flujos migratorios durante el llevaron a buena parte de la población de la región de Aquitania a trasladarse a Argentina. Y esta amiga, Anaïs Beaux, le proponía a Berthe viajar a Buenos Aires, donde contaría con su apoyo y el de su esposo.

En esa época el viaje se realizaba en buques de vapor y los imprecisos dos meses de travesía en los antiguos barcos de vela se habían reducido a casi la mitad, dependiendo de las paradas en Brasil y en Uruguay. Berthe y su Charles viajaron en tercera clase o como pasajeros de proa, entre puente, sin baños o con instalaciones sanitarias deficientes, con comida mala y padeciendo mareos, como la mayoría de los inmigrantes. Las camas tenían colchón de paja y un acolchado de lana, y estaban infestadas de chinches, pulgas y piojos, dado que luego del arribo de los inmigrantes se embarcaban en ese mismo espacio animales, lanas, cueros y cereales. El agua potable solo se podía usar para beber y para cocinar, pero no para el lavado y la limpieza. El 10 de marzo de 1893, después de casi un mes de travesía, llegaron al puerto de Buenos Aires. Berthe, junto con su hijo, se encontraron con su amiga Anaïs.

Desembarco en Buenos Aires Charles Romuald y su madre arribaron a las nuevas instalaciones del puerto. El 11 de marzo, médicos y funcionarios realizaron la visita sanitaria a la nave y al día siguiente los viajeros pudieron desembarcar. Su ingreso en el país fue anotado en los libros de la Dirección Nacional de Migraciones y Berthe aprovechó ese momento para definir su situación personal registrándose como «viuda».

Al descender del barco, los esperaba Anaïs y su esposo Fortunato Muñiz, hecho que marcaba una gran diferencia con la mayoría de los inmigrantes que los acompañaban, pues no irían a alojarse en el llamado Hotel de la Rotonda o Panorama de Retiro, un edificio circular, construido totalmente de madera, con capacidad para una ochocientas personas. Además, la calurosa recepción de su amiga ayudó a amortiguar la sensación de inseguridad que la mayoría de los recién llegados experimentaba tras el largo viaje y el encuentro con una sociedad totalmente desconocida y en la que se hablaba otro idioma. La señora Beaux, tolosana como Bertha, les había reservado un alojamiento provisorio y un puesto de trabajo para una amiga en el taller de planchado que ella misma dirigía. En adelante, Berthe y Charles Romuald adaptarían sus nombres al castellano, por lo que pasaron a llamarse Berta y Carlos Gardés.

En la pieza que compartían Carlos y su madre, estaban los pocos muebles que les habían regalado Anaïs y Fortunato: un ropero con espejo, una cama ancha para ambos, un aparador para utensilios de cocina y una mesa de luz. A ello se sumaban un calentador para preparar la comida e infusiones, particularmente el mate, que de inmediato fue incorporado a la vida cotidiana por ser tan barato.

Frente al domicilio de Berta, vivía el actor Pablo Podestá, quien llegó a ser uno de los clientes más generosos de la futura planchadora. El taller de la señora Beaux estaba a tres cuadras de allí, en Montevideo 463, entre Corrientes y Lavalle, en la zona cercana a los teatros y la Ópera. También estaba próximo a la Avenida de Mayo, donde comenzaron a instalarse los hoteles, grandes demandantes de la tarea de planchado. Así Berta cumplía extensas jornadas de trabajo en el taller de Anaïs.

El niño era demasiado pequeño para dejarlo solo, debió hallar una solución. Trabó entonces una relación con Rosa Corrado de Franchini, quien también tenía un taller de planchado en la calle Corrientes, donde además atendían un hogar con varios hijos. Berta dejaba allí al pequeño Carlos y marchaba el taller de su compatriota.

El apoyo de Berta a Carlitos Gardel «Desde pequeño Gardel amaba la música, toda la música, popular y clásica», contó Terig Tucci, el musicalizador de las películas del cantor en Nueva York. El entusiasmo de Carlos por el divino arte se evidenció el día que pasó por su barrio del mercado del Abasto un desfile por un montón de cuadras, hasta perderse irremediablemente en el laberinto de la ciudad. Afortunadamente, la policía lo encontró y lo llevó a su hogar. De allí en adelante, cuando pasaba una banda de música por la calle o al menor despliegue de redoble de tambores o toques de clarín, la ansiosa madre buscaba a su hijo y lo tenía bajo la más estricta supervisión hasta que la música se perdía a la distancia.

En 1897, con seis años recién cumplidos, Berta decidió que Carlos fuera a vivir con los Franchini desde marzo de ese año, debido al contexto de la época, su condición de inmigrantes pobres, y la alta dedicación al trabajo que como planchadora debía sostener en función de generar los ingresos necesarios para el mantenimiento de ambos. Los hijos del matrimonio eran algo mayores que él y lo cuidarían, aunque por entonces Carlos solía realizar pequeñas desapariciones, que preocupaban a la madre. Uno de los hijos de Rosa de Franchini comentó: «Nosotros vivíamos en la calle Corrientes, entre Paraná y Uruguay, en una casa de inquilinato. Nuestra madre lo quería a Carlitos entrañablemente, y éste la llamaba "mamá Rosa". Doña Berta venía a verlo muy a menudo, y se puede decir que él tenía dos amores maternos. Era de carácter muy vivaz, muy travieso. A los siete años se sentaba en la puerta de la calle para cantar, y enseguida lo rodeaba un mundo de muchachitos, y por intermedio de ellos, muchas familias lo llevaban a sus hogares algunos días».

miniaturadeimagen|Carlos Gardel niño, con sus compañeros de primer grado "C". Por otro lado, Berta era una mujer de solo treinta años y deseaba una mayor intimidad para sus relaciones afectivas. Esta distancia física entre madre e hijo fue modelando una relación compleja. Cuando el niño empezó a crecer, su grado de independencia aumentó y con ello, la impotencia de su madre para ponerle límites. Sin una figura paterna que impusiera directivas más estrictas y en una ciudad con tantas posibilidades para la aventura, a Berta le resultó difícil controlar la educación de su hijo a la distancia. Carlos pasaba mucho tiempo en la calle, y a veces aportaba moneditas haciendo canillita o vendiendo fósforos por el puerto. Los diques lo atraían y se pasaba las horas contemplando la entrada y salida de vapores.

Quizá por ello, para tener mayor control sobre él, cuando el niño cumplió los diez años fue inscripto como pupilo en el Colegio Pío IX —conocido como San Carlos por la parroquia anexa—; allí cursó segundo grado de Artesanos. El actor Pepe Podestá contribuía con la mayor parte de los gastos de estudio, para colaborar con el simpático niño que llevaba y traía alegremente sus camisas, recién planchadas y almidonadas prolijamente por doña Berta.

Carlos compartió el dormitorio con Ceferino Namuncurá, cuatro años mayor que él. Ceferino era descendiente del cacique Calfucurá, quien había encabezado el gran imperio pampa.

Reencuentro con su hijo