miniaturadeimagen|La comida rápida es un ejemplo típico de los alimentos consumidos en la "dieta estadounidense estándar", que se originó en parte por cambios fundamentales en el estilo de vida tras la Revolución neolítica y, posteriormente, la Revolución Industrial.

La dieta occidental es un patrón alimentario moderno propio del Occidente industrializado que generalmente se caracteriza por un alto consumo de platos preparados, cereales refinados, carne roja y procesada, bebidas azucaradas, dulces, alimentos fritos, productos lácteos ricos en grasas (como la mantequilla), huevos, productos de patata y productos de maíz (incluido el jarabe de maíz de alta fructosa). Generalmente se ve acompañado de una baja ingesta de frutas, verduras, cereales integrales, pescado, frutos secos y semillas. La naturaleza de la producción también afecta el perfil nutricional, como en el ejemplo de los productos animales producidos industrialmente frente a los productos animales criados en pastos. Los colorantes artificiales, como el Rojo 40, también se priorizan sobre los naturales.

El análisis de patrones dietéticos se centra en dietas generales (como la dieta mediterránea) en lugar de alimentos o nutrientes individuales. En comparación con la denominada "dieta prudente", que tiene mayores proporciones de frutas, verduras, cereales integrales y aves de corral, la dieta occidental se asocia con mayores riesgos de enfermedades cardiovasculares y obesidad.

Esto es una generalización muy amplia que hay que tomar con mucha precaución: ni se puede afirmar que en todos los países occidentales la "dieta media" es la occidental, ni todos los países occidentales siguen la misma dieta (la dieta del francés medio, por ejemplo, es muy diferente a la del británico medio; ver Paradoja francesa). Por otra parte, dentro del mismo país diferentes grupos de personas (jóvenes, ancianos, ricos, pobres...) siguen dietas muy distintas, a veces diferenciadas por regiones. Además todo ello varía a lo largo del tiempo, como se ve en los gráficos de más abajo. Para dar una idea de esto, las kilocalorías por persona y día consumidas en diversas zonas geográficas eran en 2010: África subsahariana: 2170 Noreste y norte de África: 3120 Asia meridional: 2450 Asia oriental: 3040 América Latina y el Caribe: 2950 Países desarrollados: 3470

Elementos miniaturadeimagen|Alimentos disponibles para los estadounidenses desde 1910. El consumo de carne, cereales, frutas y verduras ha aumentado, y disminuido el de lácteos. miniaturadeimagen|El consumo de carne de res (línea azul) en Estados Unidos ha disminuido desde la década de 1970, mientras que el consumo de pollo (línea naranja) ha aumentado drásticamente. El consumo de pescado (línea morada) y cerdo (línea verde) se mantiene constante. La dieta occidental es «rica en carne roja, productos lácteos, alimentos procesados y endulzados artificialmente, y sal, con una ingesta mínima de frutas, verduras, pescado, legumbres y cereales integrales». Diversos alimentos y procedimientos de procesamiento de alimentos que se introdujeron durante los períodos Neolítico e Industrial alteraron fundamentalmente 7 características nutricionales de las dietas de los homininos ancestrales: carga glucémica, composición de ácidos grasos, composición de macronutrientes, densidad de micronutrientes, equilibrio ácido-base, relación sodio - potasio y contenido de fibra.

En 2006, la dieta típica estadounidense era de aproximadamente por día, con el 50% de las calorías provenientes de carbohidratos, el 15% de proteínas y el de 35% de grasas. Estas ingestas de macronutrientes se encuentran dentro de los Rangos Aceptables de Distribución de Macronutrientes (AMDR por sus siglas en inglés) para adultos identificados por la Junta de Alimentos y Nutrición del Instituto de Medicina de los Estados Unidos como «asociados con un riesgo reducido de enfermedades crónicas al tiempo que proporcionan ingestas adecuadas de nutrientes esenciales», que son 45-65% de carbohidratos, 10-35% de proteínas y 20-35% de grasas como porcentaje de la energía total.

Sin embargo, la calidad nutricional de los alimentos específicos de los que se obtienen esos macronutrientes suele ser deficiente. Es lo que le pasa al patrón de dieta occidental. Se cree que los carbohidratos complejos, como el almidón, son más saludables que los carbohidratos simples, como el azúcar, que se consume con frecuencia en la dieta estadounidense estándar.

La densidad energética de una dieta típica occidental ha aumentado continuamente con el tiempo. Una investigación del MInisterio de Agricultura estadounidense (USDA por sus siglas en inglés) realizada a mediados de la década de 2010 sugiere que la ingesta diaria promedio de los adultos estadounidenses es de al menos 2390 kcal (10000 kJ). Otros investigadores que utilizaron diferentes métodos de recopilación/análisis de datos predijeron que el promedio era de aproximadamente 3 680 kcal (15 400 kJ) por día. Pero una ingesta diaria saludable es mucho menor (lo saludable es ingerir cada día aproximadamente tantas calorías como las que se gastan, porque si se ingieren más se engorda y se propician enfermedades metabólicas; ver Control del peso).

Dado que los adultos estadounidenses suelen tener estilos de vida sedentarios (lo que tampoco es saludable; se recomienda, en lugar del sedentarismo, hacer ejercicio físico), las pautas sugieren entre 1600 y 2000 kcal (6700-8400 kJ) para la mayoría de las mujeres y de 2000 a 2600 kcal (8400-10900 kJ) como cifra indicativa para los hombres.

Un estudio sobre los hábitos alimenticios en Estados Unidos en 2004 reveló que aproximadamente el 75% de las comidas en restaurantes provenían de establecimientos de comida rápida. Casi la mitad de los platos pedidos eran hamburguesas, papas fritas o pollo y alrededor de un tercio de los pedidos incluían un refresco. Entre 1970 y 2008, el consumo per cápita de calorías aumentó casi un 25% en Estados Unidos, y aproximadamente el 10% de todas las calorías provenían del jarabe de maíz de alta fructosa.

Los estadounidenses consumen más del 13% de sus calorías diarias en forma de azúcares añadidos. Las bebidas como el agua saborizada, los refrescos y las bebidas azucaradas con cafeína representan el 47% de estos azúcares añadidos.

Los estadounidenses mayores de un año consumen significativamente más azúcares añadidos, aceites, grasas saturadas y sodio de lo recomendado en las guías alimentarias de la Oficina de Prevención de Enfermedades y Promoción de la Salud. El 89% de los estadounidenses consume más sodio del recomendado (por tomar alimentos salados). Además, el consumo excesivo de aceites, grasas saturadas y azúcares añadidos se observa en el 72%, el 71% y el 70% de la población estadounidense, respectivamente.

Los consumidores comenzaron a recurrir a la margarina debido a la preocupación por los altos niveles de grasas saturadas que se encuentran en la mantequilla. Para 1958, la margarina se había vuelto más común que la mantequilla, con un consumo promedio de margarina por año. La margarina se produce mediante el refinado de aceites vegetales, un proceso que introduce ácido trans elaídico que no se encuentra naturalmente en los alimentos. El consumo de ácidos grasos trans como el ácido trans elaídico se ha relacionado con enfermedades cardiovasculares . Para 2005, el consumo de margarina había caído por debajo del consumo de mantequilla debido a los riesgos asociados con la ingesta de grasas trans.

El consumo de verduras es bajo entre los estadounidenses: solo el 13% de la población toma las cantidades recomendadas. Los niños de 9 a 13 años y las niñas de 14 a 18 años ingieren las cantidades más bajas de verduras en comparación con la población general. Las patatas y los tomates, componentes clave de muchas comidas, representan el 39% de las verduras consumidas por los estadounidenses. El 60% de las verduras se consumen individualmente, el 30% se incluyen como parte de un plato y el 10% se encuentran en salsas.

Los cereales integrales deberían constituir más de la mitad del consumo total de cereales, y los cereales refinados no deberían superar la mitad del consumo total. Sin embargo, el 85,3% de los cereales que consumen los estadounidenses son refinados: se les ha eliminado el germen y el salvado. Pierden así nutrientes valiosos y elevan su índice glucémico.

Impacto ambiental La transición desde una dieta más tradicional hasta otra más occidental tiene diversas implicaciones. A medida que las poblaciones se vuelven más prósperas, compran menos alimentos baratos (pero más saludables en muchos casos) y más alimentos caros, como carne. Esto se ha observado en numerosos países en desarrollo. La occidentalización de la dieta aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero, porque hay que cultivar más terreno para alimentar al ganado. Esto implica deforestar amplias áreas y agrava el calentamiento mundial.

Los cambios en la dieta a escala mundial aumentan las emisiones por este mecanismo. El aumento de los ingresos per cápita es paralelo a la urbanización de una población. Cuando esto ocurre, las poblaciones sustituyen una dieta baja en calorías y rica en verduras por alimentos con mayor contenido energético: carne, grasas refinadas, aceites y azúcar. Una vez que una nación alcanza cierto nivel de desarrollo, la dieta puede convertirse en el principal motor de las emisiones, especialmente cuando se occidentaliza.

Efectos sobre la salud Según estudios epidemiológicos preliminares, en comparación con una dieta sana, la dieta occidental se correlaciona positivamente con una mayor incidencia de obesidad, muerte por enfermedad cardíaca, cáncer (especialmente cáncer de colon), y otras enfermedades relacionadas con este patrón alimentario. Aumenta el riesgo de síndrome metabólico y puede tener un impacto negativo en la salud cardiometabólica.

Debe tenerse en cuenta que la salud de una persona no depende solo del tipo de dieta que siga, sino también de si hace ejercicio físico y de si las calorías que ingiere van parejas a las calorías que gasta. Una persona que consuma una dieta occidental, pero físicamente activa y con un peso saludable, puede presentar mejor salud cardiometabólica y menor riesgo que otra persona de la misma edad y sexo que siga una dieta mediterránea, pero que sea sedentaria y tenga obesidad.

Enfermedad de Crohn Se ha asociado a la dieta occidental con la enfermedad de Crohn. La enfermedad de Crohn tiene efectos sobre las bacterias simbióticas del intestino humano que muestran una correlación positiva con una dieta de patrón occidental. Los síntomas pueden variar desde dolor abdominal hasta diarrea y fiebre.

Obesidad miniaturadeimagen| Obesidad en diversos países desarrollados (datos de 2003) Una dieta de estilo occidental se asocia con un mayor riesgo de obesidad. Existe una correlación positiva entre la dieta occidental y varios biomarcadores plasmáticos que pueden ser mediadores de la obesidad, como el colesterol HDL, los altos niveles de insulina en ayunas y la leptina. Los metaanálisis también han demostrado que, en comparación con una dieta saludable, una dieta occidental está relacionada con un mayor aumento de peso entre las mujeres y los adolescentes.

Diabetes Varios estudios han mostrado una correlación positiva entre una dieta occidental y la incidencia de diabetes tipo 2 tanto en hombres como en mujeres.

Cáncer La dieta occidental se ha relacionado con un mayor riesgo de cáncer colorrectal. Los metaanálisis la han asociado también al cáncer de próstata. Asimismo se halló que cuanto más occidental era la dieta de una persona, más aumentaba su riesgo general de morir por cáncer.

En cambio no se ha visto que exista una relación significativa entre la dieta occidental y el cáncer de mama.

Extensión de la dieta occidental