El bandolerismo en Castilla fue un fenómeno de delincuencia rural —el asalto y el robo en cuadrilla en caminos y despoblados— presente en el interior de la Corona de Castilla a lo largo de la Edad Moderna, con su momento de mayor intensidad documentada en las últimas décadas del siglo XVIII y comienzos del XIX, durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Aunque la imagen tradicional del bandolerismo español lo ha asociado sobre todo a Andalucía, la investigación reciente —apoyada en la documentación judicial de la Chancillería de Valladolid— ha mostrado que la meseta castellana conoció una actividad bandolera intensa, predominantemente de subsistencia y estrechamente ligada al contrabando y a las grandes rutas, como el camino real de Madrid.

Delimitación Geográficamente, el fenómeno abarcó el interior de ambas Castillas, con focos documentados en las actuales provincias de Segovia, Valladolid, Ávila, Palencia, Burgos y Zamora, así como en los Montes de Toledo y La Mancha. Cronológicamente, aunque hubo bandolerismo durante toda la Edad Moderna, su estudio se ha concentrado en el periodo comprendido, aproximadamente, entre 1780 y 1808, para el que la documentación judicial es más abundante. La actividad se concentró en torno a los caminos reales: en la Segovia occidental, el tramo entre Villacastín y Labajos llegó a ser uno de los más peligrosos a comienzos del siglo XIX.

Antecedentes medievales La presencia de bandas armadas en los campos castellanos fue frecuente entre los siglos XIII y XV. Grupos como los golfines o los almogávares no se limitaban al robo y el secuestro, sino que se insertaban en la conflictividad política y feudal de la época; su violencia depredadora estaba a menudo dirigida por los poderes del momento, a cuyos intereses servía. La amenaza de estos malhechores en zonas como los Montes de Toledo motivó la creación de instituciones específicas de orden público, como la Santa Hermandad Vieja.

Estado de la cuestión El estudio histórico del bandolerismo español arrancó con la obra de Julián de Zugasti (El bandolerismo, 1876-1880) y, sobre todo, con El bandolerismo andaluz (1933) de Constancio Bernaldo de Quirós y Luis Ardila, que vinculó su origen a la estructura latifundista de la propiedad de la tierra. La interpretación dominante durante buena parte del siglo XX fue la del «bandolero social» de Eric Hobsbawm, que presentó el bandolerismo como la forma más primitiva de protesta social del campesinado frente a la penetración del capitalismo. Este modelo fue objeto de una intensa revisión crítica: Anton Blok sostuvo que el bandolero social existía más en la percepción de su público que en la realidad, y el propio Hobsbawm acabó admitiendo que la mayoría de los bandidos documentados no eran «sociales», sino delincuentes del mundo marginal preindustrial. Los estudios regionales matizaron además el arquetipo romántico andaluz: el bandolerismo gallego se interpretó como un fenómeno de subsistencia y el extremeño como una actividad brutal y bien organizada. En ese marco, el interior castellano quedó largo tiempo fuera del foco historiográfico, hasta que los trabajos de Santos Madrazo y Manuel Martín Polo lo incorporaron al análisis a partir de las fuentes judiciales.

Causas y raíces sociales El bandolerismo castellano del final del Antiguo Régimen se ha relacionado con el empeoramiento de las condiciones de vida del campesinado en una fase de crisis agraria y con la miseria y la conflictividad del medio urbano. La mayoría de quienes se echaron al camino procedían de las capas populares —jornaleros, artesanos, vendedores ambulantes o venteros— y vieron en el robo un medio de subsistencia ante la falta de alternativas.

Dimensión cuantitativa A partir del vaciado de la documentación judicial se han contabilizado cerca de 850 asaltos en el territorio del distrito de la Chancillería de Valladolid entre 1775 y 1808. El fenómeno se disparó al comenzar el reinado de Carlos IV: de unos 45 asaltos registrados en la última década de Carlos III se pasó a 306 en los diez primeros años de su sucesor.

Tipos de bandolerismo La investigación distingue varias formas. El bandolerismo «de subsistencia» agrupaba a quienes robaban de manera ocasional para sobrevivir en momentos de penuria. Frente a él, un bandolerismo «como forma de vida» reunía a cuadrillas más estables, mejor armadas y montadas, con gran movilidad e información, a las que se imputaban decenas de asaltos; alguna, como la de Manuel Antonio Rodríguez «el Rey de los Hombres», llegó a acumular más de cien robos. Una tercera dimensión fue la estrecha relación entre contrabando y bandolerismo: numerosos rayanos y arrieros alternaban el tráfico ilegal de géneros —en buena medida hacia y desde Portugal— con el salteamiento, y las ventas y mesones del camino servían de punto de encuentro a contrabandistas y bandoleros.

Protagonistas y víctimas Los bandoleros castellanos procedían mayoritariamente de los grupos populares del campo y de las pequeñas villas. Entre los más renombrados de finales del siglo XVIII figuran Antonio Barroso «el Chafandín», natural de Zamora; Vicente Melero «Cuatro ojos»; el citado «Rey de los Hombres»; Pedro González «Periquillo»,Antonio Taramona «El Manco Muñones», Gaspar Ruyano y Pedro Piñero «el Maragato». Las víctimas solían ser viajeros, comerciantes, arrieros y eclesiásticos asaltados en los caminos, además de labradores y hacendados acomodados de los pueblos.

Represión La gravedad alcanzada por el contrabando y el bandolerismo impulsó una creciente militarización del orden público. La Real Instrucción de 29 de junio de 1784 puso en marcha la persecución más sistemática del contrabando, con implicación del Ejército; los propios militares llegaron a referirse a contrabandistas y bandoleros como «los tentáculos de la Hidra». En el interior castellano, ante la insuficiencia de las fuerzas regulares, se recurrió a las compañías sueltas y, sobre todo, a las partidas de paisanos armadas, cuyo empleo reguló el Consejo de Castilla mediante la circular de 20 de noviembre de 1793. La represión incluyó castigos ejemplares: la aplicación de la pragmática de 1663 permitía descuartizar a los reos y exponer sus restos en los caminos y a las puertas de las localidades como escarmiento.

Memoria y representación La figura del bandolero tuvo amplio eco en la cultura popular a través de romances y pliegos de cordel, pese al rechazo de los ilustrados, que veían en ellos un modelo de mala vida. El caso de mayor repercusión fue el de «el Maragato», cuya captura por un fraile franciscano en 1806 inspiró numerosos grabados y una conocida serie de pinturas de Francisco de Goya. Hacia 1808, muchos bandoleros se integraron en las partidas guerrilleras frente a la ocupación napoleónica, en un tránsito «de delincuente a guerrillero» analizado por la historiografía. El bandolerismo del interior pervivió, transformado, a lo largo del siglo XIX, con focos notables en los Montes de Toledo y La Mancha.

Véase también El Chafandín Vicente Melero Bandolerismo El Rey de los Hombres Contrabando en la comarca de Aliste Golfines

Referencias

Bibliografía

Categoría:Historia de Castilla Categoría:España en el siglo XVIII Categoría:Reinado de Carlos IV