A pesar de su apariencia inicial y su comercialización como una película de acción, Blade Runner (1982) de Ridley Scott opera en una cantidad inusualmente rica de niveles dramáticos. Al igual que gran parte del género ciberpunk, la película debe mucho al cine negro, incorporando y explorando convenciones como la femme fatale, una narración en primera persona al estilo de Chandler en el Montaje Teatral, la cuestionable moralidad del héroe —extendida aquí para incluir incluso la humanidad literal del protagonista—, así como la habitual cinematografía oscura y sombría

Descripción general Se ha argumentado que Blade Runner integra temáticamente la filosofía moral y las implicaciones de la filosofía de la mente derivadas del creciente dominio humano de la ingeniería genética, dentro del contexto del drama griego clásico y sus nociones de hibris. En materia lingüista, la película tiene similitudes entre los poemas de William Blake y la Biblia. Este tema se refuerza de forma sutil a través de la partida de ajedrez entre J. F. Sebastian y Tyrell, basada en la famosa Partida Inmortal de 1851, que simboliza la lucha contra la mortalidad impuesta por Dios. El Blade Runner FAQ ofrece una interpretación más detallada: la partida representa el conflicto entre los replicantes y los humanos: estos consideran a aquellos como peones que deben ser eliminados uno a uno, mientras que los replicantes —cada uno de ellos un peón— aspiran a la inmortalidad —a convertirse en reinas—. En otro nivel, el juego entre Tyrell y Sebastian simboliza el acecho de Batty a Tyrell. Tyrell comete un error fatal en el tablero, y otro error fatal al intentar razonar con Batty.

El filme también profundiza en las implicaciones futuras de la tecnología sobre el medio ambiente y la sociedad, recurriendo al pasado mediante el uso de la literatura, el simbolismo religioso, los temas dramáticos clásicos y el cine negro. Esta tensión entre pasado, presente y futuro es evidente en el entorno «retrofitado» de la película, que es de alta tecnología y brillante en algunos lugares, pero decadente y antiguo en otros.

Un alto nivel de paranoia está presente a lo largo de la película, con la manifestación visual del poder corporativo, la policía omnipresente, las luces de sondeo y el poder sobre el individuo representado particularmente por la programación genética de los replicantes. El control sobre el medio ambiente se observa a gran escala, pero también en cómo los animales son creados como meros productos básicos. Este telón de fondo opresivo aclara por qué muchas personas se van a las colonias fuera del mundo, lo que claramente se ha comparado con la migración a América. La popular predicción de la década de 1980 de que Estados Unidos sería superado económicamente por Japón se refleja en el dominio de la cultura y las corporaciones japonesas en la publicidad de Los Ángeles en 2019.

La película también hace un uso extensivo de los ojos y las imágenes manipuladas para cuestionar la realidad y nuestra capacidad para percibirla. Esto proporciona una atmósfera de incertidumbre para el tema central de Blade Runner: el examen de la humanidad. Para descubrir a los replicantes, se utiliza una prueba psicológica con una serie de preguntas destinadas a provocar una respuesta emocional, convirtiéndola en un indicador esencial de la «humanidad» de alguien. Los replicantes se yuxtaponen con personajes humanos que carecen de empatía, y mientras los replicantes muestran pasión y preocupación los unos por los otros, la masa de humanidad en las calles es fría e impersonal. La película llega incluso a poner en duda la naturaleza de Rick Deckard, forzando al público a revaluar lo que significa ser humano.

Ingeniería genética y clonación

Personalidad Blade Runner plantea el interrogante de si un ser construido artificialmente debe ser considerado persona. En la película, los replicantes carecen de derechos legales y no son reconocidos como humanos; cuestiones similares se abordan en obras posteriores como Her y Westworld. Algunos espectadores especulan con que el apellido «Deckard» podría ser una referencia deliberada de Philip K. Dick al filósofo René Descartes; en cualquier caso, uno de los replicantes, al defender su propia condición de persona, emplea la célebre frase cartesiana: «Pienso, luego existo». Aunque en el mundo real no existe una prueba científica universal para determinar la conciencia, la naturaleza orgánica de los replicantes podría dificultar el rechazo de su condición de persona. El investigador en inteligencia artificial Marcus Hutter planteó en 2015 una reflexión en esta línea: ante la imposibilidad de saber con certeza si otro ser humano tiene sentimientos, lo asumimos por la similitud de nuestra constitución; Hutter argumenta que, dado que los replicantes están «construidos de manera similar» a los humanos, resultaría más plausible atribuirles conciencia que a una inteligencia inorgánica.

Ojos Los estudiosos del cine han señalado la visión como uno de los temas centrales de Blade Runner. Vernon Shetley y Alissa Ferguson describen el test de Voight-Kampff y la máquina Esper como «prótesis de la visión» que amplían la capacidad de Deckard para examinar cuerpos, imágenes y espacios; Leah D. Schade y Emily Askew, por su parte, sostienen que los ojos y el acto de mirar forman parte del tratamiento que la película hace de la condición de persona. Este motivo se establece desde el inicio con un primerísimo primer plano de un ojo que refleja el paisaje industrial de la ciudad.

Los ojos también conectan la ingeniería genética de la película con la experiencia individual. Roy Batty busca a Hannibal Chew, el ingeniero que diseña los ojos de los replicantes, y le dice que ojalá pudiera ver lo que él ha visto con sus ojos; Schade y Askew relacionan este encuentro con las reflexiones finales de Roy sobre lo que ha visto, e interpretan ambas escenas como parte del tratamiento de la autoconciencia y la mortalidad en el filme. El test de Voight-Kampff, a su vez, mide la dilatación de las pupilas ante preguntas diseñadas para provocar emociones, lo que convierte al ojo en uno de los instrumentos con los que los humanos intentan distinguir a los replicantes de sí mismos. Schade y Askew también contrastan los ojos aumentados de Tyrell tras sus gruesas gafas con el posterior ataque de Roy a esos ojos, inscribiendo ambas imágenes en el tratamiento más amplio de la visión y la dominación.

El director de fotografía Jordan Cronenweth dotó a los replicantes de un brillo ocular recurrente como rasgo visual identificativo: colocaba un espejo semitransparente a 45 grados delante del objetivo de la cámara y reflejaba luz en los ojos de los actores siguiendo el eje óptico del lente. El equipo añadía a veces geles coloreados sutiles y rodaba las escenas tanto con el efecto como sin él, para que Ridley Scott pudiera decidir cuándo utilizarlo.

La película asocia también la visión con la memoria inestable y las imágenes mediatizadas. Schade y Askew señalan que los recuerdos implantados complican la confianza de los replicantes en lo que creen haber visto. Shetley y Ferguson interpretan la secuencia de la máquina Esper como parte de la preocupación más amplia del filme por la visión mediatizada: Deckard utiliza el aparato para escrutar la fotografía de Leon, y los autores contrastan esa forma de mirar investigadora y controladora con la empatía imaginativa asociada a la fotografía de Rachael.

Simbolismo religioso y filosófico Los académicos han interpretado el simbolismo religioso de Blade Runner a partir de la influencia de la Biblia, el Paraíso perdido de John Milton, Frankenstein de Mary Shelley y la poesía de William Blake. David Desser lee a los replicantes como ángeles caídos que descienden de las colonias extraterrestres, e identifica a Tyrell como una figura creadora. Dentro de este marco, Roy Batty asume inicialmente un rol satánico como criatura rebelde que se enfrenta a su creador y lo mata, al tiempo que su relación con Tyrell evoca el enfrentamiento entre la criatura y su creador en Frankenstein.

La cita de Roy del poema de William Blake América, una profecía refuerza la asociación entre los replicantes y la rebelión: Roy transforma el verso original «Ardientes, los ángeles se alzaron» en «Ardientes, los ángeles cayeron». Desser vincula esta modificación con la imaginería de los ángeles caídos en la película, mientras que Christiane Gerblinger examina la cita en relación con las imágenes de revolución en Blake y el tratamiento que la película hace de la regeneración americana.

Las connotaciones religiosas que rodean a Roy cambian durante la secuencia final. Desser interpreta la estaca que Roy atraviesa su mano como un símbolo cristológico y describe su decisión de salvar a Deckard como parte de su transformación de figura satánica rebelde a redentor. También interpreta la paloma que Roy libera al morir como una imagen del Espíritu Santo, e inscribe la escena en el tratamiento más amplio que la película hace de la redención y la trascendencia. David Macarthur, por su parte, sitúa el rescate de Deckard por parte de Roy en el centro del tratamiento que la película hace de la redención moral.

Las interpretaciones filosóficas han asociado a Roy con Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Macarthur señala que la crítica ha comparado a Roy con el Übermensch de Nietzsche, en parte por sus excepcionales capacidades físicas e intelectuales. Peter Atterton, en cambio, examina la conciencia de Roy sobre su vida limitada a través del concepto heideggeriano del «ser-para-la-muerte» . Estas lecturas conectan la rebelión de Roy contra su existencia predeterminada con la preocupación más amplia de la película por la mortalidad; su lucha por prolongar su vida termina dando paso a un reconocimiento de la muerte y a un acto de clemencia hacia Deckard.

Medio ambiente y globalización Los académicos han interpretado el Los Ángeles de Blade Runner como un paisaje de declive ecológico y posindustrial. Mary Jenkins describe la película como una visión de catástrofe ecológica en la que las emisiones industriales oscurecen la ciudad, el aire contaminado envuelve a sus habitantes y la vida natural ha desaparecido en gran medida. Giuliana Bruno, por su parte, interpreta la lluvia persistente como corrosiva y relaciona el deterioro físico de la ciudad con los residuos y la obsolescencia acelerada de una sociedad posindustrial.

La escasez de vida no humana forma parte de este deterioro ecológico. Jenkins señala que la película presenta a la mayoría de los animales como extintos o como costosos sustitutos artificiales, y la lechuza y la serpiente artificiales aparecen como signos de la rareza o desaparición de sus equivalentes naturales. La ausencia de vegetación y de vida animal en las calles de la ciudad contribuye aún más a lo que ella define como un mundo contaminado y ecológicamente agotado.

El deterioro medioambiental de la ciudad se acompaña de un paisaje urbano fragmentado. Bruno sostiene que la película no presenta un futuro Los Ángeles realista, sino que construye una geografía imaginaria que combina elementos asociados a Los Ángeles, Nueva York, Hong Kong y Tokio. Edificios en ruinas y distritos abandonados conviven con calles densamente pobladas y zonas comerciales tecnológicamente avanzadas, creando lo que ella describe como la arquitectura híbrida de una ciudad posindustrial.

Bruno conecta, además, esta hibridación urbana con la inmigración y la mezcla cultural. Describe las calles de la película como pobladas por multitudes heterogéneas e identifica el Cityspeak como una mezcla lingüística que incluye japonés, español y alemán. En su análisis, la arquitectura, la publicidad, los idiomas y la población de la ciudad combinan elementos geográfica y culturalmente distintos dentro del mismo espacio urbano.