Las cadenas globales de cuidados (CGC) son redes de dimensiones transnacionales que se conforman con el objetivo de sostener cotidianamente la vida. Estas estructuras surgen cuando en los hogares se transfieren trabajos de cuidados de unos a otros basándose en ejes de poder jerarquizados, entre los que se destacan el género, la etnia, la clase social y el lugar de procedencia.
El fenómeno es un rasgo paradigmático de la globalización y de la feminización de las migraciones contemporáneas.
Contexto La formación de estas cadenas es el resultado del desarrollo simultáneo de dos crisis estructurales ligadas al modelo neoliberal:
Crisis de los cuidados en los países de destino: provocada por el envejecimiento de la población, el aumento de la esperanza de vida y la incorporación masiva de las mujeres nacionales al mercado laboral sin una redistribución paritaria de las tareas domésticas por parte de los hombres o del Estado. Crisis de reproducción social en los países de origen: caracterizada por la pobreza, la falta de oportunidades y los Planes de Ajuste Estructural que obligan a las mujeres a migrar como estrategia de supervivencia para sus hogares.
Estructura y funcionamiento La cadena opera mediante un mecanismo de transferencia de responsabilidades entre tres eslabones principales:
Hogares empleadores: Familias en países de mayores recursos que externalizan el cuidado (niños, personas de la tercera edad o mantenimiento del hogar) contratando a una mujer migrante. Mujer migrante: Actúa como el nodo central; asume cuidados remunerados en el destino mientras transfiere sus propias responsabilidades familiares en origen a otras personas. Hogares en origen: Generalmente otras mujeres de la familia extendida, como abuelas o hermanas, que asumen el cuidado de los hijos de la mujer migrante.
Conceptos fundamentales
Metáfora del iceberg: es un concepto central en la economía feminista para ilustrar la dependencia estructural del sistema socioeconómico visible respecto a una base de actividades invisibilizadas. El mercado y la economía monetizada representan únicamente la “punta” del iceberg, la cual solo puede mantenerse a flote gracias a la masa sumergida de trabajos de cuidados y reproducción social que no circulan mayoritariamente por el mercado. Esta invisibilidad constituye una condición de supervivencia del capitalismo, ya que garantiza que el conflicto entre la acumulación de capital y el sostenimiento de la vida humana permanezca en el ámbito de lo privado y la no-ciudadanía. Al no ser contabilizados en las estadísticas oficiales ni valorados económicamente, el tiempo y el esfuerzo de las mujeres se transforman en una variable de ajuste automática que subsidia el funcionamiento de todo el sistema social. Maternidad transnacional: la reconfiguración del rol materno cuando la presencia física es sustituida por vínculos de provisión y afecto a larga distancia. Esta práctica desafía las nociones tradicionales de crianza al proponer un modelo donde el trabajo productivo y el envío de remesas garantizan la supervivencia material de los hijos, constituyendo una forma legítima de “cuidar a distancia”. Sin embargo, este modelo impone costos emocionales, manifestándose en sentimientos de culpa y dolor por el “abandono” percibido en las madres, así como la soledad o inseguridad en los hijos que permanecen en el país de origen. Interseccionalidad y racialización: Es un eje analítico que revela la posición de una mujer en las Cadenas Globales de Cuidados (CGC) estopa predeterminada por la combinación de jerarquías de género, etnia, clase social y origen nacional. En América Latina, existe una estructura racializada que asigna sistemáticamente las tareas de servicio más precarias a mujeres indígenas y afrodescendientes, quienes representan hasta el 68.4% de las trabajadoras del sector en países como Brasil. Esta segmentación es una herencia directa de los sistemas coloniales de servidumbre y esclavitud que encasillan a estos grupos como “naturalmente aptos” para servir a otros.. La migración internacional profundiza esta desigualdad al crear una ciudadanía diferenciada, donde el estatus migratorio irregular se convierte en un vector de vulnerabilidad que permite la explotación de cuerpos racializados. Descualificación (Brain Waste): también conocido como desperdicio de cerebros, evidencia la desvalorización de las competencias profesionales de las mujeres migrantes en el mercado laboral de destino. Es frecuente que mujeres con alta formación (médicas, enfermeras o maestras) terminen trabajando en el servicio doméstico. El empleo de hogar suele ser la única puerta de entrada rápida al mercado laboral, pero rápidamente se convierte en una trampa de inamovilidad laboral de la cual es difícil salir por el estigma del sector y la falta de redes profesionales. Este fenómeno tiene un marcado sesgo de género, ya que la demanda en los países receptores suele restringir el horizonte laboral femenino a tareas consideradas extensiones de lo doméstico, desperdiciando el capital humano altamente calificado.
Análisis Interseccional y de Poder En el análisis de las cadenas globales de cuidados se revela un entramado de desigualdades estructurales e interseccionales donde el poder no se distribuye de simétricamente basándose en el género, la clase social, la etnia y el estatus migratorio; estas dimensiones operan en conjunto reforzando mutuamente, situando a mujeres migrantes en los eslabones más precarizados.
Dimensiones de la Interseccionalidad
Género y Mandatos Tradicionales: El cuidado está históricamente naturalizado como una capacidad innata de las mujeres. Siendo este "mandato de género" lo que las hace responsables del bienestar doméstico tanto en sus países de origen como de destino.
Clase Social y Recursos: La provisión de cuidados depende de la capacidad económica de los hogares. Las familias de mayores ingresos en el Norte Global o en centros urbanos prósperos externalizan y mercantilizan el cuidado, contratando a mujeres de estratos socioeconómicos bajos para liberar su propio tiempo para el ocio o el desarrollo profesional.
Etnia y Racialización: El trabajo de cuidados está estructuralmente racializado, encasillando a sectores de mujeres indígenas y afrodescendientes, en la realización de tareas domésticas y de servicios, ligando su rol con estigmas coloniales de servidumbre. Estatus Migratorio: La condición de extranjería y, especialmente, la irregularidad administrativa, actúan como un potente eje de vulnerabilidad. Sumando el riesgo de deportación y la necesidad de regularización, como factores que imposibilitan el poder de negociación de las trabajadoras obligándoles a aceptar condiciones laborales desfavorables.
El funcionamiento de las cadenas globales de cuidados se sustenta en una división internacional del trabajo sexualizada y racializada. Genera una invisibilidad como mecanismo de control, ocultando su valor económico con la justificación de ser “un asunto privado y de amor”. Y a menudo, la relación en el empleo del hogar, es individualizada y desregulada, dejando a la empleada a merced del empleador, en lugar de estar sujeta a derechos laborales. Finalmente existe una privatización y ausencia del Estado, que en lugar de asumir una responsabilidad pública, se benefician del trabajo de mujeres migrantes. En destino, el trabajo migrante barato permite parchar la crisis de los sistemas de bienestar; en origen, las remesas sustituyen la inversión pública en salud y educación.
El Derecho al Cuidado El Derecho al Cuidado se propone como un derecho humano autónomo y universal, indispensable para sostener la vida y el ejercicio efectivo de otros derechos, este incluye tres dimensiones; el derecho a recibir cuidados adecuados a lo largo de la vida, el derecho de elegir si se desea cuidar o no (Derecho a la Desfamilización) y que el bienestar no dependa solamente de los recursos privados del hogar, y el derecho a trabajar en el sector de cuidados en condiciones laborales dignas.
Actualmente, la organización social de cuidado se caracteriza por la injusticia que la rige, invisibilizando este trabajo y dejándolo al arbitrio de los recursos privados de cada hogar. Por ahora, solo 25 países en el mundo han adoptado leyes que reconocen explícitamente el cuidado como un derecho humano autónomo.
Problemáticas específicas Para que estas cadenas de cuidado funcionen, se vulneran los derechos de las mujeres migrantes, afectandolas de maneras desproporcionadas.
Empleo de hogar: Un nodo de vulneración de derechos debido a normas laborales discriminatorias que les dan menos derechos que al resto de los trabajadores y por la falta de inspección laboral al interior de los domicilios privados se facilitan despidos injustificados, incluso en casos de embarazo. Además, las trabajadoras migrantes son tres veces más vulnerables a encontrarse atrapadas en trabajos forzosos. Descualificación: Mujeres con estudios superiores y/o formación profesional, terminan trabajando como empleadas del hogar a causa de la falta de homologación de títulos y barreras administrativas. Fuga de cuidados: Al migrar, las mujeres dejan un vacío en sus propios hogares y familias, creando sobrecarga física y emocional en la persona que asumen el cuidado de los familiares dejados atrás, comúnmente sacrificando sus estudios, trabajos o su propia salud. Maternidad a distancia y costes emocionales: La separación física a los hijos o familiares genera sentimientos de desarraigo, impotencia y culpa, que, aunque la tecnología permite poder seguir generando vínculos a distancia, el cuidado emocional tiene límites y no sustituye la presencia física, lo que a largo plazo afecta la cohesión familiar. Irregularidades administrativas como herramienta de poder: La falta de documentación, papeles o los visados vinculados al empleador disminuyen la posibilidad de negociación de las trabajadoras, poniéndolas como blanco a abusos salariales y jornadas extenuantes bajo las amenazas de despedirlas sabiendo que tienen pocas oportunidades de trabajo o incluso la de la deportación.
Corredores Migratorios Son sistemas complejos que conectan dos o más territorios mediante procesos estables y persistentes de circulación de personas, los cuales funcionan como el soporte material para el intercambio de bienes, servicios e información. En el marco de la economía del cuidado, estos corredores constituyen la infraestructura sobre la cual se asientan las Cadenas Globales de Cuidados (CGC), permitiendo que los hogares transfieran trabajos reproductivos de unos a otros basándose en ejes de poder como el género, la etnia, el lugar y la procedencia. Esta dinámica no es un simple flujo de personas, sino una localización estratégica para examinar cómo la globalización organiza la sostenibilidad de la vida de forma desigual, permitiendo que los países con mayores recursos resuelva su “crisis de cuidados” mediante la importación de mano de obra femenina del Sur Global.
En el contexto de América Latina, el corredor migratorio Paraguay-Argentina se destaca como un eje Sur-Sur histórico y feminizado, donde la población paraguaya constituye la principal minoría migrante en Argentina. En este corredor, las CGC se activan ante la debilidad de la responsabilidad estatal en la provisión de servicios públicos, forzando a los hogares de ingresos medios y altos en Argentina a contratar a migrantes paraguayas, de las cuales el 58.1% se inserta en el empleo de hogar. Este eslabonamiento genera una transferencia de requerimientos de cuidado hacia el país de origen, donde las responsabilidades de las migrantes son a menudo delegadas en abuelas u otras mujeres de la familia, consolidando un régimen de cuidado injusto que debilita los eslabones inferiores de la cadena en Paraguay.