Todos Santos en Bolivia es una festividad de carácter religioso y cultural que se celebra anualmente los días 1 de noviembre y 2 de noviembre. Según la tradición, durante estas fechas las almas de los difuntos regresan al mundo de los vivos para visitar a sus familiares.

La celebración combina elementos del catolicismo, como el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, con antiguas creencias andinas sobre el ciclo de la vida y la muerte, heredadas de culturas prehispánicas como la tiwanakota y el inkanato.

La fiesta de Todos Santos en Bolivia refleja la importancia de las figuras de los difuntos en la vida social de las comunidades, las cuales conservan una serie de rituales y ceremonias que, en la actualidad, también se celebran en los centros urbanos.

Historia y sincretismo

Origen católico de la festividad El origen católico de Todos Santos se remonta al , cuando el papa Gregorio III consagró el 1 de noviembre a todos los santos y al año 837, cuando Gregorio IV extendió la festividad a toda la Iglesia.

La fiesta de Todos Santos se instituyó con el objetivo primordial de que todos los santos fueran venerados al menos un día al año, fecha en que se honra a los difuntos que fueron canonizadas así como a todas las almas que se encuentran en el cielo. La fecha elegida para esta conmemoración fue, en un principio, el 13 de mayo; sin embargo, posteriormente se cambió al 1 de noviembre, fecha que, según se cree, fue seleccionada porque coincidía con una festividad de los pueblos germánicos. El propósito de la Iglesia en aquel entonces era sustituir o eliminar las celebraciones de origen pagano.

Durante la Colonia, la festividad fue introducida en el Alto Perú, fusionándose con las prácticas andinas que honraban a los antepasados durante el tiempo de siembra. En el mundo prehispánico se desenterraba a los difuntos, se compartía alimentos con ellos y se les pedía protección para las cosechas.

Sincretismo con las tradiciones andinas izquierda|miniaturadeimagen|212x212px|Momia incaica sacada en andas. Dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala Las visiones precolombinas de los Andes concebían la muerte como una etapa esencial dentro del ciclo continuo de la vida. Es así que cuando una persona fallece, su alma se dirige al Urkhu Pacha, entendido como un mundo subterráneo o “mundo de abajo”, en el cual las almas transitan un ciclo vital inverso: nacen viejas para morir jóvenes y, de esa manera, retornar al mundo de los vivos.

Las crónicas coloniales españolas documentaron los rituales funerarios que se realizaban durante esta celebración, donde los indígenas, yanaconas, mitayos y criollos se reunían en las iglesias, hospitales y cementerios para desenterrar los cuerpos de quienes habían fallecido el año anterior. Luego, los restos eran trasladados a otros lugares, donde se les rendía culto mediante grandes celebraciones. En la actualidad, el culto a las "ñatitas", calaveras veneradas en La Paz, constituye uno de los vestigios de esa antigua conexión con los restos mortales.

Era costumbre enterrar a los difuntos fuera del pueblo, en los campos y junto al difunto embalsamado, se encerraban elementos importantes como su vestimenta, comida y bebida.

Esta festividad, así como muchos otros ritos andinos, mantiene una estrecha relación con el calendario agrícola, pues se celebra al finalizar la época seca. En el marco de la reciprocidad andina, los vivos “alimentan” a sus muertos y, a cambio, estos interceden ante las deidades de la tierra para garantizar lluvias favorables y cosechas abundantes.

Días de celebración

1 de noviembre: la llegada de las almas miniaturadeimagen|331x331px|Mesa de Todos Santos La fiesta de Todos Santos comienza el 1 de noviembre al mediodía, momento en que las familias reciben las almas en sus hogares, preparando la “mesa” donde cada uno de los elementos que la componen posee un significado simbólico.

La mesa se cubre con un mantel y se pone encima comida tradicional, frutas, pasankalla, masas, como t'antawawas, kispiñas (galletas de quinua) y maicillos, caramelos y bebidas como agua, café, chicha, singani o vino. Las comidas más populares que suelen servirse a los asistentes y familiares son: sopa de quinua, ají de arvejas, ají de papalisa, lagua de choclo, ají de achacana, mondongo y chicha de maíz, entre otras.

Durante la ceremonia, los familiares se sientan alrededor de la mesa y recitan oraciones para recibir a las almas al mediodía. Asimismo, es tradicional que grupos de niños y jóvenes, llamados "tumbeadores", recorran las casas para rezar, generalmente el Padre Nuestro, el Gloria y el Ave María, así como otros cánticos tradicionales en honor al difunto. En retribución, los familiares obsequian masitas y bebidas. También es común que, durante la noche, las familias visiten los cementerios para acompañar a sus difuntos.

Un ejemplo de rezo es el "Tatayku" y se entona en quechua:

2 de noviembre: la despedida de las almas miniaturadeimagen|Músicos en ritual de despedida de las almas En esta fecha, las familias acostumbran visitar el cementerio, donde ofrecen rezos y, en algunos casos, acompañan la jornada con bandas de música, música de pinquillos o coplas, como muestra de agradecimiento por la visita de sus seres queridos fallecidos y para desearles un retorno alegre a su morada. También es un espacio reflexivo para recordar con alegría las anécdotas vividas con los seres queridos.

Antiguamente, la costumbre consistía en levantar la mesa y trasladar las ofrendas al camposanto para despedir a las almas con abundante comida y bebida, pues, según la creencia, el alma del difunto necesita mucha energía para emprender su regreso al más allá.

En la actualidad, sin embargo, las disposiciones locales establecen restricciones que prohíben el consumo de alimentos y bebidas en el lugar, aunque en algunas zonas rurales esta tradición aún se mantiene. Por esta razón, en muchas ciudades los familiares y amigos más cercanos se reúnen en casa para desmontar la mesa, compartir los alimentos entre todos y posteriormente visitar el cementerio.

Elementos tradicionales En diferentes partes del mundo así como en su país, los bolivianos arman sus mesas para recibir la visita de sus seres queridos que han fallecido. miniaturadeimagen|Mesa de ofrenda en Todos Santos|izquierda

El altar o mesa de Todos Santos La característica principal de la festividad es la mesa de Todos Santos o mast’aku, altar doméstico preparado la mañana del 1 de noviembre. Este altar, generalmente de tres niveles que simbolizan los mundos andinos —Alaxpacha o Hanaqpacha (cielo), Akapacha o Kaypacha (tierra) y Manqhapacha o Ukhupacha (mundo de abajo)—, se dedica a recibir el alma del difunto.

Es así que la mesa se arma en forma de escalera de tres niveles representando un nexo de comunicación entre la vida y la muerte. Se delimita el espacio destinado a la ofrenda utilizando cuatro cañas de azúcar, colocadas en cada una de las esquinas de la mesa, y pueden estar adornadas con banderines y guirnaldas, y se colocan velas en todos los niveles, las que se encienden al mediodía del 1 de noviembre.

Entre los elementos que componen la ofrenda se encuentran: T’antawawas: panes con forma de bebé o persona, que representan el espíritu del difunto. Una crónica documentada en Potosí por Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela en el , relata el origen de las t’antawawas, el cual señala que esta tradición surgió debido a una enfermedad contagiosa, probablemente varicela, que causaron la muerte de un gran número de niños. Como respuesta a este dolor, las madres indígenas, españolas y mestizas elaboraron masitas o panes dulces con la forma de bebés envueltos para representarlos como ritual para sobrellevar su ausencia. Los españoles aportaron el trigo y los indígenas, el diálogo con los muertos. De ese encuentro nació una tradición de este pan como ofrenda que se integró en la celebración de Todos Santos, la cual se caracteriza por ser una festividad de reencuentro. Escaleras de pan: para que las almas bajen del cielo y regresen después de su visita. Comidas y bebidas favoritas del difunto (maíz tostado, frutas, masitas, vino o chicha). Flores y coronas de papel o tela, cuyo color varía según la edad del difunto. Velas, cigarrillos y coca, para guiar y acompañar el viaje espiritual. Figuras simbólicas de mazapán y dulces llamados suspiros, bizcochos o bastones, que representan fertilidad y continuidad.

Nivel 1 de la Mesa En el primer nivel, o parte inferior, se colocan flores blancas y amarillas, retamas y cebollas en flor o "tuquru". miniaturadeimagen|275x275px|T'antawawas en el mercado

Nivel 2 de la Mesa En el segundo nivel se colocan las comidas, frutas, bebidas y caramelos que más le gustaban al difunto, además de hojas de coca, cigarrillos y vino. Si la mesa está dedicada a un difunto menor de edad, se añaden suspiros y más elementos dulces en referencia a los gustos propios de los niños. También se puede disponer de un vaso de agua bendita.

Nivel 3 de la mesa En el tercer nivel, o parte superior, se ubica la fotografía del difunto, los panes dulces especiales elaborados en su honor, como las t’antawawas, escaleras, caballos, cruces, llamas, como símbolos que representan la conexión espiritual entre el mundo terrenal y el espiritual. En este nivel también se pueden colocar crucifijos, rosarios o imágenes de Cristo.

El 2 de noviembre, las familias "despachan" la mesa al mediodía, compartiendo los alimentos entre los presentes o llevándolos al cementerio. Allí se reza, se entonan cantos tradicionales y se ofrecen alimentos a los visitantes y rezadores conocidos como resiris.

Simbolismo El color de los manteles utilizados en las mesas o altares tiene distintos significados. El mantel negro u oscuro se emplea cuando el fallecido es un adulto, mientras que el mantel blanco se utiliza si el difunto es un niño. En algunos casos, las familias colocan un aguayo colorido cuando la persona fallecida es una mujer. miniaturadeimagen|264x264px|Flores y guirnaldas Las cañas de azúcar en los lados de la mesa representan bastones para que los ajayus se apoyen y alivien el cansancio de su largo retorno.

Las coronas o guirnaldas, así como los banderines, se colocan como decoración representando la unión familiar.

Las flores representan la vida y se colocan para embellecer la mesa frente a la muerte. Las retamas sirven para ahuyentar a los malos espíritus y combatir maldiciones o vibraciones negativas y las cebollas en flor se colocan para que el difunto lleve agua en su viaje. miniaturadeimagen|Caramelos para las mesas de Todos Santos|izquierda|186x186px Acerca de los panes dulces con distintas formas, los caballos y las llamas se incluyen en la mesa para ayudar al alma del difunto a cargar sus pertenencias y transitar por los caminos en el mundo de los espíritus. También se elaboran masas dulces con forma de paloma en representación del Espíritu Santo, pescado, sol o luna, como símbolos luminosos y de protección que acompañan el viaje eterno del alma; así como en forma de cóndor, guardián del cielo, y de víbora, seres que guían a las almas hacia el inframundo.

Los bizcochuelos simbolizan una almohada donde el alma reposa luego de su viaje, así como el deseo de endulzar la vida y augurar días mejores ante la pérdida de un ser querido.

Los caramelos artesanales cumplen la función de endulzar el camino como una forma de bienvenida a las almas. Generalmente se elaboran con forma de canastas, cruces y otras figuras coloridas. Se producen en distintos tamaños y son especialmente solicitados por las familias que preparan la mesa por el “cabo de año” de un ser querido. Las canastas de caramelo se colocan en la mesa para que el alma pueda llevar sus ofrendas. Los ángeles simbolizan la protección del difunto, la cruz representa su presencia en la tierra y la escalera, el medio que le permitirá ascender al cielo.

Cosmovisión indígena y dimensión religiosa