Las relaciones entre los imperios otomano y persa también conocidas como relaciones otomano-persas se refieren a las relaciones diplomáticas formales entre el Sublime Estado Otomano y el restaurado Imperio persa desde el Imperio safávida, considerado la restauración persa más grande y oficial desde la conquista musulmana de Persia en el , así como sus sucesores, el Imperio afsárida y las dinastías Zand y Kayar.

Durante los cambios dinásticos en Persia, las relaciones pueden referirse como relaciones otomano-safávidas, relaciones otomano-afsáridas y relaciones otomano-kayar.

Las relaciones estuvieron fuertemente marcadas por las guerras fronterizas entre ambos estados y por las luchas religiosas debido a la práctica de las ramas del Islam seguidas en cada estado: Sunismo en el Imperio otomano y Chiismo en Persia.

Las relaciones llegaron a su fin en el 1 de noviembre de 1922 debido a la abolición del Sultanato otomano tras la Primera Guerra Mundial. A partir de ese momento, las relaciones diplomáticas de los estados sucesores se conocen como relaciones entre Irán y Turquía.

Historia de las relaciones

Otomano-safávidas thumb|475px|Mapa donde se aprecian gross modo las fronteras entre el Imperio otomano (en verde) y la Persia safávida (en rosa). A comienzos del , durante el reinado del sultán otomano Bayezid II, Ismaíl, jeque de la tariqa Safaviyya, reunifica los territorios persas bajo su control y funda la Dinastía safávida en 1501 nombrándose sahansah de Persia.

Los primeros años, el cambio de control del decadente territorio persa no parece importunar demasiado a los otomanos, hasta que unas campañas de incursión en Anatolia por las fuerzas safávidas lideradas por el propio Ismaíl I remarcan el peligro que un restaurado poder en el Gran Irán puede suponer para la frontera oriental otomana.

En 1511, los safávidas patrocinan una revuelta en Anatolia conocida como rebelión Şahkulu, de seguidores chiitas contra el dominio suní de la región del golfo de Antalya. La rebelión fue detenida con la muerte del líder de los chiitas, Şahkulu.

En 1512, el nuevo sultán otomano Selim I decide responder contundentemente a la labor misionera safávida en Anatolia así como a los qizilbash leales a los persas en la región, ordenando la muerte de hasta 40 000 de ellos, ancianos, niños y mujeres incluidos en Rumelia y Anatolia antes de comenzar la campaña militar que desembocaría en la batalla de Chaldiran de 1514.

Ante el avance del ejército otomano con Selim I a la cabeza, el sahansah Ismaíl I, que actuaba como murshid para aglutinar a seguidores chiitas a sus fuerzas, decidió plantar batalla a las fuerzas otomanas esperando que una victoria terminara de asentar su poder. Sin embargo, el más numeroso y mejor equipado ejército otomano derrotó a las fuerzas safávidas e incluso hirieron personalmente al sahansah, que a punto estuvo de ser capturado. Esta batalla sirvió para comenzar las guerras otomano-persas que durarían en periodos más activos y otros más inactivos hasta la firma de la Paz de Amasya de 1555, 41 años después.

La Paz de Amasya definiría la frontera bilateral de ambos estados y sentaría las bases para unas relaciones diplomáticas en paz que durarían 20 años y mejorarían enormemente la economía safávida, pues la lucha contra los otomanos había supuesto el embargo de estos a su comercio de la Ruta de la Seda toda vez que atravesaba el territorio otomano, punto en el que los comerciantes debían sobornar a las patrullas o eran directamente detenidos.

En 1578, los otomanos iniciaron una guerra de agresión contra los persas para hacerse con el control de Azerbaiyán y la costa sur de Iraq, asegurando así el cierre de las rutas safávidas a los lugares santos del Islam sin pasar por territorio otomano y rompiendo el acuerdo del Cáucaso Norte alcanzado en Amasya.

Tras 22 años de guerra, ambos imperios firmaron el Tratado de Constantinopla de 1590, tras perder los safávidas su capital tradicional de Tabriz, aunque conservaron la región azerí de Ardebil de donde era oriundo Ismaíl I. En el Tratado se incluyó una cláusula que impedía a los persas insultar públicamente a los tres primeros califas.Una diferencia entre los suníes y los chiíes es la consideración de los tres primeros califas del Califato ortodoxo. Para los suníes, este califato fue una «edad de Oro» y se conocen a los cuatro califas como los «bien guiados» o «cuatro califas justos». Sin embargo, los chiíes solamente aceptan el nombramiento del cuarto de estos califas, Alí Ibn Abi Tálib, yerno de Mahoma que fue designado por él para sucederle, considerando a los tres primeros como usurpadores del título.

Aunque el Tratado supuso una ganancia política considerable para los otomanos, permitió al sah persa, Abás I, coronado en 1588, poder centrar su atención en la agresión territorial oriental que le suponían las incursiones uzbecas. Abás trasladó la capital persa de Qazvin a la céntrica y persa Isfahán, se enfrentó a los uzbecos con una nueva caballería pesada formada por cristianos ortodoxos georgianos y apostólicos armenios, así como por descendientes circasianos, todos ellos huidos del control otomano de sus territorios y que supusieron un golpe a la caballería ligera turcomana uzbeca, a diferencia de la euiparable caballería de qizilbash usada hasta entonces por los soberanos persas. Tras derrotar a los uzbekos con la nueva caballería, en 1599 Abás decidió reformar también la infantería de su ejército importando mosquetes y piezas de artillería gracias a Robert Shirley.

Con su nuevo ejército, el sah Abás lanza una campaña de agresión contra los otomanos con un éxito inicial importante, conquistando la fortaleza de Nahavand y la ciudad de Tabriz, antigua capital persa. Además de su mejorado ejército, a Abás le benefició una disputa interna entre jenízaros y cipayos en pleno corazón del Imperio otomano, que también estaba afectado por la guerra Larga contra la Monarquía de los Habsburgo y que ese mismo año vieron fallecer al sultán Mehmed III, siendo sucedido por su hijo menor de edad, Ahmed I.

Tras casi 10 años de guerra, se firma el Tratado de Nasuh Pasha (llamado así en honor al gran visir otomano Nasuh Pasha) en el que se volvían a las fronteras de Amasya de 1555. Entre 1612 y 1615, los persas se concentraron en asegurar su control sobre Georgia, donde los reinos vasallos intentaron independizarse aprovechando la inestabilidad política provocada por las guerras otomano-persas.

En los mismos años, los safávidas no cumplieron la disposición económica del Tratado, dando a los otomanos un casus belli para reiniciar las hostilidades, lo que el gran visir Öküz Kara Mehmed Bajá quiso aprovechar para retraer a los otomanos de la humillante derrota del Tratado de su predecesor.

Aunque la campaña otomana se esperaba para 1615, el gran visir la retrasó a 1616, lo que dio a los safávidas tiempo para terminar de pacificar Georgia y prepararse para la invasión. En abril de 1616, el ejército otomano marchó para asediar Ereván, campaña que los safávidas permitieron enfrentando a pequeñas fuerzas bien pertrechadas y atacando las rutas de suministros y provisiones, lo que provocó finalmente el levantamiento del asedio infructuoso. A su vuelta al Imperio otomano, fueron informados de los ataques de los tártaros de Crimea en el Norte y la temprana muerte del sultán, que provocó una tormenta política que retrasó otro año la continuidad de la campaña. Para 1617, los otomanos esperaban atacar por Azerbaiyán y tomar Tabriz, que esperaban usar como moneda de cambio para asegurar la renuncia persa a territorios más septentrionales del Cáucaso. El sah Abás, enterado de ello, tendió una trampa a la fuerza otomana, calculada en unos 100 000 soldados: Permitió que tomasen Tabriz sin mucha resistencia y, cuando llegó la carta del gran visir exigiendo la devolución del territorio a las fronteras previas a 1603, respondió haciendo ver que antes quemaría Ardebil y se retiraría tras la tierra quemada que aceptar los términos.

Ante el envite, el gran visir mordió el anzuelo y ordenó marchar rápidamente a Ardebil, sin sospechar que mientras su ejército estaba en marcha, el ejército de 40 000 soldados de Abás se encontraba desplegado en orden de batalla tras una encrucijada del camino, tomando por sorpresa a las fuerzas otomanas a las que derrotaron en la Batalla de Sufiyan o Sufian del 10 de septiembre de 1618, en la que se calcula que los persas mataron a «1 de cada 5» otomanos.

Aún con la derrota y los numerosos gobernantes otomanos muertos (beylerbeys de Rumelia, Diyarbekir y Van), el nuevo gran visir se dispuso a continuar la campaña y cuando se presentó con un renovado ejército otomano en Ardebil, los persas aceptaron negociar, llegando a un acuerdo parecido al Tratado de Nasuh Pasha de 1612 con algunas modificaciones menores de la línea fronteriza y con una rebaja de las reparaciones de guerra de 200 a 100 cargas de seda.

Tras la guerra, el comercio de la Ruta de la Seda nuevamente se pudo beneficiar, además de convertir la salida persa al Golfo Pérsico en puerto franco para estados enemigos de los otomanos: Monarquía Hispánica, el Sacro Imperio, Francia e Inglaterra, que gozaron de privilegios especiales que aumentaron el comercio safávida, lo que les dio el respaldo económico para hacer frente a las invasiones mogolas bajo el emperador mogol Jahangir.

En 1622, una vez neutralizada la amenaza oriental de los mogoles, el sah volvió a poner su atención sobre el Imperio otomano y los territorios persas perdidos en la primera mitad del . Viendo las revueltas internas que sufrían los otomanos (la ciudad de Bagdad funcionaba de manera independiente bajo el liderazgo del jenízaro subashi Bakr y el beylerbey de Erzurum se había rebelado contra el gobierno de Constantinopla. Bakr pidió reconocimietno a la Sublime Puerta que, lejos de reconocerlo, ordenó al beylerbey de Diyarbekir intervenir, por lo que el jenízaro buscó apoyo en el extranjero, en los persas de Abás, que organizó un ejército nutrido de ghulam (la versión persa de los jenízaros) y tomó Bagdad, iniciando la última guerra otomano-safávida.

Tras el primer éxito, los persas intentaron hacerse rápidamente con el control de toda Mesopotamia, teniendo un gran éxito debido a que el golpe moral de perder la emblemática ciudad de Bagdad provocó deserciones y renuncias de tribus aliadas de los otomanos en la zona. No fue hasta 1625 que el entonces Gran visir, Hafiz Ahmed Bajá, lideró un gran ejército con el que pacificar las provincias orientales y hacer frente a los safávidas. A pesar de la política de tierra quemada del sah en Mesopotamia, el visir pudo poner bajo asedio Bagdad en noviembre de 1625. Sin embargo, al fallar la toma inicial, el propio Abás I dirigió un ejército de socorro que llegó para fortalecer a la guarnición persa e hizo retirarse a los otomanos a su campamento fortificado. Al contar con suficientes tropas, el sah ordenó atacar e interceptar los suministros que llegaban a la fuerza sitiadora del visir, lo que obligó a los otomanos a plantar cara directamente a los persas según sus términos, teniendo una gran perdida de soldados que provocó que el 4 de julio de 1626 debieran levantar el sitio.