La teoría de la dominancia social (SDT por sus siglas en inglés: social dominance theory) es una teoría de la psicología social acerca de las relaciones intergrupales, que examina las características estables de aquellas jerarquías sociales basadas en la pertenencia a un grupo y cómo estas jerarquías se preservan y perpetúan a sí mismas. Según dicha teoría, las desigualdades motivadas por la pertenencia a un grupo se mantienen por medio de tres mecanismos primordiales: discriminación institucional, discriminación individual agregada y asimetría de comportamiento. La teoría propone que son las ideologías culturales ampliamente compartidas (los denominados mitos legitimadores) las que proporcionan una justificación moral e intelectual para estas conductas intergrupales, dado que contribuyen a normalizar los privilegios. Con el fin de recopilar datos y validar predicciones, se diseñó la escala de orientación hacia la dominancia social (SDO), que mide la aceptación y el deseo hacia las jerarquías según el grupo social de pertenencia. Dicha escala se elaboró a partir de dos factores: apoyo a la dominancia basada en el grupo y oposición generalizada a la igualdad, independientemente de la posición que ocupe el intragrupo en la estructura de poder.

La teoría de la dominancia social fue propuesta en 1992 por los investigadores en psicología social Jim Sidanius, Erik Devereux y Felicia Pratto. Afirma que los grupos humanos están conformados por jerarquías diferenciadas según la pertenencia a un grupo social determinado, las cuales viven en sociedades capaces de producir un excedente económico. Estas jerarquías poseen una estructura trimórfica (tres elementos), según una caracterización simplificada de la estructura biosocial en cuatro partes identificada por Pierre L. van den Berghe (1978). De este modo, las jerarquías se basan en: la edad (los adultos detentan más poder y estatus que los niños), el género (los hombres detentan más poder y estatus que las mujeres) y otras características arbitrarias que se dan en jerarquías grupales definidas culturalmente y que no necesariamente existirían en todas las sociedades, tales como el origen étnico (ejemplos: Estados Unidos, Bosnia, Ruanda), la religión (islam suní frente al chií), la nacionalidad o cualquier otra categoría construida socialmente. Las jerarquías sociales no son consideradas únicamente como características universales del ser humano: la SDT sostiene que hay evidencias de su presencia —incluida la mencionada estructura trimórfica— en homínidos y otros primates.

Jerarquía grupal La teoría de la dominancia social (SDT) sostiene que toda sociedad humana forma jerarquías en función de la pertenencia a un grupo. Es en el seno de dicha jerarquía social donde algunos individuos reciben un mayor prestigio, poder o riqueza que otros. La jerarquía en función del grupo se distingue de la jerarquía individual en que la primera está fundamentada en la pertenencia o no a un grupo construido socialmente —según la raza, etnia, religión, clase social, idioma, etc.—, mientras que la segunda se basa en capacidades atléticas o de liderazgo, inteligencia, habilidades artísticas, etc.

Un supuesto básico de la SDT es que el racismo, el sexismo, el nacionalismo y el clasismo representan todos ellos diversas manifestaciones de una misma predisposición humana para formar jerarquías basadas en la pertenencia a un grupo social. Los niveles sociales, descritos por las diversas teorías sobre la estratificación, se organizan a través de jerarquías debido a la acción de fuerzas que ofrecerían un mayor valor de supervivencia al individuo, según el paradigma explicativo de la psicología evolucionista. Las jerarquías humanas parecen estar conformadas por un grupo hegemónico situado en la cima y por diversos grupos de referencia opuestos en la base. Se espera que los roles sociales que detentan más poder sean ocupados cada vez con una mayor probabilidad por miembros del grupo hegemónico (por ejemplo, un hombre blanco adulto). Los machos son más dominantes que las hembras, y acumulan más poder político y un estatus más alto, corroborando la ley de hierro de la androcracia. A medida que un rol social va acumulando más poder, es aplicable la ley de desproporción creciente de Putnam y, por consiguiente, se incrementa la probabilidad de que dicho rol sea desempeñado por un miembro del grupo hegemónico.

La SDT aporta nuevos elementos teóricos que permitan abordar una síntesis integral explicativa de los tres mecanismos de opresión que ejerce la jerarquía grupal, regulados a su vez mediante los mitos legitimadores:

Discriminación individual agregada (discriminación ordinaria) Discriminación institucional agregada (ejercida por las instituciones gubernamentales y de negocios) Terrorismo de Estado (violencia policial, escuadrones de la muerte...) Asimetría conductual Favoritismo exogrupal sistemático-de respeto (las minorías favorecen a los miembros del grupo dominante) Sesgo endogrupal asimétrico (a medida que se incrementa el estatus, decrece el favoritismo endogrupal) Autoperjuicio (autocategorizarse como alguien inferior se transforma en una profecía autocumplida) Asimetría ideológica (a medida que se incrementa el estatus, hacen lo propio las creencias que legitiman o favorecen a la jerarquía social vigente)

A pesar de que la naturaleza de dichas desigualdades y diferencias jerárquicas difiere entre culturas y sociedades, se ha comprobado empíricamente la existencia de puntos en común significativos gracias a la aplicación de la escala de orientación hacia la dominancia social (SDO). A través de múltiples estudios entre países, la escala SDO ha mostrado una fuerte correlación con diversos prejuicios grupales (como el sexismo, la discriminación por orientación sexual, el racismo o el nacionalismo) y políticas favorecedoras de la jerarquía.

La teoría de los mitos legitimadores La SDT considera que las decisiones y conductas, tanto de los individuos como de los grupos, pueden entenderse mejor si se examinan los «mitos» que los guían y motivan. Mitos legitimadores son todos aquellos valores, actitudes, creencias, estereotipos, teorías conspirativas e ideologías culturales adoptados por consenso. Podrían citarse como ejemplos los derechos inalienables del hombre, el derecho divino de los reyes, la ética protestante del trabajo o los distintos mitos nacionales. En las sociedades actuales estos mitos o narrativas legitimadores son comunicados a través de plataformas como las redes sociales, los programas televisivos o las películas, y para su investigación se utiliza un abanico de métodos que incluye el análisis de contenidos, la semiología, el análisis del discurso y el psicoanálisis, entre otros. La distinta profundidad de las narrativas varía desde las ideologías aceptadas al más alto nivel hasta los mitos personales intermedios (pensamientos positivos acerca de uno mismo, bien como individuo dominante de éxito o como subordinado sumiso), llegando al nivel más bajo en aquellos guiones o esquemas de comportamiento para afrontar determinadas situaciones sociales de dominación-sumisión. Algunas categorías de mitos serían: los mitos paternalistas (los miembros de la hegemonía dominante sirven a la siciedad y cuidan de todas aquellas minorías poco capacitadas) mitos recíprocos (comprenden todas aquellas alusiones acerca de la efectiva igualdad entre los grupos dominantes y sus correspondientes exogrupos) mitos sagrados (el karma o el derecho divino de los reyes, presentados como mandatos sancionados por una religión con el fin de dominar a los demás)

Para regular los tres mecanismos de opresión jerárquica grupal mencionados más arriba, se emplean dos tipos funcionales de mitos legitimadores: incrementadores de jerarquía y atenuadores de jerarquía. Las ideologías que refuerzan la jerarquía (por ejemplo, el racismo o la meritocracia) contribuyen a incrementar los niveles de desigualdad entre grupos. Felicia Pratto presentó la meritocracia como ejemplo de mito legitimador, y cómo el mito de la meritocracia solo conduce a una justicia ilusoria. Las ideologías atenuadoras de jerarquía —tales como los derechos fundamentales, el universalismo, el igualitarismo, el feminismo o el multiculturalismo— aportan mayores cotas de igualdad intergrupal. La gente da su asentimiento a cada una de las diversas ideologías basándose, en parte, en su inclinación psicológica (medida según la escala SDO) a aceptar o rechazar las relaciones grupales desiguales. Aquellas personas que obtienen puntuaciones más altas en la escala SDO tienden a aceptar las ideologías incrementadoras de jerarquía, mientras que aquellas que puntúan más bajo tienden a aprobar las ideologías atenuadoras de jerarquía. Finalmente, la SDT concluye que la compensación relativa entre las fuerzas sociales incrementadoras y atenuadoras de jerarquía tiende a estabilizar la desigualdad entre grupos.

Interacciones con la teoría de la personalidad autoritaria La teoría de la personalidad autoritaria cuenta con un instrumento de medición conocido como escala RWA, que predice de forma consistente toda una serie de conductas sociopolíticas a nivel grupal —similares a las evaluadas por la escala SDO respecto al prejuicio y el etnocentrismo, a pesar de que dichas escalas son sustancialmente independientes una de otra. La investigación llevada a cabo por Bob Altemeyer y otros ha revelado que ambas escalas correlacionan, de maneras diferentes, cuando se estudian determinadas características presentes en los niveles individuales y otros fenómenos sociales. Por ejemplo, los individuos que puntúan alto en SDO no son especialmente religiosos, pero los que puntúan alto en RWA normalmente sí lo son; los altos en SDO no afirman ser benevolentes pero los altos en RWA generalmente sí. Altemeyer ha supuesto que ambas son medidas de la personalidad autoritaria, pero que SDO mide las personalidades autoritarias dominantes mientras que RWA hace lo propio respecto a las variantes sumisas. Otros investigadores creen que el debate relativo a las teorías sobre relaciones intergrupales ya no versa sobre cuál teoría puede englobar a todas las demás o explicar mejor todas las formas de discriminación. Por contra, el debate se habría desplazado hacia la posibilidad de llegar a explicaciones pluralistas, por las que los investigadores necesitan determinar qué teoría o combinación de teorías resulta apropiada en función de las condiciones presentes.