mini|300px|Museo del Prado, Madrid
Un museo de arte es una institución de carácter público o privado dedicada al estudio, conservación y exposición de obras de arte de cualquier modalidad: pintura, escultura, dibujo, grabado, artes decorativas y otras, así como, dentro del arte moderno, fotografía, vídeo, instalaciones, etc.
El origen de los museos está en el coleccionismo, donde a la obra de arte se le añade un valor histórico o cultural, o bien de admiración o singularidad. A partir del comenzaron a abrirse las colecciones al público y surgieron los museos de protección estatal (British Museum, 1759; Uffizi, 1765; Louvre, 1793; Prado, 1819; Altes Museum de Berlín, 1830; National Gallery, 1838; Hermitage, 1849), al tiempo que surgieron las academias, instituciones que regulan el proceso creativo, educativo y formativo del arte.
El Consejo Internacional de Museos (ICOM) define el museo como «una institución permanente, sin fines lucrativos, al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierto al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y exhibe para fines de estudio, de educación y deleite, testimonios materiales del hombre y de su entorno». Los cuatro componentes principales del museo son: el contenedor, el contenido, la planificación y el público. Existen dos disciplinas vinculadas al estudio de los museos: la museografía estudia la vertiente técnica y estructural de los museos (arquitectura, equipamiento, medios de exposición); y la museología analiza el museo desde una perspectiva histórica, social y cultural.
Concepto
miniatura|El tribunal de los Uffizi (1772-1778), de Johann Zoffany
El arte (del latín ars, artis, y este del griego τέχνη téchnē) es entendido generalmente como cualquier actividad o producto realizado con una finalidad estética y también comunicativa, mediante la cual se expresan ideas, emociones y, en general, una visión del mundo, a través de diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros, corporales y mixtos.
miniatura|150px|izquierda|"La Casa Inclinada" del Museo de Arte de Tartu en Estonia
Un museo (del latín musēum y este del griego Μουσείον) es un edificio dedicado a la conservación y exposición de objetos y documentos culturales, tanto del ámbito de las ciencias como de las artes. La mayoría de museos están especializados en una disciplina: bellas artes, historia, arqueología, etnología, ciencias naturales, deportes, religión, ejército, etc. Dentro de estas disciplinas puede haber subdivisiones, como en el caso de las bellas artes la pintura, la escultura, las artes decorativas e industriales, el grabado, el diseño y otras especialidades; o bien por épocas, estilos, nacionalidades, escuelas o incluso artistas individuales, como el Museo Picasso de Barcelona.
Desde la Revolución francesa, época en que el concepto de lo público pasó a primer término en la consideración de la sociedad, se formularon tres objetivos principales para la creación de museos:
Conservación: las obras de interés público cultural, ya fuese histórico, artístico, científico o de cualquier otra índole, deben depositarse en lugares que garanticen su conservación, tanto en el tiempo como en su aspecto material, así como su protección frente a vandalismos u otros avatares que pudiesen acaecer. Divulgación: en la nueva concepción moderna de lo público debe garantizarse el acceso a la cultura a cualquier persona independientemente de su estatus social o poder adquisitivo. Formación: tras su catalogación y clasificación, las obras museísticas deben estar a disposición de los estudiosos y especialistas para completar su formación y ayudar a su conocimiento y difusión.
Cabe distinguir entre museo y coleccionismo: el museo es un concepto moderno, surgido desde la época de la Ilustración; anteriormente solo cabe hablar de coleccionismo. La principal diferencia estriba en el carácter privado del coleccionismo frente al público del museo. De esta diferencia se derivan numerosas consecuencias: el coleccionismo estaba sujeto a diversas vicisitudes, como las económicas, las derivadas del gusto y la moda, las provocadas por sucesiones familiares, divisiones y desmembramientos, y otros; en cambio, el patrimonio museístico es más estable, debido al concepto de conservación de las obras y su voluntad de organización con base en diversos conceptos como la nacionalidad, el estilo, la técnica, etc.
Pese a todo, la labor de los museos ha sido criticada por diversos motivos, entre los que destacan: la alienación de la obra de arte respecto al lugar y tiempo para el que fue concebida; la estricta catalogación por países, estilos, épocas, escuelas y otras categorías, así como la selección de obras expuesta al público, que por fuerza no puede dejar de ser subjetiva; la acumulación de obras expuestas, que puede provocar tedio y rechazo en el espectador; o, en última instancia, el elitismo, ya que aunque los museos están abiertos a todo el mundo dirigen más su atención hacia las clases cultivadas, en opinión de autores como Pierre Bourdieu y Alain Darbel (L'amour de l'art, 1969).
Museografía y museología
La museografía estudia la clasificación y conservación de obras de arte. Entre otros, comprende el análisis de la arquitectura y los edificios como contenedores de obras de arte, sus problemas estructurales y las técnicas para la exposición de las obras.
Por su parte, la museología estudia los aspectos sociales y orgánicos de las colecciones museísticas, con especial énfasis en la selección y conservación de las obras, así como en su sistematización. Sus principales preocupaciones son las vertientes didáctica e informativa de las colecciones. Generalmente, esta tarea se cumple a través de especializaciones, como las bibliotecas, los cursos y conferencias, los almacenes, las publicaciones, las exposiciones, los medios audiovisuales, etc.
Historia
miniatura|Musas y poetas. El Museion de Alejandría pretendía atraer a los mejores poetas y científicos, por eso se le dio el nombre de sus protectoras
Aunque el museo como edificio dedicado a la exposición de obras de arte —generalmente bajo administración pública— es un concepto moderno, se tiene constancia de colecciones de obras de arte desde la Edad Antigua. Numerosos templos religiosos de la antigüedad albergaban obras de arte, ya fuese como decoración o como ofrendas a la divinidad, por lo que en cierta medida actuaban como museos. En el período helenístico aparecieron algunas de las primeras colecciones de arte cercanas al sentido moderno de acopio de obras para su conservación: así, Atalo I de Pérgamo atesoró en la acrópolis de su ciudad diversas obras de arte procedentes del templo de Afaya en Egina y otros lugares; Ptolomeo I de Egipto fundó el Museo de Alejandría (Museion), el primero de ese nombre, en honor a las Musas. El coleccionismo pasó a Roma, donde los patricios gustaron en sus villas de atesorar obras de arte, abriéndolas en ocasiones al público, como hicieron Cayo Fabio Píctor y Marco Vipsanio Agripa.
miniatura|izquierda|El Patio del Belvedere, Roma (1565)
En la Edad Media las obras de arte se conservaban principalmente en las iglesias, donde las podían contemplar los feligreses, pero bajo una finalidad didáctica y comunicativa, alejada de la contemplación estética. El coleccionismo revivió durante el Renacimiento, especialmente en Italia, donde los nobles y príncipes de las ciudades italianas apostaron por el arte como medio de prestigio social. Lorenzo de Médici adoptó nuevamente el nombre de Museo para su colección de Florencia, y desde entonces el término hizo fortuna y se extendió por doquier. En esta época era habitual que los mecenas adquiriesen obras de arte para sus colecciones privadas: Felipe II de España fue uno de los mayores coleccionistas de su tiempo, con un especial interés por la obra de Tiziano y El Bosco; su sobrino el emperador Rodolfo II no se quedó atrás, y reunió una amplia colección de obras de arte y objetos de todo tipo. Este afán por el mecenazgo y el coleccionismo se extendió a las artes decorativas, lo que supuso un incremento en la producción de tapices, joyas, cristalería, metalistería, porcelana, mobiliario y otros objetos. Numerosos aristócratas y jerarcas eclesiásticos coleccionaron obras de arte antiguo que emplazaban en galerías de sus palacios o bien en sus jardines: un buen ejemplo fue el Jardín de las estatuas confeccionado por Bramante para Julio II en el Patio del Belvedere (1506), que incluía obras como el Laocoonte o el Apolo del Belvedere; o la Casa de Pilatos en Sevilla, confeccionada en buena medida por donaciones del papa Pío V. Por otro lado, en Sabbioneta se construyó entre 1583 y 1590 la primera estructura destinada específicamente a exponer objetos de colección, en este caso antigüedades: la Galleria degli Antichi.
Durante el Barroco se incrementó el afán por acumular obras de arte, así como objetos de toda índole: en el Museo Kircheriano, fundado por Athanasius Kircher en 1651, se conservaban tanto obras de arte como animales disecados, objetos científicos, instrumentos musicales, antigüedades egipcias y romanas, y otros objetos. Otro tanto ocurrió con la colección de Elias Ashmole, origen del Ashmolean Museum de Oxford (1683), que aglutinaba arte con muestras de especies animales, vegetales y minerales. El mecenazgo barroco aumentó el carácter magnificente de los encargos, generalmente de la realeza. Monarcas como Felipe IV de España o Luis XIV de Francia fomentaron el arte, tanto a través del patrocinio directo —a artistas como Diego Velázquez o Charles Le Brun— como de la adquisición de numerosas obras de arte, lo que supuso el germen de grandes colecciones que darían origen a museos como el Prado o el Louvre.
miniatura|Imagen de la Grande Galerie del Louvre, óleo de Hubert Robert (c. 1801)
Entre los siglos y numerosos aristócratas se hicieron construir en sus palacios galerías para el coleccionismo de obras de arte, que aunque eran privadas solían mostrarse a un público reducido. La Ilustración influyó notablemente en el concepto de la cultura pública y conminó a numerosos monarcas a hacer accesibles al público sus colecciones de arte. Un evento significativo fue la Revolución francesa, que promovió la instalación de la colección real y de numerosas obras de arte confiscadas a aristócratas y religiosos en el palacio del Louvre, que se convirtió así en el primer museo público de administración estatal. Inaugurado en 1793, se nombró al pintor neoclásico Jacques-Louis David como su primer director. Junto a este, se creó una colección de pintura francesa en el palacio de Versalles —el Louvre se dedicó inicialmente a la italiana—, así como el Museo de los Monumentos Franceses, que se mantuvo hasta 1815. También se crearon quince grandes museos provinciales: Bruselas, Burdeos, Caen, Estrasburgo, Dijon, Génova, Lille, Lyon, Maguncia, Marsella, Nancy, Nantes, Rennes, Rouen y Toulouse.
miniatura|izquierda|Fachada del Rijksmuseum de Ámsterdam (c. 1895)
En el , Napoleón Bonaparte practicó una intensa política de patrocinio de las artes gracias a las numerosas obras requisadas en sus conquistas, especialmente las obtenidas gracias a la supresión de órdenes monásticas en Italia. La mayoría de estas obras fueron a parar al Louvre, llamado Museo Napoleón entre 1803 y 1815. Napoleón también promovió la fundación de museos en los países conquistados, como el Rijksmuseum de Ámsterdam (1806) y la Pinacoteca de Brera de Milán (1809). Con la Restauración de la dinastía borbónica siguió el patrocinio museístico por parte de los monarcas: Luis XVIII fundó en 1818 el Museo de Luxemburgo, actual Museo de Arte Moderno. Carlos X, Luis Felipe I y Napoleón III agrandaron sucesivamente el Louvre.
miniatura|The National Gallery, Londres