La Historia de la República de las Dos Naciones (1648-1764) abarca un período de la historia de Polonia y del Gran Ducado de Lituania, desde el momento en que su Estado conjunto se convirtió en el teatro de guerras e grandes invasiones a mediados del siglo hasta justo antes de la elección de Estanislao II Poniatowski, último rey de la República.
A partir del siglo , la «democracia nobiliaria» polaco-lituana experimentó guerras devastadoras, se sumió en el desorden y luego en el caos y como resultado decayó. La otrora poderosa República se había vuelto vulnerable a la guerra interna y la intervención extranjera. En 1648, el levantamiento cosaco de Jmelnitski afectó al sur y el este del vasto Estado polaco-lituano y pronto le siguió una invasión sueca, que sometió las principales tierras polacas. La guerra con los cosacos y el Zarato moscovita dejó Ucrania dividida: la parte oriental, perdida por la Confederación, devino una dependencia del Zarato moscovita. Juan III Sobieski, que libró una larga guerra contra el Imperio otomano, revivió el poderío militar de la Confederación. En un compromiso decisivo, ayudó en 1683 a liberar Viena de un ataque turco.
Sin embargo, le siguió una mayor desintegración. La Confederación, sometida a una guerra casi constante hasta 1720, sufrió pérdidas devastadoras de población y grandes estragos económicos y sociales. La decadencia económica no llegó a superarse en lo que quedaba de existencia de la Confederación. El gobierno se volvió ineficaz debido a grandes conflictos internos (por ejemplo, el que enfrentó a Rokosz de Lubomirski con Juan II Casimiro, o las confederaciones rebeldes), procesos legislativos corruptos (como el uso infame del liberum veto) y la manipulación por parte de intereses extranjeros. La clase noble cayó bajo el control de un puñado de familias poderosas que gozaban de dominios territoriales desde antiguo y la población y las infraestructuras urbanas se arruinaron, junto con la mayoría de las granjas campesinas.
Los reinados de dos reyes de la dinastía sajona de Wettin, Augusto II el Fuerte y Augusto III, trajeron a la Confederación más daño político y poca reforma significativa. La Gran Guerra del Norte, un período visto por los contemporáneos como un eclipse pasajero, puede haber sido el golpe decisivo final que debilitó al Estado polaco-lituano. El Reino de Prusia devino en gran potencia regional y arrebató Silesia a la Monarquía de los Habsburgo. La unión personal entre la Confederación y Sajonia, sin embargo, dio lugar al surgimiento del movimiento de reforma en la Confederación, y a los comienzos de la Ilustración polaca.
Declive económico y social Estragos bélicos, crisis económica y desintegración social El colapso económico de la Confederación en la segunda mitad del siglo se ha considerado a menudo que era consecuencia de los estragos bélicos causados por las sucesivas guerras que se libraron en su territorio en la primera mitad de la centuria. Sin embargo, hubo otros factores que favorecían la depresión económica, que afectaron por entonces a grandes zonas de Europa y a los que la economía señorial de la Confederación basada en la servidumbre trató de adaptarse. Los cambios que se aplicaron menguaron la efectividad de las prácticas agrícolas, redujeron la productividad y empobrecieron a la población rural. No obstante, la crisis económica de la Confederación fue mayor que la de los países vecinos, algunos de los cuales tenían el mismo tipo de economía rural. Si bien la guerra de 1655-60 fue particularmente devastadora, la Confederación libró guerras continuas desde 1648 hasta 1720.
Las guerras anteriores habían afectado principalmente a la periferia del enorme Estado, pero desde mediados del siglo , también lo fue el centro de Polonia. Las dos guerras del norte fueron particularmente devastadoras. Varios ejércitos extranjeros atravesaron la Confederación en el curso de la segunda guerra del Norte. El prolongado papel del país como campo de batalla, el acuartelamiento de tropas y ejércitos, combinados con la política de exigir contribuciones y el pillaje durante la Gran Guerra del Norte, deterioraron enormemente la economía del país, que aún no se había recuperado del daño sufrido hacía dos generaciones. La guerra interna y el saqueo por parte de las tropas de la Confederación que no habían recibido sus soldadas también causaron destrozos.
La destrucción y el agotamiento de los recursos afectaron a todos los grupos sociales, a las aldeas, ciudades y burgos, muchos de los cuales casi habían perdido su carácter urbano. La industria y la manufactura sufrieron, así como los ingresos del erario. Las muertes debidas a la guerra y los brotes de enfermedades epidémicas (especialmente durante 1659-63) redujeron la población en un tercio, hasta los seis o siete millones. El grave debilitamiento económico de los campesinos, la población urbana y la szlachta facilitó el mayor control político de la alta nobleza, la única que contaba aún con medio notables medios económicos.
La guerra y los apuros económicos intensificaron los procesos de fragmentación y los conflictos de clase tanto entre las distintas clases sociales como en el seno de cada una de ellas. La xenofobia y la intolerancia se extendieron y los diferentes grupos sociales y territoriales enfatizaron sus estados y tradiciones propios. Los esfuerzos de construcción nacional de los reformadores de la época del Renacimiento se deshicieron.
Estratificación de la nobleza La organización de producción agrícola predominante en el siglo , el folwark —los latifundios basados en el trabajo de siervos— de la szlachta, dio paso a mediados del siglo a los latifundios propiedad de la alta nobleza, que formaban enormes redes de fincas. Los latifundios estaban presentes en toda la federación polaco-lituana, pero se desarrollaron más extensamente en los confines orientales de la Corona polaca, por los que se habían extendido antes de la Unión de Lublin. La destrucción bélica afectó menos a las dispersas posesiones de los grandes nobles que a las propiedades de la nobleza media; la consecuencia fue que esta se volvió cada vez más dependiente de aquellos. Así, parte de un latifundio se solía arrendar a nobles menores o a administradores de origen urbano, a menudo judía, que a su vez podían subarrendarla; la pirámide de gestores se basaba en la explotación de los siervos. Anteriormente, los diversos aspectos de la vida comercial de los territorios, incluidos la agricultura, el comercio, la minería y la manufactura, habían sido controlados previamente por la szlachta y así lo disponían las leyes. La situación cambió: el estado feudal más descentralizado y caótico permitía a la alta nobleza hacer de sus tierras una suerte de miniestados en los que ejercía un poder casi absoluto que carecía de sustento legal, pero se basaba en su situación de privilegio efectivo. La autoridad y el poder de estos nobles se plasmaba de distintas formas; una de ellas eran los grupos armados que mantenían a su servicio.
El mayor dominio de la alta nobleza socavó la cohesión de la nobleza media, hasta entonces de gran importancia. La fragmentación de la szlachta favoreció las tendencias centrífugas en el gran Estado. Los grandes nobles crearon redes de clientes de la szlachta y la lealtad a la nación fue reemplazada por la que se basaba en los lazos regionales, ya que las débiles instituciones estatales no ofrecían oportunidades de hacer carrera, ni suficiente protección a la nobleza media.
thumb|right|185 px|Michał Kazimierz Radziwiłł fue un típico representante de los Radziwiłł, un linaje de la alta nobleza lituana
Se conoce desde hace tiempo el control que la alta nobleza ejercía por entonces sobre la nobleza baja y media; el primer grupo a menudo carecía de propiedades o eran muy reducidas y además tenían escasa educación. La pequeña nobleza resultaba útil como fuente de hombres armados que, reunidos en grandes grupos, podían influir en los actos públicos, como las sesiones de los parlamentos regionales (sejmik o dietinas) o las elecciones, en el sentido que se les indicase. Lo más habitual era que la clientela básica de los grandes nobles la constituyesen la clase más baja de la nobleza, los rentistas (czynszownicy), libres pero sin tierra y pobres, cuyo estado en realidad se parecía al de los campesinos: dependían completamente de un patrón rico. Los brukowcy (la «gente de las aceras») carecía de propiedades y se dedicaba a distintos oficios. La «szlachta doméstica» funcionaba como una especie de servidumbre noble en los hogares de las familias de la alta nobleza. Otro grupo de nobles, el de la szlachta zaściankowa propiamente dicha o zagrodowa —los hacendados—, lo componían los propietarios de la baja nobleza, muy abundantes; solo ellos de entre las capas menos favorecidas disfrutaban de pertenecer a la nobleza y de gozar de privilegios, siquiera simbólicos.Demokracji szlacheckiej nie było (There was no democracy of nobles), Jarosław Kurski's interview with Daniel Beauvois, Andrzej Wielowieyski's polemic. Ornatowski genealogy www.ornatowski.com 27-01-2006
La nobleza media desempeñaba un papel mayor; sus miembros tenía propiedades y una educación mayor que los de la baja nobleza y podían hacer carrera en las cortes de los grandes nobles o asumir cargos públicos obtenidos con la ayuda de sus benefactores en la alta nobleza. Los nobles en cuestión obtenían beneficios de los grandes nobles a los que servían, como arrendamientos de tierras en condiciones ventajosas o protección legal en tiempos en los que litigios abundaban, carecían a menudo de base y podían resultar muy perjudiciales.
La alta nobleza se agrupaba además en clanes o fracciones que compartían intereses regionales o de otro tipo. En el siglo , las facciones solían estar confinadas a una región, como las camarillas lituanas de las familias Pac o Sapieha. En el siglo siguiente, por el contrario, los Czartoryski y los Potocki establecieron alianzas que abarcaban toda la Confederación y que tuvieron gran importancia.
La subordinación a los intereses de la alta nobleza no se produjo sin cierta resistencia, pero los diversos movimientos de la szlachta por detener el proceso carecieron de coordinación. En consecuencia, para la primera mitad del siglo , la nobleza media había dejado de ser un elemento independiente de la política nacional.
La falta de distinción legal entre los diversos rangos de la nobleza dio a muchos nobles una falsa sensación de igualdad y de contar con oportunidades. La mayoría de la nobleza de origen lituano, ruteno o alemán se había polonizado y convertido al catolicismo. Existía además una nobleza protestante minoritaria en la Prusia Real y en la Gran Polonia. Después del triunfo de la Contrarreforma, los jesuitas y otros educadores católicos perdieron incentivos para proporcionar una educación competitiva de calidad. La mentalidad atrasada y cerrada de las masas de la szlachta se volvió proverbial, y cuando la nación experimentó su mayor declive, estos nobles adoptaron el sarmatismo, la ideología de nación elegida y el desprecio por todo lo extranjero. Se persiguió la disidencia, se extendió la corrupción, que alcanzó su cota máxima, y la moral pública se hundió.
Entre los grandes nobles más cosmopolitas, influenciados por elementos extranjeros de las cortes reales de la Confederación y por las corrientes de Europa occidental, la admiración de los modales y modas extranjeros (a menudo franceses y alemanes) se estaba volviendo cada vez más común. La alta nobleza construyó espléndidos palacios de ladrillo y piedra en las principales ciudades y en sus fincas rurales; las mansiones de madera y el estilo de las relaciones de la szlachta intentaban imitar el entorno y la vida de los ricos, famosos y poderosos.
Regresión agrícola y campesinado