El folclore de Costa Rica es el conjunto de los elementos que conforman la cultura popular tradicional del país. Costa Rica es una tierra rica en folclore, con múltiples influencias culturales de los diversos pueblos que la conforman, mayormente indígenas, europeos y africanos. La tradición folclórica costarricense posee diversas manifestaciones culturales que incluyen la música, la danza, las leyendas y tradiciones, las canciones, los proverbios populares, las bombas y retahílas, los cuentos, los refranes, los romances, las adivinanzas, los instrumentos coloniales y las canciones tradicionales, que son comunes y reconocibles por la mayoría de la población del país y que generalmente son utilizadas durante las festividades populares y patronales, y que varían de acuerdo a cada región y pueblo.
Fundamentos
En general, el folclore posee cuatro fundamentos distintivos:
Anónimo: los elementos no cuentan con un autor reconocible, sino que viene transmitido a través de las épocas, proveniente de pueblos antiguos. Popular: los elementos son gratos y en general, aceptados por el pueblo. Tradicional: los elementos han pasado de generación en generación. Cambiable: el pueblo es consciente de que los elementos le pertenecen y los ha transmitido transformándolos a través de las generaciones, según los hábitos, usos y costumbres regionales.
Cultura del café
thumb|300px|Fotografía de finales del que retrata a los recolectores de café en Costa Rica. El café de Costa Rica fue, casi desde el nacimiento del país como nación independiente, la base de su economía y su principal motor de desarrollo. El cultivo del café a partir de mediados del tuvo consecuencias sociales y culturales diferenciadas que funcionaron como parte de la construcción de la identidad nacional. La caficultura se ha prestado para la elaboración de símbolos, emblemas y estereotipos. En la actualidad, la temática del café es uno de los motivos más representados en las artes, las artesanías, el folclor y la cultura popular. Su presencia se halla presente en muchos de los símbolos que pretenden expresar identidad nacional: la carreta pintada, la casa de adobe, el paisaje rural del Valle Central, etc.
Para la época de la independencia, en 1821, Costa Rica ciertamente era la provincia más pobre y atrasada del Imperio Colonial Español. No obstante esto, para mediados de 1830 el país comenzó a mostrar signos de progreso y recuperación económica, debido principalmente a las ganancias que se obtenían de la economía del café, que se exportaba a Inglaterra. El café se convirtió en un agente civilizador, en el "grano de oro", dado que la prosperidad obtenida de su comercio se transformó en progreso económico y avances sociales, que luego fortalecieron el proceso de idealización y construcción de identidades. Se formó una clase de medianos y pequeños productores campesinos que ocuparon grandes territorios del Valle Central, aptos para el cultivo del café. Con el tiempo, se formó una élite social y política dominante enriquecida gracias a su cultivo. Esta oligarquía determinó los destinos políticos del país por muchos años, y en muchas ocasiones, de forma caprichosa y no siempre acertada. thumb|left|300px|Detalle de Alegoría del café y el banano, de Aleardo Villa, en el techo del Teatro Nacional de Costa Rica, representa campesinas costarricenses recogiendo el grano de oro. Durante el , el café fue tema principal de billetes y monedas. De hecho, su imagen aún se encuentra presente en el escudo nacional. La literatura costumbrista plasmó el arquetipo del campesino del Valle Central con su aire jovial, sencillo, bonachón y algo ingenuo. Las primeras manifestaciones del arte y la arquitectura nacionales tuvieron al café como motivo y principal impulsor. El Teatro Nacional de Costa Rica fue edificado en 1897 parcialmente financiado con un impuesto a la venta del café. Las decoraciones y obras de arte presentes en este edificio, considerado joya y patrimonio histórico de la nación, son en gran medida alusivas a esta bonanza obtenida por la exportación del grano. El café llegó a convertirse en un mito símbolo de un pasado exitoso y la promesa de un futuro asegurado. Surgió la idea de que en Costa Rica se produce "el mejor café del mundo". thumb|300px|Las carretas como arte están íntimamente vinculadas al café dentro de la "cultura del café" de Costa Rica y tienen una tradición que data de más de tres siglos. Con el tiempo, esta imagen idealizada y estereotipada, no necesariamente real, de una Costa Rica democrática, igualitaria y semirrural fue quedando plasmada en el imaginario colectivo, principalmente de los habitantes del Valle Central, representados como labriegos sencillos, descendientes de europeos, católicos, de tez blanca, afanados en la "cogida de café" en medio de extensos cafetales rodeados de pacíficas montañas, imagen simbólica opuesta al Caribe habitado por la población negra, protestante, de habla inglesa, dedicada al cultivo del banano y sometida a las vejaciones de una naturaleza adversa. No es sino hasta recientemente, con la comprensión de la naturaleza pluricultural y multirracial del país, que esa oposición simbólica entre el Valle Central y el Caribe ha comenzado a diluirse, evidenciando que Costa Rica es una tierra de contrastes culturales.
Con el y la urbanización del Valle Central, los cafetales fueron desapareciendo ante el avance de la ciudad, y poco a poco el café dejó de estar apegado a la imagen de nación democrática e igualitaria, para convertirse en un vínculo con el pasado. Esta relación es más fácil de entender conforme el cultivo del "grano de oro" ha dejado de pesar en la economía nacional, al punto de que la mayoría de las familias costarricenses ya no dependen de él. Las "cogidas de café" pasaron a manos de los inmigrantes nicaragüenses y los indígenas ngöbe provenientes de Panamá, sin cuyo trabajo la recolecta del grano no sería posible.
A pesar de esto, el café continúa siendo un recurso mediante el cual se idealiza el pasado, manifestado en nuevas formas de expresión como el cultivo del café orgánico, "ecológico y en armonía con el ambiente", la producción del café gourmet, los coffee tours que atraen al turista extranjero, las artesanías más diversas asociadas al cultivo del café: el chorreador, la cafetera y la taza de lata, la carreta pintada y su yunta de bueyes, cargada de granos de café, las casitas de adobe, la mujer campesina con su enagua de colores, los canastos para recolectar el grano, el pañuelo, el machete y el chonete del campesino, etc.
Cultura del banano
thumb|La producción bananera usó mano de obra afrocaribeña. El Caribe costarricense, con su zona bananera y su dramática historia acaecida entre 1872 y 1985, con sus realidades y leyendas, ha tenido una contribución determinante en la mitología popular costarricense, y ha contribuido como tal a modelar una identidad cultural matizada con los sentimientos sociales solidarios consensuados, así como la percepción de la "hombría aventurera" del tico.
En oposición al Valle Central, el Caribe se presenta como una tierra exótica donde el dominio de la naturaleza y la injusticia social de la época exige la supervivencia del más fuerte. Con una visión más bien romántica, la "zona" se convirtió en una metáfora, un primer destino para el "sueño americano" de los costarricenses, un limbo sin Dios ni ley, una “tierra de hombres” (se ha calculado que, durante la época del auge bananero, había unos 1000 hombres por cada 10 mujeres), una suerte de "Siberia misteriosa", donde había trabajo bien remunerado para cualquier hombre intrépido, o bien, prófugo de la justicia, cansado de una esposa inaguantable, con ganas de hacer dinero rápido, cambiar de vida o demostrar que era "muy macho", o simplemente la última alternativa para un necesitado de trabajo con el fin de mantener a sus hijos estudiando en el Valle Central. thumb|left|Carrileras en una finca de banano en Costa Rica. La zona bananera pues, es un lugar donde confluye un crisol de razas: negros, chinos, italianos, indígenas, nicaragüenses y "cartagos", como se les llamaba a los costarricenses provenientes del resto del país.
A partir de esta mitología, el cultivo del banano en la zona caribeña de Costa Rica, dimensionado especialmente en el conflicto social que surge a partir de la marginación de las clases sociales bajas, representadas en el trabajador del ferrocarril, el trabajador de la plantación bananera, la mujer o el pequeño propietario campesino, ha tenido repercusiones que se van a ver reflejadas en especial en la literatura costarricense, sobre todo en los autores y obras surgidas en la época entre 1920 y 1940. La marginación de estas mayorías populares, opuestas al papel liberal del Estado, aliado a la todopoderosa y multiforme United Fruit Company, figura de la entrega del capital nacional al extranjero, así como la aparición del ideal comunista como movimiento de vanguardia y reacción social, es temática central de obras como Bananos y hombres (Carmen Lyra, 1931), Juan Varela (Adolfo Herrera García, 1939), algunos Cuentos de angustias y paisajes (Carlos Salazar Herrera, 1940), Mamita Yunai (Carlos Luis Fallas, 1941, considerada obra cumbre sobre el tema), Puerto Limón (Joaquín Gutiérrez Mangel, 1950), varias de las Historias de Tata Mundo (Fabián Dobles, 1956), y Limón Blues (Anacristina Rossi, 2002), donde la zona bananera del Caribe es escenario de esta lucha social.
Cultura del cacao
thumb|Cacaotal alrededor del Usuré (rancho ceremonial Bribri) en la comunidad indígena de Yorkín, Talamanca, Costa Rica, 2014 Un tanto olvidada en el Valle Central ha quedado la influencia del cacao en la conformación de la cultura costarricense, pero su huella en el imaginario colectivo es imborrable, por ser el hilo socioeconómico conductor entre la cultura indígena ancestral y la historia posterior a Colón. Ha aparecido cíclicamente en momentos claves, normalmente asociado a la zona caribeña y sus culturas predominantes: la indígena y caribeña, ambas con una contribución indiscutible a la cultura nacional.
Durante milenios, cientos de generaciones han sobrevivido a la sombra del cacaotero, los niños han chupado sus semillas para limpiarlas a escondidas de sus padres, los jóvenes han esperado el sol de cada día para secarlas y allí han encontrado sus parejas, los mayores cuidan todos los detalles y ritos para obtener el primer “grano de oro” de Costa Rica. Bozzoli de Willie, María E. Continuidad del simbolismo del cacao, del siglo XVI al siglo XX. San José, Costa Rica, Editorial Texto, 1980
Antes de la colonización española y no se sabe desde cuándo, la semilla de cacao era usada por los indígenas como medio de cambio, como lo consignó en sus descripciones de la zona de Nicaragua y Costa Rica el conquistador Gonzalo Fernández de Oviedo a inicios del . El cacao fue uno de los primeros motores de la economía colonial de Costa Rica, estableciendo un ciclo económico entre 1727-1747, cultivándose principalmente en la zona de Matina. Su uso como moneda continuó de hecho hasta finales del , cuatro siglos después de iniciada la colonización y casi un siglo después de la independencia nacional.