La novela de espionaje, conocida a veces como thriller político, surgió antes de la Primera Guerra Mundial, al tiempo que los primeros servicios de inteligencia. Este campo apenas ha tenido apoyo de la crítica y ha sido considerado simplemente como una rama de la literatura popular de masas o pulp. Desde sus inicios gozó del favor del público, cuyo interés solo decayó tras la guerra fría y la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. No obstante, el terrorismo y los atentados del 11 de septiembre de 2001 encauzaron de nuevo el interés hacia el género.

Rasgos definitorios del género En el sentido moderno del término, la novela de espías es una narración que tiene por marco general el «mundo del secreto»: las agencias y servicios de inteligencia e información modernos, las operaciones militares especiales, encubiertas o clandestinas de los estados, el espionaje profesional, etc. Poseen generalmente por fondo histórico el marco geopolítico contemporáneo o incluso actual, pero este marco puede extenderse más hacia el pasado hasta incluso mezclarse con el género de la novela histórica. Por lo general existen en estas obras dos bandos enfrentados que rivalizan o se combaten política, social o moralmente, al menos en apariencia. La existencia de un misterio o secreto emparenta también el género con el también moderno de la novela criminal o policiaca, pero Noel Behn distingue bien sus lindes al decir que "en una novela policiaca, el héroe resuelve un crimen; en la de espionaje, comete uno".

Sin embargo, cabe hacer una distinción importante entre las novelas de espías de carácter realista -a menudo escritas por antiguos profesionales- y las novelas puramente de aventuras, muy fantasiosas, en las cuales los principios y métodos descritos no corresponden a los verdaderos del mundo del espionaje, siempre más discretos y modestos, por ejemplo las estereotipadas novelas de James Bond, escritas sin embargo por un antiguo espía, Ian Fleming.

En la novela de espías realista existe siempre un componente ético, varios de sus temas más frecuentes -más allá del enigma o el misterio a descifrar o descubrir- son la duplicidad moral entre traición y lealtad (tema del agente doble), la identidad, el nihilismo, la corrupción, la injusticia, la opresión, el sacrificio, la paranoia, el patriotismo, la decadencia, la venganza, el engaño, etc. Los argumentos suelen tener que ver con las tácticas de infiltración y penetración (topos), el soborno, el chantaje, el robo o el sabotaje.

Antes de la Primera Guerra Mundial El desarrollo del espionaje moderno y su reflejo literario corresponde al y al , cuando se crearon las primeras agencias de información, contrainteligencia e intoxicación: la Ojrana rusa, antecesora de la Checa, el NKVD, el GRU y el KGB soviéticos, se crearon en 1881; el Deuxième Bureau francés, antecesor de la DGSE, en 1871; el MI5 y el MI6 británicos en 1909; diversas agencias estadounidenses ya existían en el XIX, pero la OSS y la CIA modernas que las unificaron fueron fundadas en la primera mitad del XX y el Shin Bet o Shabak desembocó en su sucesor, el Mosad israelí, en 1949. El Abwehr fue el servicio de inteligencia alemán durante la II Guerra Mundial; le sucedieron el BND en la Alemania occidental y la Stasi en la del Este.

Al principio fueron unas cuantas novelas sueltas tempranas las que empezaron a tratar ya los tópicos del tema; quizá el primer autor es el estadounidense James Fenimore Cooper con El espía (1821) y The Bravo (1831). Un asunto tenebroso (1841) del escritor del realismo Honoré Balzac es ya una novela de espías. La autobiografía (1819) del turbio y famoso director de la policía de Napoleón Joseph Fouché (1759-1820), creador del espionaje moderno, ya había divulgado algunos de los procedimientos usados por los servicios de inteligencia de entonces, y la biografía que le consagró Stefan Zweig en 1929 también contribuyó a ello: Fouché, el genio tenebroso. Casanova narró algunas de sus aventuras como espía en sus popularísimas Memorias, y los agentes secretos son personajes habituales en las novelas de aventuras históricas de Alejandro Dumas: basta recordar a su famosa Milady de Winter o a su Cagliostro. Algunos de los relatos de Sherlock Holmes, que se han leído como novelas policiacas, son sin embargo ya un ejemplo temprano del género; por ejemplo, la Aventura del tratado naval y la Aventura de los planos de Bruce-Partington, en que Holmes protege secretos británicos de vital importancia de espías extranjeros, mientras que en Su última reverencia él mismo es un agente doble que suministra información falsa a los alemanes al borde ya de la Primera Guerra Mundial. Incluso nos hace saber el narrador que el hermano de Sherlock, Mycroft, trabaja en el servicio de inteligencia del gobierno británico. El agente secreto (1907) de Joseph Conrad ofrece una mirada más seria sobre el espionaje y sus consecuencias, tanto para los individuos como para la sociedad. La novela narra la historia y tragedias personales de los componentes de un grupo revolucionario que pretende volar el observatorio de Greenwich. En 1908 el género se hallaba ya tan afianzado que incluso se publicó una de sus primeras parodias en El hombre que fue Jueves, de Gilbert Keith Chesterton.

Con todo, el primer autor consagrado extensamente al género fue el periodista (y, al parecer, también espía) William Tufnell Le Queux (1864-1927), quien escribió unas veinticinco novelas de este tipo, aproximadamente la cuarta parte de todas las que hizo. La primera fue su Guilty Bonds (1890), escrita a su vuelta de Rusia y prohibida en esa nación, al igual que su A secret service (1898). Pese a su estilo abominable, fue el más dedicado al género y el más leído hasta que llegó Eric Ambler, quien maduró los tópicos del género y creó algunos otros más. También destaca Kim (1901) de Rudyard Kipling, basado este último en El Gran Juego (rivalidad entre el imperio británico y la Rusia zarista particularmente cruenta en los Balcanes y en Afganistán). El Gran Juego será uno de los temas perdurables del género, posteriormente como mero enfrentamiento entre Gran Bretaña y la URSS en el y junto al de la lealtad y la traición. También es preciso mencionar La pimpinela escarlata (1905) de la Baronesa Orczy, que narra las aventuras de un aristócrata inglés que rescata a los nobles galos perseguidos por la Revolución francesa. Pero fue el Enigma de las arenas, novela de Robert Erskine Childers, la que definió la novela de espionaje típica antes de la Primera Guerra Mundial. Las novelas de espionaje más leídas eran las de William Le Queux, aunque su prosa ordinaria ha relegado sus obras a tiendas de libros de segunda mano. El segundo más popular era Edward Phillips Oppenheim. Juntos escribieron cientos de novelas de espías entre 1900 y 1914, aun cuando de escaso valor literario.

Tras la I Guerra Mundial, el autor más leído fue John Buchan, un habilidoso propagandista: sus novelas reflejaban la guerra como un conflicto entre civilización y barbarie. Entre ellas las más conocidas son Los Treinta y nueve escalones, cuyo título fue reempleado en una película de Hitchcock, así como Greenmantle y sus secuelas. Sus novelas todavía se reeditan. Las novelas de entreguerras principalmente ficcionalizan la lucha contra los bolcheviques. En Francia Gastón Leroux naturaliza en 1917 la novela de espionaje con su pionera Rouletabille chez Krupp, donde por primera vez aparece su detective Joseph Rouletabille.

Segunda Guerra Mundial El género se volvió más consistente e importante durante la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez aparecen novelas escritas por agentes de inteligencia retirados, como Somerset Maugham, que describe de forma certera el espionaje en la I Guerra Mundial en su novela Ashenden, en realidad una serie de relatos de espías conexos. Compton Mackenzie, otro agente británico retirado, escribió la primera sátira del género de espionaje tras la de Chesterton. En 1955 se divulga la historia del más peligroso espía al servicio de los nazis, Elyesa Bazna. Sin embargo, todavía no son conocidos los casos de intoxicación de Garbo y de la descodificación de la máquina encriptadora Enigma y se desconoce la infiltración de un topo al servicio de los soviéticos en el proyecto Manhattan.

Eric Ambler escribió sobre gente ordinaria atrapada en una red de espionaje en Epitafio a un espía (1938), La máscara de Dimitrios, y Journey into Fear (1940). Ambler es notable (y para algunos sorprendente) por introducir la perspectiva izquierdista en el género, que solía mostrar una actitud más conservadora y acorde al gobierno.

En 1939, la escocesa Helen MacInnes publica Above Suspicion, comenzando una carrera exitosa durante 45 años que se ganó a la crítica por sus intrincadas tramas y su particular reflejo de la historia contemporánea. Otros títulos famosos incluyen Assignment in Brittany (1942), Decision at Delphi (1961) y Ride a Pale Horse (1984).

En 1940, Manning Coles (pseudónimo de Adelaide Frances Oke y Cyril Henry Coles) publica Drink to Yesterday, la primera en la serie de Thomas Elphinstone Hambledon. Es una adusta historia enclavada en la Primera Guerra Mundial. Las novelas posteriores ocurren en la Alemania Nazi o la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial y exhiben un tono más ligero, a pesar de las graves situaciones que describen. Tras la guerra, las novelas de Hambledon comenzaron a estereotiparse, por lo que el interés decreció.

La guerra fría La Guerra fría tras la Segunda Guerra Mundial dio un gran impulso al género. Graham Greene (1904-1991) poseía un gran conocimiento del oficio, porque su tío, Sir William Graham Greene, ayudó a crear el Servicio de Inteligencia naval, y su hermano mayor, Herbert, espió para el Imperio japonés en los años 30; es más, su hermana menor, Elisabeth, le reclutó para el MI6, la inteligencia británica; tras servir en África, le destinaron a la Sección V a las órdenes directas de Kim Philby, el célebre agente doble de Los cinco de Cambridge. Y se inspiró en sus propias experiencias con el MI6 para crear una serie de novelas izquierdistas y antimperialistas como El americano impasible (1952), ubicada en Saigón, Un caso inacabado (1961), sobre el Congo Belga, Los comediantes (1966), en Haití, El cónsul honorario (1973), en Corrientes (Argentina) y El factor humano (1978), sobre un agente doble en Londres dividido también moralmente. La más popular de sus novelas fue Nuestro hombre en La Habana (1959), novela con toques de comedia sobre un espía británico en la Cuba precastrista. Pero su obra maestra es El factor humano, donde el tema de la traición, constante en su obra, se convierte en "otra lealtad", se inviste también de una desolada filosofía existencial y se tratan a fondo los temas morales con una prosa excepcional y una consumada estructura dramática. Las últimas biografías de Greene han descubierto que estuvo trabajando para el servicio de inteligencia británico hasta su misma muerte, de forma que ya no se sabe bien si su faceta de escritor fue en realidad la tapadera de sus labores como espía.