thumb|200px|Busto de princesa hallado en Tell el Amarna

El hombre y la mujer estaban bien diferenciados en la sociedad tradicional, aunque tampoco parece que hubiera una barrera insuperable para quien quisiera variar el esquema.

El lugar que ocupaban en el Antiguo Egipto es semejante al que ocupaban las mujeres en otras culturas de la época, inclusive al de épocas posteriores. A pesar de esto, está muy distante de la sociedad griega, donde la mujer era considerada como «un menor de edad eterno», ya que el egipcio de aquel tiempo reconocía a la mujer como su complemento, y no como su igual ni como su inferior.

Este respeto se expresaba claramente tanto en la teología como en la moral. La insistencia de los moralistas egipcios en recordar al hombre sus deberes hacia las mujeres, hace suponer que no fue raro en la práctica que algunos varones abusaran de su posición.

Igualdad ante la ley

miniatura|left|Estatua de Idet y Ruiu, caliza; procedencia: Tebas, Necrópolis tebana (¿?); Imperio Nuevo, dinastía XVIII, 1480–1390 a. C.; Museo Egizio, Turín (C.3056).

Para los antiguos egipcios, los niños eran lo más importante. En la familia, la mujer era la «dueña de la casa», a diferencia de la Antigua Grecia o Roma, donde quien dirigía la familia era el hombre (pater familias) .

Parece que varón y mujer eran iguales ante la ley, en contraste con el derecho griego y el romano. Ellas podían manejar su propia herencia o estar al frente de un negocio, como la dama Nenofer en el Imperio Nuevo; podían ser también médicos, como la dama Peseshet durante la Dinastía IV.

thumb|Escena de caza.

Al casarse, la mujer mantenía su nombre, con el añadido «esposa de X», lo que es natural ya que el matrimonio no constaba como un acto administrativo, cosa rara en un Estado con la mayor burocracia posible, ni tampoco era una demostración religiosa. Simplemente, ratificaba el hecho de que un hombre y una mujer deseaban convivir, eso en el caso en que se hiciera un contrato matrimonial, que no era necesario más que a efectos económicos para diferenciar el patrimonio de cada cual.

El marido debía garantizar el bienestar de su esposa, incluyendo, por supuesto, el plano material. El escriba Ani del Imperio Nuevo aconsejaba así al futuro esposo:

Por supuesto las cosas no siempre transcurrían de forma idílica, y el divorcio estaba admitido. Se daba por iniciativa de uno u otro cónyuge: si procedía el marido, tenía que ceder una parte de los bienes a su esposa; si era la mujer quien tomaba la iniciativa, ella tenía la misma obligación, pero en una medida menor. Existía la posibilidad del recurso ante la Administración, para recuperar los bienes del hogar, aunque aquella no hubiera intervenido en el matrimonio. Podía ganar el juicio y casarse de nuevo, como lo demuestran los papiros arameos de Elefantina ().

El himno a Isis (papiros de Oxirrinco, ), muestra esta igualdad de la mujer y el hombre, dirigiéndose a la diosa «el honor del sexo femenino»:

También se la consideraba compañera de su esposo, y solía acompañarle en múltiples ocasiones a cazar y a pescar, cogidos de la mano y a veces desempeñaba el papel de consejera, incluso en asuntos políticos.

Desgraciadamente, la insistencia de los moralistas egipcios en recordar al hombre sus deberes hacia las mujeres, hace suponer que no fue raro en la práctica que los varones abusaran de su posición.

Los hijos, frecuentemente, se designaban con el nombre de su madre, ya que el nombre del padre era secundario. Como en todas las culturas tradicionales, había un gran vínculo entre generaciones familiares siendo norma que los hijos protegieran a sus progenitores ancianos. En la casa de familias acomodadas, la mujer tenía sus propias estancias, el opet, donde convivía con sus hijos y la servidumbre.

Son innumerables sus representaciones al lado de su marido. Durante el Imperio Antiguo, aunque las representaciones de las mujeres estaban jerarquizadas y eran de menor tamaño que la de sus maridos, su importancia social era destacable, pues además, las propiedades pasaban de madres a hijas.

A partir de la Dinastía XVIII con Amenofis III, su gran esposa real Tiy fue representada en todos los monumentos construidos por su marido, en condiciones casi de total igualdad con él. Posteriormente, similar sería el caso entre Akenatón y su esposa Nefertiti.

La mujer en la literatura

Si pintores y escultores nos muestran a la mujer con una imagen serena en el entorno de una familia floreciente, los escritores no dudan en hacerla aparecer como el origen de distintas desgracias y la culpable de varios pecados.

Así, citado por Gaston Maspero en Cuentos populares, encontramos las desventuras de Bytau, un modesto criado de una granja, hermano de Anupu.

Seducido por la mujer de Anupu, Bytau se rinde al encanto de la hermosa dama… que no vacila en delatarlo después ante Anoupou; la pérfida mujer no parará hasta obtener de su marido un severo castigo para el pobre Bytau.

Pero ella fue castigada a su vez: Anupu comprende, demasiado tarde, que era el juguete de su mujer, por lo que la mata y arroja su cuerpo a los perros.

Guardémonos de una interpretación errónea: la descripción poco aduladora de la mujer en la literatura no significa que sea despreciada: el faraón se beneficia a menudo del mismo tratamiento por los narradores, que le presentan como limitado y fantástico. thumb|250px|El Papiro Prisse (1900 a. C.), uno de los textos más antiguos del mundo.

El hombre es invitado a cuidar a su mujer; así el escriba Ptahhotep, de la Dinastía III se expresa de la siguiente manera (en el Papiro Prisse, del 1900 a. C., uno de los textos más antiguos del mundo):

Pero también aconsejaba:

El romanticismo está presente en la literatura egipcia, por ejemplo, en un papiro egipcio que actualmente se encuentra en poder del Museo de Leiden (Alemania):

Imagen divina

thumb|Isis como madre.

Entre la gran abundancia de divinidades de la mitología egipcia, existen numerosas diosas, como en el caso de Grecia. Estudiar sus símbolos indica la imagen que tuvo la mujer a los ojos de los egipcios de la antigüedad.

Como las divinidades griegas, muchas están relacionadas entre sí por lazos de sangre o maritales, como, por ejemplo, Isis y su hermana Neftis, esposas respectivas de Osiris y de Seth, asimismo hermanos.

La mujer y su imagen se asocian muy a menudo con la vida y la fertilidad. Este es el caso de la diosa Isis, que se asocia con varios principios: en tanto que esposa de Osiris, que fue matado por su hermano, se relaciona con los ritos funerarios. Como madre, se convierte en la protección femenina pero, especialmente, como símbolo de la matriz, la que da la vida. Por medio de esta diosa, los principios de la vida y la muerte se unen estrechamente. De hecho, aunque ella esté asociada con los ritos funerarios, es necesario recordar que la meta de estos ritos era evitar al difunto el experimentar una segunda muerte en la otra vida, lo que además explica el alimento descubierto en las tumbas por los arqueólogos. Por otra parte, la vida en su aspecto físico no tiene sentido más que por la muerte, porque ambos principios forman parte de un proceso de renacimiento eterno que es, en un sentido espiritual, el ciclo de la vida. Uno de los símbolos de la diosa es la palmera, el símbolo de la vida eterna: Isis insufla a su esposo muerto el soplo de vida eterna.

Esta idea de la vida eterna y de la madurez que refleja Isis, reverenciada como Madre celestial la hará, con el paso del tiempo, la diosa más importante de la mitología egipcia, llevando su influencia a las religiones de diferentes civilizaciones donde su culto se consolidará, especialmente en todo el imperio romano.

Las diosas más influyentes son: Isis: la Gran Maga, la gran diosa Madre amorosa, esposa fiel, reina de los dioses, diosa de la maternidad y del nacimiento. Hathor: la diosa del amor, de la belleza, diosa nutricia, de la danza y las artes musicales, y patrona de los ebrios. Bastet: la diosa protectora del hogar. Sejmet: la diosa feroz. Tueris: la Grande: diosa de la fertilidad, protectora de las embarazadas.

Reinas

Raras son las civilizaciones antiguas donde la mujer podría alcanzar puestos sociales importantes. En Egipto, no solo no son raros los ejemplos de mujeres como funcionarias de alto rango, sino que asombra otra vez (por la época), el descubrir a mujeres en la función suprema de faraón. miniaturadeimagen|Hatshepsut. La sociedad egipcia de la antigüedad, como muchas otras civilizaciones de la época, utilizaban la religión como punto de referencia. Así se justificó el derecho al trono de los faraones: en tanto que eran ungidos de los dioses, tenían derecho divino al trono.

Generalmente, en las sociedades antiguas la transmisión del derecho a gobernar era por línea masculina: El hijo heredaba el poder, y en el caso en que el rey no hubiera tenido ninguno, el trono recaía en los miembros masculinos más cercanos de la familia, tal como hermanos, primos o tíos. Pues aunque el monarca tuviera hijas, estas no podían alcanzar el poder, salvo en el caso de que las hubieran casado con el futuro rey.

En la civilización egipcia, esta obligación de transmisión masculina tuvo diferente valor; la «sangre real» era el factor de legitimidad divina, el criterio determinante para el acceso al trono: esa legitimidad la transmitían las mujeres, por lo que los herederos varones de esposas secundarias se casaban con sus medio hermanas, hijas de la Gran Esposa Real, que a su vez eran hijas de la anterior Gran Esposa Real. Por eso, la «esencia divina» podía ser entregada a la Gran Esposa Real, como fue el caso de Nefertiti, casada con Akenatón.

En algunas ocasiones, los egipcios prefirieron ser gobernados por una mujer de sangre real (por lo tanto divina, según la religión) antes que por un hombre que no la tuviera. Por eso, en tiempos de crisis sucesorias, las mujeres accedían al poder. En ese caso, la reina faraón adoptaba todos los símbolos masculinos, por lo que existen dudas del sexo de ciertos faraones, que podrían ser mujeres.

En la dinastía XVIII, tras la muerte de Amenhotep I, su sucesor Thutmose I era solo el hijo de una esposa secundaria del faraón difunto; su matrimonio con Ahmose, hermana de Amenhotep, le permitíó ser legitimado divinamente. En la generación siguiente, la princesa Hatshepsut, la hija de Thutmose I y de su Gran Esposa Real, permite a Thutmose II, hijo de una esposa secundaria y por lo tanto medio hermano de la princesa, la subida al trono al casarse esta con él. thumb|Nefertari.

No fue raro en Egipto ver a las mujeres ascender al trono, como hizo Hatshepsut, que lo ocupó en lugar de su sobrino Thutmose III, o la famosa Cleopatra, Cleopatra VII (69 a 30 a. C.), que expulsó a su hermano Ptolomeo XIII del trono. Fue tan conocida por su belleza como por sus amores sucesivos con Julio César y Marco Antonio, dependiendo ambos de ella para legitimar su coronación como reyes de Egipto.

Entre las reinas-faraón más conocidas están:

Nitocris, de la Dinastía VI. Neferusobek de la Dinastía XII. Hatshepsut de la Dinastía XVIII. Semenejkara de la dinastía XVIII, aunque existen dudas. Tausert de la Dinastía XIX. Cleopatra VII de la Dinastía ptolemaica.

Es necesario tener también en cuenta el papel considerable, tanto en el aspecto político como en el diplomático, de varias Grandes Esposas Reales:

Tiy, esposa de Amenhotep III, que la hizo Gran Esposa a pesar de no ser de sangre real. Nefertiti, esposa de Amenhotep IV, fiel colaboradora y posible regente. Nefertari, esposa de Ramsés II, del que fue consejera.

En el Imperio Nuevo la Gran Esposa Real era investida a menudo de un papel divino: «esposa del dios», «mano del dios»; Hatshepsut fue la primera Gran Esposa (de Thutmose II) que recibió este último título. Véase también: Las Reinas de Amarna.

Hatshepsut, la reina-faraón