Tisquesusa, también llamado Thisquesuza, Thisquesusha, Thysquesuca o Tisquesusecha (†. 1537 Facatativá) fue el último zipa de Bacatá según el orden tradicional de sucesión, y el penúltimo de facto. Gobernó durante veinticuatro años, desde 1514 hasta 1538, cuando fue asesinado por el soldado Alonso Domínguez, el cual desconocía su identidad. Sucedió en el trono a su tío, Nemequene, y fue sucedido por su hermano, Sagipa.
Durante su gobierno llegaron los españoles a la Confederación Muisca, al mando de Gonzalo Jiménez de Quesada.
Tisquesusa es considerado el último Zipa legítimo, pues fue el último en ocupar el trono por vía de sucesión matrilineal, de tío a sobrino, como dictaba la tradición muisca.
Príncipe heredero thumb|200px|El Zipa Nemequene, tío y predecesor de Tisquesusa.
En 1490, luego de que en la Batalla de Chocontá murieran el psihipqua Saguamanchica y el hoa Michuá, Nemequene, recién entronizado como nuevo Zipa de Bacatá, convocó a un concejo de Uzaques (nobles de sangre pura) para nombrar a su sobrino, Tisquesusa, como príncipe heredero y general de los ejércitos del Zipazgo. En ese momento, el príncipe Tisquesusa se educaba en Chía,De Plaza, José Antonio. Memorias para la historia de la Nueva Granada (Bogotá, Imprenta del Neo-Granadino, por Ramón González; 1850), p. 43 conocida como la "Ciudad de la Luna" y del linaje de los Zipas, pues se creía que éstos descendían de la diosa de la Luna, llamada también Chía, o Chie.
Sometimiento de los sutagaos Los sutagaos, al enterarse de la muerte de Saguamanchica, se habían sublevado con el ánimo de recuperar su independencia y liberarse del yugo del Zipazgo. Nemequene le confió entonces a Tisquesusa el mando sobre cuarenta mil güechas (guerreros muiscas), con los que el príncipe heredero marchó por entre la senda de Tibacuy y Pasca para atacar a los sutagaos, mientras, en otro frente, los enviados de Nemequene fortificaban y guarnicionaban las fronteras con los panches. El príncipe hizo trazar un ancho camino por la montaña de Subya, cuyos vestigios eran aún visibles a la llegada de los españoles.Uricoechea, Ezequiel. Memoria sobre las antiguedades neogranadinas (Berlín, Librería de F. Schneider; 1854), p. 13 El Cacique de Fusagasugá, al enterarse de la cercanía de Tisquesusa, intentó huir, dejando a su ejército desorganizado. Sin embargo, Tisquesusa lo capturó y lo ejecutó en el acto. Luego dejó un destacamento de güechas en Tibacuy y partió para Bacatá con un inmenso botín.Plaza, José Antonio de. Compendio de la historia de la Nueva Granada: desde antes de su descubrimiento, hasta el 17 de noviembre de 1831 (Imprenta del Neogranadino; Bogotá, 1850), p. 6
Batalla de Las Vueltas thumb|180px|El Zaque Quemuenchatocha.
En 1514, una vez que Nemequene hubo pacificado relativamente el interior del Zipazgo, convocó a un Concejo de Uzaques, a los que les expresó su deseo de declarar la guerra contra el Zaque Quemuenchatocha, sucesor de Michuá, pues consideraba una afrenta que el Zaque estuviera a su mismo nivel, y no sometido a su autoridad.
Al enterarse del plan de invasión, el Zaque preparó un ejército de cincuenta mil güechas, de los cuales doce mil habían sido enviados por el Sumo Sacerdote de Iraca. Entre tanto, el ejército del Zipa fue organizado así: Zaquesazipa, hermano menor de Tisquesusa, comandaría la vanguardia del ejército; Tisquesusa iría a la retaguardia, mientras que Nemequene obraría como general en jefe. La batalla definitiva tuvo lugar en el sitio de "Las Vueltas", por donde corre un pequeño arroyo del mismo nombre, y fue sostenida por ambas partes desde el mediodía hasta casi entrada la noche. El ejército del Zipa ya contaba con la victoria cuando Nemequene, entusiasmado por el ardor del combate, se lanzó al campo contrario, donde fue herido por un dardo en el pecho. La noticia se propagó rápidamente entre sus hombres, pero Zaquesazipa impidió la deserción, ordenando en cambio una retirada cautelosa. El Zaque Quemuenchatocha, satisfecho por no haber perdido territorio, volvió a Hunza, mientras que Nemequene fue trasladado, durante cinco días y cinco noches, sin parar, hasta el palacio de Funza, donde fue atendido sin éxito por sus chyquy (sacerdotes muiscas). A las pocas horas de haber llegado a Funza, Nemequene murió, por lo que su sobrino, Tisquesusa, asumió el trono del Zipazgo.Plaza, José Antonio de. Compendio de la historía de la Nueva Granada: desde antes de su descubrimiento, hasta el 17 de noviembre de 1831 (Imprenta del Neogranadino; Bogotá, 1850), p. 8
Ascenso al trono thumb|left|170px|Tisquesusa.
Marcha contra el Zacazgo Tras la muerte de Nemequene, Tisquesusa fue a la Laguna Sagrada de Guatavita para cumplir con la ceremonia de entronización. Después nombró a su hermano, Sagipa, general de los ejércitos. Sagipa logró muy pronto someter al cacique de Ubaque, que se quería aliar con el hoa. Al concluir la ceremonia de El Dorado, Tisquesusa se apresuró a unirse de nuevo a su hermano para emprender un ataque definitivo contra el hoa Eucaneme, puesto que había jurado vengar la muerte de Nemequene.De Plaza, José Antonio. Memorias para la historia de la Nueva Granada (Bogotá, Imprenta del Neo-Granadino, por Ramón González; 1850), p. 48 El psihipqua se puso a la cabeza de un ejército de sesenta mil güechas, con los que sometió a los caciques de Cucunubá, Tibirita y Garagoa.Uricoechea, Ezequiel. Antiguedades neogranadinas (Tercera edición. Editorial Minerva S.A., Bogotá), p. 54 Después invadió Sutatenza, territorio del hoa. A la vanguardia iba el cacique de Guasca, que había sido uno de los generales más ilustres del difunto Nemequene, y en la retaguardia iba Quixinimpaba, distinguido Uzaque y pariente cercano de Tisquesusa.
Advertido el hoa del ataque que contra él dirigía el nuevo psihipqua, reorganizó rápidamente su ejército, al que agregó mercenarios traídos de Vélez, y se dirigió a Turmequé, para enfrentar allí a su adversario.
Intervención del Iraca Cuando los dos ejércitos estaban a punto de enfrentarse, llegó un embajador de Suamox (hoy Sogamoso), la tierra santa de los muiscas, con un mensaje del Iraca, el Sumo Sacerdote, al que se consideraba sucesor del legendario Bochica. El Iraca ordenaba a las dos partes pactar una tregua durante veinte lunas (cerca de dos años), mediante una considerable cantidad de oro que debía ser entregada por Eucaneme a Tisquesusa.
Sometimiento de Ubaté y Susa
Aceptada la tregua por ambas partes, Tisquesusa regresó a Muyquytá, dejando a Sagipa el mando sobre veinte mil güechas, con la misión de someter a los Cacique de Ubaté y Susa, que se habían rebelado. En el camino, quiso Tisquesusa visitar a Furatena, la poderosa Cacica de los muzos, que era conocida por su sabiduría y hermosura, pero las noticias que le llevó un mensajero le hicieron suspender su viaje.
Llegada de los españoles thumb|200px|Gonzalo Jiménez de Quesada a su llegada a la Sabana de Bogotá.
El mensajero que interrumpió la marcha de Tisquesusa le dijo que había sido enviado por el Cacique de Suesuca (hoy Suesca), el cual le mandaba a decir que unos extraños hombres de piel blanca y barbas largas, que disparaban truenos y traían consigo unos animales como dioses, nunca antes vistos, se dirigían a las inmediaciones de Nemocón.
Algunos años antes, un sacerdote de Ubaque, llamado Popón, le había profetizado a Tisquesusa que moriría «ahogado en su propia sangre» a causa de unos extranjeros venidos de tierras lejanas. Esta profecía hizo que la primera reacción del Zipa, al enterarse de la llegada de los hombres blancos, fuera evitar su contacto a toda costa, a la vez que ordenó que un comando de espías le mantuviese al tanto de todo lo referente a los invasores.
Sagipa se enfrenta a los españoles
Entre tanto, el general Sagipa se enfrentaba a los españoles, al mando de seiscientos de sus mejores güechas, creyendo que serían suficientes para derrotar a los pocos forasteros. La tropa de Sagipa llegó al pie de la colina que divide Nemocón de Suesca, por el lado del Oriente, cuando ya Quesada había pasado con la vanguardia. En la retaguardia marchaban los españoles enfermos, escoltados por una guardia de caballería a la que atacaron los güechas de Sagipa, llevando en sus espaldas las momias de los guerreros más valerosos que habían muerto en medio de combates, como tenían por costumbre.
Los dardos, tiraderas y macanas de los muiscas no hicieron mucho daño a los españoles, que se defendieron hasta que llegaron los refuerzos pedidos a Quesada. Éstos arremetieron contra el escuadrón indígena, aprovechando sobre todo el pánico que causaban los caballos en los guerreros indígenas, causándoles una gran mortandad, hasta que los güechas que quedaban se vieron obligados a huir.Acosta, Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada (París; Imprenta de Beau, en San Germán en Laye; 1848), p. 215
Refugio del Zipa en Sumungotá
Por el consejo de los que le acompañaban, Tisquesusa decidió refugiarse en la fortaleza militar de Sumungotá, también conocida como Busongote, situada a media legua (unos 2 km aprox.) de Cajicá, al pie de la sierra. La fortaleza estaba rodeada por muros de anchos troncos y cañas entretejidas, de quince pies de altura (unos 4,5 m aprox.), cubiertos por un tupido toldo de algodón. La fortaleza medía cinco varas de ancho por dos mil de largo, y adentro había grandes edificaciones que servían como almacenes en los que se guardaban las armas, provisiones y pertrechos.
Huida del Zipa de Sumungotá
No alcanzó Tisquesusa a instalarse en Sumungotá cuando un nuevo mensajero llegó con la noticia de que su hermano, Zaquesazipa, había sido derrotado, aunque seguía con vida, pero los extranjeros, que habían llegado a Nemocón, se habían enterado ya del paradero del Zipa y ahora se dirigían hacia Sumungotá. Fue tal la premura de Tisquesusa ante esta noticia que decidió abandonar la fortaleza de inmediato, partiendo a pie, y no en andas, como era lo acostumbrado. Al día siguiente, los españoles llegaron a Sumungotá y se apoderaron de todas las provisiones que encontraron, incluyendo las andas del Zipa, que estaban hechas de madera fina enchapada en oro con abundantes incrustaciones de plata y esmeraldas.
Llegada de los españoles a Chía
Chía era conocida como la ciudad de la Luna y del linaje de los Zipas. El Cacique de Chía, llamado Chiayzaque, sobrino y legítimo sucesor de Tisquesusa, al enterarse de las noticias que llegaban sobre los extraños invasores, decidió huir con toda su Corte. Corrió el rumor de que el Cacique, antes de emprender la huida, escondió sus tesoros en los altos peñascos que hay al oriente del pueblo, en lo que hoy es Yerbabuena, aunque nunca pudieron hallarse.
Los españoles llegaron a Chía en tiempo de Semana Santa. Allí recibieron a los embajadores de Suba y Tuna, quienes les ofrecieron mantas, oro y otros regalos, y expresaron tanta sumisión a los españoles, que desde entonces fueron sus mejores aliados entre los muiscas. El Cacique de Suba le ofreció a Jiménez de Quesada hospedaje en su cercado, oferta que fue aceptada, puesto que Suba estaba en el camino hacia Funza, capital del Zipazgo.
Llegada de los españoles a Suba
En Suba estuvieron los españoles ocho días, durante los cuales Jiménez de Quesada le envió continuos mensajes al Zipa, intentando, sin éxito, concertar un encuentro. El Zipa mandaba responder a estas peticiones diciendo que pronto permitiría el encuentro, y le enviaba a los españoles abundantes regalos de carne y mantas, mientras intentaba ganar tiempo, informándose del mayor número de datos sobre los invasores.
Durante esos días, el Cacique de Suba enfermó repentinamente, probablemente de gripe, enfermedad desconocida hasta entonces en América, y murió luego de recibir el bautismo, siendo el primer muisca bautizado en la fe católica. Fray Domingo de las Casas, capellán de la expedición, fue el encargado de bautizar al Cacique.
Desalojo de la población de Funza