thumb|250px|Escudo de armas de España (versión burocrática) adoptado por el general Franco en 1938. El nombramiento del general Franco como Jefe del Gobierno del Estado fue decidido el 28 de septiembre de 1936 en una reunión de los altos mandos militares del sector del Ejército que se había sublevado, y que una semana antes lo habían designado como Generalísimo. Los generales votaron nombrarlo «Jefe del Gobierno del Estado, mientras dure la guerra civil», pero en el decreto de la Junta de Defensa Nacional del día 29, publicado en el Boletín Oficial de la Junta de defensa del día 30, se suprimió la acotación «mientras dure la guerra» y se añadió «quien asumirá todos los poderes del nuevo Estado». Al día siguiente, 1 de octubre, en una ceremonia solemne celebrada en la sede de la Capitanía General de Burgos el general Franco fue investido con sus nuevos poderes como «Jefe del Estado», que fue el título que ostentó durante su larga dictadura —el 1 de octubre sería conmemorado oficialmente todos los años como el día de la «Exaltación de Franco a la Jefatura del Estado» o simplemente como «Día del Caudillo»—. «El proceso por el que se llegó a la elección de Franco como jefe militar y político de la sublevación fue complejo y las fuentes históricas han sido bastante poco coincidentes en su descripción y en su cronología».

Antecedentes

La Junta de Defensa Nacional

Los militares que se sublevaron en julio de 1936 no habían concretado ningún proyecto político, excepto acabar con la situación existente. Los había monárquicos alfonsinos (como los generales Alfredo Kindelán, Luis Orgaz y Andrés Saliquet) pero también carlistas (como el general José Enrique Varela) e incluso republicanos (como Gonzalo Queipo de Llano y Miguel Cabanellas) —sin embargo, no había ningún general que simpatizara con el fascismo o con Falange— Precisamente esta diversidad es lo que explicaría la indefinición política de la sublevación que no fuera más allá de derribar el gobierno del Frente Popular y acabar con la supuesta amenaza de una revolución proletaria, mediante el establecimiento de una dictadura militar presidida por el general Sanjurjo, exiliado en Portugal. La indefinición política se puso en evidencia durante las conversaciones que antes del golpe mantuvo con los carlistas el general Mola, El director de la conspiración. Aunque éste habló de establecer una «dictadura republicana», ante la insistencia de los carlistas de que los sublevados utilizaran la bandera monárquica, Mola les dijo que irían «sin ninguna». Las ideas que compartían los militares las sintetizó el propio Mola de esta forma: «Somos nacionalistas; nacionalista es lo contrario de marxista». En una alocución radiada el 31 de julio, a los pocos días de la sublevación, dijo: «Quiero que el marxismo y la bandera roja del comunismo queden en las Historia como una pesadilla».

El jefe indiscutido de la sublevación era el general Sanjurjo. Así cuando el aviador Juan Antonio Ansaldo fue a Estoril para llevarlo a España se puso a sus órdenes como jefe del Estado español. Asimismo el general Franco cuando nada más aterrizar en Tánger el 19 de julio para encabezar el Ejército de África decidió enviar a Roma a Luis Bolín para solicitar la ayuda militar de la Italia fascista, le ordenó que pasara antes por Lisboa para informar a Sanjurjo y obtener su autorización, cosa que hizo.

Todo cambió el 20 de julio cuando el general Sanjurjo murió en el accidente que sufrió nada más despegar el avión que iba a trasladarlo a España desde un aeródromo improvisado cercano a Estoril, aunque Ansaldo, el piloto, sobrevivió. Los generales sublevados se quedaron sin jefe y como Franco estaba aislado en el Protectorado de Marruecos, el general Mola asumió la dirección política del golpe. El 24 de julio creó en Burgos una Junta de Defensa Nacional para suplir en parte la carencia de un mando único, presidida por el general de mayor graduación y más antiguo, Miguel Cabanellas, jefe de la División Orgánica de Zaragoza, pero cuya autoridad sobre el resto de generales era puramente nominal. Junto a Mola y Cabanellas formaban parte de la Junta el general Saliquet, el general Ponte, el general Dávila, el coronel Montaner y el coronel Moreno Calderón. De la Junta quedaron excluidos los civiles debido a que era un organismo provisional, como lo demostraría el hecho de que no tomó «ninguna decisión verdaderamente irreversible». La Junta «sólo pretendía asegurar las mínimas funciones administrativas hasta que la esperada ocupación de Madrid permitiese hacerse con los órganos centrales estatales residentes en la capital». La dirección de las operaciones militares siguió en manos de los generales que mandaban las tres zonas que habían quedado en poder de los sublevados, y la Junta se limitó a confirmarlos en sus puestos.

En realidad el poder efectivo de la Junta se reducía a la zona norte, controlada por Mola, ya que en el sur el general Queipo de Llano había constituido de facto una especie de virreinato sobre Andalucía Occidental con capital en Sevilla y el general Franco era el jefe supremo de las fuerzas del Protectorado español de Marruecos. De hecho los generales Franco y Queipo de Llano, junto con el general Orgaz, no se incorporaron a la Junta hasta el 3 de agosto, el mismo día en que Franco estableció su cuartel general en Sevilla.

En el primer decreto que promulgó la Junta declaró que asumía «todos los poderes del Estado» y en los siguientes —llegó a promulgar 142— extendió a toda España el estado de guerra —lo que sirvió de base para someter a consejos de guerra sumarísimos a todos los que se opusieran a la rebelión militar—, ilegalizó los partidos y sindicatos del Frente Popular y prohibió todas las actuaciones políticas y sindicales obreras y patronales de las organizaciones que habían apoyado el golpe «mientras duren las actuales circunstancias». La Junta también nombró un gabinete de prensa y propaganda al que se incorporó Joaquín Arrarás, futuro cronista de la «Cruzada». Su órgano de radio fue Radio Castilla, cuya sede también estaba en Burgos, cabeza de la VI División Orgánica.

Sin embargo, las dos potencias que apoyaron a los sublevados, la Italia fascista y la Alemania nazi, no trataron con la Junta de Defensa sino directamente con el general Franco, ya que fueron sus enviados a Roma y a Berlín, y no los de Mola, los que consiguieron su intervención en el conflicto.

Pronto se planteó la necesidad de lograr la unidad de mando y «constituir un gobierno más sustancial que la Junta de Burgos». Según Enrique Moradiellos, «los triunfos militares cosechados y la expectativa de un próximo asalto final sobre Madrid plantearon a los generales la necesidad de concentrar la dirección estratégica y política en un mando único para aumentar la eficacia del esfuerzo de guerra. Una mera situación de fuerza como la representada por la Junta de generales no podía prolongarse sin riesgos internos y diplomáticos». Un punto de vista compartido por Julio Aróstegui: «Avanzada la lucha, habiendo cambiado las circunstancias militares por las fuerzas del sur, y dado el carácter de la Junta, la unificación del mando de la sublevación era la necesidad más perentoria por motivos militares, políticos e internacionales».

El ascenso del general Franco (julio-septiembre de 1936) thumb|230px|Mola junto al general Franco en una aparición en Burgos el 27 de agosto de 1936, recogida por el periódico alemán Berliner Illustrirte Zeitung. Mola es el que sobresale por la derecha.

Durante los meses previos a la sublevación de julio de 1936 el general Franco consideró que el golpe que estaba organizando el general Mola, no había «más remedio que hacerlo para adelantarse al movimiento comunista que está bien preparado y pendiente de los soviets para desencadenarlo», pero también creía que sería «muy difícil y muy sangriento y durará bastante», tal como le confesó en privado a su ayudante Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón, nada más hacerse cargo de la comandancia de las Islas Canarias a donde había sido destinado por el gobierno del Frente Popular y donde había sido recibido por las fuerzas de izquierda con abucheos y con pancartas que denunciaban al «carnicero de Asturias». Lo mismo le dijo al general Orgaz, que se encontraba en Canarias cumpliendo el destierro ordenado por el gobierno: «Estás completamente equivocado, va a ser enormemente difícil y muy sangriento. No contamos con todo el ejército, la intervención de la Guardia Civil se considera dudosa y muchos oficiales se pondrán de lado de la autoridad constitucional, algunos porque es más cómodo; otros a causa de sus convicciones. No se debe olvidar de que el soldado que se rebela contra la autoridad constitucional nunca puede echarse atrás ni rendirse, porque será fusilado sin pensárselo dos veces».

Franco respetaba la jefatura de Sanjurjo y al parecer a lo que aspiraba tras el triunfo del golpe era al cargo de alto comisario de Marruecos. Por otro lado, como el resto de los militares conjurados, consideraba que el Ejército no estaba sometido al poder civil. Así cuando estando de camino de su nuevo destino como comandante general de las Islas Canarias llegó a Cádiz el 9 de marzo de 1936 le recriminó al gobernador militar que no hubiera sacado las tropas a la calle para acabar con los tumultos que se estaban produciendo en la ciudad, durante los cuales varias iglesias habían sido incendiadas —lo que Franco calificó de «crimen sacrílego»— y cuando éste le contestó que «tenía órdenes de no intervenir» Franco le replicó: «Estas órdenes, por ser indignas, no las debe cumplir ningún jefe de nuestro Ejército», y se negó a darle la mano.

Tras conocer en la madrugada del sábado 18 de julio de 1936 que había triunfado la sublevación en Melilla, en Ceuta y en el Protectorado español de Marruecos, Franco declaró el estado de guerra en Canarias y envió un telegrama a los cuarteles generales de las ocho divisiones orgánicas y a los restantes centros militares importantes de la península animándoles a sumarse a la rebelión:

Inmediatamente envió a Roma a Luis Bolín para pedir la ayuda de la Italia fascista. En la entrevista que mantuvo con el conde Ciano el 21 de julio, Bolín le aseguró que tras la muerte de Sanjurjo, que se había producido el día anterior, Franco sería el jefe del alzamiento, lo que le confirmó el representante italiano en la zona internacional de Tánger que en los telegramas que le envió llamó a la sublevación rebelión «franquista» y «movimiento de Franco». Lo mismo sucedió en el caso alemán, ya que el cónsul germano en Tetuán cursó la petición de ayuda de aviones para que las tropas rebeldes pudieran cruzar el estrecho de Gibraltar «en nombre del general Franco y de España». De esta forma, «Franco surgió como el hombre que contaba con el respaldo internacional».

El 22 de julio el general Franco le dijo en Tetuán al alemán Adolf Langeheim —uno de los agentes que irían a Berlín a pedir la ayuda de Hitler— que se establecería un Directorio militar presidido por él y del que formarían parte los generales Mola y Queipo de Llano —Franco admiraba la obra de la Dictadura de Primo de Rivera de la que dijo que habían sido los «únicos seis años de buen gobierno» que había habido en España—. Sin embargo, el 24 de julio se formó la Junta de Defensa Nacional y del Directorio ya no se volvió a hablar.