El Incidente Mechelen fue un accidente ocurrido el 10 de enero de 1940, en el contexto político-militar de la llamada «guerra de broma». Un avión alemán que trasladaba a un oficial de la Wehrmacht se estrelló en Bélgica, cerca de la antigua ciudad de Vucht, actualmente integrada en la municipalidad de Maasmechelen. El oficial llevaba documentos confidenciales referidos al Fall Gelb (Caso Amarillo), el plan para un futuro ataque alemán a Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y el norte de Francia. Este suceso desencadenó una crisis inmediata y llevó a especular con la posibilidad de que el Estado Mayor alemán se viera obligado a alterar sus planes.

Un accidente militar que se convierte en «incidente» político En la mañana del 10 de enero de 1940, el mayor Erich Hoenmanns despegó de la base aérea de Loddenheide, cerca de Münster, a bordo de un Messerschmitt Bf 108 con destino a Colonia, acompañado por el mayor Helmuth Reinberger, responsable del aprovisionamiento de la 7.ª División Fallschirmjäger (unidad destinada a ser lanzada en paracaídas tras las líneas belgas en Namur el día del ataque) y que había acudido a la ciudad renana para una reunión informativa.

La víspera, tras estar en el bar de la base, Hoenmanns se ofreció a llevar a Reinberger en avión; este último hubiera debido tomar el tren para este viaje, pero Hoenmanns necesitaba sumar algunas horas de vuelo y quería volver a su domicilio en Colonia junto a su esposa. El piloto ignoraba que Reinberger llevaba consigo el plan completo de ataque a Bélgica y los Países Bajos, incluyendo la fecha del mismo, fijada por Hitler para el 17 de enero.

Una espesa capa de niebla ocultaba el paisaje durante el vuelo. El piloto tomó la decisión de cambiar el rumbo hacia el oeste, con la esperanza de volver hacia el Rin que ya había sobrevolado, pero que se encontraba helado e invisible desde el aire. Abandonó el territorio alemán y llegó hasta el curso del Mosa en la zona que hace frontera entre Bélgica y Holanda y terminó por virar en los alrededores de Vucht.

thumb|left|Maasmechelen en el mapa de Bélgica Parece que el piloto hubiera cortado el suministro de combustible al motor accionando un mando en la cabina.Nadie sabe con certeza por qué el avión se detuvo, pero aislar un tanque de combustible parece ser la razón más probable, según el informe de Raoul Hayoit de Termicourt, que fue entregado al General belga Van Overstraeten el 31 de enero de 1940. Bajo el encabezado "La causa del aterrizaje forzoso" en las páginas 5-7 del informe de Termicourt, confirma que ninguna bala había alcanzado el avión y que no había pruebas de que se hubiera derramado gasolina de los tanques de combustible. Había una cantidad sustancial de combustible en los tanques cuando se examinó el avión después del accidente. De Termicourt declaró que la razón más probable por la que el avión se detuvo fue que Hoenmanns había movido inadvertidamente la palanca que controlaba el flujo de gasolina al motor. Si la palanca se moviera como sugirió De Termicourt, la gasolina en los tanques se habría aislado del motor. Esto habría provocado que el motor se detuviera repentinamente, como informó Hoenmanns. El motor «tosió» y se detuvo, lo que obligó a Hoenmanns a efectuar un aterrizaje forzoso en un campo próximo a las 11:30; el aparato quedó muy dañado en la maniobra: ambas alas se habían roto al pasar entre unos árboles y el pesado motor destrozó parte del morro. No obstante, ninguno de los ocupantes resultó herido.

Tras el aterrizaje los alemanes preguntaron a un campesino dónde se encontraban y comprendieron que, tras sobrevolar territorio holandés, habían caído en Bélgica. Reinberger, presa del pánico, volvió a los restos del avión para poner en lugar seguro su cartera de cuero amarillo gritando que llevaba documentos secretos que debían ser destruidos inmediatamente; Hoenmanns distrajo al campesino para que su compañero tuviese tiempo de destruir dichos papeles. Inicialmente Reinberger intentó quemarlos con su encendedor pero falló; cogió el del belga y apiló los documentos tras unos matorrales para prenderles fuego. En ese momento, llegaron dos guardias de fronteras belgas, el sargento Frans Habets y el soldado de 2.ª Gérard Rubens. Este último, atraído por el humo que salía tras el matorral, se apresuró a recoger los documentos antes de que quedasen totalmente destruidos. El mayor Reinberger trató de huir, pero se rindió tras dos disparos de advertencia.

Los alemanes fueron trasladados al puesto fronterizo próximo a Mechelen-aan-de-Maas (Mechelen-sur-Meuse) donde los interrogó el capitán Arthur Rodrique; los documentos, parcialmente carbonizados, fueron puestos sobre la mesa. Hoenmanns trató de distraer a sus guardianes pidiendo a los soldados belgas utilizar el aseo, momento en que Reinberger tomó los papeles y trató nuevamente de quemarlos en la estufa de la dependencia. Sin embargo, el alemán se quemó la mano al levantar la tapa de la misma, lo que llamó la atención del capitán belga; Rodrique, sufriendo graves quemaduras en su mano, rescató los documentos, que se llevaron a otra sala. Reinberger decidió suicidarse, para lo que intentó arrebatarle la pistola al oficial belga que, furioso, derribó al alemán. Reinberger rompió a llorar mientras gritaba que quería el arma para quitarse la vida; Hoenmanns se dirigió al capitán: «No pueden reprocharle nada, es un oficial honesto, ahora todo acabó».

Dos horas más tarde, el primer oficial de los servicios secretos belgas se presentó para recoger los documentos y entregárselos a sus superiores esa misma tarde.

Reacción alemana A última hora de la noche de ese mismo 10 de enero, llegaron a Berlín las primeras noticias que informaban del accidente de un avión alemán. En el Oberkomando der Wehrmacht (OKW) la consternación fue general, ya que se intuía que el mayor Reinberger debía llevar consigo el plan de ataque. Al día siguiente, Hitler, furioso, destituyó al comandante de la Luftflotte II, el general Hellmuth Felmy; sin embargo, se decidió mantener el plan original mientras se contactaba con los agregados militares en las embajadas de La Haya y Bruselas —respectivamente, el teniente general Ralph Wenninger y el coronel Friedrich-Carl Rabe von Pappenheim— para tratar de averiguar hasta qué punto estaba comprometido dicho plan. El 12 de enero, día en que ambos agregados militares se reunieron con Hoenmanns y Reinberger, Alfred Jodl, jefe de la Oficina de Operaciones del OKW, facilitó una inquietante estimación a Hitler sobre la posibilidad de que los belgas conociesen el plan; una entrada en el diario de Jodl, fechada ese mismo día, resume lo que le comunicó a Hitler: «Si los aliados están en posesión de todos los documentos, la situación es catastrófica».Jodl, Alfred. Diario Sin embargo, los engaños belgas tranquilizaron inicialmente a los alemanes.

Reacción belga Los belgas decidieron engañar a Reinberger, haciéndole creer que los papeles habían sido destruidos y permitiendo que compartiese esta información con sus superiores. La estratagema tenía dos partes: por un lado, los investigadores belgas pidieron a Reinberger que informase sobre el contenido de la documentación y le advirtieron de que, en caso de no colaborar, sería tratado como espía; más adelante, Reinberger declaró: «por la forma en que se me hizo la pregunta, me di cuenta que él [el investigador] podía no haber comprendido nada de los fragmentos que había leído». En segundo lugar, los belgas permitieron a Hoenmanns y Reinberger reunirse con los agregados militar y aéreo Wenninger y Rabe von Pappenheim; la conversación que mantuvieron con ellos fue grabada en secreto. Durante la misma, Reinberger informó a Wenninger que había logrado quemar suficientemente los papeles para que fuesen indescifrables.Informe de conversación del 12 Enero 1940, CDH, Overstraten file. El truco belga había tenido un éxito relativo, al menos a corto plazo.

Tras el encuentro con los agregados militares, el embajador alemán en Bégica Karl Alexander Victor Vicco von Bülow-Schwante envió a sus superiores un telegrama: «El mayor Reinberger ha confirmado que quemó los documentos, salvo algunos trozos del tamaño de la palma de la mano. Reinberger afirma que la mayoría de los documentos que no pudieron ser destruidos parecen carecer de importancia». Este telegrama pareció convencer a Jodl, que el 13 de enero anotó en su diario: «Informe de la conversación del agregado aéreo con los aviadores accidentados. Resultado: El maletín se ha quemado de forma considerable».

Durante el 10 de enero, los belgas dudaban sobre la autenticidad de los documentos, que fueron remitidos inmediatamente a la Sección Segunda (Inteligencia Militar) del Estado Mayor General en Bruselas. Gran parte de los mismos estaban, efectivamente, gravemente dañados por los intentos de Reinberger, pero la idea general de un ataque sobre Bélgica y Holanda aparecía clara en lo que se había salvado, aunque no se indicaba la fecha del mismo. Al día siguiente, el general Raoul Van Overstraeten llegó a la conclusión de que esta información era correcta, ya que los documentos corroboraban las advertencias del ministro italiano de Exteriores Galeazzo Ciano acerca de un ataque alemán alrededor del 15 de enero de 1940. Por la tarde, el rey Leopoldo III decidió informar a su ministro de Defensa, general Henry Denis, y al comandante en jefe francés, general Maurice Gamelin; a las 17:15, el teniente coronel Hautcoeur, oficial de enlace francés, recibió un resumen de dos páginas de los documentos, pero sin explicación alguna sobre su origen. Lord Gort, comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF), también fue alertado y el rey Leopoldo avisó personalmente a la princesa Juliana de los Países Bajos y a la gran duquesa Carlota de Luxemburgo. Los mensajes transmitidos fueron, respectivamente, «Ten cuidado, el tiempo es peligroso» y «Cuidado con la gripe»; se trataba de sendos códigos acordados que significaban que las autoridades belgas consideraban inminente el ataque alemán.

Reacción francesa La mañana del 12 de enero tuvo lugar una reunión entre Gamelin, los máximos responsables del Ejército de Tierra francés y el jefe de la Inteligencia Militar francesa, coronel Louis Rivet. A pesar del escepticismo de este último, el comandante en jefe francés consideró que incluso siendo innecesaria la alerta, era una buena oportunidad para presionar a los belgas y que permitiesen la entrada de las tropas aliadas en su territorio. Gamelin tenía la intención de iniciar la ofensiva definitiva contra Alemania en 1941, atravesando Bélgica; su neutralidad era un contratiempo para este planteamiento. El temor a una invasión de Bélgica por parte de los alemanes podía poner a este país del lado de los Aliados y el problema estaría en parte resuelto; supondría una importante ventaja estratégica. Ahora bien, si el III Reich tomaba la iniciativa, sería muy conveniente para los Aliados llegar al corazón de Bélgica antes que las fuerzas enemigas. Mientras, y preparándose para cualquier eventualidad, Gamelin ordenó al I Grupo de Ejércitos, al mando del general Gaston Billote, y más en concreto al Ejército, aproximarse a la frontera franco-belga.

Alerta de Sas