miniaturadeimagen|280px|Bandera catalana. La historia del catalanismo político o del nacionalismo catalán comienza en los primeros años de la Restauración borbónica en España tras el fracaso de la experiencia federal de la Primera República, aunque los orígenes del catalanismo político se remontan a la primera mitad del con el crecimiento de la oposición al modelo centralista del Estado liberal y con el desarrollo del movimiento de la Renaixença. Según John H. Elliot el término «catalanismo», «hasta entonces reducido al movimiento cultural, comenzó a adquirir un serio significado político en el curso del llamado sexenio revolucionario, de 1868 a 1874». Más concretamente el adjetivo «catalanista» empezó a ser usado entre 1870 y 1871 para referirse a sí mismos por los miembros de la Jove Catalunya y de la revista La Renaixensa —con la introducción del nuevo término querían indicar que su objetivo era ir más lejos que el simple regionalismo—. Como movimiento político nace a finales de la década de 1880.

Su afirmación como alternativa política tiene lugar en el contexto de la conmoción provocada por el «desastre del 98» en el que el protagonismo corresponde al nacionalismo conservador representado por la Lliga Regionalista. Su irrupción en la escena política española se produce en 1907 con motivo del resonante triunfo electoral de las candidaturas de Solidaridad Catalana, coalición formada como rechazo a la Ley de Jurisdicciones y a la impunidad en que quedaron los militares responsables de los Hechos del ¡Cu-Cut!. El primer fruto de la presión catalanista sobre los gobiernos del turno fue la creación en 1914 de la Mancomunidad de Cataluña, presidida por Enric Prat de la Riba, pero la campaña autonomista catalana de 1918-1919 no consiguió su objetivo.

La Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) aplicó una dura política anticatalanista que paradójicamente provocó el efecto contrario del que perseguía. En septiembre de 1932 las Cortes de la Segunda República Española aprobaban el tan ansiado Estatuto de Autonomía, que estuvo vigente hasta la ocupación de Cataluña por las tropas franquistas al final de la guerra civil española. Durante la Dictadura del general Franco el catalanismo y todos los signos diferenciales, incluido el uso del catalán, fueron duramente reprimidos, aunque en los últimos años el catalanismo logró rehacerse, como se demostró durante la transición democrática en la que el lema de la Asamblea de Cataluña, Llibertat, Amnistia, Estatut d'Autonomía logró un amplio respaldo popular.

En 1979 se aprobaba el nuevo Estatuto de Autonomía y al año siguiente se celebraban las primeras elecciones al Parlamento de Cataluña, que fueron ganadas por la coalición Convergència i Unió encabezada por Jordi Pujol, que ostentaría la presidencia de la Generalidad de Cataluña durante los veintitrés años siguientes. Las elecciones de 2003 abrieron una nueva etapa con la formación del gobierno tripartito presidido por Pasqual Maragall, del Partido de los Socialistas de Cataluña, y cuyo objetivo principal era la reforma del Estatuto. En 2006 las Cortes aprobaban el nuevo estatuto con importantes recortes sobre el proyecto inicial aprobado el año anterior por el Parlamento, lo que llevó a Esquerra Republicana de Catalunya, uno de los socios del tripartito, a propugnar el 'NO' en el referéndum que lo ratificó. En junio de 2010 se conoció la sentencia del Tribunal Constitucional que significó un duro golpe para las aspiraciones del nacionalismo catalán. Como rechazo a la misma se produjo un incremento espectacular del independentismo catalán que llevó al gobierno de la Generalidad presidida por Artur Mas, líder de CiU tras la retirada de Jordi Pujol, a la celebración de una «consulta» sobre el «derecho a decidir» el 9 de noviembre de 2014.

Tras la celebración de las elecciones plebiscitarias del 25 de noviembre de 2015 Artur Mas, por presiones de la CUP, tuvo que ceder la presidencia de la Generalidad a su compañero de partido Carles Puigdemont bajo cuyo mandato se produjo el 1 de octubre de 2017 el referéndum de independencia de Cataluña y la declaración unilateral de independencia, lo que provocó la intervención de la autonomía por el gobierno de España y el procesamiento de todos los miembros del gobierno de Cataluña y de la mesa del Parlamento autonómico. En las elecciones del 21 de diciembre de 2017 los grupos independentistas volvieron a conseguir la mayoría absoluta y al no poder investir de nuevo a Puigdemont el Parlamento de Cataluña aprobó la candidatura de la persona propuesta por él, Quim Torra.

Los orígenes del catalanismo político (1808-1875)

La doble identidad catalana y española y la oposición al modelo centralista y uniformista del Estado Liberal miniaturadeimagen|200px|Primera página del primer número de Lo verdader catalá, el primer periódico escrito íntegramente en catalán. El grabado en el que aparece un catalán vestido con el traje tradicional junto a las cuatro barras está acompañado del siguiente pie en catalán: Por tierra observa el catalán con amargura/su industria, su comercio y agricultura. Según Pere Anguera, hacia 1800 España era «para muchos catalanes» «un referente administrativo, no una entidad creadora de conciencia colectiva». «Subsistían elementos diferenciadores que, desde la lengua a los sistemas de relación derivados del derecho civil, vertebraban y mantenían una conciencia particular». También contribuía a esta, ennobleciéndola, «el recuerdo idealizado de un pasado, relativamente reciente, con unas libertades añoradas». El viajero inglés Henry Swinburne destacó en 1775 de los catalanes «el entusiasmo apasionado por la libertad», que les había conducido a llevar a cabo «el mayor número de insurrecciones» de Europa, y además describía la guerra de sucesión española como «la lucha más encarnizada... para romper sus cadenas y convertirse en una nación libre». Una valoración similar hizo el general francés Jacques Dugommier cuando nada más entrar con sus tropas en Cataluña en 1794, durante la guerra de la Convención, comunicó al Comité de Salvación Pública que el catalán era «enemigo del español» y que «siempre había amado la libertad». Sin embargo, según el hispanista Angel Smith, las elites catalanas desde la década de 1770 habían comenzado a asumir como propio el proyecto español, aunque reconoce que el gran salto adelante no se produjo hasta la guerra contra Napoleón.

El «sentimiento de identidad española» comienza a fraguarse en Cataluña durante la guerra antinapoleónica, cuando los catalanes «por primera vez compartieron con los otros españoles un enemigo común». Como ha constatado el hispanista Angel Smith, «en Cataluña, creo que por primera vez, el muy emocional término pàtria fue comúnmente usado para referirse tanto a España como a Cataluña».

Sin embargo, se mantuvo la «férrea oposición a cualquier tentativa de identificación con Castilla en lengua y leyes», ya que a lo largo del se había mantenido la reivindicación de las instituciones y leyes propias del Principado de Cataluña abolidas por el decreto de Nueva Planta de Cataluña de 1714, así como el uso de la lengua propia, incluso en ciertos niveles administrativos y académicos, como lo prueba la reiteración de decretos exigiendo el uso exclusivo del castellano. «Lo que se rechazaba no era España, el todo que designaba el Estado personalizado en la monarquía, sino Castilla, la parte que lo quería monopolizar y construir a imagen de sus dirigentes». Los catalanes de principios del «lo que no querían era ser castellanos». Un «odio» hacia Castilla que ya advirtió el viajero francés Alexandre de Laborde. También lo señaló el general liberal Evaristo San Miguel que en 1836 afirmó: «Todo cuanto procede de Castilla tiene para ellos [los catalanes] el carácter de desagradable y sospechoso».

En el opúsculo propagandístico Centinela contra franceses publicado poco después de la batalla de Bailén de julio de 1808, el barcelonés Antonio de Capmany, que luego sería diputado en las Cortes de Cádiz, alababa la existencia en España de una diversidad de la que adolecía Francia, donde «no hay provincias ni naciones», y que había servido para resistir al invasor napoleónico:

Sin embargo, Campany consideraba el catalán un «idioma antiguo provincial muerto para la república de las letras». Un punto de vista que era compartido por el liberal mataronense Antonio Puigblanch quien en su obra La Inquisición sin máscara (1811) defendió que Cataluña «abandone el idioma provincial», el catalán, para adoptar la «lengua nacional», el español, para «estrecharse más y más bajo las nuevas instituciones con el resto de la nación, e igualarla en cultura». De lo contrario, «el que no posea como nativa la lengua nacional (...) será siempre extranjero en su patria» y «quedará privado de una gran parte de la ilustración que proporciona la recíproca comunicación de las luces».

Durante el complejo proceso de construcción del Estado liberal en España sus partidarios en Cataluña se preocuparon en destacar la continuidad de las antiguas libertades catalanas con el nuevo régimen constitucional, para de esa forma «favorecer la plena integración de Cataluña a la España liberal», pero también para «consolidar el sentimiento de catalanidad».

A raíz de la convocatoria de las Cortes de Cádiz, la Junta Superior del Principado de Cataluña formada en 1808 tras el rechazo a las abdicaciones de Bayona, redactó una «Exposición de las principales ideas que... cree conveniente manifestar a los señores Diputados de la Provincia que en representación de la misma pasan al Congreso de las próximas Cortes» en la que se decía:

En 1820, al principio del Trienio Liberal, la Diputación Provincial de Cataluña se declaraba sucesora del «espíritu que animaba a nuestros mayores» para «mantener su libertad civil», pues «la historia nos recuerda… su sabio gobierno, su representación por medio de sus Diputados, su adhesión a las leyes establecidas por sí mismos». También se establecieron paralelismos entre la Constitución de 1812 y la antigua legislación catalana pues ambas, como dijo el diputado Vila en noviembre de 1836, habían sido arrebatadas por una «fuerza extranjera», en las dos ocasiones francesa, la primera en 1714 y la segunda en 1823. miniaturadeimagen|izquierda|Víctor Balaguer, uno de los escritores principales de la Renaixença, impulsor del periódico La Corona de Aragón. La consecuencia de todo ello fue la formación de una doble identidad catalana y española, un doble patriotismo que se podría resumir en la frase «España es la nación, Cataluña es la patria». En un artículo sin firma aparecido en el periódico El Nuevo Vapor en noviembre de 1836 se decía que los catalanes habían participado «en las glorias del pueblo español, a quién siempre tuvieron a mucho honra pertenecer» y al mismo tiempo destacaba que «los catalanes tienen muchísimo apego a su país», por lo que «el provincialismo del pueblo catalán es uno de los más hermosos florones de la corona de España». El nacimiento de este doble sentimiento lo situó el sacerdote catalanista conservador Jaume Collell a finales del en la guerra contra los franceses: «quizá nunca, como en la guerra contra los franceses…, ha estado más unida la España, jamás el vínculo de la nacionalidad común hizo sentir más intensamente su fuerza de cohesión..., pero jamás se había tampoco, tan pujante y tan netamente caracterizado el particularismo regional». Lo mismo piensa el historiador actual Pere Anguera: «la guerra del Francès actuó de manera doble y contradictoria: por primera vez [los catalanes] se sintieron solidarios con el conjunto español contra un enemigo compartido, mientras constataban que se podían valer ellos solos contra enemigos poderosos».