La abdicación de Juan Carlos I fue el acto de renuncia al trono del Reino de España formalizado por el monarca en favor de su hijo Felipe, el 18 de junio de 2014. La decisión había sido anunciada el 2 de junio y se haría efectiva el día 19, tras la aprobación y posterior publicación en el Boletín Oficial del Estado de la Ley Orgánica 3/2014. Esta ley, que exigía la Constitución de 1978 en su artículo 57.5, fue aprobada por las Cortes, sancionada por el propio rey saliente y refrendada por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el 18 de junio en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid y se hizo efectiva tras su publicación, a las 0:00 horas del día 19 en el Boletín Oficial del Estado.
A partir de ese momento, el hasta entonces príncipe de Asturias Felipe de Borbón y Grecia pasaba a ostentar la jefatura del Estado con el nombre de FelipeVI. En cualquier caso, retenía, de forma vitalicia y honorífica, el título de rey, con las funciones protocolarias que le encomendara el recién proclamado nuevo soberano.
Antecedentes alt=El presidente del Gobierno saluda al rey Juan Carlos I en octubre de 2010.|miniaturadeimagen|José Luis Rodríguez Zapatero saluda, como presidente del Gobierno, al rey Juan Carlos I en octubre de 2010.|izquierda En 2010, el equipo médico de Zarzuela detectó en un pulmón del rey un nódulo que podría ser cancerígeno. La noticia sumió en la preocupación por la salud del monarca a todos los estamentos del país, y además puso sobre el tapete la cuestión de la continuidad en la jefatura del Estado. Con vistas a estudiar la posibilidad de instaurar una regencia, en esos primeros meses del año el propio Juan Carlos y Felipe González se reunieron con el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y con el presidente de las Cortes, José Bono. Finalmente, el 8 de mayo, los cirujanos del Hospital Clínico y Provincial de Barcelona le extirparon el tumor. La biopsia posterior determinó que era benigno y el debate sobre la sucesión quedó aparcado.
A partir de 2011, la imagen pública del rey empezó a sufrir un desgaste significativo por el caso de corrupción Nóos, en el que podría estar implicada su hija la infanta Cristina de Borbón.
En ese ambiente de desconfianza hacia la institución, en abril de 2012 estalló el escándalo por el accidente doméstico en Botsuana, por el que se supo que, en plena crisis económica, con la prima de riesgo en máximos históricos y el país a punto de ser intervenido, el monarca había viajado al país africano a cazar elefantes con su amante, la empresaria Corinna Larsen. Además, a raíz del incidente salieron a la luz los lucrativos negocios privados que desde hacía años venía manteniendo el monarca con la oligarquía saudí.
A pesar del escándalo, el rey seguía sintiéndose protegido por la clase política: solo el socialista madrileño Tomás Gómez había verbalizado públicamente la posibilidad de que el monarca abdicara.
Mientras tanto, se sucedían los problemas de salud: desde el accidente en África, Juan Carlos había sido sometido a varias intervenciones quirúrgicas para tratar de aliviar sus problemas de movilidad: en noviembre de 2012, primera operación de la articulación de la cadera izquierda; en marzo de 2013, reparación de hernia discal; y en septiembre de 2013, segunda operación de cadera izquierda.
La primera persona que supo de las inquietudes del rey fue Félix Sanz Roldán, director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y amigo personal del monarca. El 19 de noviembre de 2012, Juan Carlos, en presencia de Sanz Roldán, comunica a Rafael Spottorno, jefe de la Casa, que está barajando la posibilidad de abdicar el trono, y establece como fecha simbólica el 5 de enero de 2014, con ocasión de su septuagésimo sexto cumpleaños, es decir, a quince meses vista. Diez días más tarde, Spottorno convoca a sus dos antecesores en el cargo, Fernando Almansa y Alberto Aza, y, en una reunión a cuatro, comienzan a vislumbrar los múltiples interrogantes jurídico-políticos, y también de índole personal para el propio monarca, que entraña articular la futura ley, ya que la Constitución se limitaba a dictaminar, en su artículo 57.5, que cualquier duda tendría que resolverse mediante una ley orgánica y aprobarse por el Congreso de los Diputados por mayoría absoluta. La carta magna no precisaba si el papel del Congreso era autorizar o bien sancionar, si este tendría que dar por buena la decisión que tomara el rey; si este debía someterse a la aprobación de aquel; si, en definitiva, podrían los políticos impedirle abdicar. Entre los interrogantes personales, se trataba de determinar, entre otras cuestiones, si Juan Carlos podría seguir o no residiendo en La Zarzuela.
En cualquier caso, el temor mayor de «los cuatro magníficos» (como llegaron a ser conocidos coloquialmente en palacio) era que las fuerzas políticas no favorables a la monarquía «aprovecharan» esa ley para «abrir el melón» sobre la forma de Estado. Ante las dudas y la diversidad de opiniones entre ellos, los hombres del rey (entre los que estaba también el general Domingo Martínez Palomo como jefe del Gabinete de Planificación y Coordinación) decidieron pedir ayuda al expresidente de las Cortes, exministro de Justicia y consejero permanente del Consejo de Estado Landelino Lavilla, uno de los juristas que en mayor medida habían contribuido a sentar los pilares jurídicos de la Transición. Tras estudiar el asunto, Lavilla emitió una primera conclusión: la ley tendría que ser ser muy breve, tan breve que ni siquiera suscitara debate en el Congreso. alt=El periodista José Antonio Zarzalejos en 2014.|izquierda|miniaturadeimagen|199x199px|El periodista José Antonio Zarzalejos en 2014. Durante las deliberaciones surgió otra espinosa cuestión relativa a los derechos dinásticos dentro de la propia familia real, ya que los partidarios de que Felipe fuera el sucesor indiscutible se enfrentaban a un dilema: por un lado, era imprescindible desarrollar y aprobar la ley orgánica que exigía la Constitución, lo cual haría insoslayable la reforma pendiente de ese mismo artículo 57 para suprimir la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono; pero, por otro, esa cuestión había de abordarse después de que Felipe fuera rey, porque, si no, las que podrían reclamar sus derechos serían las infantas, Elena y Cristina. Por si fuera poco, sobre la mesa estaba también el asunto del aforamiento. ¿Habría de resolverse en la misma ley orgánica? Al final se decidió que no convenía arriesgar la proclamación del futuro rey por el blindaje del anterior; que lo prioritario era conseguir que el Parlamento aprobara la abdicación sin plantear problemas y, después, en una segunda ley orgánica, «ir a por el aforamiento». Como resumiría por aquellas fechas el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aquello era «un lío».
A lo largo de 2013, el reducido grupo siguió trabajando en el asunto, pero Spottorno seguía sin estar seguro de que la decisión del monarca fuera firme; sabía que, a pesar del descrédito en el que había caído su reinado y de las presiones para que se echara a un lado, en su fuero interno, Juan Carlos quería pensar que «los reyes solo se van cuando mueren»; que él, que había sacrificado su infancia y su juventud para ser un día rey de España, jamás renunciaría.
A pesar de todas las precauciones, en febrero de 2013 una persona con acceso al círculo más cercano al rey deslizó al escritor y periodista José Antonio Zarzalejos que el monarca, abrumado por su difícil situación familiar y por el desgaste de su reputación pública, así como su propio deterioro físico, estaba pensando en renunciar al trono. Para contrastar la información, el periodista se reunió con el jefe de la Casa Real y este no la desmintió, así que el 22 de febrero Zarzalejos publicó en El Confidencial una crónica con el título «El rey baraja ya la abdicación». El monarca, contrariado por la indiscreción, y pese a ser consciente de su veracidad, ordenó que se desmintiera.Visto con retrospectiva, Zarzalejos sospecha que había sido utilizado como ariete de una «operación de simulación» puesta en marcha por el jefe de la Casa del Rey para que la idea de la abdicación fuera calando en la opinión pública. Así que, a la vista de lo que sucedió después, reflexiona, su crónica debería haberse titulado, en lugar de «El rey baraja ya la abdicación», «El entorno del rey baraja ya la abdicación».
Cuestiones personales
Juan Carlos I, casado de derecho con Sofía de Grecia pero separado de hecho de ella desde hacía más de cuarenta años, estaba decidido a divorciarse y casarse con su entonces amante Corinna Larsen, 27 años más joven que él, pero conservando el trono, tal y como había tratado de hacer Eduardo VIII en 1936 al desposarse con la celebridad estadounidense Wallis Simpson. Según una persona cercana al rey, la empresaria germano-danesa y Juan Carlos estaban preparando todo lo necesario para empezar una nueva vida juntos; en ese plan se incluían la comisión millonaria de los árabes, el dúplex en los Alpes suizos y el apartamento de lujo en el exclusivo barrio londinense de Belgravia.
En 2012, el rey hizo llegar a Corinna, en forma de «donación irrevocable», los 65 millones de euros que había recibido cuatro años antes. El dinero había sido transferido desde la banca Mirabaud hasta una cuenta en banca Gonet a nombre de la sociedad instrumental Solare, radicada en Nasáu (Bahamas). Larsen era la única beneficiaria de esa cuenta. El documento de donación tenía la fecha manuscrita, lo que hacía sospechar que había sido preparado sin ese dato, «en previsión de [necesitar] presentarlo a las autoridades judiciales con la [fecha] más conveniente para su defensa si se abría una investigación». Los abogados de la beneficiaria sostenían que se trataba de «un regalo no solicitado» de Juan Carlos como donación para ella y su hijo, con los cuales «se había encariñado».
Juan Carlos seguía buscando residencia para vivir con Corinna. Podría ser en Madrid, en El Pardo o en Londres, en Eaton Square. El sultán de Omán Qabus bin Said Al Said se postula como anfitrión. Y Mohamed VI le ofrece una amplia finca cerca de Marrakech donde podría construir un palacio. Pero el director del CNI, Félix Sanz Roldán, se niega en redondo: «el rey de España no puede, en ningún caso, ni siquiera abdicado, pasar largas temporadas en países no occidentales con una mujer que no es su esposa». Así, el anhelo se fue debilitando debido a la influencia de dos de las personas que tenían un acceso más directo y franco con él: el expresidente Felipe González y el propio Sanz Roldán. Es en ese entorno de confianza y franqueza con el monarca cuando se oyó a un veterano consejero decirle al rey: «Juan, tú eliges: o Corinna o Corona».
Desafortunado discurso miniaturadeimagen|El rey Juan Carlos I pasando revista a las tropas durante la Pascua Militar de 2009. Las versiones más solventes sitúan en el lunes 6 de enero de 2014 el punto de no retorno hacia el fin del reinado de Juan Carlos I. Como todos los años, se celebraba la festividad de la Pascua Militar, que ese año se esperaba con inusitada expectación. Tanto la propia cúpula militar del Ejército como los medios de comunicación y la ciudadanía en general albergaban dudas sobre las capacidades físicas reales del monarca para asumir con solvencia las responsabilidades de la más alta institución del Estado.