Las armas nucleares son dispositivos que poseen un enorme potencial destructivo, que utilizan la energía derivada de la fisión nuclear o la fusión nuclear. Tuvieron su origen en los avances científicos de la década de 1933, que hicieron posible su desarrollo, y su auge con la carrera de armamentos y las pruebas nucleares de la Guerra Fría. A fines de la década de 1960, se abordó el problema de la proliferación (Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares). Posteriormente, surgió el problema del posible uso con fines terroristas, a principios de .
thumb|350px|Explosión nuclear en Nagasaki (9 de agosto de 1945). Foto tomada desde uno de los B-29 que efectuaron el ataque.
Los orígenes de las bombas nucleares
El día 12 de septiembre de 1933, seis años antes del descubrimiento de la fisión y sólo siete años después del descubrimiento del neutrón, el físico Leó Szilárd concluyó que era posible liberar grandes cantidades de energía mediante reacciones neutrónicas en cadena. El 4 de julio de 1934, Szilard solicitó la patente de una bomba atómica donde no sólo describía esta reacción en cadena neutrónica, sino también el concepto esencial de masa crítica. La patente le fue concedida, lo cual convierte a Leo Szilard en el creador de la bomba atómica. No la patentó en provecho propio, sino precisamente para prevenir que otros la construyeran: fue el primer intento de no-proliferación de la Historia. Al obtener la patente, se la ofreció como regalo a la embajada del Reino Unido confiando en que la caballerosidad británica evitaría que su invento fuese mal empleado alguna vez; en esencia, sólo aceptaba que fuera usada contra los nazis, si estos la desarrollaban por su cuenta. En febrero de 1936, el Almirantazgo Británico aceptó el terrible regalo.
Szilard también concibió los aceleradores lineales, el ciclotrón, el microscopio electrónico y, en un periódico de 1929, describió el bit como unidad básica de información. Además, defendió toda su vida que los científicos eran moralmente responsables de las consecuencias de su trabajo. Pese a participar en el Proyecto Manhattan, en cuanto se dio cuenta de que el proyecto de la bomba atómica nazi no era viable, se opuso con todas sus fuerzas al uso de estas armas contra Japón o contra cualquier otro país. Estas firmes creencias éticas le convertirían en un hombre atormentado, que luchó el resto de sus días, desde múltiples ambientes científicos y políticos, contra su obra maestra: las armas nucleares.
En noviembre de 1938, la física alemana Lise Meitner logró identificar trazas de bario en una muestra de uranio. La presencia de este elemento sólo se pudo explicar asumiendo que se había producido una fisión nuclear. Como Meitner era judía, y de hecho estaba ya planteándose abandonar el país —lo que haría poco después—, el descubrimiento se lo adjudicó Otto Hahn,
Durante la Segunda Guerra Mundial Fue por estas fechas cuando, ante la evidencia de lo que podía ocurrir, todos los países decretaron secreto todo lo relacionado con la fisión nuclear y la bomba atómica. Al ocurrir esto, se iniciaron tres programas distintos: uno anglo-estadounidense, otro francés y otro alemán.
El programa angloestadounidense
thumb|300px|Bomba atómica Fat Man. Funcionaba mediante el mecanismo de implosión sobre una masa crítica de plutonio y fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki.
Diez días después de recibir una carta de Einstein, Roosevelt convocó el primer Comité de Consejeros sobre el Uranio. Al principio, tampoco en Estados Unidos tenían mucha fe en el proyecto. Por ello, los principales avances se realizaron en el Reino Unido, y en particular el análisis teórico de la fisión rápida en el U-235, ejecutado por los expatriados alemanes Frisch y Peierls. Tan convincente fue este análisis, que el gobierno inglés convocó rápidamente el llamado Comité MAUD, que ya en diciembre de 1940 había recomendado la difusión gaseosa como el método más prometedor para enriquecer uranio.
En 1941, en Estados Unidos, Philip Abelson construyó un sistema de enriquecimiento practicable (por difusión térmica líquida), y el 26 de febrero Seaborg y Wahl descubrieron el plutonio. A principios de marzo, los científicos anglo-estadounidenses ya sabían de qué orden habría de ser la masa crítica postulada por Szilard. Y en julio, el plutonio se demostró como un material fisible mucho mejor que el uranio, y el comité MAUD completó su informe final, describiendo la ingeniería de una bomba atómica con cierto detalle técnico. El 3 de septiembre de 1941, Churchill y los Jefes de Estado Mayor se pusieron de acuerdo para construir una bomba atómica. En diciembre, después de meses de sufrir una pesadilla burocrática, el proyecto fue transferido a los Estados Unidos.
En enero de 1942, los trabajos de Enrico Fermi con grafito y uranio fueron declarados secretos. Y se estableció un proyecto llamado S-1, dirigido por Arthur H. Compton. Pero, para aquel entonces, el núcleo de científicos que configurarían el Proyecto Manhattan ya estaban en conversaciones. A finales del mes, Fermi completó el primer reactor nuclear crítico operacional.
A mediados de 1942, se hizo evidente que este era un proyecto de escala industrial. Por fin, el 18 de junio de 1942, el Brigadier General Steyr ordenó al coronel James Marshall que organizara un distrito del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, para centralizar todos estos trabajos y consolidar el desarrollo de la bomba. Marshall organizó este distrito con un nombre deliberadamente engañoso: fue el Distrito de Ingenieros de Manhattan (nunca hubo ninguna unidad de ingenieros ubicada en Manhattan, Nueva York), al que la historia recuerda como Proyecto Manhattan y que fue dirigido por Oppenheimer.
El programa alemán El programa alemán estuvo afectado por cinco problemas de gran importancia: El primero, que Alemania carecía de acceso a fuentes de uranio, como era el caso de Estados Unidos. El segundo, que los científicos alemanes estaban muy especializados y orientados a lo práctico. Esto les impidió entender el proyecto de investigación en toda su extensión. El tercero, que no contaban con un solo ciclotrón en el país al empezar la guerra. Sólo se obtuvo uno al conquistar París. El cuarto, que el programa nuclear alemán dividió sus esfuerzos entre al menos tres departamentos, (incluyendo la Oficina de Correos de la Alemania Nazi...), hasta tal punto que se tenían que turnar el poco uranio disponible. El quinto, que hubo un error en el cálculo del coeficiente de absorción neutrónica del carbono, cometido por el profesor Walther Bothe de Heidelberg (ocurrió también en Cambridge, -seguramente se debía a problemas de contaminación por nitrógeno del carbono usado en las pruebas- lo que provocó que los alemanes pensaran hasta 1945 que el grafito no servía como moderador. Además, comandos británicos y la resistencia noruega destruyeron la planta de producción de agua pesada de Vemork y los envíos de la misma.
Hacia 1941, Niels Bohr y otros, desarrollaron el concepto de la bomba y lo transmitieron al aparato nazi. Sin embargo, el órgano ministerial decidió no poner en práctica tal programa, al parecer porque se les dijo que llevaría 2 o 3 años, y el régimen pensaba que la guerra acabaría antes.
A pesar de ello, se lograron construir varios reactores subcríticos. El más avanzado fue el B-VIII, instalado en Haigerloch. Con éste, podrían haber llegado a la criticidad, pero su geometría era incorrecta. El programa nuclear alemán se realizó en pequeños laboratorios, por lo que fue más una serie de esfuerzos científicos aislados que algo a escala industrial. Es improbable que, a ese ritmo, hubiesen logrado una bomba antes de 1950. Cuando la misión ALSOS estadounidense capturó a los científicos nucleares alemanes (Werner Heisenberg, Otto Hahn, etc.), quedaron detenidos en Huntingdon, siendo constantemente vigilados por medio de micrófonos. Los alemanes no entendían nada, pues se consideraban a sí mismos lo más avanzado en la investigación nuclear. Cuando el servicio de noticias de la BBC informó del bombardeo atómico de Hiroshima, lo que captaron estos micrófonos fue significativo: expresiones de sorpresa, espanto y horror. Hahn, codescubridor de la fisión con Lise Meitner, cayó en una depresión.
El antisemitismo del régimen nazi y la huida de científicos de Alemania
El antisemitismo del régimen nazi, fue el catalizador para que varios científicos eminentes de raíces judías, se vieran obligados a abandonar el país, antes o después del inicio del conflicto, entre los que destacan Leo Szilard, Lise Meitner, Hans Bethe y Albert Einstein. Su pérdida y la posterior aportación a los proyectos de investigación anglo-estadounidense supusieron una merma irreparable para los intereses alemanes.
Después de la Segunda Guerra Mundial
Ian Grey documenta en su biografía de Iósif Stalin que cuando las nubes radioactivas de Hiroshima y Nagasaki se posaron, este se sentía directamente amenazado por los que hasta hace unos meses eran sus aliados. Algún congresista estadounidense proponía abiertamente «bombardear a los comunistas» antes de que se recuperaran. Aviones de reconocimiento de los Estados Unidos sobrevolaban el país a diario, una costumbre que mantendrían hasta el derribo de Francis Gary Powers en 1960. Así que encargó a Lavrenti Beria, jefe del NKVD, un programa nuclear militar a gran escala.
El Ejército alemán siguió sin disponer de armamento nuclear propio. Sin embargo, en 1958 Alemania fue dotada de armas nucleares en virtud de los acuerdos con la OTAN.
Unión Soviética
De hecho, ya antes de la invasión de la URSS los físicos Yakov Zeldovitch y Yuri Khariton habían publicado varios estudios muy bien documentados sobre la posibilidad de construir armas atómicas y, al menos desde 1943, existía un programa de inteligencia destinado a recolectar información sobre el Proyecto Manhattan. Contaban con un espía de alto rango, Klaus Fuchs, que les proporcionó los planos finales de la bomba de Nagasaki en junio de 1945. De todos modos, los físicos nucleares soviéticos ya habían elaborado un concepto básico por su cuenta, y estos planos les sirvieron principalmente para acortar pasos y confirmar sus suposiciones.
Paralelamente, el primer reactor nuclear soviético (y primero de Europa) entró en operación a las 6 de la tarde del día de Navidad de 1946, en el Instituto Kurchátov de Moscú. Se llamaba F-1, y era ya un plutonium-feeder moderado por grafito. Suministró el Pu-239 necesario para las primeras bombas atómicas soviéticas.
El programa duró cuatro años, y aunque los científicos rusos querían fabricar una carga de diseño totalmente propio, Beria insistió en que se creara una copia exacta de la bomba de Nagasaki con los planos suministrados por Fuchs (probablemente, para hacer un análisis de inteligencia de lo que tenían los estadounidenses, y también para «empatar» rápidamente a los estadounidenses). Así que se construyeron dos bombas desde el principio, una de desarrollo rápido, que era una copia de Nagasaki, la RDS-1, y otra de desarrollo más lento pero completamente propio, la RDS-2.
Joe 1 detonó a las 7 de la mañana del 29 de agosto de 1949 en el polígono de Semipalatinsk (Kazajistán), y liberó una potencia de 22 kt (en el rango de Nagasaki). En estos momentos, el mundo (y sobre todo los Estados Unidos) supo que ya no había una sola potencia nuclear en el planeta. Tardaron dos años más en completar la de diseño propio, pero esta, ya mucho más refinada tecnológicamente, era por lo menos una «generación uno y medio». Detonó el 24 de septiembre de 1951, liberando 38 kt. La Guerra Fría nuclear había comenzado.
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