San Agustín () es una ciudad del condado de San Juan de Florida, Estados Unidos, en la región conocida como «la Primera Costa de Florida». En el censo del año 2020, la ciudad tenía una población de 14 329 habitantes. Fue fundada en septiembre de 1565 por el explorador y almirante español Pedro Menéndez de Avilés y es la ciudad de origen español y europeo más antigua del territorio continentalSan Juan fue fundada en 1510. Esta es la capital de Puerto Rico, donde ondea la bandera norteamericana. de Estados Unidos habitada de forma permanente.

Historia Fundación de San Agustín por Pedro Menéndez de Avilés

San Agustín es el asentamiento europeo más antiguo ocupado hasta la actualidad en los Estados Unidos. Los españoles ya habían explorado con anterioridad la zona, en expediciones que tuvieron lugar entre 1513 y 1563, con el fin de explorar la Florida española, y dirigidas por diversos conquistadores: Juan Ponce de León en 1513, Lucas Vázquez de Ayllón en 1526, Pánfilo de Narváez en 1527 —junto a su alguacil mayor Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quienes además tenían por objetivo la búsqueda de la «fuente de la eterna juventud»— y Hernando de Soto en 1539, entre otros, pero todas sin llegar a levantar ninguna fortificación estable.

Mientras tanto, el hugonote francés Jean Ribault, un oficial al mando del almirante Gaspar de Coligny, condujo una expedición a Norteamérica que fundó en mayo de 1562 un establecimiento que llamó Charlesfort —en la actual Carolina del Sur— en Parris Island, pero el despotismo del capitán Albert de la Pierria incitó a los soldados a rebelarse contra su autoridad, siendo finalmente depuesto y asesinado. Posteriormente un incendio destruyó la mayor parte de las casas del pueblo, y fue abandonado entre enero y marzo de 1563, por lo que los supervivientes eligieron retornar a Francia en un buque que lograron construir. Si bien la mayoría perecería en alta mar, unos pocos fueron rescatados en la costa inglesa.

Otro hugonote, René Goulaine de Laudonnière, fundó el 22 de junio de 1564 el primer establecimiento europeo en la actual Florida llamado Fort Caroline —actual Jacksonville, lugar que sería repoblado en 1781 por los británicos— en la desembocadura del río San Juan. Como se retrasaba el envío de provisiones desde Francia, la colonia experimentó una escasez de alimentos que provocó el amotinamiento de algunos soldados que se convertirían en piratas, atacando a los buques españoles en el Caribe. Finalmente Ribault regresó de nuevo en agosto del siguiente año y tomó el mando de la colonia francesa de La Floride.

A consecuencia de esos acontecimientos y con el pretexto de las guerras de religión francesas, la Corona española dio la orden a Pedro Menéndez de Avilés de desembarcar, con una fuerza hispana aliada a los timucuas, el 2 de septiembre del citado año en el establecimiento de piratas franceses —allí continúan sus tumbas—, renombrando a la fortaleza como «San Mateo». Hasta que fueron atacados por los franceses en 1569.

A los pocos días Menéndez de Avilés fundó el fuerte, y luego ciudad, de «San Agustín de la Florida» el 8 de septiembre de 1565. Poco después, envió un contingente que atacó la colonia hugonota, situada a 65 km, y mató a todos sus habitantes con el argumento de que eran protestantes. De este modo, fracasó el primer intento de convertir a Estados Unidos en un refugio religioso.

Acoso de corsarios ingleses a San Agustín

La vida de la ciudad de San Agustín no fue pacífica. En 1586 fue atacada por el corsario Francis Drake, al servicio de la Monarquía inglesa. Sus edificios fueron arrasados y quemados, pero sin que ello quebrara la voluntad de España de mantener allí su presencia. En esta ciudad, el 29 de septiembre de 1633 fallecía en el cargo Andrés Rodríguez de Villegas, quien fuera el XIII gobernador de la provincia de La Florida.Turner Bushnell, Amy (op. cit., Vol. 68, p. 212, año 1994).

Tampoco cejó la Corona española ante el ataque del capitán pirata Robert Searle, que tuvo lugar ochenta y dos años después, o ante los sucesivos asaltos británicos de 1702 y 1740, siempre peligrosos y atroces, pero siempre sin éxito.

El Castillo de San Marcos, cuya actual traza data de 1672, sustituto de anteriores construcciones de madera que allí mismo se levantaron, es un importante ejemplar de la arquitectura militar española en las Américas, con baluartes apuntados hacia el exterior, y no se construyó en piedra, sino en coquina: una mezcla de moluscos y arena, aglutinada por la cal de las conchas, que resultó ser un excelente material, que no se destrozaba ante los proyectiles del enemigo, sino que los absorbía.

Refugio de esclavos británicos en la ciudad

La cercanía geográfica de San Agustín respecto de las colonias inglesas de Carolina del Sur propició un fenómeno que no es demasiado conocido: el establecimiento de un verdadero santuario de libertad para los negros que huían de la esclavitud británica.

Ciertamente, en la época, la esclavitud africana era legal en las posesiones españolas pero las condiciones de los esclavos británicos y españoles no eran las mismas.

El régimen de servidumbre español permitía, por ejemplo, que los esclavos tuvieran dinero propio que pudieran usar para comprar su libertad, los autorizaba a llevar a sus señores ante los Tribunales, impedía que se rompieran familias por motivos de venta y constituía, en definitiva, un sistema más benigno que no era desconocido por los esclavos que padecían el muy riguroso ordenamiento británico.

Ya en 1688 se corrió la voz entre los esclavos negros de Carolina del Sur de que San Agustín era un santuario para quienes escapaban. En 1687 había llegado el primer grupo de fugitivos, compuesto por ocho hombres, dos mujeres y un niño. Y el goteo fue a partir de entonces incesante, hasta llegar a cifras cercanas a la centena, como se ha dejado dicho.

De la política hispana de acogida queda testimonio en la real cédula otorgada en 1693 por Carlos II de España que cabalmente expresaba su voluntad de que «dando libertad a todos, tanto a los hombres como a las mujeres, sea ello ejemplo de mi liberalidad y dé lugar a que otros hagan lo mismo».

Aunque ya se venía produciendo un goteo de esclavos fugitivos hacia la plaza española, fue la llegada de no menos de cien de ellos en 1738 lo que dio lugar al establecimiento de una población fortificada a unas millas al norte del castillo de San Marcos: el del fuerte Mosé, convirtiéndose de esta forma en el primer sitio —de lo que hoy son los Estados Unidos— en que los negros pudieron vivir en libertad.

Desdichadamente, en la actualidad no ha habido ningún productor cinematográfico que se haya arriesgado a divulgar este episodio de libertad que es historia común de España y de los Estados Unidos, si bien sí sea conocido y divulgado por los católicos norteamericanos —a título de ejemplo, la página sobre este particular de la diócesis de Denver— y sean de mucho mérito los esfuerzos que han venido haciendo el Old Florida Museum y el Florida Museum of Natural History, este bajo la dirección de la profesora Kathleen Deagan, para indagar y dar a conocer lo que aquello fue, hasta la apertura en 1991, de la exposición itinerante Fort Mose: America’s Black Fortress of Freedom.

Curiosamente, ni los primeros esclavos en América habían sido africanos, ni los primeros africanos en América habían sido esclavos. Mientras que los primeros esclavos eran amerindios, estaban arribando en las primeras expediciones a las Américas como hombres libres, marineros, soldados y colonos de raza negra, como por ejemplo: Juan de las Canarias, que se había enrolado en la Santa María con Cristóbal Colón; Juan Garrido, que partió desde Sevilla, por su propia voluntad, hacia La Española (Santo Domingo) y participó en las exploraciones de Ponce de León y luego, en las campañas de Cortés con el que combatió en Tenochtitlán; también Estebanico, explorador de Pánfilo de Narváez, quien, tras fracasar la expedición a la Florida de 1528, fue uno de los cuatro, de cuatrocientos, que sobrevivieron al conseguir llegar andando, tras ocho años de caminar, desde la Florida hasta México, para luego morir en combate contra los indios zuni; además de Juan Valiente, que guerreó en Guatemala, en el Perú y en Chile, y como otros de los que no cabe memoria.

Esclavitud en las Trece Colonias y la captación hispana

Aunque el celo de la reina Isabel I de Castilla prohibió en su testamento la servidumbre de los indios: «no consientan ni den lugar que los Indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, más manden que sean bien y justamente tratados», es cierto que esa real voluntad se quebró no pocas veces en la práctica, llegándose a justificar la esclavitud de aquellos indios que rehusaran la conversión o practicaran el canibalismo.

No hay duda de que la existencia de hombres libres de raza negra bajo el régimen español alentó que se constituyera aquella comunidad de Santa Teresa de Mosé, que fue, según han escrito Katlheen Deagan y Darcie MacMahon, un símbolo de esperanza para muchos africanos de la colonia inglesa.

Aunque la hospitalidad española respondía a la convicción de que quienes libremente abrazaran la religión católica debían vivir como hombres libres, hay que presumir que, junto a tal creencia, operaría la conveniencia de restar fuerza económica a las colonias británicas, generar inseguridad y ganar nuevos trabajadores, aunque en régimen de libertad. Y es que en Carolina del Sur, sobre una fuerza de trabajo de cuarenta mil esclavos negros, dominaba una población blanca de solo veinte mil colonizadores, en una proporción que hacía extremadamente preocupante cualquier intento de revuelta.

Al incrementarse constantemente el número de quienes escapaban de las plantaciones esclavistas de Carolina, se llegó a constituir, en 1738, bajo bandera de España, una milicia negra, con oficiales de la propia raza, como lo fue el capitán Francisco Menéndez, en otro tiempo esclavo evadido. Y no se trataba de una fuerza simbólica, sino bien operativa, habida cuenta de que su calidad de veteranos fugitivos les había dado un buen conocimiento de la zona, mientras que su condición de antiguos esclavos los hacía valientes y con resuelta voluntad de vencer, para no volver jamás a la servidumbre.

Destruido el Fuerte Mosé por los ingleses en 1740, sus ocupantes se defendieron desde San Agustín, que resistió.

Traspaso de San Agustín de España al Reino Unido de Gran Bretaña

thumb|277px|Fuente de la Juventud. thumb|277px|Catedral de San Agustín.

Por ironías de la política, la imbatida San Agustín vino a ser pacíficamente otorgada a la Corona británica el 20 de julio de 1763, cuando por el Tratado de París se entregó pacíficamente la Florida al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. San Agustín fue nombrada capital del territorio de Florida Oriental. Los que habían sido defensores del Fuerte Mosé, embarcaron junto a los pobladores de procedencia peninsular hacia la isla de Cuba, especialmente hacia Matanzas, en donde siguieron su vida como hombres libres. En 1777 se instalaron en San Agustín los colonos supervivientes de la fallida colonia agrícola de New Smyrna, fundada en 1768 por el británico Andrew TurnbalI. Se trató de griegos otomanos ortodoxos procedentes de Mani y de menorquines, de cuyo paso por San Agustín es testimonio el Santuario de San Focio o capilla Menorquina.

Nuevamente retornaría a España durante la guerra de Independencia de los EE. UU. a consecuencia de la victoria de Bernardo de Gálvez en la batalla de Pensacola en 1781 y del Tratado de París (1783).

Devolución de la urbe y la Florida a la Corona española

thumb|277px|right|Antigua puerta de la ciudad de San Agustín, Florida, EE. UU.