La Conferencia de Río de Janeiro de 1942, originalmente llamada III Reunión de Consulta entre los Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas, se celebró del 15 al 28 de enero de 1942 en la entonces capital de Brasil, en Río de Janeiro, con la intención de romper las relaciones diplomáticas, comerciales y otras a los países de los aliados declarados en la Segunda Guerra Mundial para no intervenir ni arriesgar su patrimonio de manera abrupta por la guerra. En la conferencia participaron los países de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Venezuela y Uruguay dentro de las ideas y principios del panamericanismo. Argentina declaró a Estados Unidos no beligerante, al tiempo que afirmaba la neutralidad ante Alemania, Reino de Italia e Imperio Japonés. El presidente Franklin D. Roosevelt agradeció la rápida declaración a su colega Castillo. Con la entrada de los países centroamericanos y caribeños en la conflagración, el gobierno argentino extendió la no beligerancia a esos Estados. Bolivia, Chile y Uruguay tomaron medidas similares inmediatamente estalladas las hostilidades entre Estados Unidos (más las naciones que lo acompañaron) y las potencias nazi-fascistas. Ecuador, Perú y Paraguay no realizaron acciones concretas hasta enero de 1942.
Acontecimientos preliminares a la conferencia México, en el mes de diciembre de 1941, rompió relaciones diplomáticas con las potencias del Pacto Tripartito, estableciendo, además, una serie de medidas que afectaron de manera gradual la libertad y los bienes de los ciudadanos de los países del Eje; mientras que Colombia y Venezuela, hacia finales del mismo año, cortaron los vínculos diplomáticos con los gobiernos del Eje . Brasil no ejecutó acciones favorables a ningún beligerante. Sin embargo, para entonces ya tenía un sesgo pronorteamericano disimulado por el juego pendular del gobierno de Vargas. Valga por ejemplo que seis meses antes del Ataque a Pearl Harbor, la Pan American Airways empezó a desarrollar en territorio brasileño los campos del Airport Development Program, cuya finalidad sería el apoyo al patrullaje del Atlántico Sur y a los aviones en tránsito a África, el Cercano y el Lejano Oriente ; al mismo tiempo nueve Estados de Centroamérica y el Caribe, con indudable liderazgo político y económico estadounidense, para el 11 de diciembre de 1941 se encontraban en estado de guerra con las potencias del Eje. En sincronía, la República Dominicana, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua y Panamá adoptaron una beligerancia, naturalmente, limitada al espacio que representaban en el orden mundial. Las medidas más importantes se abocaron al confinamiento de ciudadanos de los países enemigos considerados peligrosos por el Departamento de Estado -con la subsiguiente deportación a Estados Unidos- y el control de la propiedad enemiga hasta llegar a la expropiación.
Consumado el ataque japonés, Estados Unidos y Chile propusieron un cónclave de cancilleres. Resuelta que fue favorablemente la convocatoria con la aprobación de todo el continente, se dispuso que la Tercera Reunión de Consulta entre Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas tuviera lugar en Río de Janeiro en enero de 1942. El doctor Enrique Ruiz Guiñazú, canciller argentino, hizo sondear la opinión de los países americanos, y algunas versiones le indicaron que la reunión giraría sobre asuntos económicos. El embajador argentino en Washington, sin embargo, le previno el 24 de diciembre de 1941, que el gobierno norteamericano usaría toda su influencia para obtener el corte de relaciones con el Eje, especialmente con el Japón. En su opinión, la ruptura colectiva tendría el terreno preparado, pues doce países estaban en guerra o habían cortado los vínculos con el Eje, y se suponía que Perú, Ecuador y Uruguay podrían tomar medidas análogas antes de la Conferencia. Asimismo, desde la embajada en Brasil, informaban que la reunión podría contemplar el rompimiento de las relaciones diplomáticas con los países en guerra con Estados Unidos.
Conflicto con los países aliados El 2 de enero de 1942, reunidas en Washington, 26 naciones aliadas se comprometieron a apoyar el programa suscrito por Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill el 14 de agosto de 1941, conocido como Carta del Atlántico. En consecuencia, los nueve Estados de América Central y el Caribe en estado de guerra contra el Eje se incorporaron a una alianza bélica y declararon “no hacer un armisticio o paz por separado con sus enemigos”. Conocido el hecho, al día siguiente, el ministro Ruiz Guiñazú decidió comunicarle al gobierno estadounidense que la alianza extra-continental constituía una presión sobre las resoluciones a adoptar en Río de Janeiro. Una semana antes de la apertura de la reunión consultiva, Ruiz Guiñazú informaba al Departamento de Estado un parecer que ponía en duda el sentido de la Conferencia: “Existe una cierta contradicción en invitarnos a participar del estudio y adopción de medidas de defensa común al mismo tiempo que nueve países proceden sin previo intercambio de opiniones a definir de manera absoluta su doble posición, intra-continental y extra-continental, con los consiguientes riesgos y responsabilidades de un estado de guerra”.
Ruiz Moreno analiza las consultas previas de Ruiz Guiñazú con las oficinas de la Cancillería y otros ministerios. No es el propósito del hilo entrar en el detalle de la correspondencia interna del gobierno argentino, pero conviene presentar el temperamento de Ramón S. Castillo, formalmente vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo y en aquellos días el presidente de hecho debido a una larga licencia por enfermedad del presidente Ortiz. En las instrucciones dirigidas al canciller, el vicepresidente expresa la firme política de neutralidad: “La Delegación Argentina no está autorizada entonces a adherir a ninguna declaración general de guerra o de ruptura de relaciones diplomáticas. Si llegara a proponerse alguna de esas dos medidas, la Delegación Argentina deberá consultar previamente con el Poder Ejecutivo la actitud a asumirse”.
Norman Armour, embajador estadounidense en Buenos Aires, informaba al Departamento de Estado que el gobierno argentino no accedería a declarar la guerra ni tampoco a la ruptura de relaciones, sin llegar a asegurar lo último. A la vez, Washington veía con preocupación el esfuerzo de la administración de Castillo por convocar a los delegados de los países de la región en viaje a la conferencia interamericana. Los representantes de Chile, Paraguay, Perú y Uruguay pasaron por Buenos Aires antes de llegar a Río de Janeiro.
Enseguida de producido el ataque a Pearl Harbor, el ministro de Relaciones Exteriores del gobierno chileno, Juan Bautista Rossetti, le había manifestado al embajador norteamericano en Santiago su preocupación ante un eventual ataque japonés a las costas chilenas. Hull, el 11 de diciembre, le había asegurado desde Washington que Estados Unidos daría todo su apoyo. No obstante, Rossetti insistió el 13 al embajador, advirtiéndole que encontraba muchas resistencias en una parte del Congreso y de las Fuerzas Armadas convencidas de que el litoral chileno pudiera ser atacado por Japón.
Comienza la reunión consultiva El ministro Ruiz Guiñazú arribó a la capital brasileña el 14 de enero de 1942, un día antes de la inauguración. Las entrevistas con autoridades locales y otros jefes de delegación le dieron un panorama de la víspera:“he podido comprobar la forma insidiosa con que se presenta a la Argentina frente a Norteamérica (…) tengo la impresión de que el propio Welles está bajo la sugestión de esa crítica sin control”.El subsecretario de Estado encabezaba la comitiva estadounidense, mientras Cordell Hull permanecía en Washington dedicado a los asuntos del ingreso de su país en la conflagración. El alejamiento geográfico de Hull le permitiría a Sumner Welles desplegar la política de apaciguamiento, contraria a la línea del secretario de Estado, más inclinado a la intransigencia.
Ruiz Guiñazú fue recibido por el presidente Getúlio Vargas, el cual coincidió con descartar la guerra contra el Eje y en no reconocer a Gran Bretaña como no beligerante; la condición del principal Aliado no americano estaba en discusión. El mandatario expresó el deseo de que predominase la “juiciosa actitud” argentina, y pidió al enviado que convenciera a Welles. Aunque acuciado por las circunstancias, Vargas parecía continuar con su táctica pendular. Sin embargo, el canciller argentino podía entrever la posición brasileña por las conversaciones con los representantes de México, Colombia y Venezuela. Ellos le adelantaron que presentarían un proyecto de ruptura colectiva, el cual contaba con la conformidad de Brasil.
El día 15, al abrir la Conferencia, Vargas no adoptó una postura clara. En su discurso, defendió en términos generales la solidaridad continental y los compromisos asumidos anteriormente, nada distinto de declaraciones del vicepresidente Castillo formuladas a la prensa. Inaugurado el cónclave y distribuidas las comisiones, las delegaciones comenzaron a trabajar en las resoluciones a suscribir por el cuerpo continental. A excepción de Hull, reemplazado por Welles, se encontraban todos los titulares de los asuntos exteriores.
Ruptura de relaciones con los países aliados Una propuesta dominicana, apoyada por el bloque centroamericano, planteó la declaración de guerra de las naciones que no la habían formulado. Advirtiendo que tenía muy escasa probabilidad de ser aprobada, el Departamento de Estado descartó esa proposición. Una medida de tal naturaleza tampoco contaba con el aval del Alto Comando norteamericano, opuesto a extender el territorio beligerante a todo el continente. Con mejores perspectivas, los delegados de los tres países que habían cortado relaciones con el Eje introdujeron la declaración de ruptura colectiva. México, Colombia y Venezuela presentaron cuatro puntos que contenían los objetivos estadounidenses:
1.- Las Repúblicas Americanas declaran que consideran estos actos de agresión contra una de las Repúblicas Americanas como actos de agresión contra todas ellas y como una amenaza inmediata a la libertad e independencia del Hemisferio Occidental. 2.- Las Repúblicas Americanas reafirman su completa solidaridad y su determinación de cooperar estrechamente para su protección mutua, hasta que la presente amenaza haya desaparecido completamente. 3.- En consecuencia, las Repúblicas Americanas manifiestan que, en virtud de su solidaridad y a fin de proteger y preservar su libertad e integridad, ninguna de ellas podrá seguir manteniendo sus relaciones políticas, comerciales y financieras con los gobiernos de Alemania, Italia y Japón; y, asimismo, declaran que, en pleno ejercicio de su soberanía, tomarán las medidas correspondientes a la defensa del Nuevo Mundo, que consideren, en cada caso, prácticas y convenientes. 4.- Las Repúblicas Americanas declaran, por último, que antes de reanudar sus relaciones políticas, económicas y financieras con las potencias agresoras, consultarán entre sí, a fin de que su resolución tenga carácter colectivo y solidario.
Al final de la jornada, Welles visitó a Ruiz Guiñazú para enfatizarle que la ruptura “era de vida o muerte para Estados Unidos y toda América”. Enterado de la negativa argentina, calificó de “trágico” a dicho punto de vista, lamentando que se reprodujese “la misma oposición que en Lima y La Habana”. Ruiz Guiñazú se entrevistó también con los representantes de Venezuela y México. Welles, con el apoyo del canciller brasileño Oswaldo Aranha, insistió al ministro argentino sobre la importancia del corte de relaciones.