miniatura|300px|La Expulsión de los Moriscos, de Vicente Carducho (Gabinete de Dibujos, Estampas y Fotografías del Museo del Prado, Madrid). La historia de los moriscos comienza en 1502 para la Corona de Castilla, con la conversión forzosa de los moriscos que quisieran quedarse ordenada por los Reyes Católicos, y en 1525 para la Corona de Aragón, con la misma medida decretada por Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, y termina en 1609 con la expulsión de los moriscos de España decidida por Felipe III. En medio el acontecimiento decisivo fue la rebelión de las Alpujarras de 1568-1570 bajo el reinado de Felipe II, ya que, además de la gravedad que revistió, convenció a la corona de que era imposible asimilar a la minoría morisca por la vía de la persuasión y la predicación, abriéndose el camino hacia medidas más drásticas.
De mudéjares a moriscos (1492-1526) El 2 de enero de 1492 los Reyes Católicos entraban en Granada poniendo fin así a la guerra que habían mantenido con el Reino nazarí de Granada, último estado islámico de la península ibérica. A partir de aquella fecha todos los musulmanes peninsulares eran mudéjares, es decir, estaban sometidos a un señor cristiano. Corona de Castilla Durante la guerra de Granada , que puso fin a la Reconquista, los Reyes Católicos firmaron capitulaciones en las que garantizaron la libertad personal y la conservación de los bienes de los vencidos y el mantenimiento de su organización social, jurídica, cultural y religiosa particular. Como ha señalado Henry Kamen, "los términos de la rendición fueron generosos con los vencidos". La última capitulación fue la de la ciudad de Granada y fue firmada el 25 de noviembre de 1491. Las condiciones que se establecían en ella, como las que habían sido fijadas a otras ciudades del reino nazarí, eran, según Julio Caro Baroja, "bastante favorables para los vencidos" ya que se "hallaban concebidas dentro de un espíritu de transigencia, dictadas aún por la vieja idea medieval de que había que «convivir», amistosamente casi con el moro. [...] Nadie pretendería, según ellas, alterar los usos y costumbres de los vencidos: sus jueces, doctores y ejecutores de la ley religiosa; sus alfaquíes y ulemas seguirían siendo los jefes de las comunidades musulmanas". En la cláusula cuarta se decía:
Pero la conquista supuso un cambio social muy grande como ya había sucedido con el resto de los territorios de Al-Ándalus. Según el cronista Lorenzo de Padilla, "todos los grandes, y caballeros e hijosdalgo que sirvieron en la conquista deste reino hubieron mercedes, a cada uno segun su estado, de casas y heredamientos y vasallos". Así pues, desde el primer momento se impuso el régimen señorial, por el que los mudéjares granadinos quedaron sometidos a sus nuevos señores cristianos. Según Caro Baroja, "sobre la pobre plebe musulmana caían unos nuevos amos con enormes ansias de riqueza... El vasallo moro era poco menos que un esclavo. Con relación al noble, al señor, tenía una situación parecida a la del indio con respecto a los conquistadores que disfrutaron de las primeras encomiendas". En cuanto a los nobles musulmanes granadinos, una parte optó por emigrar al norte de África, como el mismo rey Boabdil, y los que se quedaron se vieron obligados a abandonar la ciudad de Granada e irse a vivir a las alquerías que tenían en el campo o a los arrabales de la capital. Esta situación se sancionó jurídicamente en 1498 cuando se dividió la ciudad de Granada en dos partes, una constituida por la habitada por los cristianos y otra que era la Morería.
Íñigo López de Mendoza y Quiñones, segundo conde de Tendilla y más tarde primer marqués de Mondéjar, que recibió muchas tierras y vasallos mudéjares en el repartimiento que siguió a la conquista, fue el encargado de reorganizar el territorio, y Hernando de Talavera, nombrado arzobispo de Granada, fue el que puso en marcha la conversión al cristianismo de los mudéjares por la vía de la persuasión y el respeto a la cultura mudéjar, que incluía el uso del árabe como lengua litúrgica.
Sin embargo, pronto se empezaron a aplicar medidas que contravenían lo acordado. Según Julio Caro Baroja, la razón fundamental de éstas fue la necesidad de asegurar que Granada no sirviera de base para futuros ataques e invasiones procedentes del norte de África. La primera fue la prohibición de portar armas, a la que siguió la negación del derecho a comprar tierras –con la que se pretendía alentar el asentamiento de población cristiana en el reino-. En 1495 y 1499 se implantaron impuestos que solo ellos debían pagar. Se trataba del complejo sistema de la farda, una parte de la cual estaba destinada a la construcción del palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada.
A todo esto se unió la política de conversión forzosa al cristianismo iniciada por el cardenal Cisneros en cuanto a llegó a Granada en octubre de 1499, cambiando la que había aplicado hasta entonces el arzobispo fray Hernando de Talavera y que Cisneros consideraba que no estaba dando resultado. No se sabe si en realidad la misión de Cisneros se dirigía solo a los elches (los cristianos o hijos de cristianos que se habían convertido al islam y por tanto eran renegados) o al conjunto de los musulmanes. Lo cierto es que se produjeron bautismos masivos y se transformó una mezquita en iglesia. Para los mudéjares "no había más que una dura alternativa: o convertirse al cristianismo o padecer grandes prisiones o torturas", afirma Caro Baroja.
El 18 de diciembre de 1499, solo tres meses después de la llegada de Cisneros a Granada, los mudéjares del Albaicín se sublevaron y solo depusieron las armas tres días después gracias a los buenos oficios del conde de Tendilla y del arzobispo Talavera a quienes los sublevados les dijeron "que se tornarían cristianos y haría todo lo que el arzobispo y el conde mandasen con tal que el arzobispo de Toledo [Cisneros] saliese de Granada".
Pero en enero de 1500 la rebelión se extendió a las Alpujarras y duró tres meses, llegando a ocupar algunas fortalezas costeras. En octubre de 1501 una nueva rebelión se produjo por las tierras de Almería y no fue sofocada completamente hasta mediados del año siguiente, coincidiendo con una cuarta revuelta que tuvo su epicentro en la serranía de Ronda. En la represión de esta última intervino el propio rey Fernando el Católico. La consecuencia de estas rebeliones fracasadas fue la conversión en masa de los mudéjares, presos del pánico y pensando obtener mejores condiciones de los vencedores. Las nuevas capitulaciones firmadas por varias comunidades mudéjares y los representantes de los soberanos, como las de Tabernas, Baza y Huéscar, son significativas en este sentido pues en ellas se expresa el compromiso de que estos cristianos nuevos sean sometidos al régimen común, aboliéndose los impuestos exclusivos que pagaban hasta entonces y teniendo acceso a los cargos locales, manteniéndose además el aprovechamiento comunal de los pastos. Incluso se establecía un castigo para los cristianos viejos que los injuriasen llamándolos "moros" o "tornadizos". Asimismo se les reconocían ciertos derechos culturales pero no de forma completa, como disponer de sus propios carniceros, pero debiendo matar las reses "por la orden e manera que las matan los cristianos", o mantener sus formas tradicionales de vestir "hasta que rasguen los vestidos que agora tienen".
El cardenal Cisneros defendió la idea de que los mudéjares debían "ser convertidos y esclavizados, porque como esclavos serán mejores cristianos, y la tierra quedaría segura para siempre". Los reyes, por el contrario, eran partidarios de una política más moderada. Así lo contó Fernando el Católico a sus consejeros:
Las conmociones del reino de Granada condujeron a los Reyes Católicos a promulgar una real cédula el 12 de febrero de 1502 en la que se obligaba a los mudéjares de toda la Corona de Castilla a escoger entre la conversión al cristianismo o el destierro. La inmensa mayoría optó por la conversión. A partir de esa fecha los mudéjares castellanos pasaron a ser moriscos.
Para hacer efectiva la conversión se creó una red de parroquias en el reino de Granada y se organizaron misiones evangelizadoras. Además, para evitar que volvieran a su antigua fe, el 12 de octubre de 1501 se ordenó la quema de todos los libros relacionados con el islam. Un erudito mudéjar granadino, convertido a la fuerza en morisco, escribió: "Si el rey de la conquista no guarda fidelidad, ¿qué aguardamos de sus sucesores?".
Pronto se vio que la campaña evangelizadora no daba ningún resultado, y que los moriscos seguían siendo fieles al islam, pues muchos de ellos "habían creído que sólo con bautizarse se les dejaría en paz". Así a medida que aumentó la presión para que abandonaran definitivamente sus antiguas creencias que afectó también a sus costumbres, el conflicto se acentuó. En 1508 se limitó el uso de los vestidos tradicionales; en 1511 se reguló el uso de los cuchillos que podían ser empleados como armas, se restringió la difusión de los libros escritos en árabe, se regularizó la matanza de reses según los usos cristianos y se determinó la responsabilidad de los padrinos y madrinas en el bautismo; en 1512 se prohibió que pudieran trabajar en las cecas por el temor que pudieran introducir o fabricar moneda falsa. El resultado de esta presión fue que algunos moriscos granadinos optaran por marchar al norte de África y que otros empezaran a apoyar las incursiones de los piratas berberiscos.
La presión culminó en 1526. En el verano de ese año el rey Carlos I pasó una temporada en la ciudad de Granada, donde recibió a una comisión de tres notables moriscos que le presentaron un memorial de quejas sobre los abusos cometidos por clérigos y funcionarios reales. Carlos ordenó entonces que una comisión visitara el reino para que informara sobre la veracidad de esas acusaciones. Según cuenta el cronista Prudencio de Sandoval, los visitadores
El rey nombró una junta para que propusiera medidas para acabar con esa situación y ésta determinó que había que poner fin a cualquier diferenciación entre el morisco y el cristiano viejo: se prohibió el uso del árabe escrito u oral; el porte de vestidos, de amuletos, alhajas o cualquier otro símbolo de pertenencia al islam; la circuncisión, la propiedad de esclavos y armas, la manera ritual de matar los animales o el poder abandonar los lugares donde vivían. También se prohibió que celebraran sus fiestas a puerta cerrada, especialmente los viernes, y se dispuso asimismo que
Con estas medidas, según Domínguez Ortiz y Bernard Vincent, "se formula una nueva definición de la pertenencia al Islam en suelo español: se consideraba musulmán no sólo quien no abrazara la religión cristiana sino también todo aquel que conservara la menor costumbre ancestral que revelara su origen". Hasta entonces "había sido rechazado el Infiel; en adelante lo sería simplemente el Otro", concluyen estos historiadores.
Al conocerse el documento elaborado por la junta, que incluía el traslado del tribunal de la Inquisición de Jaén a Granada, un grupo de notables moriscos granadinos se presentó ante el rey Carlos para pedir el aplazamiento de las medidas a cambio de una importante suma de dinero: 90.000 ducados a pagar en seis años. Finalmente Carlos decidió que se suspendiera la prohibición de las costumbres moriscas, justificándolo ante el papa mediante una carta que le envió desde Granada el 14 de diciembre de 1526, en la que le decía:
Corona de Aragón thumb|Paño decorativo de azulejería, perteneciente a la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Utebo, realizada en 1545 por alfareros moriscos de Muel (Zaragoza).