Los comanches (en comanche: nʉmʉnʉʉ ‘la gente’) son un pueblo indígena originario de la Comanchería, territorio histórico que comprendía el noroeste de Texas y las áreas adyacentes del este de Nuevo México, sudeste de Colorado, suroeste de Kansas, oeste de Oklahoma y norte de Chihuahua. Se calcula que su población máxima ascendió a 45 000 personas. Hoy, la Nación Comanche está constituida aproximadamente por 17 000 personas; cerca de la mitad reside en Oklahoma, principalmente en Lawton, y el resto en Texas, California y Nuevo México.

El idioma comanche es una lengua númica de la familia yuto-azteca muy similar al idioma shoshone. Hoy en día la mayoría de los comanches hablan inglés y el idioma comanche solamente tiene unos cientos de hablantes. Los comanches eran cazadores-recolectores que adoptaron la cultura del caballo, llevada a las Américas por los españoles.

Etimología thumb|Mapa de Guillaume de L'Isle con el actual estado de Nebraska resaltado y emplazamientos «padoucas» al sur del río Kansas (1718). El etnónimo comanche deriva de kɨmantsi, el nombre por el que los conocieron los utes y adoptado de ellos por los españoles, que se suele traducir como 'enemigo' o 'los que quieren luchar siempre contra mí'. Sin embargo, es posible que el término pudiera aludir originalmente a una rivalidad no violenta con un pueblo lingüística y culturalmente próximo, ya que comanches y utes comparten origen geográfico y sus lenguas pertenecen ambas al grupo númico.

El término padouca, proveniente del idioma siux, utilizado en documentos ingleses y franceses de principios del , era desconocido para los españoles y parece que en realidad normalmente se refería a los kiowa-apache y no a los comanches, aunque la equivalencia es aceptada por algunos estudiosos. Los comanches preferían llamarse los nʉmʉnʉʉ, que procede de la raíz nʉm ('ser humano'), y quiere decir 'el pueblo', 'la gente', o 'las personas'.

Los utes también se referían a los comanches como los «hombres del sudeste de grandes pies», en alusión a la costumbre que compartían con los siux de calzar grandes mocasines. En la lengua de señas de las Grandes Llanuras a los comanches se les conoce como las «serpientes», con un gesto que se realiza poniendo la palma de la mano derecha hacia abajo acompañado de un movimiento ondulante del brazo.

Historia Origen hasta la escisión de los shoshones (-) miniaturadeimagen|366x366px|Extensión de la Comanchería, zonas de control e incursiones comanches entre las décadas de 1770 y 1850. Los comanches proceden de la rama númica de unos pueblos hablantes de lenguas yuto-aztecas que, provenientes en primera instancia de algún lugar cercano al desierto de la Gran Cuenca, iniciaron una migración al sur en los primeros siglos del segundo milenio. Mientras los Mexica se dirigieron al valle de México, los numic aprovecharon una época de sequía en el que había dejado despobladas grandes áreas desérticas y se dirigieron al este y al nordeste desde el sur de Sierra Nevada.

Los shoshones, el principal grupo númico, se dirigieron a la vertiente occidental de las montañas Rocosas, al borde de las Grandes Llanuras, donde llevaban una vida típica de cazadores-recolectores: la caza con arco y flecha de ciervos o muflones la complementaban con la pesca del salmón en ríos como el Snake o el Salmón, además de la recogida de todo tipo de plantas y alimentos silvestres. Normalmente realizaban migraciones estacionales, y así en invierno podían atravesar el Paso Sur para protegerse del frío en el clima más suave del oeste de las Rocosas.

La situación experimentó un cambio radical en el , cuando el inicio de la Pequeña Edad de Hielo provocó un descenso de las temperaturas acompañado de un incremento de las lluvias que volvió a hacer que se recuperaran las poblaciones de bisontes en las Grandes Llanuras. Una gran migración de pueblos procedentes de las montañas Rocosas al este, del valle del Misisipi al este y de los bosques del norte, se dirigió de nuevo a las praderas siguiendo a las manadas. Entre los llegados por vez primera estaban los shoshones, cuyo número se incrementó todavía más el siglo siguiente gracias a nuevos contingentes llegados del otro lado de las Rocosas. Establecidos entre los ríos South Platte y Yellowstone, amoldaron sus costumbres a la caza de bisontes y se convirtieron en cazadores nómadas que seguían los desplazamientos de las manadas a pie transportando sus pertenencias en los aparejos llamados travois, normalmente tirados por perros, y ya vivían en tipis, las ligeras cabañas cónicas hechas de piel.

División de los shoshones y aparición de los comanches (1706-1720) A finales del los apaches llegaron a las llanuras centrales y comenzaron a poblar los valles fluviales fundando aldeas de casas de adobe concentradas sobre todo en la zona entre los ríos Dismal (Nebraska) y Republican (Colorado, Nebraska y Kansas). Este fue el factor que probablemente provocó una nueva migración de los shoshones y su división en dos grupos; el más grande se dirigió al norte, siguiendo a las manadas de bisontes más numerosas del valle del Yellowstone, y apareció en los registros históricos sobre 1730, cuando fueron localizados por comerciantes canadienses de pieles en guerra con los pies negros y los gros ventre. Fue el grupo más reducido, que se dirigió al sur, el que finalmente dio origen a los comanches.

Una de las motivaciones de su desplazamiento, tal y como recuerda la tradición shoshone, pudo ser la búsqueda de caballos, especie con la que habían entrado en contacto sobre 1690 y que se estaba difundiendo rápidamente por el sur después de que los indios pueblo de Nuevo México se hubieran hecho con un gran número de ellos tras su rebelión en 1680 contra los españoles. Se documenta por primera vez la aparición de los comanches en 1706 gracias al aviso de un ataque inminente que los habitantes del poblado de Taos enviaron al gobernador español de Nuevo México: los atacantes eran los indios ute acompañados de unos nuevos aliados, los comanches. Los españoles ya habían tenido contacto con los utes por lo menos desde 1675 y conocieron a los comanches por un nombre derivado del que ellos les dieron: kumantsi, 'enemigo' o 'adversario'. Probablemente procede ya de este periodo la tradicional división en tres grandes grupos: los yamparica ('comedores de raíces', en alusión a la yampa), los kotsoteka ('comedores de bisonte') y los jupe ('pueblo de la madera'). miniaturadeimagen|His-oo-sán-chees, Little Spaniard, guerrero español, cautivo con atuendo Comanche, obra de George Catlin - Smithsonian American Art Museum. Los utes, asentados en la zona comprendida entre las cordilleras Sawatch y Front Range, necesitaban ayuda de los comanches en las guerras que mantenían con los indios pueblo y los navajos. A cambio, proporcionaron a los comanches no solo caballos, sino también el contacto con las redes comerciales que, a través de Nuevo México, hacían llegar a los nativos armas modernas y todo tipo de utensilios de metal.

Los comanches también se incorporaron con los utes al activo comercio de esclavos que se desarrollaba en las zonas fronterizas con los virreinatos españoles. Las leyes españolas prohibían la esclavización de los indios pero, por medio de ficciones legales como el «rescate», pretendían que a los nativos obtenidos por este sistema se les liberaba de la cautividad y se les podía apartar de su paganismo (religión original) proporcionándoles enseñanza religiosa católica. La demanda era intensa porque había fuertes restricciones para la esclavización de los indios pueblo de Nuevo México, la mayoría ya convertidos al cristianismo y sometidos al sistema de repartimiento, una vez abolida la encomienda después de la revuelta de 1680. Comanches y utes apresaban cautivos mediante incursiones en territorio navajo y pawnee, pero sobre todo apaches jicarilla y carlana que terminaban como sirvientes en las mansiones de la elite virreinal, en las minas de Nueva Vizcaya y Zacatecas, o incluso eran exportados a Cuba.

Si bien se fundía en parte con los sistemas de parentesco y cautividad más antiguos y flexibles, la esclavitud de los comanches era, en esencia, un sistema de explotación coercitivo e impulsado por la economía: una extensión del poder imperial. La mayoría de las personas esclavizadas se esforzaban y, a menudo, se cargaban de trabajo en la atención a los caballos, la elaboración de pieles y otras faenas intensivas, que reducían su vida a una rutina tediosa y agotadora. «Su situación siempre es más difícil de soportar que la de las mujeres patoka [comanche]», señalaba Victor Tixier, el viajero francés, refiriéndose a las mujeres prisioneras: «en la vivienda, tienen que realizar las tareas más desagradables». Rachel Plummer, una mujer de origen inglés apresada en Texas, recordaba que el curtido de pieles la tenía «ocupada todo el día, de sol a sol»: «Solía tener que acarrear todo el día la piel de bisonte para acabarla mientras me ocupaba de los caballos». Si los esclavos varones no cualificados lograban salvarse de la muerte cuando los apresaban, tenían que hacer frente a una violencia y explotación rayana en la mutilación simbólica. «A los prisioneros varones se les maltrata espantosamente escribió Tixier. «Se les obliga a realizar el trabajo que se supone que solo hacen las mujeres.

Por sí solo, eso ya es una muestra de desprecio; además, se les obliga a entrenar caballos supuestamente indomables. A todos los prisioneros se les hacía pasar también por una fase de adoctrinamiento, a menudo brutal, durante la cual se libraban de su identidad anterior y, en cierto sentido, se convertían en una tabula rasa desde el punto de vista social. Los comanches despojaban a todos los prisioneros nuevos de todo vestigio de su vida anterior rebautizándolos y vistiéndolos con atuendo comanche. Obligaban a los varones a cumplir con la práctica de arrancarse el vello facial, y dejaban a los niños desnudos para que se les curtiera la piel. A veces, tatuaban el rostro de los prisioneros más jóvenes. Para la mayor parte de los prisioneros, los primeros días en la Comanchería estaban llenos de espanto y humillación infligidos mediante golpes, azotes, mutilaciones y hambre. «La suerte de las mujeres [capturadas] es atroz, escribió Berlandier, aunque solo sea porque las indígenas de su mismo sexo se divierten torturándolas y golpeándolas sin razón a cada instante». Lo que a Berlandier le parecía un acto de crueldad gratuita era, en realidad, un ritual de transición meticuloso, un proceso de «alienación natal» que dejaba a las prisioneras absolutamente indefensas y dependientes emocionalmente de sus nuevos amos, mediante el cual se las separaba de sus sociedades de origen. Para los comanches, los prisioneros torturados eran personas muertas desde el punto de vista social que podían renacer como comanches.

del río Canadian (1720-1725) thumb|Comanches cazando bisontes a caballo (George Catlin, American Art, 1846-1848).