270px|thumb|Icono de la Santísima Trinidad en el Monasterio de Vatopedi del Monte Athos.
Filioque, que se traduce como «y del Hijo», es una cláusula insertada por la teología cristiana en la versión latina del símbolo niceno-constantinopolitano del Concilio de Constantinopla I del año 381. No está presente en el texto original griego, en el que simplemente se lee que el Espíritu Santo procede «del Padre».
Se considera que la cláusula Filioque fue insertada en la versión latina del credo niceno-constantinopolitano durante el III Concilio de Toledo en 589 y que se extendió espontáneamente por todo el pueblo franco. En el siglo , el papa León III aceptó la doctrina del origen del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, aunque se opuso a la adopción de la cláusula Filioque. Sin embargo, en 1014 en Roma, se adoptó el canto del credo con Filioque en la misa.
La posición a favor de la inserción de esta cláusula, llamada filioquismo, se inspiró en la doctrina tradicional de Occidente, así como en la doctrina recogida en Alejandría. Fue proclamado dogma de la Iglesia por el papa León I en 447. «La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas». En oposición a este dogma se encuentra la doctrina del monopatrismo, formulada por el patriarca de Constantinopla Focio en el siglo . Focio sostuvo que la frase «que procede del Padre» (τὸ ἐκ τοῦ Πατρὸς ἐκτορευόμενον) debe ser del credo niceno-constantinopolitano, interpretado en el sentido de «quien procede solo del Padre» (τὸ ἐκ μόνου τοῦ Πατρὸς ἐκπορευόμενον). Esta doctrina fue una de las causas que llevaron al breve cisma de Focio, precedente del Gran Cisma de 1054. «Focio dio un paso de evidente gravedad: pasó abiertamente al terreno dogmático y acusó de herejía a la Iglesia occidental por la inserción de Filioque en el texto del Símbolo de la Fe.» Las diferencias entre los defensores de las dos doctrinas constituyen todavía un obstáculo en los intentos de reunir a las Iglesias católica y ortodoxa.
Cláusula El texto del símbolo Símbolo Niceno-Constantinopolitano, confirmado por los Padres de la Iglesia en el Concilio de Constantinopla I del año 381 recoge que el Espíritu Santo procede «del Padre».
Por su parte, la versión latina inserta la cláusula «y del Hijo», lo que significa que el Espíritu Santo procede «del Padre y del Hijo»; este es el origen de la controversia entre las diversas denominaciones cristianas. Todo ello se debe a que la inclusión de la cláusula ha llevado a la postulación de diferentes interpretaciones teológicas, que se traducen en desacuerdos entre las iglesias cristianas. «La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de manera legítima y razonable" (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin principio" (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él "el único principio de que procede el Espíritu Santo" (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado».
Controversia La controversia en torno a la cláusula Filioque proviene de cuatro desacuerdos diferenciados:
sobre el término en sí, sobre la ortodoxia de la doctrina de la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, a la que se refiere, sobre la legitimidad de insertar el término en el credo niceno-constantinopolitano, y sobre la autoridad del papa para definir la ortodoxia de la doctrina o para insertar el término en el credo niceno-constantinopolitano.
Aunque el desacuerdo sobre la doctrina precedió a aquel sobre la inserción en el credo, ambos se vincularon con el tercero cuando el papa aprobó la inserción de la cláusula en el símbolo niceno-constantinopolitano en el siglo . «En última instancia, lo que estaba en juego no era solo la naturaleza trinitaria de Dios, sino también la naturaleza de la Iglesia, su autoridad docente y la distribución del poder entre sus líderes».
Se identifican dos opiniones ortodoxas orientales opuestas sobre la cláusula Filioque. Una visión «liberal», considera que la controversia es, en gran medida, una cuestión de falta de comunicación y malentendidos mutuos. Desde este punto de vista, tanto Oriente como Occidente tienen la culpa de no permitir una mayor «pluralidad de teologías». Cada parte se desvió al considerar su marco teológico como el único que era doctrinalmente válido y aplicable. Por lo tanto, ninguna de las partes acepta que la controversia no se trata tanto de un conflicto dogmático, sino de un punto de vista diferente de un «teologoumenón» o perspectiva teológica. A pesar de que todos los cristianos deben estar de acuerdo en cuestiones dogmáticas, hay opción para la diversidad en los enfoques teológicos. Esta opinión es rechazada por aquellos que tienen una visión «rigorista» dentro de la Iglesia ortodoxa. Para ellos, al igual que para Focio o Marcos de Éfeso, la cláusula Filioque es una cuestión dogmática que no pueden descartar como un simple enfoque teológico diferente. Así, muchos consideran que la Iglesia latina subestima el papel del Espíritu Santo, lo que conduce a un grave error doctrinal.
Durante el siglo la cláusula Filioque fue utilizada como un arma en la lucha de poder entre Roma y Constantinopla. Para muchos involucrados en la disputa, los problemas teológicos superaron con creces las preocupaciones eclesiológicas. De este modo, se cuestiona si el cristianismo oriental y el occidental han terminado por desarrollar «enseñanzas diferentes e incompatibles sobre la naturaleza de Dios», acentuado desde el o el , cuando los cristianos de ambas partes de la disputa, comenzaron a creer que las diferencias eran irreconciliables. Así, desde el punto de vista latino, el rechazo oriental a la cláusula Filioque, suponía la negación de la consustancialidad del Padre y del Hijo, y era considerado una forma oculta de arrianismo. Por su parte, en Oriente, la interpolación de la cláusula Filioque, indicaba que Occidente estaba enseñando una «fe sustancialmente diferente» que podía desembocar en una forma oculta de politeísmo dual. A pesar de que el poder y la autoridad fueron temas centrales en el debate, la fuerza de las emociones se elevaron incluso al nivel del odio, atribuyendo la creencia de que la otra parte «destruyó la pureza de la fe negándose a aceptar las enseñanzas de los padres sobre la procesión del Espíritu Santo».
Historia Nuevo Testamento
En el Diccionario Oxford de la Iglesia cristiana a partir de , en el que Jesús dice que el Espíritu Santo «(...) recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará» se interpreta que en las relaciones entre las Personas de la Trinidad, uno de ellos no podría «tomar» o «recibir» (en griego: λήψεται) ninguno de los otros, sino que «proceden» uno de los otros. Versículos como : «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo"», fueron vistos por los Padres de la Iglesia, especialmente Atanasio de Alejandría, Cirilo de Alejandría y Epifanio de Salamina, como base para decir que el Espíritu Santo «procede sustancialmente de ambos», del Padre y del Hijo. Citado en Otros pasajes que se han utilizado en el debate incluyen , y , en los que el Espíritu Santo se identifica como «Espíritu de Cristo», «Espíritu de su Hijo» y «Espíritu de Jesucristo». Del mismo modo, el Diccionario Oxford de la Iglesia cristiana describe versículos del Evangelio de Juan (, y ) en los que Jesús envía el Espíritu Santo. Además, en , el río del agua de la Vida (identificando el Agua de la Vida como el Espíritu Santo de ) brota del trono de Dios y del Cordero (siendo Cristo el Cordero en ), lo que se puede interpretar como el Espíritu Santo que procede tanto del Padre como del Hijo.
Padres de la Iglesia
Desde el , antes de que se celebrara el Concilio de Constantinopla y de que el Símbolo Niceno-Constantinopolitano se conociera en Occidente, teólogos cristianos de Occidente hablaban explícitamente del Espíritu Santo como «del Padre y del Hijo» o «del Padre a través del Hijo». Todo ello, mientras los Padres de la Iglesia griegos debatían por encontrar un lenguaje capaz de expresar la naturaleza misteriosa de la relación del Hijo con el Espíritu. Incluso durante la vida de Cirilo de Alejandría, los teólogos latinos afirmaban que el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo (ex Patre et Filio procedentem). Esta diferencia entre la Iglesia latina y la griega permanece aún en debate.
A principios del en la provincia romana de África, Tertuliano enfatizaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten una misma substancia divina, un mismo grado y una misma potestad. Él concibe como que fluye del Padre y se transmite por el Hijo al Espíritu. Usando las metáforas de la raíz, el brote y el fruto; la primavera, el río y la corriente; y el sol, el rayo y el punto de luz; para la unidad con distinción en la Trinidad. Así, «el Espíritu, entonces, es tercero de Dios y del Hijo...».
A principio del , Mario Victorino conectó fuertemente al Hijo y al Espíritu en sus argumentos contra el arrianismo. A mediados de siglo, Hilario de Poitiers escribió que el Espíritu «proviene del Padre» y es «enviado por el Hijo», es enviado «del Padre a través del Hijo» y «tiene al Padre y al Hijo como fuente». Por otro lado, cuestiona si «recibir del Hijo es lo mismo que proceder del Padre», en referencia a . A finales de siglo, Ambrosio de Milán afirmó que el Espíritu «procede del (procedit a) Padre y del Hijo», sin separarse jamás de ninguno de los dos. Escribe, «Dios Todopoderoso, tu Hijo es la fuente de la vida, es decir, la fuente del Espíritu Santo. Porque el Espíritu es vida...». Estos autores no reflexionan sobre el origen del Espíritu, sino que enfatizan la igualdad de las personas de la Trinidad como Dios, reconociendo al Padre como fuente de Dios eterno.