thumb|Mosaico bizantino que representa a San Pablo con un códice (libro) bajo su brazo izquierdo, que simboliza el corpus de sus epístolas. San Salvador en Chora, en Estambul.

El tema de la mujer en las epístolas de Pablo de Tarso constituye una materia de importancia en el debate teológico, antropológico y eclesiológico contemporáneo acerca del papel de la mujer en el cristianismo primitivo y en la Iglesia, porque las epístolas paulinas auténticas, escritas apenas 20-25 años después de la muerte de Jesús de Nazaret, y probablemente antes incluso de la redacción de los evangelios en su versión definitiva conocida hoy, forman parte de la documentación más antigua del Nuevo Testamento por lo que resultan una fuente ineludible en cualquier análisis sobre los inicios del cristianismo. «Sus cartas auténticas, todas ellas escritas al ritmo de la problemática misional, surgieron entre los años 50 y 55, es decir, entre veinte y veinticinco años después de la muerte de Jesús. Son, así, los únicos escritos que se conservan de la primera generación cristiana. Y, de este modo, representan los documentos clave y absolutamente imprescindibles para la reconstrucción del movimiento cristiano más antiguo.»

A partir de la investigación de los textos estrictamente paulinos y comparando con referencias que reflejan la posición que ocupaba la mujer en la sociedad judía y romana del , surge que el apóstol san Pablo valoró el papel cualificado que desempeñaron muchas mujeres por él conocidas en el marco de las primeras comunidades cristianas. El pensamiento del Apóstol mostró además en qué sentido superó la distinción de los sexos, que para él quedó abolida de la misma forma que las divisiones de orden racial o social: «Ya no hay varón ni mujer, todos sois uno en Cristo Jesús» (Epístola a los gálatas 3,28).

Reseña sobre la situación de la mujer en el En la sociedad judía

Existe abundante literatura que permite afirmar que, en las culturas de Oriente en general y en la judía en particular, la mujer del no participaba en la vida pública. «Cuando la mujer judía de Jerusalén salía de casa, llevaba la cara cubierta con un tocado que comprendía dos velos sobre la cabeza, una diadema sobre la frente con cintas colgantes hasta la barbilla y una malla de cordones y nudos; de este modo no se podían reconocer los rasgos de su cara. Por eso una vez, según se dice, un sacerdote principal de Jerusalén no reconoció a su propia mujer al aplicarle el procedimiento prescrito para la mujer sospechosa de adulterio. La mujer que salía sin llevar la cabeza cubierta, es decir, sin el tocado que velaba el rostro, ofendía hasta tal punto las buenas costumbres que su marido tenía el derecho, incluso el deber, de despedirla, sin estar obligado a pagarle la suma estipulada, en caso de divorcio, en el contrato matrimonial. Había incluso mujeres tan estrictas que tampoco se descubrían en casa, como aquella Qimjit que, según se dice, vio a siete hijos llegar a sumos sacerdotes, lo que se consideró como una recompensa por su austeridad: "Que venga sobre mí (esto y aquello) si las vigas de mi casa han visto jamás mi cabellera". Sólo el día del matrimonio, si la esposa era virgen y no viuda, aparecía ésta en el cortejo con la cabeza desnuda.» Ver además la bibliografía allí citada. Debía pasar inadvertida en público y las reglas de la buena educación prohibían encontrarse a solas con una mujer, mirar a una mujer casada e incluso saludarla. «Es referida la sentencia de uno de los más antiguos escribas que conocemos, Yosé ben Yojanán de Jerusalén (hacia el 150 a. C.): "No hables mucho con una mujer", y después se añadía: "Esto vale) de tu propia mujer, pero mucho más de la mujer de tu prójimo". Las reglas de la buena educación prohibían encontrarse a solas con una mujer, mirar a una mujer casada e incluso saludarla; era un deshonor para un alumno de los escribas hablar con una mujer en la calle. Una mujer que se entretenía con todo el mundo en la calle, o que hilaba en la calle, podía ser repudiada sin recibir el pago estipulado en el contrato matrimonial.» La mujer no tenía acceso al estudio de la Escritura, se la recluía en un patio especial para ellas en el templo –el llamado «atrio de las mujeres»–, y en la sinagoga debía limitarse a escuchar. Su condición se refleja en la siguiente descripción:

En la cultura judía resultaba preferible que la mujer joven no saliese de la casa antes de su matrimonio, o incluso después, tal lo señalado en la primera mitad del por el filósofo Filón de Alejandría.

Además, Filón comentó que también las mujeres judías de Alejandría estaban recluidas: «no sobrepasan la puerta del patio. En cuanto a las jóvenes, están confinadas en los aposentos de las mujeres y evitan por pudor la mirada de los hombres, incluso de los parientes más cercanos» (In Flaccum 11, § 89.).

Las mujeres israelitas adolescentes también podían ser sujetas a transacciones de compra-venta:

En la sociedad romana thumb|Fresco que representa a una mujer con bandeja, en Villa San Marco, en Estabia. Si bien la mujer de la aristocracia romana participaba de actividades sociales, casi no tuvo acceso a los principales officia virilia. Las mujeres pertenecientes a la aristocracia romana y económicamente independientes tenían acceso a la cultura y podían participar en actividades propias de la vida social y comercial. Sin embargo, la mujer romana en general estuvo privada de los derechos conferidos a los varones, sin acceso a los principales officia virilia. La expresión latina refería a aquellos cargos, empleos u ocupaciones que se consideraban propios del varón, es decir, que detentaban carácter viril o masculino. Las mujeres estaban inhabilitadas no sólo para participar directamente en el gobierno del Estado, sino para desarrollar cualquier tarea «viril».

Para ello se promulgó un conjunto de prohibiciones que inhibían la participación de la mujer en la vida militar, política, o religiosa, con lo que se evitó que la mujer asumiera officia publica que implicaban responsabilidades para el conjunto de la sociedad. Más que una virtud, los romanos consideraban el «callar» como un deber para las mujeres.

La costumbre de que la mujer romana no pudiera desempeñar officia publica permaneció en los siglos siguientes. Ejemplo de ello es la mención por parte del jurista romano Paulo, quien ejerció su carrera a fines del y comienzos del , de que las mujeres —junto con los esclavos— no podían detentar el cargo de juez en razón de las costumbres.

Las mujeres romanas estaban presentes en la mayoría de los festivales y ceremonias del culto. Algunos rituales requerían específicamente la presencia de la mujer, pero su participación activa era limitada. Por regla general, las mujeres no realizan sacrificios de animales, rito central de la mayoría de las ceremonias públicas más importantes. Además de los ritos realizados por las vestales, cuyo contado número habría variado en el tiempo entre dos y seis, existían ciertas prácticas de culto reservadas sólo para mujeres: tal el caso de los ritos de la Bona Dea en los que solo las mujeres tomaban parte. Con todo, los cultos familiares eran presididos por el pater familias, quien además decidía si su hija debía permanecer bajo su poder o si pasaría a ser tutelada por otro hombre. La religión se transmitía a través de los varones, y el pater familias hacía las veces de sumo sacerdote en el hogar.

En el cristianismo de origen thumb|Cristo y la mujer samaritana, obra de Stefano Erardi, expuesta en el National Museum of Fine Arts, Valletta, Malta. Una amplia variedad de textos neotestamentarios tienen a mujeres como figuras destacadas.

A diferencia del ambiente propio de su época, los estudiosos bíblicos Stagg y Stagg (1978) y Bilezikian (1989) no encuentran ningún caso registrado donde Jesús de Nazaret haya deshonrado, menospreciado o estereotipado a una mujer. Por el contrario, en los evangelios canónicos se registran muchos ejemplos de las actitudes de Jesús hacia las mujeres y de la forma en que repetidamente las liberó y afirmó, resistiendo los contextos imperantes que hacían de la mujer un objeto. Jesús enfatizó la valoración de las mujeres a través de su estima por ellas, tanto en su vida como en su enseñanza; reconoció la igualdad intrínseca de los varones y de las mujeres, mostró continuamente el valor y la dignidad de mujeres como personas, y valoró su compañerismo, oraciones, servicio, apoyo financiero y testimonio.

Desde el comienzo de la Iglesia cristiana primitiva, las mujeres fueron miembros relevantes del movimiento aunque algunos autores sostienen que buena parte de la información referida a la participación de las mujeres en el Nuevo Testamento no fue suficientemente considerada. Los investigadores han iniciado la búsqueda en mosaicos, frescos e inscripciones de la época con el fin de obtener más información acerca de los roles de la mujer en la Iglesia primitiva. Otros autores sugieren que una amplia variedad de textos neotestamentarios destacan el papel que tuvieron las mujeres, tanto en vida de Jesús de Nazaret como en las primeras comunidades. Según Joseph Ratzinger, se trata de «[...] numerosas figuras femeninas que desempeñaron un papel efectivo y valioso en la difusión del Evangelio. [...] En el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina tampoco fue secundaria». Además de María, madre de Jesús, aparecen numerosas personalidades femeninas en los Evangelios, como por ejemplo, el grupo de miróforas que le siguieron durante su ministerio, estuvieron al pie de la cruz, y fueron testigos de su Resurrección. Sin embargo, se debe a Pablo de Tarso una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer.

Mujeres mencionadas por Pablo de Tarso en sus epístolas En la Epístola a los filipenses, Pablo mencionó a Evodia y Síntique, dos mujeres cristianas principales que habían defendido junto a él el evangelio ().