El reinado de Amadeo I fue el primer intento en la historia de España de poner en práctica la forma de gobierno de la monarquía parlamentaria («monarquía popular» o «monarquía democrática», como se la llamó en la época), aunque se saldó con un sonoro fracaso ya que solo duró dos años (del día 2 de enero de 1871, en que fue proclamado como rey Amadeo I por las Cortes Constituyentes, al día 10 de febrero de 1873, en que presentó su abdicación).
Entre las razones del fracaso se suele aducir el hecho de que el mismo día de la llegada a España del nuevo rey moría en Madrid el general Prim, víctima de un atentado que se había producido tres días antes. Prim, además de ser el principal valedor del nuevo monarca, era el líder del Partido Progresista, la fuerza política más importante de la coalición monárquico-democrática y cuya muerte abrió la pugna por la sucesión entre Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla que a la larga acabó provocando la «traumática descomposición» de aquella coalición destinada a ser el sostén de la monarquía amadeísta. Como apuntó la historiadora Mª Victoria López-Cordón, «la deserción de las [fuerzas] que deberían haberla sustentado hizo imposible la experiencia». Por otro lado, la monarquía de Amadeo I no consiguió integrar a los grupos políticos de oposición que no reconocían la legitimidad del nuevo rey y que siguieron defendiendo su propio proyecto político —la República, la monarquía carlista o la monarquía alfonsina—.
El reinado de Amadeo I forma parte del período del Sexenio Democrático (1868-1874), que comienza con la Revolución de 1868 y que termina con la también fracasada Primera República Española (1873-1874).
La elección de Amadeo de Saboya como rey de España
thumb|230px|Prim, Serrano y Topete subastan la Corona española, La Flaca (1869).|izquierda Encontrar un rey se convirtió en un grave problema interno —las fuerzas políticas que habían derribado a Isabel II no se ponían de acuerdo en quién debería sustituirla: el duque de Montpensier, los unionistas; Fernando de Sajonia-Coburgo, los progresistas— y también internacional, pues se desataron las rivalidades entre las principales potencias europeas (todas ellas monarquías) para "colocar" cada una de ellas a "su" candidato en el trono vacante de la Corona de España. El gobierno español anunció la candidatura del príncipe prusiano Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, pero pronto encontró la negativa de Napoleón III que, en plena rivalidad con Prusia, entendía como una amenaza próxima el hecho de que dos territorios fronterizos con Francia estuviesen encabezados por miembros de la misma casa real. Incluso de aquí nació el pretexto para el inicio de la guerra francoprusiana de 1870-1871 [y cuyo resultado fue la victoria prusiana (a raíz de la cual nacería el Imperio Alemán), el destronamiento de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República Francesa]. Igualmente Napoleón III se opuso a la candidatura de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, dado el antagonismo entre las casas dinásticas francesas [los Bonaparte y los Orleans]; además el entronque familiar de Montpensier con los Borbones (era cuñado de la destronada Isabel II) hizo que esta opción fuera muy poco apoyada por los partidos monárquicos-democráticos españoles. Solo quedaba la candidatura italiana de la casa de Saboya, impulsada por Prim desde el verano de 1870 hasta convertirse en su principal valedor.
El 16 de noviembre de 1870 las Cortes Constituyentes eligieron al duque Amadeo de Aosta, segundo hijo del rey de Italia Víctor Manuel II, como nuevo rey de España, con el nombre de Amadeo I. Votaron a favor 191 diputados, en contra 100 y hubo 19 abstenciones —60 votaron por la república federal, 27 por el duque de Montpensier, y 8 por el general Espartero—. “La solución no satisfacía más que a los progresistas y fue aceptada con enorme frialdad por la opinión pública española, que no llegó a sentir nunca el menor entusiasmo por el príncipe italiano”. El padre Luis Coloma en su famosa novela Pequeñeces hizo referencia a una “grotesca sátira” titulada “El Príncipe Lila” que se celebró en los jardines del Retiro de Madrid, “en la que designaban al monarca reinante con el nombre de Macarroni I” “mientras un gentío inmenso de todos los colores y matices aplaudía”.
El primer año thumb|left|240x240px|Amadeo I frente al féretro del general Prim. Obra de Antonio Gisbert, 1871. thumb|250x250px|Embarque del rey Amadeo en el puerto de La Spezia, Italia en 1870, obra de Luis Álvarez Catalá.El reinado de Amadeo I “no pudo abrirse con peores pronósticos” porque nada más desembarcar en España el 30 de diciembre de 1870 le comunicaron la noticia de que el general Prim, su principal valedor, había muerto víctima de un atentado que había tenido lugar en Madrid tres días antes cuando se dirigía del Congreso a su domicilio. Este hecho privó a Amadeo I de un apoyo indispensable, sobre todo en los primeros momentos, y que habría sido decisivo si tenemos en cuenta que el progresismo acabó escindido entre los dos herederos de Prim, Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla.
El nuevo rey entró en Madrid el 2 de enero de 1871 y ese mismo día juró la Constitución de 1869 ante las Cortes. Más tarde se dirigió a la iglesia de la Virgen de Atocha donde se había instalado la capilla ardiente del general Prim, momento que inmortalizó el pintor Antonio Gisbert.
El gobierno del general Serrano: el fracaso de la "conciliación" miniaturadeimagen|Rey Amadeo I prestando su juramento ante la asamblea de los Cortés por José Casado del Alisal. Tras el asesinato del general Prim se había formado un gobierno de «conciliación» presidido por el Almirante Topete, petición de Prim en su lecho de muerte. En esta misma línea Amadeo I propuso a las Cortes como nuevo presidente del Consejo de Ministros al unionista general Serrano, que desde la promulgación de la Constitución de 1869 hasta el juramento del nuevo rey había sido el regente, para que formara un gobierno de «conciliación». Serrano cumplió las instrucciones del rey y formó un gobierno con todos los líderes de los grupos que integraban la coalición monárquico-democrática que sustentaba a la nueva monarquía: los progresistas Sagasta, que ocupó el ministerio de Gobernación, y Ruiz Zorrilla, Fomento; el demócrata monárquico o «cimbrio» Cristino Martos; o el unionista Adelardo López de Ayala, en Ultramar. thumb| Retrato de Amadeo I de España por Vicente Palmaroli (Museo del Prado, 1872) El primer cometido del gobierno de Serrano, que algunos de sus miembros consideraban de «transición», fue preparar las primeras elecciones de la nueva Monarquía, con el fin de obtener una cómoda mayoría para la coalición gubernamental. Para ello se promulgó una ley electoral que volvió al viejo sistema moderado de los distritos en lugar de las circunscripciones provinciales, que había sido el sistema defendido hasta entonces por los progresistas y que había sido el utilizado en las elecciones constituyentes del 1869. Con este cambio el gobierno podía ejercer más fácilmente su «influencia moral» en la mayoría de los distritos que eran rurales. El objetivo de obtener una mayoría clara se cumplió aunque «la oposición [integrada por carlistas y republicanos federales] consiguió un elevado número de diputados que pesaba todavía más en las Cortes debido a la debilidad de la coalición gubernamental».
La coalición gubernamental obtuvo 235 escaños —unos 130 eran progresistas, más de 80 eran unionistas «fronterizos» o «aostinos» y unos 20 eran demócratas monárquicos—, los republicanos 52, los carlistas 51 y 18 los moderados. Por su parte los unionistas disidentes de Ríos Rosas, que seguían defendiendo la candidatura del duque de Montpensier, y los de Antonio Cánovas del Castillo, que defendían los derechos del príncipe Alfonso de Borbón, hijo de la reina destronada Isabel II, obtuvieron siete y nueve escaños respectivamente. thumb|left|Caricatura de Francisco Ortego publicada en Gil Blas el 28 de mayo de 1871 con el título "¡¡¡¡Virgen y mártir!!!!". Representa el entierro simbólico de la Constitución tras la llegada a España de Amadeo y la formación del segundo gobierno del general Serrano. Sobrevuela el cortejo de penitentes un gran murciélago que representa al Partido Progresista.
Cuando el gobierno del general Serrano, y las Cortes tuvieron que acometer el desarrollo legislativo de los principios democráticos establecidos en la Constitución de 1869 (el jurado o la separación de la Iglesia y el Estado, por ejemplo) o afrontar los problemas que se iban planteando (la abolición de las quintas; la guerra y la abolición de la esclavitud en Cuba; la conflictividad social protagonizada por jornaleros y obreros; etc.) surgieron las fricciones. «Los unionistas fronterizos y los progresistas sagastinos pensaban que, coronada la Constitución con la dinastía Saboya, debía hacerse una política que conservara lo existente. Los demócratas y progresistas de Ruiz Zorrilla creían que la consolidación de lo conseguido dependía del establecimiento inmediato de un programa de reformas sociales, económicas y políticas».
Así pues, el enfrentamiento entre Sagasta y Ruiz Zorrilla se debió a sus diferencias en cuanto a la forma de afianzar la nueva monarquía parlamentaria. Sagasta, siguiendo la política que seguramente habría defendido el general Prim, propugnaba la conciliación con los unionistas del general Serrano, que serían los destinados a formar el partido de la derecha dinástica —el partido conservador— mientras el propio Sagasta al frente del Partido Progresista formaría la izquierda dinástica, el partido liberal, y al mismo tiempo propugnaba una política implacable con los enemigos del régimen, los carlistas y los republicanos federales. Por el contrario Manuel Ruiz Zorrilla defendía mantener la alianza de los progresistas con los demócratas monárquicos o «cimbrios» mediante la aplicación de una política reformista avanzada que en último término buscaría integrar en la nueva monarquía parlamentaria a los republicanos, al hacerles ver que dentro de ella también podían alcanzar sus objetivos. Para Sagasta esta política era poner la monarquía en manos de sus enemigos e incluso desconfiaba del compromiso con la misma de Ruiz Zorrilla y de sus seguidores, y por eso rechazaba de plano la colaboración parlamentaria con los republicanos, que sí defendía Ruiz Zorrilla.
La oposición a la Monarquía de Amadeo I La alta nobleza y la jerarquía eclesiástica no reconocieron a la nueva monarquía amadeísta. En principio porque era la institucionalización de la Revolución de 1868 que había puesto fin a la Monarquía isabelina en la que gozaban de una posición privilegiada y porque temían que el nuevo poder iba a acabar con ellos o que iba a ser la antesala de republicanos y de “socialistas” contrarios a la propiedad y al Estado confesional. La alta nobleza adoptó una postura casticista, arrogándose la defensa de unos supuestos valores nacionales frente al “rey extranjero”, que se tradujo en el boicot a la corte y en los continuos desaires a la persona del rey Amadeo, ante el que no disimulaban su fidelidad a los borbones destronados. El episodio más conocido fue la llamada “Rebelión de las Mantillas” que relató el padre Luis Coloma en su conocida novela Pequeñeces: thumb|200px|left|El rey Amadeo de Saboya y su mujer María Victoria del Pozzo.