Las Torres de Serranos o Puerta de Serranos son uno de los dos pórticos fortificados de la muralla medieval de Valencia (España) que aún permanecen en pie. El conjunto está formado por dos torres poligonales unidas por un cuerpo central, donde se abre la puerta propiamente dicha, rematada en arco de medio punto. Es bien de interés cultural desde 1931.
Nombre Existen diversas teorías sobre el origen del nombre de la puerta. Una de ellas sostiene que provendría de su situación, al noreste del casco antiguo, como entrada natural que comunicaba con los caminos que iban a la comarca de Los Serranos (el camino real de Zaragoza, que confluía en este punto también con el camino real de Barcelona). Otra supone que lo pudo tomar de la principal familia que habitaba la calle homónima. Según Serra Desfilis, el nombre procedería de los primeros repobladores cristianos originarios de la serranía aragonesa que se asentaron en ese sector de la ciudad, una explicación que también justificaría la denominación de la calle.
Historia
Contexto histórico Antes de la construcción de los muros medievales, durante el reinado de Abd al-Aziz (1021-1061) en la taifa de Valencia se inició la edificación de la hoy conocida como muralla árabe, cuya traza no respondió a un plan unitario, sino que se desarrolló mediante diversas intervenciones que se prolongaron hasta las primeras décadas del siglo , motivadas por razones defensivas y urbanísticas. Este cerco se construyó en tapial de hormigón sobre cimientos de distinta profundidad —desde apenas un metro a casi cinco—, con trazado rectilíneo y con torres de al menos 14m de altura cada 30 o 33m. Las fuentes históricas a partir del siglo narran la existencia de siete puertas: el posterior portal de Serranos sustituyó a la Bab al-Qantara («del puente»), que se ubicaba al inicio de la calle de Serranos, en la misma plaza de los Fueros y algo retraída respecto a las torres actuales. La puerta de época taifal probablemente sería sencilla, donde la entrada se abriría en la base de un torreón almenado y con matacanes.
Varios motivos propiciarnos la construcción de otras murallas en el siglo , además de proteger a la acrecentada área urbana: tras la conquista de Valencia por Jaime I en 1238, la amenaza de los estados musulmanes se mantuvo de forma intensa hasta 1340; a su vez, durante la guerra de los Dos Pedros (1356-1369), Pedro I de Castilla asedió la ciudad en 1362 y 1364. Aparte de los problemas de índole militar, el nuevo recinto buscaba paliar las riadas del Turia —especialmente en su lado septentrional— mediante fosos que también se integrarían a la red de alcantarillado. De este modo, en 1339 Pedro IV de Aragón le trasladó al Consell de Valencia la demanda de construir un cerco ampliado y de reparar los muros antiguos. En su siguiente sesión, el gobierno municipal acordó las medidas necesarias para emprender el mantenimiento y fijar el plano de la nueva muralla.
En 1351, el Consell volvió a advertir del mal estado de las defensas y abordó nuevas reparaciones ante el peligro de la guerra con Castilla. El 23 de noviembre se inició el trazado del vallado, cuya construcción se ordenó «cuanto antes». En 1358 hubo una riada que dañó en gran medida la muralla y el casco urbano, por lo que Pedro IV decidió crear una institución que se encarga en adelante de mantener y erigir las fortificaciones, puentes, caminos y acequias de la ciudad, la Fàbrica de Murs e Valls. Este organismo lo presidían tres obrers —uno por cada estamento—, que se coordinaban con los jurats y el racional —el responsable de la hacienda local—. El nuevo cerco quedó concluido en 1370, tras un proceso intermitente debido al conflicto bélico.
A finales del siglo y comienzos del , la ciudad atravesaba su «siglo de oro», que se estableció a partir de un crecimiento económico notable: las tierras eran fértiles, se desarrollaron varias industrias —cerámica, seda, terciopelo, pieles, entre otras— y floreció el comercio a través del puerto, que conectaba con las principales urbes del Mediterráneo. De acuerdo a López González, Valencia se convirtió en «una próspera ciudad que desea demostrar a sus visitantes su opulencia a través de la grandiosidad de sus edificios públicos».
Construcción (1392-1398)
Planificación y obtención de materiales
Hasta principios del siglo , el tramo septentrional de la muralla seguía siendo el de la época de la taifa, en parte debido a la urgencia de las obras durante la guerra con Castilla y a que se confiaba en la defensa que aportaba el propio río. Sin embargo, hacia finales del siglo la administración local vio necesario fortalecer ese sector con nuevos muros, torreones y portales en los accesos principales. En un contexto de pujanza de la arquitectura civil en la Corona de Aragón, los jurados de Valencia encomendaron la construcción de las torres de Serranos al maestro Pere Balaguer. El 10 de abril de 1392, la administración le pagó 165 sueldos por los viajes que realizó por los territorios aragoneses para inspirarse de otros pórticos. De este modo, pudo haber visitado otras estructuras góticas coetáneas, como la Puerta Real del monasterio de Poblet, con influencia del estilo arquitectónico genovés, o la de San Miguel de Morella. En el caso de las torres de Poblet, como en Valencia, son poligonales, con bóvedas en su interior, de sillería y rematadas por matacanes y aspilleras, aunque difieren en tamaño y proporción, entre otros aspectos.
A partir de la primavera de 1392, Balaguer se implicó plenamente en la obra, tanto en seleccionar los materiales como en resolver los problemas técnicos que iban surgiendo. De las continuas visitas a las canteras y de las estancias prolongadas en ellas se desprende que el maestro se ocupó personalmente de elegir la piedra adecuada para cada parte de las torres. No recurría de forma sistemática a las canteras de Godella, próximas a la ciudad y ampliamente explotadas en el siglo . En cambio, el 4 de abril de 1393, la administración asumía los gastos de su desplazamiento a la cantera de Almaguer, en Alginet, adonde se había dirigido el 17 de marzo; ese mismo año se suministró también piedra de Rocafort. En 1395, el maestro mayor tuvo que trasladarse a Bellaguarda, en Benidorm, para inspeccionar la cantera, viaje que realizó acompañado de su ayudante Bertomeu Martí. El material debió de satisfacerle, pues regresó en varias ocasiones hasta que comenzaron a trabajar los cortadores de piedra locales, establecidos en Callosa de Ensarriá; desde Benidorm la roca se transportaba por mar hasta Valencia.
El método de trabajo del maestro exigía una planificación muy precisa de la cantería: antes de que tallaran las piedras in situ, debía definir con exactitud el perfil de cada pieza mediante plantillas y dibujos de montea (esquemas geométricos que determinan las dimensiones, curvaturas y encajes). Gracias a esta preparación previa, los bloques no llegaban a Valencia en bruto, sino que ya estaban desbastados y, en algunos casos, con el despiece definitivo, de modo que su colocación requería únicamente de ligeros ajustes para eliminar las creces protectoras que se dejaban para el transporte. Estos retoques finales los realizaban los canteros a pie de obra; todo el proceso dependía de Balaguer, de manera que debía mantenerse cerca de la edificación —a menos que estuviera visitando las pedreras—.
Ejecución de la obra
En tanto que Balaguer regresaba de su viaje por Cataluña, los primeros pasos de las obras sobre los terrenos del anterior pórtico se dieron el 6 de abril de 1392, cuando el sotsobrer de murs i valls (el administrador de las obras públicas) retribuyó a quienes aportaron las piedras para los cimientos. Los trabajos en sí comenzaron en marzo de 1393, después de que el maestro aprobara la roca de Almaguer el día 17. El 5 de abril se registró el pago del transporte del material, por lo que Balaguer ya debía tener la obra trazada. Durante la construcción se aplicó una eficaz división de tareas, acompañada de una marcada jerarquización y especialización de la mano de obra, rasgos propios de los avances técnicos y organizativos del tardogótico europeo. Los trabajos se completaron con rapidez gracias a una gran inversión en salarios y materiales. Para ello, el proceso requirió la intervención de diversos oficios, como los cortadores de piedra en las canteras; los traginers y carreters, encargados del transporte hasta el edificio; un numeroso equipo de piquers dedicados a la cantería, repartidos según el tipo de piezas o labores que realizaban —como revelan sus jornales desiguales—; además de manobres o peones. Además del trabajo de la piedra, también se empleó relleno para los muros y argamasa a base de cal y arena, así como carpintería auxiliar en cimbras y andamios.
Bajo la supervisión del maestro de obras Domingo Beneyto, el 2 de junio de 1393 se preparó el mecanismo necesario para montar las piedras, el relleno y otros materiales; el 5 de julio se instalaron las cimbras para los arcos y las bóvedas de la entrada principal, que quedaron concluidas en la segunda mitad de octubre. La administración también contó con el servicio de algunos pintores de renombre que trabajaban en Valencia, con el propósito de reforzar el carácter representativo de las torres. De este modo, Marzal de Sax percibió los pagos por la policromía de la bóveda principal y de sus ménsulas; también diseñó el escudo que debía coronar la puerta. Por su parte, en 1394, Pere Nicolau trazó y doró una inscripción —que no se ha conservado— en el lateral del portal.
En 1397, casi terminadas las obras, se planteó la necesidad de mejorar el acceso a la planta noble de las torres. Por eso se proyectó la monumental escalinata de piedra, que agrandó el edificio y facilitó su uso en las fiestas de bienvenida. El 19 de marzo de 1398 finalizaron las obras.
miniatura|200px|Portada de la edición impresa del Regiment de la Cosa Pública (incunable de 1499) de Francesc Eiximenis, donde aparecen las torres.
Su uso principal durante mucho tiempo fue servir de defensa en cualquier asedio o eventual ataque a la ciudad, pero más generalmente se utilizaba para ceremonias y entradas oficiales de embajadores y de reyes. Era considerada la entrada principal de la ciudad, pues por ella discurría el camino procedente de Aragón y Cataluña, es decir, la vía más importante de conexión con los demás estados de la Corona de Aragón. El camino cruzaba el Turia por el puente de Serranos y actuaba como enlace principal entre los arrabales del margen izquierdo del río y la ciudad.
Como prisión
En 1586, después del incendio de la ciudad, las torres se reconvirtieron en prisión de nobles y caballeros. En el se construyó una edificación adosada a las torres y a la muralla, que a su vez se rodeó con una reja. Los presos fueron trasladados al convento de San Agustín en 1887.
A partir de ese momento tuvo diversas utilidades hasta la actualidad, como servir ahora de museo o para diversos actos. thumb|Las Torres de Serranos y la muralla medieval de Valencia en una obra de los siglos XVIII o XIX. Sus usos como prisión hicieron que sobrevivieran al desmantelamiento de la muralla, ordenado por Cirilo Amorós, gobernador civil de Valencia, pero también maltrataron el edificio, especialmente en su estructura interior. Así, se cegaron sus grandes arcadas abiertas al interior y se perforó el muro exterior por diversas ventanas, al tiempo que desaparecía la barbacana almenada que las coronaba. En 1871, el Ayuntamiento decidió rellenar el foso situado ante las puertas. El recubrimiento acabó por afectar también al basamento, todo lo cual afectó negativamente al aspecto del edificio.
thumb|left|Escudo de Valencia con la corona del reino y el rat penat o murciélago, en una de las rejas de las escaleras interiores.
Rehabilitaciones y uso posterior
Entre 1893 y 1914, la Real Academia de San Carlos llevó a cabo una restauración dirigida por el escultor y académico José Aixá.