Los anarquismos y el marxismo

Tanto el anarquismo como el comunismo marxista buscan en última instancia la abolición de la propiedad privada y la sociedad de clases mediante la revolución social. No obstante, anarquistas y marxistas han estado enfrentados desde que Pierre Joseph Proudhon, que conocía a Marx y Bakunin, afirmó que así como la tesis del capitalismo garantiza la libertad aboliendo la igualdad, la antítesis comunista sufre la contradicción opuesta; aplicando la dialéctica hegeliana en su libro Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria (1847), señaló que solo con la síntesis mutualista se pueden resolver estas contradicciones entre el individualismo y el colectivismo (que Marx intentaba superar colectivizando la sociedad civil para hacerla universal a la manera de un Estado, sin individualizar y descentralizar la sociedad política), lo que provocó la ruptura de Marx con Proudhon, expresada en su escrito crítico Miseria de la filosofía (1847),Silvia Vega María Cuvi Alexandra Martínez, Historia de la Filosofia III, p. 76 a pesar de que previamente había recibido con entusiasmo su escrito ¿Qué es la propiedad?

Tomando como premisa que Marx habría tenido la costumbre política de denostar a aquellos pensadores de los que sería deudor, diversos autores anarquistas suponen que entre las muchas razones para el conflicto con Proudhon se encontraría el hecho de que en Filosofía de la miseria se presenta formulada en esbozo una teoría de la plusvalía basada en el valor-trabajo veinticuatro años antes que El capital fuera publicado:

Una de las más importantes observaciones realizadas por Marx en Miseria de la filosofía es la de que Proudhon estaría intentando resolver la alienación creciente de la división del trabajo convirtiendo al trabajador nuevamente en un artesano independiente, y por esto su doctrina sería una "fantasía pequeñoburguesa"; un sueño consistente en conservar a la burguesía eliminando al proletariado, es decir, en hacer a toda persona un burgués:

Proudhon consideró a partir de 1846 que el proyecto de la sociedad comunista conduce a una "dictadura por todas partes". A pesar de estas objeciones, Proudhon continuó influyendo sobre el movimiento obrero, en especial desde la caída del socialismo. Su solución al problema de la industria a gran escala consiste en un cooperativismo resultante de un cambio en la naturaleza de la propiedad, lo que preludia en cierta forma las modernas soluciones institucionales del tipo de la teoría de juegos y el análisis hobbesiano de los problemas sociales, ya que funciona mediante un cambio de las "reglas de juego" y las preferencias de los individuos en sus relaciones contractuales, evadiendo los problemas intrísencos de un modelo colectivista de altruismo hacia un interés de clase."Dilemas sociales", Ken Binmore, La teoría de juegos: una breve introducción, Madrid: Alianza Editorial, 2011, pp. 95-96 La crítica que hoy se formula ante el exagerado poder económico y social de la centralización propuesta por el marxismo "es un tema que halla en Proudhon una sólida base dentro de la historia del pensamiento. Hasta el reciente obrerismo, con su desconfianza hacia las ideologías que no estén al servicio directo de los intereses del proletariado, su falta de aprecio por el parlamento que decide desde arriba en nombre de los demás, y su rechazo a la participación de los intelectuales en el movimiento obrero, se encuentra relacionado con Proudhon.""Pierre-Joseph Proudhon: la autogestión obrera de la producción", Giovanni Reale y Dario Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico. III. Del romanticismo hasta hoy, Herder, 1995, cap. IV, § 4.3, p. 175

El enfrentamiento entre marxistas y anarquistas alcanzó su clímax en la lucha entre los partidarios de Marx y los de Mijaíl Bakunin por el control de la Primera Internacional, y que acabó con la ruptura de la misma en 1872. La base del conflicto se centraba en que, así como los marxistas creían en la necesidad transicional de un Estado bajo control de los trabajadores (la «dictadura del proletariado») y que a su vez se encargara de controlar la economía («planificación central»), los anarquistas pensaban que el camino al socialismo (o al comunismo) pasaba por la destrucción del Estado, ya que toda minoría gobernante necesariamente se erige en clase frente a la cual una mayoría demasiado vasta no puede tener control:

Para los anarquistas, un Estado socialista repetiría las características de opresión y privilegio contra las que luchaban, al tiempo que, al extender los poderes a la organización de la vida económica, resultaría ser incluso más opresivo., «anarchism», pp.10-14

Otra oposición se encontraba en el papel que tenían lucha económica y la lucha política en la emancipación de la clase obrera. Para los marxistas, como el objetivo de la lucha proletaria era la conquista del poder político, la lucha política ocupaba un lugar central. Para los anarquistas, la única lucha política válida era la lucha por la destrucción revolucionaria del Estado, que esperaban surgiera espontáneamente de la lucha económica. La socialdemocracia, heredera del marxismo, se inclinó hacia el parlamentarismo y la actividad legal; mientras que el anarquismo se inclinó hacia los ataques a las instituciones y agentes estatales (propaganda por el hecho) y a la organización obrera apartidaria (anarcosindicalismo). La confrontación entre marxistas y anarquistas continuó luego bajo otro cariz a partir de la revolución rusa. El bolchevismo ruso, encabezado por Lenin, dio nueva vida a la teoría del Estado revolucionario. En su obra El Estado y la Revolución, Lenin explica que el estado burgués debe ser destruido para luego instaurar un Estado revolucionario y que sería este estado quien se extinguiría conforme desaparezcan las contradicciones de clase. Los anarquistas, ante las consecuencias de la dictadura bolchevique, continuaron reivindicando, con nuevo brío, la teoría bakuninista de la destrucción inmediata del Estado como objetivo de la revolución social.

Un conflicto paralelo, menos virulento pero más profundo, se dio entre el comunismo anarquista y el comunismo marxista (a diferencia de lo que sucedía con el resto del anarquismo, ambos eran metodológicamente colectivistas), representados respectivamente por Piotr Kropotkin y el propio Lenin. Con una idea de avanzada para su época de la sociobiología y una interpretación altruista de ciertos fenómenos sociales en la naturaleza (elogiada por el biólogo Stephen Jay Gould), Kropotkin se centró en la construcción del comunismo mediante cooperativas obreras haciendo acento en el carácter meramente planificador del Estado, rescatando así la promesa marxista de un provisional socialismo centralizado y la necesidad de un comunismo descentralizado.

La síntesis individualista-colectivista de Proudhon se fracturó en dos ramas: por el lado colectivista el socialismo de Bakunin y el comunismo de Kropotkin, y por el lado individualista el mutualismo de Lysander Spooner y Benjamin Tucker, que rescata el fenómeno histórico del mercado y lo disocia del propio capitalismo e incluso de la propiedad privada lockeana, oponiéndose así a los intentos marxistas de planificación central de la economía obrera sin por eso considerar necesaria la existencia de la burguesía. Entre los mutualistas modernos se encuentra Kevin Carson que ha adoptado en forma sincrética ciertos aspectos de la teoría del valor marxista junto con sus críticas marginalistas. Separados de aquellos coexistieron dentro del anarquismo individualista ciertas corrientes pro-capitalistas como el privatismo (exactamente opuesto a la idea de comunismo) representado principalmente por Gustave de Molinari y Auberon Herbert. A partir de estas y bajo la influencia de la crítica al socialismo del individualismo radical de Max Stirner y Friedrich Nietzsche, surgieron herederos libertarios de diferentes vertientes del liberalismo clásico como Murray Rothbard y David Friedman que fundaron toda una corriente denominada anarcocapitalismo cuya crítica al marxismo es prácticamente una síntesis de casi todas las anteriores; en el primer caso como parte de la pugna entre la cosmovisión austríaca-libertaria y la marxista-historicista que se sistematiza con agudez en el segundo libro de su obra inconclusa Historia del pensamiento económico. En ambos autores la crítica se dirige más a aspectos epistemológicos y económicos (propios de la sociedad civil) que a los sociológicos y culturales (propios de la sociedad política). Este posicionamiento polarizó todavía más la interpretación dualista individual-colectiva, agudizando la confrontación entre paradigmas y reforzando el actual viraje de la izquierda post-marxista hacia el colectivismo ontológico (y ya no solo metodológico), expresado en fenómenos como el populismo y el estatismo.

El antropólogo anarquista Pierre Clastres ha propuesto la posibilidad de un materialismo político, con base en la demostración que las investigaciones antropológicas llevan a la necesidad de invertir la relación entre infraestructura económica y superestructura política si se quiere persistir en una visión similar a la del materialismo histórico:

Ante el problema del surgimiento del Estado, la crítica de Clastres deja algunas hipótesis demográficas sobre las posibilidades de un surgimiento contingente del Estado dada una eventual suma de circunstancias dependientes de una cultura particular. Tampoco llega a explicar el desarrollo de formas de explotación precapitalistas en las cuales, si el poder político se encarga de la apropiación de excedente está inserto como parte de una estructura socioeconómica guerrera disfuncional a la existencia separada de un Estado (la única excepción sería el antiguo Estado asiático), y si la explotación está ligada al poder político la apropiación de excedente se encuentra sin embargo en un contexto económico incapaz de ejercer su dominio salvo a través de un Estado separado (el caso extremo de esta separación es la sociedad mercantil burguesa conducida por la acumulación de capital que no es posible explicar desde el Estado). Pero estos problemas son reconocidos por el autor ya que su trabajo es más bien una propuesta de hacia dónde deberían ir las futuras investigaciones y cuáles caminos deberían descubrirse como callejones sin salida.

El rescate de la sociología comprensiva por parte de ciertos intelectuales anarquistas ha dado nuevo brío a visiones paralelas pero críticas a la del marxismo. El cristiano anarquista Jacques Ellul, exégeta del marxismo, ha rescatado la noción circular de la historia y el papel realmente diferenciador de la rebelión, contra la linealidad de la sucesión de revoluciones como supuesto motor económico propio del materialismo histórico que para el autor solamente lleva a la generación de nuevas clases sociales con propiedad, o en ausencia de ellas la mera liberación de las elites políticas de sus ataduras sociales, repetición artificial de un fenómeno históricamente precedente como el bonapartismo y el modo de producción asiático.Karl August Wittfogel, Despotismo oriental: estudio comparativo del poder totalitario, Guadarrama, 1966 Dirige primordialmente una severa crítica moral a los marxistas "que utilizan las palabras justicia, libertad, democracia, etc." ya que están "perfectamente habilitados para hacerlo cuando se trata de propaganda, pero dejan radicalmente de ser marxistas si toman los términos en serio."

El lingüista y luego activista Noam Chomsky explicó brevemente su postura respecto del marxismo, desde un lineamiento ideológico de izquierda que se enmarca entre el anarquismo y el populismo: