La cuestión lingüística en Bélgica, también llamada conflicto flamenco-valón, es el término utilizado para describir la disputa entre los habitantes neerlandófonos y francófonos del Reino de Bélgica, que se ha prolongado desde el . Este problema lingüístico belga que aún pervive en la actualidad tiene raíces asentadas desde antes de la primera Constitución de Bélgica. El país se caracteriza por una fuerte cuestión comunitaria ligada a tales tensiones lingüísticas y culturales, pero también sociales, económicas e ideológicas. Los belgas de habla neerlandesa se concentran en gran medida en Flandes y se denominan flamencos, aunque los relativamente pocos neerlandófonos que viven en la región oficialmente bilingüe de Bruselas-Capital se consideran sólo parcialmente flamencos. Más de tres cuartas partes de los belgas francófonos viven en la Región Valona (siendo ellos los únicos que se denominan valones), pero también son la gran mayoría en la Región bilingüe de Bruselas-Capital y también predominan en seis municipios limítrofes con la Región de Bruselas y pertenecientes a Flandes, tras las grandes afluencias al interior de Bruselas en las últimas décadas.
En el , la única lengua oficial reconocida por Bélgica era el francés, que entonces era hablado por una minoría acomodada de la población; en Flandes, la mayoría de la población hablaba dialectos neerlandeses (flamenco, brabantino, limburgués), y en Valonia los patois valón y picardo. Mientras que Valonia se convirtió gradualmente en francófona, al igual que Bruselas, no fue así en Flandes, donde el movimiento flamenco exigió la incorporación del neerlandés como lengua nacional de Bélgica. Como respuesta, surgió el movimiento valón, que pretendía mantener la posición dominante de la lengua francesa al tiempo que afirmaba su originalidad en relación con Francia (el francés belga).
En el , la cuestión comunitaria adquiere mayor importancia en Bélgica y también se hace más compleja, sobre todo con la anexión de los cantones orientales de habla alemana en 1919, el auge del nacionalismo flamenco, las tensiones en torno a Bruselas (ciudad predominantemente francófona en una región predominantemente flamenca), el auge de las reivindicaciones federalistas del movimiento valón y el declive económico de Valonia. Varios acontecimientos políticos, como la cuestión real y la huelga general del invierno de 1960-1961, estuvieron marcados por una fuerte disparidad comunitaria y contribuyeron al aumento de los sentimientos regionalistas.
En la década de 1970, tras el asunto de Lovaina y bajo la presión de las corrientes y partidos regionalistas, se inició una serie de reformas del Estado que pondrían fin a la Bélgica unitaria y sentarían las bases de una Bélgica federal. Bélgica ha tenido numerosas reformas del Estado, la última de ellas en 2014. La década de 1970 fue también un periodo en el que los distintos partidos belgas empezaron a dividirse entre sus alas francófonas y flamencas, hasta el punto de que en la actualidad apenas hay partidos nacionales en Bélgica.
Las tensiones comunitarias dieron al país su actual estructura institucional federal. Está dividido en tres comunidades culturales y lingüísticas (francesa, flamenca y germanófona) y tres regiones socioeconómicas (valona, flamenca y bruselense). Las tensiones comunitarias siguen estando muy presentes en Bélgica en la actualidad, sobre todo con la presencia de un nacionalismo flamenco muy fuerte que reclama el establecimiento de un confederalismo belga o incluso la independencia de la Región de Flandes, el auge de las reivindicaciones regionalistas en la comunidad germanófona, que reclama la creación de una Región y una provincia germanófona, así como las reivindicaciones socioeconómicas valonas cada vez más radicales.
Políticas favorables al idioma francés thumb|derecha|290px|Episodio de la Revolución belga de 1830 Entre los años 1815 y 1830, todo el actual Estado Belga formaba parte del Reino Unido de los Países Bajos. El rey neerlandés Guillermo I tuvo que enfrentarse con una poderosa oposición por parte de diferentes estamentos sociales: los católicos estaban en desacuerdo con la injerencia del monarca en la religión y la inmensa mayoría de los francohablantes de ideas liberales y las clases burguesas se oponían a la postura lingüística del rey, a su gobierno despótico y a la escasa representatividad de su territorio en las milicias y en los organismos administrativos. El acuciado declive económico, que condujo a altas tasas de desempleados y a un aumento importante de la inflación del importe de los alimentos, provocó amplías revueltas que desencadenarían lo que a posteriori sería conocido como Revolución belga. La disconformidad de las clases belgas estalló de manera exabrupta en agosto de 1830, durante la representación de la famosa opera «La Muette de Portici» (una exaltación de la lucha de los napolitanos contra los españoles por conseguir su emancipación). Tras las revueltas se estableció un Gobierno de carácter provisional que declaró a Bélgica como estado soberano.
La primera legislación lingüística de Bélgica, publicada como decreto el 16 de noviembre de 1830, por el comité central del gobierno provisional decía: La primera constitución belga -promulgada el 7 de febrero de 1831- no establecía ninguna lengua oficial; no obstante su artículo 23 rezaba:
Dado que en la práctica el francés era la lengua utilizada por las clases dominantes, tanto flamencas como valonas, esto se tradujo en su uso exclusivo como lengua oficial. De hecho las 2 leyes que desarrollaron el artículo 23 de la constitución -promulgada la primera el 19 de septiembre de 1831 y la segunda, que la sustituyó, el 28 de febrero de 1845- anclaron el francés como lengua oficial. En los albores del estado belga, las clases elitistas flamencas no dudaron en atribuir al idioma francés exclusividad en su uso institucional, pues al histórico prestigio que esta lengua tenía, había que sumarle su empleo como diseminador de las ideas revolucionarias propias de la Europa de las luces. El neerlandés -que contaba con un 55-57% de hablantes flamencos- era considerado una lengua primitiva e indigna por las mismas élites flamencas; viéndose, además, claramente desfavorecido por el clero católico, que lo percibía como un peligroso difusor de las ideas derivadas del protestantismo calvinista, cuyo arraigo en los Países Bajos les causaba temor. También hay que tener en cuenta que en sus orígenes el neerlandés en Flandes, al no estar normalizado, se hallaba fuertemente dialectado, contando con gran cantidad de variaciones. Tal como es recogido en la exposición de motivos del Decreto del 16 de noviembre de 1830.
Algo similar sucedía, por aquel entonces, en la parte valona de Bélgica, conviviendo mayoritariamente varios idiomas tradicionales -algunos de ellos, minoritariamente, aún perviven- como el valón, el picardo, el lorrain y el gaumais; pero dado la considerable similitud de dichas lenguas con el francés, se produjo un acrecentado cambio lingüístico. En definitiva, quizás la mejor mención sobre el tema se recoge en el pensamiento del politólogo e historiador belga Xabier Mabille, quién en su libro "Historia política de Bélgica" cita textualmente:
Principio del reconocimiento oficial del idioma neerlandés thumb|140px|Julien de Vriendt. thumb|140px|Maurice Maeterlinck. El reconocimiento de los derechos lingüísticos de los neerlandófonos se comenzó a implementar a partir del último tercio del : en 1873 pudo emplearse el neerlandés en Flandes en el sistema judicial; a partir de 1878 se permitió su uso en el sistema administrativo público de la región flamenca; en 1883 en la educación secundaria; en 1886 se empezó a acuñar la moneda belga de manera bilingüe; en 1890 se establece mediante ley la obligatoriedad de acreditar el conocimiento de la lengua neerlandesa para ser nombrado funcionario público en las Administraciones situadas en la zona flamenca,; el 18 de abril de 1898 se aprueba (por 47 votos a favor, 39 en contra y 3 abstenciones) una ley, conocida como ley de Coremans-De Vriendt (dado que fue propuesta por los representantes flamencos Juliaan De Vriendt y Edward Coremans), que obliga a publicar los documentos oficiales también en lengua holandesa, sin embargo será necesario esperar hasta 1967 para disponer de una versión oficial de la Constitución en flamenco; a partir de 1899 se empezaron a imprimir los sellos en ambos idiomas; a partir de 1910 y la ley de 31 de julio de 1921 asentó el principio de utilización de ambas lenguas en la administración pública flamenca, de esta manera se acuerda el bilingüismo para las administraciones centrales y sus funcionarios, los cuales deben conocer las lenguas de la región en la cual desempeñan sus funciones: a partir de una petición del 20 % de los electores, las comunicaciones y avisos dirigidos al público debían hacerse en las dos lenguas de la región.
Aún quedaba pendiente que la lengua neerlandesa tuviera cabida en la universidad: las cuatro universidades del país impartían sus clases en lengua francesa y hasta la invasión alemana de Bélgica, durante la Primera Guerra Mundial, no fue posible instruirse en neerlandés. Los invasores alemanes lo permitieron en la universidad de Gante, pero solo a partir de 1930, un siglo después de la creación de Bélgica, fue cuando la universidad flamenca de Gante enseñara definitivamente en neerlandés y no en francés. El movimiento nacionalista flamenco, consciente de la importancia de tener una élite intelectual, pidió la instrucción en neerlandés en dicha universidad, pero la clase alta flamenca, fuertemente francófona, de la ciudad se opuso argumentando el subdesarrollo de la lengua flamenca y la falta de libros científicos en neerlandés. Quizá el flamenco francófono más destacado, que se opuso ferozmente fue Maurice Maeterlinck (premio Nobel de Literatura en 1911).
La actual frontera lingüística Entre el 2 de marzo y el 21 de marzo de 1932 se aprobó en el parlamento bicameral una mutable frontera lingüística, en donde se definía una fragmentada Bélgica: una de habla neerlandesa y otra francesa, con el acuerdo de la mayoría de los diputados de Valonia. Los valones no quisieron aceptar el bilingüismo en la totalidad del Estado belga -del cual los flamencos eran partidarios-, pues temían que en un estado bilingüe los flamencos estuvieran aventajados para poder ocupar puestos institucionales, al poseer sus vecinos del norte un mayor conocimiento de ambas lenguas.
Esta linde de lenguas dependía de un censo lingüístico que se realizaba aproximadamente cada quince años y dado que el crecimiento del francés se veía favorecido en cada censo, sobre todo en la periferia de Bruselas, los flamencos no tardaron en sentirse desconfiados de dicha ley -en 1961, 278 alcaldes flamencos se negaron a cumplir la ley y a realizar los censos de lenguas- y reividicaron la fijación definitiva de las fronteras lingüísticas basándose en el censo de 1947, que fue el último que se realizó en el estado. Estas exigencias flamencas coincidían con el declive de la industria valona de la década de los 60: hasta entonces la economía valona, basadas en una rica industria de carbón y acero, era de las más importantes de Europa (y por supuesto la primera con diferencia de Bélgica) contando de una amplia importación de mano de obra flamenca (e italiana, española, etc.), pero sus minas dejaron de ser rentables y su industria metalúrgica perdió competitividad; esto sucedió al mismo tiempo que la economía flamenca florecía enérgicamente (hasta entonces tan sólo poseía una economía básicamente agraria) debido, principalmente, a que las empresas estadounidenses se instalaron en el norte animadas por la cercanía al mar que les ofrecía el potencial puerto de Amberes, el segundo mayor puerto de Europa.