Carmen Núñez de Villavicencio y Olaguer Feliú, I marquesa de Domecq d’Usquain, (Jerez de la Frontera (Cádiz), 21 de octubre de 1840- ibídem, 12 de julio de 1923) fue una aristócrata que, junto a su marido el bodeguero Pedro Domecq y Loustau, emprendieron una gran labor caritativa estableciendo gran cantidad de instituciones religiosas para la educación de niños pobres, asilos para ancianos desvalidos y centros de promoción para la mujer en Jerez de la Frontera.
En 1922, el Gobierno Municipal por unanimidad le otorgó el título de “Hija Predilecta de Jerez”' “como tributo de admiración y respeto a tan virtuosa dama por sus constantes obras de caridad…” (Acta consistorial, 1922).
En 1934 y por fama de morir en olor de santidad, salió a la luz un libro titulado “Una dama según el Corazón de Dios”, escrito por una señora anónima y con el Nihil Obstat del Doctor Manuel Gil, censor y el Imprimatur del obispo auxiliar de Madrid Casimiro Morcillo. En éste, se ensalza su labor en calidad de apóstol de los pobres y como propagadora de la devoción al Corazón de Jesús en España.
Sus restos descansan en la capilla del Sagrario de la catedral de San Salvador de Jerez de la Frontera.
Biografía
Nacimiento Carmen Núñez de Villavicencio y Olaguer Feliú, nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) el 21 de octubre de 1840 en una casa solariega situada en la plazuela del Clavo en el seno de una familia profundamente cristiana y perteneciente a un antiguo linaje aristocrático que se remontaba a los tiempos de la reconquista de la ciudad. izquierda|miniaturadeimagen|232x232px|Partida de bautismo de Carmen Núñez de Villavicencio. Sus padres fueron José Juan Pablo Núñez de Villavicencio y Angulo (1800-1875), caballero de la Orden de Calatrava y señor del Casarejo, hijo de los condes de Cañete del Pinar y María Regla Olaguer Feliú y González de Ceballos (1798- 1864) perteneciente a una importante familia noble catalana, entre cuyos antepasados se encuentran personajes como Antonio Olaguer Feliú, sexto virrey del Río de la Plata y el mariscal de campo Manuel Olaguer Feliú, capitán general de La Coruña.
El matrimonio tendría tres hijos: José, quien heredó el título de conde de Cañete del Pinar, militar, el cual tras quedar paralítico de un ataque de apoplejía y sin descendencia, cedió el título a su hermano Manuel (marino, inventor de un tipo de sextante y autor de varios libros científicos) y Carmen.
Fue bautizada el mismo día de su nacimiento en la parroquia de San Marcos con los nombres de Mª del Carmen, Cayetana, Josefa, Úrsula de la Stma. Trinidad, según consta en su partida de bautismo en el archivo diocesano de “Asidonia-Jerez”.
Poco se sabe de su infancia y juventud. Según el conde del Águila (pariente cercano) “poseía desde muy pequeña, todas las prendas que podían adornar a una mujer de su tiempo: honda fe cristiana, rectitud y honestidad severas. De carácter muy sostenido, vivo ingenio y mucha perspicacia, su rectitud extremada la inclinaba hacia el lado de los escrúpulos. Fue siempre admirable la constancia con que trabajó toda su vida por convertir esta cualidad en virtud”. Casamiento Veinticuatro años tenía Carmen cuando se produjo el fallecimiento inesperado de su madre, acaecido el 22 de septiembre de 1864 mientras se encontraba de temporada en San Fernando (Cádiz).miniaturadeimagen|265x265px|Pedro Domecq Loustau, 1868.Tomando sus nuevos deberes de ama de casa, el cuidado de su padre y hermanos, buscó consuelo en Dios, y también en Sor Tomasa Ochoa, Hija de la Caridad y famosa religiosa de la época en Jerez, a quien tenía como a una segunda madre.
No estaba considerada una buena casadera ni un buen partido pese a su noble linaje, ya que existía un legado en su familia por el cual sólo podía heredar un varón con el nombre de José. Ello no fue óbice para que el rico propietario de la más importante bodega de Jerez, el empresario francés Pedro Domecq y Loustau, doce años mayor que ella, la pidiera en matrimonio. La boda se celebró el 26 de septiembre de 1868 coincidiendo con el inicio de la revolución denominada “La Gloriosa” y el consiguiente destronamiento de la Reina Isabel II. izquierda|miniaturadeimagen|240x240px|Palacio de Puerto Hermoso, 1925.
En 1873 se termina de edificar en la plaza del Arroyo un magnífico palacio, conocido como de Puerto Hermoso. Se cuenta que cuando Pedro lo vio acabado, se sintió sobrecogido; y temiendo haberse excedido, decidió junto a su esposa levantar otro palacio a Cristo en sus pobres, a aquellos que consideraban sus hermanos más desfavorecidos. Así se levanta a expensas del matrimonio el asilo de las Hermanitas de los Pobres en el barrio del Mundo Nuevo para acoger a ancianos desvalidos y sin recursos.
Hija, esposa y madre ejemplar miniaturadeimagen|239x239px|Carmen Núñez de Villavicencio con uno de sus hijos,1875. Casa que Dios bendecía era la de Pedro y Carmen; el Cielo la había llenado no sólo con los bienes de la fortuna, sino con otros dones de incomparable valor: una fe sobrenatural inquebrantable, una esperanza sin límites y una caridad perfecta. Por eso en aquella casa había lugar para todos: para los amos, criados, allegados, amigos e incluso enemigos y para los que fueron siempre los favoritos de Dios y de sus santos: los pobres. En efecto; algo simpático, algo santo hubiera faltado a este hogar, si en él no rigiera la ley santa de la hospitalidad, virtud natural que cultivaron los pueblos, y que Cristo al encarnarse divinizó, poniéndola en el número de las obras de misericordia. Cuando don Pedro pidió a don José Núñez de Villavicencio la mano de Carmen, ésta, antes de aceptar sus proposiciones de casamiento, le puso como condición la de llevarse al nuevo hogar, del que había de ser ella la señora, a su anciano padre y a sus dos hermanos, los cuales entonces todavía eran solteros. Pareció a don Pedro justísima la condición que aceptó con verdadero júbilo; y unidos ya con el vínculo matrimonial, los nuevos esposos instalaron en su casa con cariño y solicitud al padre de Carmen y a los dos hijos de éste, Manuel y José, los cuales vivieron allí hasta que formaron su propio hogar. Al enviudar don Manuel de su primer matrimonio, y mientras no contrajo el segundo, volvió de nuevo a vivir en casa de sus hermanos, donde fue recibido con gran afecto. Cuando se casó don José, sus hermanos le buscaron casa lindante con la suya. El pobre enfermo había perdido al único hijo que le concedió el Señor como único e inesperado fruto de su matrimonio. Concentró entonces todos sus cariños en los de su hermana, en cuya casa pasaba la vida.
El matrimonio tuvo una numerosa descendencia: diez hijos, Mª Jesús, Luís, Mª de los Ángeles, Pedro, (I marqués de Casa Domecq); José; Carmen (condesa de Puerto Hermoso); Mª Josefa (religiosa del Instituto de María Reparadora); Manuel (vizconde de Almocadén) y Juan Pedro.
Pedro y Carmen se convierten en los patriarcas de los primeros Domecq españoles. De los hijos que llegaron a la edad adulta y tuvieron descendencia, surgirían las cinco ramas principales de la familia: Domecq-Rivero, Domecq de la Riva, Soto-Domecq, Domecq-González y Domecq-Díez. izquierda|miniaturadeimagen|366x366px|Pedro Domecq y Carmen Núñez de Villavicencio junto a todos sus hijos ante la gruta de Lourdes del jardín de su casa, palacio de Puerto Hermoso. Corría el año de 1887 y ya habían comenzado los calores del estío, sofocantes, como suelen serlo durante esos meses Jerez. Solía la familia Domecq veranear en el extranjero y visitar a su familia del Bearn. Pero como Pedro, con su generosidad, hubiera por esta época donado ya su casa de Sauveterre a las Hijas de la Cruz, para que estas fervorosas religiosas hicieran en ella la fundación de un colegio para la educación de la niñez: de aquí, que se abstuviera la familia del viaje veraniego, hasta que ampliara su casa en Saint GIadie su hermana mayor, Catherine Domecq de Montesquiut y hubiera lugar para la familia.
El verano en que nos hallamos en nuestra historia, quedó la familia en Jerez. Asoló durante él a la ciudad una maligna epidemia de difteria, enfermedad entonces terrible; por ser casi inevitable su contagio y carecer de humano remedio. Se cebaba principalmente en los pequeños.
Los hijos de Pedro y Carmen durante la epidemia vivían aislados en su propia casa, de la que sólo salían para ir a jugar al jardín de la bodega en la Puerta Rota; y, sin embargo, no escaparon a la enfermedad. Fue su primera víctima una niña de cuatro años llamada Mª de los Ángeles. Cayó desde el primer momento mortal. A su lado permaneció la madre noche y día hasta que la muerte dejó a la niña yerta y fría; y entonces, aquel hogar hacía poco tan dichoso, se convirtió en la mansión del luto y del desconsuelo. Lloraba Carmen junto a aquel inerte cuerpecillo. Pedro, subyugado por el dolor, apenas acertaba a separarse de aquel sitio. Sin embargo, poco duró en ellos esta natural flaqueza, Pedro, como hombre al fin, rompió el primero aquel lúgubre silencio; miró a su mujer enternecido, y le dijo con entereza: "Carmen, Dios nos la dio, Dios nos la quitó; sea su santo nombre bendito." Y se separaron ambos de aquella niña. Poco después enfermó otro de los hijos, Luís, falleciendo rápidamente. En quince días salían de aquella casa dos almas y él y ella bajaron la cabeza sumisos, acatando y aun besando la mano de ese Dios que tan cruelmente, al parecer, los hería.
A los cinco meses de muerto el niño Luis, cuando la enfermedad parecía haber huido de aquella casa y gozaban todos en ella de cabal salud, reapareció de pronto con nuevo furor, llevándose a otra de las hijas, Mª Jesús.
La tercera víctima renovó y avivó el recuerdo de las anteriores, se redobló el dolor y corrieron más abundantes las lágrimas. Pedro, al ver aquel general desconsuelo, reuniendo a la madre y a los hijos, se revistió de su autoridad de padre y jefe de familia: "Ea —dijo— aquí no se llora más; somos cristianos; Dios es quien nos dio a esa hija, y Él es quien ahora nos la quita; bendigamos su santo Nombre" y llevándoselos al oratorio, allí juntos rezaron el himno de acción de gracias: el Te Deum. "Pues Dios —decía don Pedro— se ha dignado acordarse de nosotros enviándonos esta nueva prueba."
Desde entonces Carmen vistió siempre de negro. Cerró para siempre los estuches de sus joyas; éstas nunca más volvieron a lucir sobre sus trajes, donando muchas de ellas para vasos sagrados. Aquella resolución no procedía tan sólo del dolor de su corazón: Carmen aprovechaba la muerte de sus hijos para vestirse en adelante de negro porque deseaba ir aún más modestamente vestida que hasta entonces y porque así cercenaba algo de sus gastos personales y le quedaba más con qué atender a sus ya innumerables obras de misericordia. En secreto, hizo un voto de pobreza y se consagró a la Santísima Virgen como hermana terciaria carmelita con cuyo hábito, muchos años después, sería amortajada. En la habitación de Carmen había una mesa con dos cajones, donde en uno de ellos se depositaba el dinero para los gastos diarios de la casa; la cantidad solía ser importante por ser una casa donde vivían muchos miembros entre familiares y personal de servicio, luego, al final de la tarde, Carmen hacía la cuenta de lo que se había gastado en el día y la misma cantidad la colocaba en el cajón de al lado, cuyo importe al día siguiente iba destinado a obras de misericordia.
Obra religiosa y social miniaturadeimagen|235x235px|Pedro Domecq Loustau, 1891.