thumb|right|Estatua de Jean Bart en Dunkerque, el corsario más reconocido en su época. Se conocen como corsarios dunkerqueses o corsarios de Dunkerque (; ) a los corsarios que operaban desde el puerto de Dunkerque, y en menor medida desde Ostende y Nieuwpoort, desde el hasta inicios del . Consiguieron carta de naturaleza durante la época de los Países Bajos españoles, consolidándose organizativamente como parte de la Armada de Flandes durante el gobierno de Alejandro Farnesio, hasta que Dunkerque cayó ante una fuerza franco-inglesa en 1658, pasando a control de Francia hasta cesar la práctica por el desarme acordado en el tratado de Utrecht.
Dunkerque constituía una ubicación ideal para el corso, siendo una trampa natural para las más importantes rutas comerciales europeas en el mar del Norte, lo que volvía a los dunkerqueses una fuerza altamente efectiva y atrevida, rival de la eminente marina holandesa. Se movían principalmente en el mar del Norte, aunque en ocasiones podían viajar hasta el mar Báltico o las costas de Berbería, y después de su paso a Francia, a la América española. Entre sus mayores exponentes al servicio de España se encuentran Cornelis Weus, Michel Jacobsen, Jan Jacobsen y Jacob Collaert, y al de Francia, el nieto de los Jacobsen, Jean Bart.
Entre historia y leyenda: provocadores de naufragios Dunkerque, situada en lo más estrecho del mar del Norte y punto de paso obligado de los ricos navíos ingleses u holandeses, estaba destinada al corso por su geografía. Es una trampa natural: no se puede entrar más que por rutas muy precisas (indicadas hoy día por balizas), ya que los barcos se enfrentan a formidables bancos de arena fósiles, endurecidos por el tiempo, capaces de destripar un navío.
La historia o la leyenda quiere que Dunkerque haya sido también una ciudad de provocadores de naufragios (naufrageurs). Se dice que la torre del Leughenaer (en neerlandés: torre del mentiroso) habría tenido los fuegos que atraían a los buques a su perdición. Los argumentos no dejan de dar cierto crédito a esta historia. Cuando es posible, es menos arriesgado (y no más inmoral, si no menos) atraer un barco a una trampa que tomarlo al abordaje; y por su configuración, Dunkerque es una trampa.
La existencia de corsarios intentando invocar motivos patrióticos es muy antigua, como demuestra este edicto del 7 de diciembre de 1400 adoptado por el rey Carlos V de Francia:
Estar autorizado antes del ataque («congé et consentement») y la rendición de cuentas con posterioridad («cognoissance, jurisdiction et punition»): los criterios que separan el corso de la piratería ya están expuestos aquí, al menos en el espíritu del rey, aunque hacerlos respetar sobre el terreno será mucho más complejo que escribir un edicto.
Corsarios dunkerqueses bajo patente de corso española
La dominación española en la región
Al final de la Edad Media, los Países Bajos —y Dunkerque en particular— formaban parte de la Borgoña de Carlos el Temerario. En el , su descendiente lejano era España. Los Países Bajos van a conseguir su independencia después de la guerra de los Ochenta Años (1568-1648). Este período dio lugar a una separación en la población neerlandófona: los protestantes del norte crean las Provincias Unidas, de donde surgirán los Países Bajos modernos; y por el contrario, en el sur del país, la Flandes católica — de la que formaba parte Dunkerque—, permaneció unida a España.
Durante la guerra de los Ochenta Años la ciudad de Dunkerque cayó en manos de los rebeldes en 1577. Fue retomada en 1583, en nombre de España, por Alejandro Farnesio, duque de Parma. El mismo año, Farnesio reunió un pequeño escuadrón de buques para destruir el comercio y la pesca holandesas, tras lo que los Habsburgo comenzaron a expedir patentes de corso, terminando por reunir hasta un centenar de buques corsarios dunquerqueses que recibían el nombre de particulares o particulieren. Sus tripulaciones eran muy variadas, incluyendo flamencos, valones, españoles y gente de todos los Países Bajos y naciones circundantes.
Puesto avanzado del mundo católico en contacto con tierras protestantes, trampa natural de barcos situado en las grandes rutas marítimas, Dunkerque atrajo siempre y constituyó un enclave militar disputado entre España, las Provincias Unidas, Inglaterra y Francia.
En 1600 los Países Bajos enviaron una armada para conquistar el puerto de Dunkerque y poner fin de una vez por todas a los corsarios. La armada holandesa, comandada por Mauricio de Nassau, mientras marchaba a lo largo de la costa se encontró con la armada española de Alberto de Habsburgo y aunque los holandeses ganaron la batalla de Nieuport, Mauricio de Nassau dio media vuelta. En esa ocasión, Dunkerque permaneció a salvo en manos españolas.
En 1621 terminó la tregua de los doce años y los dunkerqueses se estaban convirtiendo en una amenaza real para todas las expediciones que iban hacia los Países Bajos, ya que capturaban cada año, de promedio, 229 barcos de pesca y buques mercantes, de ellos unos 60 británicos. Entre ellos causaba estragos Jacob Collaert, un almirante flamenco al servicio de los españoles.
En octubre de 1646 los franceses sitiaron Dunkerque y tomaron la ciudad con el apoyo de la armada holandesa. La mayor parte de los corsarios se habían desplazado a Ostende y, en menor media, a Nieuwpoort, tras la caída en 1645 de Gravelinas. La efectividad de este traslado es difícil de calcular al carecer de los datos de capturas en 1647.
El año 1648 vio tanto el final de la guerra de los Ochenta Años (guerra de la independencia de las Provincias Unidas contra España) y de la guerra de los Treinta Años (guerra paneuropea destinada a debilitar el imperio de los Habsburgo), dos guerras que, al final, no eran más que una. Los tratados de Westfalia consagraron en particular la independencia de las Provincias Unidas.
El estallido de la Fronda en Francia, permitió a los españoles recuperar la ciudad en 1652.
Dunkerque dejó definitivamente de ser española en 1658 y después de un período caótico, se convirtió en francesa en 1662.
Las Provincias Unidas protestantes
No se puede presentar Dunkerque bajo el dominio español sin hablar de sus hermanos enemigos, los marinos de las Provincias Unidas; enemigos por elecciones políticas y religiosas, y causantes de un peligro constante, también fueron los padres, y, a veces los enseñantes, ya que no se puede aprender el oficio mejor que en casa de marinos que navegaban en los mares del mundo.
Las Provincias Unidas constituían la parte norte protestante de los Países Bajos españoles de la época, destinadas a convertirse en los actuales Países Bajos. Consiguieron su independencia de España durante la guerra de los Ochenta Años (1568-1648), también conocida como revuelta de los Mendigos. Esta independencia fue reconocida internacionalmente en 1648 por los tratados de Westfalia. El término mendigos (gueux) no debe inducir a error, ya que fue una referencia irónica a uno de sus adversarios, Charles de Berlaymont, que los había tratado de mendigos. De hecho, había entre ellos los protestantes ricos y nobles. El más importante fue Guillermo de Orange, considerado el padre fundador de las Provincias Unidas. (Aunque no hay que confundirle con su descendiente y homónimo Guillermo III, que será rey de Inglaterra, tampoco fue, sin duda, un mendigo.) La rebelión de los mendigos comportó un fuerte componente marítimo liderado por los «mendigos del mar» (gueux de la mer), los corsarios protestantes.
Se trataba realmente de corsarios, o mejor de piratas o, incluso flibusteros (esta palabra será inventada para ellos). Un corsario actuaba con una patente de corso expedida por un estado y se sometía a un control sobre sus botines, que debían de haber sido obtenidos en una nave de un país enemigo en tiempos de guerra. Sin estado, ninguna patente de corso era auténtica. Sin embargo, las Provincias Unidas no fueron realmente un estado independiente antes de 1648, fecha del reconocimiento internacional de su independencia por el Tratado de Westfalia. Al mismo tiempo, puede ser muy grave tratar de piratas todos los écumeurs holandeses o zelandeses. De hecho, en esa Europa de antes de la Paz de Westfalia, todas las fronteras estaban en constante cambio, y la noción de estado soberano era discutida, proporcionando los ejércitos lo esencial del argumentario.
Antes de 1648, las patentes de corso emitidas en el territorio de lo que serán las Provincias Unidas fueron emitidas por actores como Guillermo de Orange, señor de la guerra, o por las grandes sociedades por acciones que armaban el corso, como la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. Esta compañía, que tenía su sede en Middelburg, en Zeeland, y no en una isla exótica, fue una de las primeras sociedades capitalistas por acciones que tenía sus propios buques, su propio territorio (gracias a la acción de sus capitanes, del tamaño de América, mucho más vasto que el de las Provincias Unidas, del que suponía depender) y sus propios objetivos, entre los que el corso y el comercio de esclavos no eran disimulados. Era en ocasiones incluso el mismo actor el que armaba el corso y el que entregaba la patente de corso: el control de la frontera entre el corso y la piratería se convertía así en pura simulación.
Tales patentes de corso, obviamente, no protegían a sus dueños contra una acusación de piratería en caso de ser capturados por los españoles. Sí podían, sin embargo, tener un cierto efecto protector (sin automatismos) en caso de ser capturados por cualquier otro país, ya que el desmantelamiento del imperio colonial español en las Américas era buscado por todas las potencias europeas, que tendían a unirse contra España en esta región geográfica, y que entrañaba una tendencia a reconocer de facto a las Provincias Unidas como actor independiente.
Se asiste en ese momento al nacimiento del personaje del filibustero, mitad corsario mitad pirata, que aunque atacasen a galeones en aguas americanas, tenía el corazón del sistema en Europa. Las Provincias Unidas jugaron un destacado papel en los primeros días del filibusterismo con el objetivo político de destruir el imperio colonial español; las instalaciones durables de colonias de poblamientos europeos en esas aguas son difíciles y tardías, y los filibusteros que atacaban los galeones cargados de oro partían más a menudo de Zelanda que de la isla de la Tortuga.
Tales eran los vecinos inmediatos de los corsarios de Dunkerque: los creadores de una máquina de guerra marítima total cuyos objetivos fueron a la vez políticos (porque el contexto fue el de una guerra separatista y de una guerra de religión, y el conjunto fue animado por esos estadistas que fueron los stadtholders Guillermo de Orange) y económicos (ya que algunos de los actores más avanzados fueron las grandes corporaciones empresariales y de piratas que buscaban el lucro).
290px|thumb|Avant la Bataille des Downs [Antes de la batalla de las Dunas (1639)], de Reinier Nooms
La libertad de acción de los corsarios neerlandeses aumentó de nuevo cuando el poder naval español fue destruido por los holandeses durante la desastrosa batalla de las Dunas, el 31 de octubre de 1639. Esta destrucción incitó a ingleses y holandeses (aunque estos últimos, antes de 1648, seguían siendo legalmente españoles) a tratar de apoderarse de las posesiones coloniales ibéricas en América, lo que requería un recrudecimiento de la piratería en las Antillas.
Con los écumeurs holandeses se está en el centro del vasto sistema de corso, piratería y filibusterismo, tal como castigará a los siglos y . Fue un sistema global y algunas anécdotas biográficas pueden dar muestras de esa dimensión: