Burdeles de Roma, las mujeres dedicadas al llamado oficio más viejo de la humanidad eran multitud en la Antigua Roma, donde el sexo mercenario se practicaba habitualmente y sin sanción.

230px|thumb|Baño Pompeyano. Inicios en Roma En época Romana, las niñas y jóvenes podían asegurar su futuro a través del matrimonio o ser explotadas sexualmente en beneficio de otra persona. Este segundo tipo de vida se adoptaba a menudo de forma involuntaria y resultaba peligrosa y denigrante. Sin embargo, tanto las condiciones de la esclavitud como la pobreza exigían algo productivo de las mujeres jóvenes. Su capacidad de ofrecer servicios sexuales cuadraba con las necesidades de los hombres, en una cultura que guardaba celosamente la castidad de las mujeres casadas. Esta situación creaba la posibilidad de un negocio rentable que muchos dueños de esclavas, e incluso mujeres libres y sus propias familias, no podían pasar por alto.

No hay que idealizar la vida de las prostitutas. Por cada mujer que decidía llevar este tipo de vida, había muchas más que eran obligadas a ello. Los esclavos en particular eran seres indefensos y sufrían explotación sexual. Se veían afectados tanto adultos como niños, hombres y mujeres. Aunque los amos podían restringir la prostitución de un esclavo, estableciendo cláusulas en los contratos de venta, no hay motivos para pensar que lo hicieran con frecuencia. De hecho, no hay razón para creer que tuvieran en mente algo que no fuera obtener el máximo provecho a la hora de prostituir a los esclavos, algunos de los cuales se adquirían para ese fin.

230px|thumb|Lupanares en el Imperio romano.

Abusos y presiones Las mujeres libres que se prostituían seguramente se encontraban en situación desesperada, e incluso presionadas por sus familiares para que obtuvieran algunos ingresos. Sin duda era común que sufrieran abusos físicos a manos de los clientes; el exceso de actividades sexuales causaba daños físicos y psicológicos profundos. Era una vida dura.

Legales, pero estigmatizadas El Derecho romano definía a las meretrices como “personas que abiertamente obtienen dinero con su cuerpo”. Pero las leyes no castigaban a las prostitutas, que no podían ser procesadas por su profesión. Eran probrosae, es decir, que según las leyes reguladoras del matrimonio decretadas por Augusto, no podían casarse con ciudadanos romanos nacidos libres. También sufrían la carga de la infamia por edicto pretorio: no podían redactarun testamento ni recibir herencias. Sin embargo, es probable que a menudo se desobedecieran o ignoraran estas restricciones y, en cualquier caso, el estigma desaparecía cuando se casaban. 230px|thumb|Lupanares de Roma. Por tanto, el sistema legal romano dejaba en paz a las meretrices. Hasta donde se sabe, a las autoridades tampoco les importaban los aspectos morales; a fin de cuentas, tener relaciones con una prostituta no quebrantaba ninguna ley, ni siquiera las constricciones morales en lo que concernía a los hombres, ya que no constituía adulterio. Para las mujeres suponía cierta deshonra debido a su libertinaje sexual, pero, una vez más, no había prohibición o castigo de ningún tipo.

Es poco probable que las prostitutas tuvieran que inscribirse en registros oficiales; como a la élite no le importaba un ápice su “control”, no había motivos para molestarse en registrarlas. Sin embargo, las autoridades cayeron en la cuenta de que estos servicios podían ser gravados. Ya a mediados del , las prostitutas pagaban una tasa. Este impuesto, como nos dice Suetonio, alcanzaba el montante de un servicio sexual, y no podía evadirse con el pretexto de haber abandonado la profesión.

A pesar de que no existen detalles sobre cómo podrían mantenerse las cuentas de un producto tan móvil como el sexo, los romanos lo consiguieron. Es posible que las prostitutas que trabajaban de forma independiente presentaran un reto para los agentes fiscales. Por otro lado, las que trabajaban en burdeles privados podían ser registradas y fiscalizadas, lo que resultaría aún más fácil de hacer en los burdeles municipales, aunque esto no impedía a los funcionarios imperiales practicar la extorsión para obtener más dinero.

Este impuesto, sin embargo, era la única intervención del Estado en la vida de las prostitutas, a menos que su trabajo se viera acompañado de escándalos. Los magistrados responsables del orden público local –los ediles de Roma, por ejemplo– vigilaban parcialmente sus actividades. Pero como el ejercicio de su profesión no era ilegal, sólo la alteración del orden público podría llevar a los funcionarios a tomar medidas. Tan poco interés despertaba el comercio de las prostitutas que nunca se intentó crear “zonas” de prostitución, o barrios chinos. Había burdeles repartidos sin orden por ciudades y pueblos. Como es natural, en algunas zonas habría más actividad que en otras –por ejemplo, en los alrededores del foro y de los templos, o en Roma, en la tristemente célebre sección de Subura–, pero en cualquier parte de la ciudad se podía encontrar una ramera. En cuanto a las consideraciones sanitarias, los círculos oficiales no se preocupaban en absoluto. La prostitución tampoco tenía muchas repercusiones prácticas, más allá del pago de impuestos y del estigma social que conllevaba la profesión.

Es posible que la práctica de la prostitución resultara atractiva a las mujeres de edades “cotizadas”, o en situaciones desesperadas. Los ingresos podían ser considerables, y a las candidatas las engatusaban con las promesas de vestidos y otros incentivos. Estas mujeres no tenían ninguna otra habilidad ni productos que pudieran reportarles tanto dinero, como sin duda no lo hacía el trabajo de costurera o de nodriza, las otras principales ocupaciones remuneradas de las mujeres. Por tanto, no había escasez de prostitutas.

Además, a muchas mujeres las obligaban a prostituirse, quizá familiares a punto de morir de hambre. Algunas escapaban de sus casas y se dedicaban a esta profesión. Otras crecían en régimen de esclavitud, y muchas eran esclavizadas para este fin. Un tema común de las novelas románticas de la época era el secuestro de una niña por bandidos o piratas y su posterior venta como esclava. Otro tema común de la literatura es la crianza de expósitos para dedicarlos a la prostitución; varias pruebas antiguas corroboran estas fuentes.

Había prostitutas literalmente por todas partes. Se ha estimado que una de cada cien personas de Pompeya–entre hombres, mujeres y niños– se dedicaba a la prostitución, cifra basada en el cálculo de cien prostitutas en una población de 10.000 personas. El porcentaje sería aún mayor entre las mujeres de entre 16 y 25 años. Algunos datos comparativos premodernos sugieren que entre el 10 y el 20% de las mujeres “elegibles” se prostituían al menos de forma intermitente. Con una media de alrededor de diez clientes al día, lo cual no es una cifra elevada, según datos comparativos, esto suponía que en Pompeya se realizaban unos mil servicios sexuales al día. A primera vista, estos valores podrían parecer muy altos, pero lo cierto es que la combinación de una fuerte demanda, riesgos sanitarios relativamente reducidos, y la falta de alternativas de ingresos, empujaba a muchas mujeres a la prostitución.

Condiciones de trabajo Los burdeles eran los locales más organizados para esta práctica, pero algunas prostitutas no ejercían en lupanares, sino en viviendas. Las tabernas y las casas de comida también eran lugares de trabajo de las prostitutas; una o dos habitaciones al fondo y en la segunda planta del establecimiento cumplían estas funciones. Existía la creencia de que los venteros eran personas honradas, mientras que las camareras no eran más que prostitutas que servían comidas y bebidas.

Sin embargo, un grafiti de Pompeya quizá demuestra que no siempre se mantenían las diferencias entre posaderas y camareras: “Forniqué con la dueña”, aparece escrito en una pared (CIL 4.8442 Futui coponam). 230px|thumb|Lupanares del Imperio Romano. Los baños públicos eran también lugares habituales de las prostitutas durante el imperio. La desnudez –sobre todo si los hombres y las mujeres se bañaban juntos, como podía suceder–, que se ofrecía como la bebida en las tabernas, era un aliciente que conducía a los clientes a compañeras sexuales disponibles. Los baños también ofrecían comida y otros servicios, como masajes. De la misma manera que una masajista podía pasar con facilidad a proporcionar servicios sexuales, los empleados de los baños combinaban su trabajo rutinario, como vigilar la ropa mientras los clientes se bañaban, con el de proporcionar sexo a los clientes que lo deseaban. De hecho, en las termas suburbanas de Pompeya, las más excavadas, hay pinturas explícitas que muestran a personas participando en actividades sexuales cada vez más audaces (o divertidas), así como compartimentos sobre los estantes donde se guardaba la ropa antes de entrar en los baños. También había habitaciones en las plantas superiores, e incluso una entrada aparte desde la calle para los clientes que venían a los baños sólo a mantener relaciones sexuales. Un grafiti en la pared exterior dice lo siguiente: “Quien quiera que se siente aquí, lea esto antes que nada: si quiere fornicar, busque a Attis; puede ser suya por un denario” (CIL 4.1751).

Sitios para fornicar Además de trabajar en estos lugares concretos, las prostitutas podían hacerlo en la calle. También lo hacían en sitios públicos que dispusieran de zonas escondidas donde podían mantener relaciones sexuales rápidas. Los mercados y las zonas de edificios públicos ofrecían muchos posibles clientes. De ser necesario, se recurría a las tumbas situadas a las afueras de la ciudad. Los arcos (fornices) –palabra romana de la que proviene el término fornicación– de los grandes edificios públicos, como teatros y anfiteatros, eran con frecuencia lugares de encuentros sexuales. Al igual que en las termas, las actividades en estos escenarios –las actuaciones a menudo lascivas en los teatros, y en las arenas la excitación y la sed de sangre de la lucha entre gladiadores– provocaban un apetito sexual que aprovechaban las prostitutas de la zona.

El teatro estaba relacionado con la prostitución tanto directa como indirectamente. Los alrededores estaban repletos de gente antes y después de las funciones, lo que proporcionaba oportunidades de trabajo a las prostitutas. Pero, más que eso, ciertas producciones teatrales eran tan provocadoras como los frescos de los burdeles. Se trataba de los mimos, un tipo de representación muy popular. En las paredes de la Taberna de la calle de Mercurio, en Pompeya, había pintada una serie de escenas sumamente eróticas de mimos. Está claro que estos despliegues teatrales inspiraban a los bebedores. No es de sorprender que los mimos no sólo estimularan la demanda de prostitutas, sino que, a modo de pluriempleo, las actrices se dedicaran también a la profesión.

Festival lascivo