La Guerra Realista, Guerra Constitucional o guerra civil de 1822-1823 fue un conflicto armado que se vivió en España durante el último año y medio del Trienio Liberal. Comenzó en la primavera de 1822 —no hay acuerdo entre los historiadores sobre el momento exacto de su inicio— con la extensión de las acciones y del número de las partidas realistas que ya venían actuando desde la primavera de 1821 con el propósito de restablecer el poder absoluto del rey Fernando VII. Le hicieron frente los ejércitos constitucionales que defendían el régimen liberal instaurado tras el triunfo de la Revolución de 1820. Tuvo como escenario fundamental Cataluña, Navarra y el País Vasco y en una primera fase las fuerzas realistas fueron derrotadas, tras lo cual se vieron obligadas a refugiarse en Francia (o en Portugal). La guerra dio el vuelco definitivo a favor de los realistas cuando el 7 de abril de 1823 comenzó la invasión del ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis que contó con el apoyo de tropas realistas españolas reorganizadas en Francia y de las partidas realistas que habían conseguido sobrevivir a la ofensiva constitucionalista. El 30 de septiembre de 1823 el rey Fernando VII era «liberado de su cautiverio» y, al día siguiente, abolía la Constitución de 1812, quedando así restaurado el absolutismo.

La guerra civil de 1822-1823 está considerada por algunos autores como la primera guerra civil de la historia contemporánea de España, y, según el historiador Pedro Rújula, formaría parte del ciclo de guerras —iniciado con la Guerra de la Convención (1793-1795) y que culmina con la primera guerra carlista (1833-1840)— «caracterizado por el choque entre revolución y contrarrevolución». Los realistas retomaron la divisa «Religión, Rey y Patria», utilizada durante la Guerra de la Convención y por un sector de los «patriotas» —los «serviles» identificados con el Antiguo Régimen— durante la Guerra de la Independencia.

Pero no solo los realistas recurrieron a la religión para justificar sus posiciones y combatir a sus enemigos —llegaron a utilizar el término Cruzada para referirse a la guerra que estaban librando—, también los liberales. El diario liberal El Universal decía que los frailes que se habían sumado a las rebelión realista «han dado el triste y escandaloso testimonio de su irreligión, de su inmoralidad, de su hipocresía, de su ingratitud». En este sentido no es casual que las autoridades constitucionales de Barcelona decidieran trasladar a la ciudad la imagen de la Virgen de Montserrat para evitar que cayera en manos de los realistas.

Antecedentes

El pronunciamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan había restablecido la Constitución de 1812, que Fernando VII juró por primera vez el 9 de marzo de 1820. No obstante, la «contrarrevolución» comenzó desde ese mismo momento, ya que Fernando VII nunca llegó a aceptar el régimen constitucional y desde el principio conspiró para derribarlo.La primera Guerra Civil de España, pág. 55

El brazo armado de la «contrarrevolución» fueron las partidas realistas, organizadas por absolutistas exiliados en Francia y conectados con el Palacio Real. Los métodos y la forma de operar de las partidas eran muy semejantes a los que había utilizado la guerrilla durante la Guerra de la Independencia (precisamente alguno de aquellos guerrilleros militarán ahora en el bando realista). Aunque algunas empezaron a actuar en 1820, las partidas realistas experimentaron un gran crecimiento a partir de la primavera de 1821 como consecuencia de la conexión de la contrarrevolución de las viejas élites reaccionarias, con la «antirrevolución» de las clases populares «agraviadas cultural y socialmente por la praxis revolucionaria y liberal». «La confluencia entre la contrarrevolución y la antirrevolución bajo la hegemonía de la primera, conformó el bloque que denominamos "realista" porque lo que las unifica es la lucha contra el sistema constitucional y la defensa del poder absoluto del rey y de la hegemonía cultural de la Iglesia católica».

Precisamente será la Iglesia católica, decantada mayoritariamente en contra del régimen liberal a causa de la desamortización, la que desempeñará un papel decisivo en la formación y la consolidación de esta alianza entre las élites contrarrevolucionarias y las capas populares «antirrevolucionarias». Entre otras razones porque le proporcionó al bloque realista el soporte ideológico al desarrollar un discurso de «guerra religiosa» que caló sobre todo en el mundo rural.

Y en la cúspide de la contrarrevolución se encontraba el rey. Instalado a partir de marzo de 1822 en el Palacio de Aranjuez, estableció de forma más discreta que en Madrid contactos y reuniones con nobles, diplomáticos, altos funcionarios y militares contrarios al régimen constitucional así como con los embajadores de las monarquías europeas y con el nuncio de la Santa Sede. También desde allí encomendó misiones secretas fuera de España a hombres de su confianza. El papel del rey era, por encima de todo, «dotar de coherencia a la contrarrevolución aportando el elemento que le diera unidad al movimiento; la de un rey paternal, querido por el pueblo —tanto que toma las armas en su defensa— y despojado de su legítimo trono por una minoría conspiradora y sectaria». Durante la primavera de 1822 se incrementaron notablemente las acciones de las partidas realistas y hubo varios conatos de rebeliones absolutistas que culminaron en el fracasado golpe de Estado de julio de 1822, que encabezó el propio rey y protagonizó la Guardia Real.

La guerra

La ofensiva realista A partir de la primavera de 1822 «las partidas [realistas] convergieron en batallones mejor organizados y se extendieron por casi todo el territorio, formando el conocido como "ejército de la fe"», que contaría entre 25 000 y 30 000 hombres. El levantamiento realista fue organizado desde el exilio y contó con una tupida red contrarrevolucionaria en el interior (en cuya cúspide se situaría el rey Fernando VII). Se extendió de tal manera que «durante el verano y el otoño en Cataluña, País Vasco y Navarra se vivió una verdadera guerra civil en la que era imposible quedar al margen, y de la que salió muy mal parada la población civil de uno y otro bando: represalias, requisas, contribuciones de guerra, saqueos, etc.». El marqués de Miraflores escribió en sus Apuntes histórico-críticos (1834) que Cataluña en «mayo y junio presentaba ya el triste aspecto de una guerra civil», a la que se sumaron Vizcaya y Guipúzcoa, infestadas de partidas, y Aragón y Galicia, con bandas de «100 a 200 hombres». Miraflores concluía que en vísperas de la «Jornada del 7 de Julio» de 1822 «España [ofrecía] el horrible espectáculo de una sangrienta guerra civil».

El hecho decisivo que inició la guerra civil (o le dio el impulso definitivo) fue la toma por los jefes de las partidas realistas Romagosa y El Trapense, al mando de una tropa de dos mil hombres, de la fortaleza de la Seo de Urgel el 21 de junio. Al día siguiente se estableció allí la Junta Superior Provisional de Cataluña, que se esforzó por crear un ejército regular y establecer una administración en las zonas del interior de Cataluña ocupadas por los realistas. Mes y medio después, el 15 de agosto, se instaló allí la que sería conocida como la Regencia de Urgel, «establecida a solicitud de los pueblos» y «deseosa de libertar a la Nación y a su Rey del cruel estado en que se encuentran». «Tanto en términos estratégicos como en términos simbólicos, el establecimiento de una capital que encarnaba la contestación al régimen constitucional suponía un importante avance», han señalado Pedro Rújula y Manuel Chust. La idea de instaurar una Regencia había sido defendida por el marqués de Mataflorida —de hecho en junio había recibido poderes del rey para establecerla— y además era una de las exigencias del gobierno francés para prestar apoyo a los realistas. La Regencia quedó formada por el propio Mataflorida, el barón de Eroles, y Jaime Creus, arzobispo de Tarragona, asesorados por un pequeño gobierno formado por Antonio Gispert responsable de Estado, Fernando de Ortafà en Guerra y Domingo María Barrafón, responsable del resto de secretarías del Despacho. La creación de la Regencia se «justificaba» por la idea defendida por los realistas de que el rey estaba «cautivo», «secuestrado» por los liberales, de la misma forma que lo había estado por Napoleón durante la guerra de la Independencia. De hecho la primera proclama de la Regencia comenzaba diciendo que se había constituido «para gobernar [a España] durante el cautiverio de S.M.C. el señor don Fernando VII». Otro de los argumentos utilizados era el escaso apoyo popular que, según los realistas, tenía el régimen constitucional. Así aparecía en el Manifiesto que los amantes de la Monarquía hacen a la Nación Española, a las demás potencias y a los Soberanos del marqués de Mataflorida que circuló por toda Europa: «El pueblo inmóvil y espantado no tomó parte en tal traición [la revolución] que siempre reprobó con indignación silenciosa comprimida por la fuerza».

miniatura|Antonio Marañón, el Trapense, litografía de Friedrich August Fricke (1784-1858). «El Trapense«», fue uno de los jefes de partidas realistas más conocidos. Según el afrancesado Sebastián Miñano su «extravagante» indumentaria («Porta siempre un sayal y una capa idéntica, con una capucha bastante elevada. Tenía la cabeza afeitada. Un crucifijo suspendido sobre su pecho; lleva un gran rosario como cinturón») «ha contribuido singularmente a exaltar a los pueblos en su favor, porque lo miran como a un hombre inspirado por Dios, comparable a aquellos de los se hablan en las escrituras».

A partir de la constitución de la Regencia de Urgel, que «dotó a la contrarrevolución de una dirección centralizada y de una cierta coherencia ideológica», los realistas consolidaron su dominio sobre amplias zonas del nordeste y del norte de España estableciendo sus propias instituciones para administrar el territorio que controlaban: Juntas de Cataluña, Navarra, Aragón, Sigüenza y del País Vasco, esta última presidida por el general Vicente Quesada y que contaba con un vocal por cada una de las tres provincias. El Barón de Eroles, héroe de la defensa de Gerona durante la Guerra de la Independencia Española, fue nombrado Generalísimo de los Ejércitos Realistas en Cataluña y extendió la sublevación, tomando las ciudades de Balaguer, Puigcerdá, Castellfollit de Riubregós y Mequinenza.Historia de España. Tomo III, pág. 317

Por otro lado, la formación de la Regencia fue recibida con entusiasmo por las cortes europeas, aunque no tanto por la francesa porque la Regencia había proclamado como objetivo la restauración del absolutismo, mientras que Francia seguía apostando por el establecimiento en España de un régimen de Carta Otorgada, como el suyo. Un representante de la Regencia, el conde de España, acudió al Congreso de Verona, mientras que el Gobierno español no fue invitado. Por su parte el rey Fernando VII seguía carteándose en secreto con las cortes europeas para pedirles que vinieran a «rescatarlo». En una carta enviada al zar de Rusia en agosto de 1822, el mismo mes en que se constituyó la Regencia de Urgel, le decía: «Coteje la penetración de V.M.Y. los resultados perniciosos que en dos años ha producido el sistema constitucional, con los muy ventajosos que produxeron [sic] los seis años del régimen que llaman absoluto».